A esa mujer que camina deprisa, con una manta de lana y un cántaro por corona... que arrastra de la mano derecha a un niño y de la izquierda a la hermana de éste. Que detrás lleva un rebaño de cabras asustadas. A esa mujer que huye de un angosto escenario de guerra a un campamento de refugiados desconocido... la conozco desde hace sesenta años. Es mi madre, que me dejó olvidado en un cruce de caminos, con una cesta de pan reseco, una vela y una caja de cerillas estropeadas por el rocío.
A esa mujer que ahora veo en la foto de la pantalla a color del móvil... la conozco muy bien desde hace cuarenta años. Es mi hermana, que completa los pasos de su madre ―mi madre de camino al desierto: huye de un angosto escenario de guerra a un campamento de refugiados desconocido.
A esa mujer que veré mañana en el mismo escenario, la conozco también. Es mi hija, a la que he abandonado en mitad de los poemas para que aprenda a andar y eche a volar hacia lo que hay detrás del escenario. Ojalá cause la admiración de los espectadores y la desilusión de los cazadores. Y mira por dónde, un amigo astuto me dice: Es tiempo de que pasemos, si es que podemos, de un asunto por el que se nos compadece... ¡a uno por el que se nos envidie!
De La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)
Traducción de Luz Gómez García
27/11/08
20/11/08
Las mujeres de Yébel Huséin, por Jean Genet
En el siguiente texto, de 1974, Jean Genet narra un episodio que dio pie a algunos pasajes centrales de sus obras de asunto palestino. El marco histórico es el Septiembre Negro (1970), durante el cual las tropas del rey Huséin masacraron a las milicias palestinas asentadas en Jordania.
La imagen primera y el tono me lo dieron cuatro mujeres palestinas en el barrio de Ammán denominado Yébel Huséin. Cuatro mujeres mayores, arrugadas, se acuclillaban en torno a un fuego apagado: dos o tres piedras renegridas y una tetera de aluminio abollada. Me invitaron a sentarme.
―¿Ves? Estamos en casa. ¿Quieres té? (Sonreían.)
―¿En casa?
―Sí. (Se rieron.) Sólo nos quedan las piedras para hacer fuego. Han quemado nuestras barracas.
―¿Quién?
―Huséin. Tú vienes de Francia. Se dice que tu país apoya a los árabes; pero ¿sabe tu país distinguir entre Huséin y los árabes?
Aquí las cuatro mujeres se enzarzaron en una disputa bastante animada acerca de la suerte que debía reservarse a Huséin. Pese a la desgracia, permanecían alegres, prestas al combate.
―¿Y los hombres?
―Nuestros hijos son fedayines en las montañas.
―¿Y los demás?
―Ahí.
Un índice puntiagudo perteneciente a una mano muy seca y muy bella me indicó un patinillo vecino.
―Están enterrados ahí.
Se trataba de viejos, de niños y mujeres. Una de aquellas mujeres me reprendió con dulzura cuando hablé de “campos de refugiados”.
―Querrás decir campos militares; ahora todo el mundo está armado y ha aprendido a luchar.
La posibilidad de revuelta entre las mujeres era quizá mayor que entre los hombres. Parecían disponer de sorprendentes reservas de acción, de discreción en la acción. Un día le dije a una palestina que las mujeres afrontaban quizá con más serenidad las posibilidades de la revolución.
―Nosotras ―me dijo riéndose― conocemos a los revolucionarios. Los hemos traído al mundo. Conocemos su fuerza, sus debilidades.
―O sea, que los amas.
Tenía unos cincuenta años. Sonreía.
―Los conozco porque los amo. ¿Tomas té o café?
Su hijo, su hija y su yerno eran: el primero fedayín de Fatah, los otros dos de Al Saika.
Ellas se dirigían, me parecía, más rápidamente a una solución clara.
H., veintidós años, me había presentado a su madre en Irbid. Era en Ramadán, a eso de la hora del almuerzo.
―Es francés. Nada francés y nada cristiano, no cree en Dios.
Ella me miró sonriendo. Sus ojos se tornaban cada vez más maliciosos.
―Entonces, puesto que no cree en Dios, habrá que darle de comer.
Nos preparó el almuerzo a su hijo y a mí.
Ella no comió hasta la noche.
Jean Genet, L’Ennemi déclaré. Textes et entretiens, ed. Albert Dichy, París, Gallimard, 1991.
Traducción de Jorge Gimeno
La imagen primera y el tono me lo dieron cuatro mujeres palestinas en el barrio de Ammán denominado Yébel Huséin. Cuatro mujeres mayores, arrugadas, se acuclillaban en torno a un fuego apagado: dos o tres piedras renegridas y una tetera de aluminio abollada. Me invitaron a sentarme.
―¿Ves? Estamos en casa. ¿Quieres té? (Sonreían.)
―¿En casa?
―Sí. (Se rieron.) Sólo nos quedan las piedras para hacer fuego. Han quemado nuestras barracas.
―¿Quién?
―Huséin. Tú vienes de Francia. Se dice que tu país apoya a los árabes; pero ¿sabe tu país distinguir entre Huséin y los árabes?
Aquí las cuatro mujeres se enzarzaron en una disputa bastante animada acerca de la suerte que debía reservarse a Huséin. Pese a la desgracia, permanecían alegres, prestas al combate.
―¿Y los hombres?
―Nuestros hijos son fedayines en las montañas.
―¿Y los demás?
―Ahí.
Un índice puntiagudo perteneciente a una mano muy seca y muy bella me indicó un patinillo vecino.
―Están enterrados ahí.
Se trataba de viejos, de niños y mujeres. Una de aquellas mujeres me reprendió con dulzura cuando hablé de “campos de refugiados”.
―Querrás decir campos militares; ahora todo el mundo está armado y ha aprendido a luchar.
La posibilidad de revuelta entre las mujeres era quizá mayor que entre los hombres. Parecían disponer de sorprendentes reservas de acción, de discreción en la acción. Un día le dije a una palestina que las mujeres afrontaban quizá con más serenidad las posibilidades de la revolución.
―Nosotras ―me dijo riéndose― conocemos a los revolucionarios. Los hemos traído al mundo. Conocemos su fuerza, sus debilidades.
―O sea, que los amas.
Tenía unos cincuenta años. Sonreía.
―Los conozco porque los amo. ¿Tomas té o café?
Su hijo, su hija y su yerno eran: el primero fedayín de Fatah, los otros dos de Al Saika.
Ellas se dirigían, me parecía, más rápidamente a una solución clara.
H., veintidós años, me había presentado a su madre en Irbid. Era en Ramadán, a eso de la hora del almuerzo.
―Es francés. Nada francés y nada cristiano, no cree en Dios.
Ella me miró sonriendo. Sus ojos se tornaban cada vez más maliciosos.
―Entonces, puesto que no cree en Dios, habrá que darle de comer.
Nos preparó el almuerzo a su hijo y a mí.
Ella no comió hasta la noche.
Jean Genet, L’Ennemi déclaré. Textes et entretiens, ed. Albert Dichy, París, Gallimard, 1991.
Traducción de Jorge Gimeno
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17/11/08
13/11/08
En un café, con el periódico
En un café, sentado con el periódico.
No, no estás solo. Tienes media copa vacía
y el sol llena la otra media...
Tras los cristales ves sin ser visto
a los que pasan presurosos (es uno de los atributos de lo invisible:
ver sin ser visto).
¡Eres libre, te han dado plantón en el café!
Nadie nota el efecto de la viola en ti,
nadie se percata de tu presencia o tu ausencia
o escruta en tu neblina cuando miras
a una muchacha y te deshaces...
¡Eres libre de poner orden en tu vida
en mitad del gentío, sin rendir cuentas a ti mismo
o al lector!
Dispón de ti como te plazca, quítate
la camisa o los zapatos si te apetece, te
han dado plantón, eres libre de fantasear, ni a tu nombre
ni a tu cara les cabe aquí cometido alguno. Sé
tú mismo... Ni amigos ni enemigos
controlan aquí tus recuerdos /
Busca una excusa para aquella que te ha dado plantón en el café,
acaso no te diste cuenta de su nuevo corte de pelo
o de las mariposas que bailaban en los hoyuelos de sus mejillas.
Y busca otra para aquellos que un día pidieron que
te mataran, por nada... sólo porque el día
en que te topaste con una estrella no moriste... y con su tinta
escribiste la primera canción...
En un café, sentado con el periódico,
olvidado en un rincón, nadie estropea
tu buen humor,
nadie piensa en matarte.
¡Estás solo, eres libre de fantasear!
De Como la flor del almendro o allende (Ka-zahr al-lauz au abd, Beirut, Riad El-Rayyes, 2005)
Traducción de Luz Gómez García
No, no estás solo. Tienes media copa vacía
y el sol llena la otra media...
Tras los cristales ves sin ser visto
a los que pasan presurosos (es uno de los atributos de lo invisible:
ver sin ser visto).
¡Eres libre, te han dado plantón en el café!
Nadie nota el efecto de la viola en ti,
nadie se percata de tu presencia o tu ausencia
o escruta en tu neblina cuando miras
a una muchacha y te deshaces...
¡Eres libre de poner orden en tu vida
en mitad del gentío, sin rendir cuentas a ti mismo
o al lector!
Dispón de ti como te plazca, quítate
la camisa o los zapatos si te apetece, te
han dado plantón, eres libre de fantasear, ni a tu nombre
ni a tu cara les cabe aquí cometido alguno. Sé
tú mismo... Ni amigos ni enemigos
controlan aquí tus recuerdos /
Busca una excusa para aquella que te ha dado plantón en el café,
acaso no te diste cuenta de su nuevo corte de pelo
o de las mariposas que bailaban en los hoyuelos de sus mejillas.
Y busca otra para aquellos que un día pidieron que
te mataran, por nada... sólo porque el día
en que te topaste con una estrella no moriste... y con su tinta
escribiste la primera canción...
En un café, sentado con el periódico,
olvidado en un rincón, nadie estropea
tu buen humor,
nadie piensa en matarte.
¡Estás solo, eres libre de fantasear!
De Como la flor del almendro o allende (Ka-zahr al-lauz au abd, Beirut, Riad El-Rayyes, 2005)
Traducción de Luz Gómez García
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8/11/08
Las piedras, por Gilles Deleuze
Este texto se publicó por primera vez en la revista al-Karmel (nº 29, junio de 1988). Deleuze lo escribió al poco del estallido de la Primera Intifada en diciembre de 1987.
Europa no ha comenzado a pagar la deuda infinita que tenía con los judíos, pero se la ha hecho pagar a un pueblo inocente, los palestinos.
El estado de Israel lo construyeron los sionistas sobre el pasado reciente de su suplicio, el inolvidable horror europeo, pero también sobre el sufrimiento de este otro pueblo, sobre las piedras de este otro pueblo. El Irgún fue calificado como terrorista, no solamente porque hizo saltar por los aires el cuartel general inglés, sino porque destruía pueblos y aniquilaba poblaciones.
Los americanos no repararon en gasto para hacer de él toda una superproducción de Hollywood. Se suponía que el Estado de Israel se instalaba en una tierra vacía que desde mucho tiempo atrás aguardaba al antiguo pueblo hebreo entre los fantasmas de algunos árabes llegados de fuera, guardianes de las piedras dormidas. Se condenaba a los palestinos al olvido. Se les conminaba a reconocer jurídicamente al Estado de Israel, pero los israelíes no dejaban de negar el hecho concreto del pueblo palestino.
Desde el principio, este pueblo emprendió, solo, una guerra que aún no ha terminado para defender su propia tierra, sus propias piedras, su propia vida: de esta primera guerra no se habla, porque lo que importa es hacer creer que los palestinos son árabes llegados desde otros lugares y que, por tanto, pueden volver a ellos. ¿Quién desenmarañará todas estas Jordanias? ¿Quién dirá que entre un palestino y cualquier otro árabe existe un fuerte vínculo, pero no mayor que el que pueda haber entre dos países europeos? ¿Y qué palestino puede olvidar lo que otros árabes le han hecho pasar, no menos que los israelíes? ¿Cuál es el nudo de esta nueva deuda? Expulsados de su tierra, los palestinos se instalaron en un lugar desde donde al menos podían aún verla, conservando esa visión como un último contacto con su ser alucinado. Los israelíes nunca podían empujarlos lo suficientemente lejos, sumergirlos en la noche, en el olvido.
Destrucción de pueblos, dinamitado de casas, expulsiones, asesinatos de personas, una historia horrible volvía a empezar sobre las espaldas de los nuevos inocentes. Se dice de los servicios secretos israelíes que son la admiración del mundo entero. Pero ¿qué es una democracia cuya política se confunde con la acción de sus servicios secretos? Todos éstos se llaman Abou, declara un oficial israelí tras el asesinato de Abou Jihad. ¿Recordamos aquellas voces sanguinarias que gritaban: “Todos éstos se llaman Levy”...?
¿Cómo acabará Israel con los territorios anexionados, con los territorios ocupados, con los colonos y las colonias, con sus rabinos enloquecidos? Ocupación, ocupación infinita: las piedras arrojadas vienen de dentro, vienen del pueblo palestino para recordar que, en un lugar del mundo, aunque sea muy pequeño, la deuda se ha subvertido. Lo que los palestinos arrojan son sus propias piedras, las piedras vivas de su país. Nadie puede pagar una deuda mediante asesinatos ―uno, dos, tres, siete, diez cada día― ni entendiéndose con terceros. Los terceros se desentienden, cada muerto llama a los vivos, y los palestinos han entrado en el alma de Israel, ocupan esa alma como quien la sondea y la taladra día tras día.
Gilles Deleuze, Dos regímenes de locos. Textos y entrevistas (1975-1995), traducción de José Luis Pardo, Valencia, Pre-Textos, 2007.
Europa no ha comenzado a pagar la deuda infinita que tenía con los judíos, pero se la ha hecho pagar a un pueblo inocente, los palestinos.
El estado de Israel lo construyeron los sionistas sobre el pasado reciente de su suplicio, el inolvidable horror europeo, pero también sobre el sufrimiento de este otro pueblo, sobre las piedras de este otro pueblo. El Irgún fue calificado como terrorista, no solamente porque hizo saltar por los aires el cuartel general inglés, sino porque destruía pueblos y aniquilaba poblaciones.
Los americanos no repararon en gasto para hacer de él toda una superproducción de Hollywood. Se suponía que el Estado de Israel se instalaba en una tierra vacía que desde mucho tiempo atrás aguardaba al antiguo pueblo hebreo entre los fantasmas de algunos árabes llegados de fuera, guardianes de las piedras dormidas. Se condenaba a los palestinos al olvido. Se les conminaba a reconocer jurídicamente al Estado de Israel, pero los israelíes no dejaban de negar el hecho concreto del pueblo palestino.
Desde el principio, este pueblo emprendió, solo, una guerra que aún no ha terminado para defender su propia tierra, sus propias piedras, su propia vida: de esta primera guerra no se habla, porque lo que importa es hacer creer que los palestinos son árabes llegados desde otros lugares y que, por tanto, pueden volver a ellos. ¿Quién desenmarañará todas estas Jordanias? ¿Quién dirá que entre un palestino y cualquier otro árabe existe un fuerte vínculo, pero no mayor que el que pueda haber entre dos países europeos? ¿Y qué palestino puede olvidar lo que otros árabes le han hecho pasar, no menos que los israelíes? ¿Cuál es el nudo de esta nueva deuda? Expulsados de su tierra, los palestinos se instalaron en un lugar desde donde al menos podían aún verla, conservando esa visión como un último contacto con su ser alucinado. Los israelíes nunca podían empujarlos lo suficientemente lejos, sumergirlos en la noche, en el olvido.
Destrucción de pueblos, dinamitado de casas, expulsiones, asesinatos de personas, una historia horrible volvía a empezar sobre las espaldas de los nuevos inocentes. Se dice de los servicios secretos israelíes que son la admiración del mundo entero. Pero ¿qué es una democracia cuya política se confunde con la acción de sus servicios secretos? Todos éstos se llaman Abou, declara un oficial israelí tras el asesinato de Abou Jihad. ¿Recordamos aquellas voces sanguinarias que gritaban: “Todos éstos se llaman Levy”...?
¿Cómo acabará Israel con los territorios anexionados, con los territorios ocupados, con los colonos y las colonias, con sus rabinos enloquecidos? Ocupación, ocupación infinita: las piedras arrojadas vienen de dentro, vienen del pueblo palestino para recordar que, en un lugar del mundo, aunque sea muy pequeño, la deuda se ha subvertido. Lo que los palestinos arrojan son sus propias piedras, las piedras vivas de su país. Nadie puede pagar una deuda mediante asesinatos ―uno, dos, tres, siete, diez cada día― ni entendiéndose con terceros. Los terceros se desentienden, cada muerto llama a los vivos, y los palestinos han entrado en el alma de Israel, ocupan esa alma como quien la sondea y la taladra día tras día.
Gilles Deleuze, Dos regímenes de locos. Textos y entrevistas (1975-1995), traducción de José Luis Pardo, Valencia, Pre-Textos, 2007.
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5/11/08
Boulevard Saint-Germain: las hojas secas
/ Las hojas secas, caídas de un árbol que se desnuda, son palabras en busca de un poeta hábil que las devuelva a las ramas.
De La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)
Traducción de Luz Gómez García
De La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)
Traducción de Luz Gómez García
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1/11/08
Las nupcias palestinas: Mahmud Darwix, por JMG Le Clézio
[...] La poesía de Mahmud Darwix no es una obra acomodaticia, destinada a gustar a los políticos. Es una epopeya, que acompaña la historia de sus hermanos de Galilea en el exilio y vibra con el diapasón de sus sufrimientos y de su esperanza. Se identifica totalmente con la historia de su pueblo, con este medio siglo de espera, de combate, de sueño, y sobre todo con su devenir, con su amor. Es la música que acompaña necesariamente a las nupcias místicas que no han cesado de celebrarse entre los hombres y esta tierra, entre el deseo y la memoria. Nupcias cuando Mohamed pone su mano morena en la palma roja de alheña de Fatima y recibe, él, el Príncipe de los Enamorados, a todas las muchachas, todas las azoteas de Haifa, las viñas y los setos de jazmín, pues se desposa con la patria.
La guerra es sólo un instante. La tierra es el único aliado en el exilio, y la tierra es el tiempo. Un tiempo sobrehumano, en el que puede suceder el milagro. [...]
JMG Le Clézio, «Les Noces palestiniennes: Mahmoud Darwich», La Nouvelle Revue Française, nº 500, septembre 1994.
Traducción de Jorge Gimeno
La guerra es sólo un instante. La tierra es el único aliado en el exilio, y la tierra es el tiempo. Un tiempo sobrehumano, en el que puede suceder el milagro. [...]
JMG Le Clézio, «Les Noces palestiniennes: Mahmoud Darwich», La Nouvelle Revue Française, nº 500, septembre 1994.
Traducción de Jorge Gimeno
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Jorge Gimeno
25/10/08
Bill Foley: Sabra y Chatila, 1982

© Bill Foley
Una mujer palestina muestra los cascos de dos falangistas libaneses hallados en Sabra-Chatila tras las matanzas de septiembre de 1982. Más de mil civiles fueron asesinados en los campamentos de refugiados palestinos del sur de Beirut entre los días 16 y 18 de septiembre. Los campamentos habían sido desmilitarizados tras la marcha de la OLP. El Ejército israelí, que controlaba la zona tras haber invadido Beirut Oeste, alentó las matanzas.
21/10/08
Fragmento de “Artes de lo posible”, por Adrienne Rich
He permanecido conectada al activismo y a la gente cuyo fénix político renace continuamente del nido abrasado por la hostilidad y las mentiras. He conversado mucho con otros amigos. He rastreado palabras ―las mías y las de otros escritores―. Me he sentido atraída, en muchos lugares del mundo, por los escritores y escritoras que han sentido la necesidad de cuestionar la actividad concreta en torno a la cual habían modelado sus vidas: interrogar sobre el valor de la palabra escrita frente a muchos tipos de peligro, a enormes necesidades humanas. No buscaba reafirmaciones fáciles sino más bien la evidencia de que otras personas, en otras sociedades, también habían tenido que vérselas con esa cuestión.
Cualquiera que sea su identidad social, el escritor o escritora es, por la propia naturaleza del acto de escribir, alguien que se esfuerza en comunicar y conectar, alguien que busca, a través del lenguaje, mantener viva la conversación con lo que Octavio Paz ha denominado “la comunidad perdida”. Incluso aunque lo escrito parezca una nota metida en un botella para tirar al mar. El poeta palestino Mahmud Darwix escribe sobre la incapacidad de la poesía para encontrar un equivalente lingüístico a circunstancias como el bombardeo israelí sobre Beirut en 1982: “No podríamos calificar esto ahora como se nos va a calificar a nosotros. Estamos naciendo enteramente, si es que no estamos muriendo enteramente”. En esta notable meditación en prosa, también dice: “Sin embargo, quiero romper a cantar... quiero hallar un lenguaje que transforme el propio lenguaje en acero para el espíritu ―un lenguaje para usarlo contra estos relucientes insectos plateados, estos reactores―. Quiero cantar. Quiero un lenguaje en el cual apoyarme y que pueda apoyarse en mí, que me pida que dé testimonio y al cual yo pueda pedir que dé testimonio del poder que hay en nosotros para vencer este aislamiento cósmico”.
Adrienne Rich, Artes de lo posible. Ensayos y conversaciones, traducción de María Soledad Sánchez Gómez, Madrid, Horas y Horas, 2005; la cita de Darwix proviene de Memoria para el olvido, traducción de Manuel Feria, Madrid, 1997.
Cualquiera que sea su identidad social, el escritor o escritora es, por la propia naturaleza del acto de escribir, alguien que se esfuerza en comunicar y conectar, alguien que busca, a través del lenguaje, mantener viva la conversación con lo que Octavio Paz ha denominado “la comunidad perdida”. Incluso aunque lo escrito parezca una nota metida en un botella para tirar al mar. El poeta palestino Mahmud Darwix escribe sobre la incapacidad de la poesía para encontrar un equivalente lingüístico a circunstancias como el bombardeo israelí sobre Beirut en 1982: “No podríamos calificar esto ahora como se nos va a calificar a nosotros. Estamos naciendo enteramente, si es que no estamos muriendo enteramente”. En esta notable meditación en prosa, también dice: “Sin embargo, quiero romper a cantar... quiero hallar un lenguaje que transforme el propio lenguaje en acero para el espíritu ―un lenguaje para usarlo contra estos relucientes insectos plateados, estos reactores―. Quiero cantar. Quiero un lenguaje en el cual apoyarme y que pueda apoyarse en mí, que me pida que dé testimonio y al cual yo pueda pedir que dé testimonio del poder que hay en nosotros para vencer este aislamiento cósmico”.
Adrienne Rich, Artes de lo posible. Ensayos y conversaciones, traducción de María Soledad Sánchez Gómez, Madrid, Horas y Horas, 2005; la cita de Darwix proviene de Memoria para el olvido, traducción de Manuel Feria, Madrid, 1997.
17/10/08
Ojalá el joven fuera árbol
El árbol es hermano del árbol, o un buen vecino. El grande se inclina sobre el pequeño, y le da la sombra que le falta. El alto se inclina sobre el bajo, y le envía un pájaro que le acompañe de noche. No hay árbol que hurte el fruto de otro, o que se mofe de él si es estéril. Ningún árbol mata a otro ni imita al leñador. Cuando se hace barca, aprende a nadar. Si se hace puerta, día y noche es guardián de los secretos. Si se hace banco, no olvida que antes tuvo un cielo. Y cuando se hace mesa, enseña al poeta a no ser leñador. El árbol es absolución y vigilia. No duerme ni sueña. Vela por los secretos de los soñadores, día y noche en pie. En pie protegiendo a los transeúntes y al cielo. El árbol es oración vertical. Implora a lo alto. Y cuando se dobla un poco por la tormenta, lo hace con el empaque de una monja, la mirada en lo alto... en lo alto. Como dijo el poeta: «Ojalá el joven fuera piedra». Ojalá hubiera dicho: ¡Ojalá el joven fuera árbol!
De La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)
Traducción de Luz Gómez García
De La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)
Traducción de Luz Gómez García
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12/10/08
Aeropuerto de Atenas
Este poema, perteneciente al libro Menos rosas (1986), se encuentra en Poesía escogida (1966-2005), Valencia, Pre-Textos, 2008. Es uno de los poemas en prosa más característicos de Darwix. En el vídeo posterior Darwix lee el poema en Ammán.
El aeropuerto de Atenas nos dispersa por los aeropuertos. El guerrillero dijo: ¿Dónde lucharé? Una embarazada le gritó: ¿Y yo dónde pariré a tu hijo? El funcionario dijo: ¿Dónde invertiré mi dinero? Y el intelectual dijo: Y a mí qué me importa. Los aduaneros dijeron: ¿De dónde venís? Respondimos: Del mar. Dijeron: ¿Adónde vais? Dijimos: Al mar. Dijeron: ¿Cuál es vuestro domicilio? Una mujer de nuestro grupo dijo: Mi pueblo es mi hatillo. En el aeropuerto de Atenas esperamos durante años. Un joven se casó con una muchacha y no hallaron habitación para tan rápido matrimonio. Se preguntó: ¿Dónde la desvirgo? Nos reímos y le dijimos: Ay chaval, no ha lugar para semejante pregunta. Nuestro teórico de guardia dijo: Mueren para no morir. Mueren sin darse cuenta. Dijo el hombre de letras: Nuestro campamento caerá sin remisión. ¿Qué quieren de nosotros? El aeropuerto de Atenas cambiaba de habitantes a diario, mientras nosotros permanecíamos como asientos sobre los asientos aguardando al mar, ¿cuántos años más, aeropuerto de Atenas?
Traducción de Luz Gómez García
El aeropuerto de Atenas nos dispersa por los aeropuertos. El guerrillero dijo: ¿Dónde lucharé? Una embarazada le gritó: ¿Y yo dónde pariré a tu hijo? El funcionario dijo: ¿Dónde invertiré mi dinero? Y el intelectual dijo: Y a mí qué me importa. Los aduaneros dijeron: ¿De dónde venís? Respondimos: Del mar. Dijeron: ¿Adónde vais? Dijimos: Al mar. Dijeron: ¿Cuál es vuestro domicilio? Una mujer de nuestro grupo dijo: Mi pueblo es mi hatillo. En el aeropuerto de Atenas esperamos durante años. Un joven se casó con una muchacha y no hallaron habitación para tan rápido matrimonio. Se preguntó: ¿Dónde la desvirgo? Nos reímos y le dijimos: Ay chaval, no ha lugar para semejante pregunta. Nuestro teórico de guardia dijo: Mueren para no morir. Mueren sin darse cuenta. Dijo el hombre de letras: Nuestro campamento caerá sin remisión. ¿Qué quieren de nosotros? El aeropuerto de Atenas cambiaba de habitantes a diario, mientras nosotros permanecíamos como asientos sobre los asientos aguardando al mar, ¿cuántos años más, aeropuerto de Atenas?
Traducción de Luz Gómez García
10/10/08
Boulevard Saint-Germain: el arte de reducir
/ El viento de otoño barre la calle, y me enseña el arte de reducir. De reducir lo que se escribe.
De La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)
Traducción de Luz Gómez García
De La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)
Traducción de Luz Gómez García
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7/10/08
El pavo real blanco de Holland Park, por Hanan al-Shaykh
Yasmín estaba de pie, contemplando asombrada el pavo real blanco. No sabía que la naturaleza pudiera crear tales criaturas. Cada una de las plumas de su larga cola estaba adornada con un ojo rodeado de un corazón, después de otro corazón más grande y finalmente de largas pestañas. Las plumas tenían exactamente los mismos dibujos que las plumas de pavo verdeazuladas, pero eran blancas. ¿Por qué nadie había pensado en plumas blancas de pavo real cuando se quería describir la bruma matutina? Ella caminó a su encuentro, pensando en la manera de hacerle desplegar la cola. Le gritó, le tiró una piedra ―una pequeña― y ladró como un perro. El pavo, cuya cabeza estaba coronada de blanco como si fuera una capa de nieve reciente, siguió moviéndose orgullosa y lentamente, arrastrando la cola tras de sí como una nube de fino encaje. Ella quería que el animal se le acercara y se quedara quieto donde ella pudiera verlo, pero siguió moviéndose con sus andares calmos y altaneros. Yasmín sacó rápidamente un pedazo de pan que había traído para que su hijo diera de comer a los patos y lo desmigajó al paso del pavo real. Éste se acercó, picoteó las migas e, incapaz de encontrar nada más de su interés, se alejó. Dios no había olvidado ni un solo ornamento. Mientras ella lo seguía, pensó en escribirle a su amiga de Beirut contándole aquello. Después apartó esa idea de su mente con un sentimiento de culpabilidad: resultaba impensable describirle el pavo real blanco mientras ella y las demás que se habían quedado en Beirut se pasaban los días buscando protección de los bombardeos recorriendo los pasillos de sus bloques de apartamentos de camino a los refugios subterráneos.
Su hijo Ziyad corría delante de ella lamiendo un helado. Ella se sentía feliz de haberle podido sacar de Beirut, pues por primera vez en muchos meses podía corretear como un chiquillo. Se había pasado dos meses encerrado en casa, confinado en su habitación, en la cocina y en el pasillo que los unía. Ella bajó la vista hasta sus propios pies como si los estuviera descubriendo de nuevo, y empezó a correr gozosa, observando como se movían. No se dio cuanta de que ella y Ziyad estaban solos en el parque ni de que el sol ya había desaparecido hasta que la oscuridad se cernió sobre ellos de repente. Llegó hasta donde estaba Ziyad, le cogió de la mano y se dirigió a toda prisa al lugar por donde habían entrado, pero una verja les cerraba el paso, y estaba cerrada con llave. Ella se sorprendió y asustó a partes iguales: nunca había pensado que los parques y los jardines tuvieran verjas que pudieran cerrarse. Su temor se contagió por sí solo a Ziyad, quien le preguntó con ansiedad:
―¿Vamos a dormir aquí?
―No tardaremos. Pronto estaremos fuera ―le aseguró ella.
Debía de haber otra verja. Todos los parques tienen varias salidas. Ella empezó a dar vueltas y no encontró ninguna: Holland Park parecía haberse transformado en un denso bosque de altos árboles. Las hojas caídas del otoño se amontonaban en el suelo, y sus pies empezaron a hundirse en ellas. Aunque tenía miedo, no podía evitar admirar la belleza del parque silencioso que podía vislumbrar entre tinieblas. Se detuvo, intentando decidir qué camino seguir. Unos cuantos pasos más tarde se halló en la más absoluta oscuridad. El sudor le manaba por las axilas, y las palmas de sus manos estaban humedad. Tenía la lengua seca.
―Oh, Dios ―dijo ella con desánimo.
Oyó que Ziyad la imitaba:
―Oh, Dios.
La voz de su hijo hizo que el miedo se adueñara de ella de nuevo. Debía de haber un teléfono. Había que volver a la primera verja. Intentó recordar dónde estaba.
Fue como si la naturaleza supiera de su difícil situación: un hombre y una mujer que se abrazaban se materializaron debajo de un árbol a unos cuantos pasos de distancia. Cuando advirtieron su presencia comenzaron a alejarse. Ella corrió tras ellos pidiéndoles ayuda. Ella, Ziyad y la pareja estaban pronto caminando juntos por un sendero que ella no había sabido ver antes, bordeando un estanque sobre el que flotaba un ganso blanco. El hombre se detuvo frente a un muro. Salto por encima hasta la calle y esperó a recoger a Ziyad. La mujer la siguiente, y Yasmín se encontró trepando tras ella sin importarle la altura del muro.
Estaba tumbada en la cama con los ojos cerrados, recordando cuando estaba perdida en Holland Park, al hombre y a la mujer que se abrazaban bajo el árbol, las hojas secas del otoño y el pavo real blanco. Recordó su miedo, y para su sorpresa le gustó. Quiso perderse de nuevo, y que la acompañara un hombre. Empezó a imaginárselo: los latidos desbocados de su corazón, el sudor de las palmas de las manos, el hombre cogiéndola de la mano mientras vagaban en busca de una salida para encontrarlas todas cerradas; los dos en el parque mientras todos los pavos reales se habían subido a un árbol a pesar de su admiración por ellos; sus largas colas, que colgaban en una nube de trémula blancura, parecían niebla levantándose entre las ramas de los árboles. Anhelaba esa tensión, el momento decisivo en la relación con un hombre. Con su marido no se le habría pasado por alto la hora; él se habría asegurado de que estuvieran fuera del parque antes del anochecer; de hecho, ella y su marido no habrían paseado nunca juntos por el parque.
Apagó la luz, cerró los ojos y se preguntó con una sonrisa cómo era que ni siquiera la tensión de Beirut le había bastado. Pues incluso en la guerra su tensión había sido algo meramente doméstico: pensaban en la comida, en el agua. No intentaban aliviar sus temores abrazándose muy juntos, ni besándose, lo que aparentemente era una actividad prohibida entre el ruido de las explosiones, aunque resultaba mucho más real que en tiempo de paz. Lo necesitaban para mantener la calma, para reafirmar la existencia del amor a pesar de la violencia de la guerra, pero en vez de eso se pusieron a enrollar alfombras con bolas de naftalina dentro, a construir nuevas puertas de gruesa madera con cerrojos propios de una fortaleza, y a envolver la plata con toallas en vez de a ellos mismos entre sábanas, donde podrían haberse encerrado en su concha sin oír otra cosa que el murmullo de las olas.
Debo encontrar un hombre con el que perderme en Holland Park, de manera que cuando caiga la noche y nosotros caminemos con los pies hundidos en las hojas amarillas para encontrarnos cerradas todas las salidas, nos podamos sosegar y abrazar bajo un árbol mientras decidimos qué hacer; y después entrar en el bosque por el estrecho sendero donde la oscuridad es casi total.
Yasmín siguió vagando por Holland Park, perdida en un espeso bosquecillo tras otro, suspirando, diciendo «Oh, Dios» sin llegar nunca al muro que rodeaba el parque. Siempre estaba en el centro, atrapada en un laberinto infinito de senderos. A pesar de la oscuridad, vislumbró el rostro de un poeta a cuyas conferencias asistía fielmente antes de que estallara la guerra. Él se acercó a ella, sorprendido por ese encuentro casual, y le confesó que también estaba perdido. Yasmín le condujo a las salidas cerradas, a lo largo del sendero oscuro y hasta el interior del bosque. Él la tomó de la mano; ella podía oír el sonido de su propia respiración, y él seguro que también podía sentirla. Entonces ella se detuvo bajo un árbol, cerró los ojos y sintió dos carbones encendidos que se posaban en sus labios. Ella temblaba. Nadie la había besado así antes. Siguieron caminando y vieron que el pavo real blanco estaba dormido. Para sorpresa de ella, el poeta se agachó y alargó la mano para acariciarlo; el pavo no se inmutó. Después cogió la mano de ella y la pasó por encima de las plumas del ave. Ambos se pusieron de pie, y él le cogió el rostro entre las manos y le dijo que ya había reparado en ella durante las veladas de poesía: llevaba un vestido del color del mar y el rostro bronceado. No siguieron caminando, sino que treparon sobre el muro y se quedaron de pie en la acera, abrazándose.
A la mañana siguiente ella no podía creer que su encuentro con el poeta fuera un sueño. Ella soñaba regularmente, y también con hombres, pero no de aquella forma, no con el realismo y la veracidad de ese sueño. Durante el día, mientras recorría todo Londres con su hijo buscando una escuela para él, admirando la ciudad y disfrutando de saberse lejos de los temores de la guerra, sentía constantemente la calidez de la mano del poeta y el roce de su pecho mientras la cogía en brazos para ayudarla a saltar el muro que rodeaba el parque. Siguió sintiendo esa desazón hasta bien entrada la tarde, cuando se dirigió hacia el parque y empezó a recorrer los mismos senderos que había tomado con él. Miró a su alrededor, comprobando todos los detalles de las ramas y los troncos de los árboles que había visto con él; hasta la sensación al caminar sobre los montones de hojas secas era la misma. Allí estaba la verja rematada con el alambre de espino, el pequeño estanque, el canto de los pájaros, la fría punzada del viento. Ahí estaba el banco en el que se habían sentado antes de que cayera la oscuridad. Ella siguió caminando, cruzando los brazos sobre el pecho para protegerse del frío mientras Ziyad desmigajaba un pedazo de pan para dárselo al pavo real blanco. Éste estaba observando al gallo, a las gallinas de Guinea y a todas las otras aves que se congregaban a su alrededor estirando las cabezas y observándole con ojos temerosos, y al final les dio la espalda y se comió todo el pan él solo.
Ella reflexionó. ¿Debería escribirle al poeta para pedirle que viniera a Londres? Antes de tener tiempo de preguntarse si él se sorprendería ante tal petición, o si comprendería que debería perderse con ella en Holland Park, algo llamó su atención. El pavo real había desplegado su cola en el aire, mostrando un enorme abanico. Ella se aproximó con cuidado, recordando la delicadeza del coral del Mar Negro, cuyos pedazos era cada uno como un pequeño abanico, y contempló abrumada la blancura del propio coral del pavo. Éste había empezado a pasearse lentamente adelante y atrás, como si fuera consciente de que su belleza provocaba que la gente contuviera admirada la respiración. Yasmín recordó las palabras del poeta la noche anterior: que el pavo sólo desplegaba la cola para atraer a al hembra.
Sus conversaciones no podían haber sido una ilusión; era imposible que en realidad no hubieran saltando nunca sobre el muro del parque, que él no la hubiera abrazado con fuerza cuando ella le dijo que amaba a su marido y que nunca le podría ser infiel. Él la había llevado después a un club: ella recordaba el estilo de las sillas, la mesa, los espejos en forma de piña y el sabor exacto del bloody mary cuando tomó un sorbo para aumentar su sensación de regocijo mientras oía que él murmuraba algo. Ella le había preguntado qué pasaba, y él le había respondido entre risas que estaba embrujando su bebida para que ella le amara. Ella le había dicho que lamentaba no haberle invitado a su casa de Beirut para que pudiera ver su apreciado burrito de escayola blanca.
No era un sueño: los sueños atormentan a la gente un día, una semana, pero no un mes entero. Ella recorría los grandes almacenes contemplándose en los espejos, intentando verse a sí misma a través de los ojos de él. Él no era como el resto de los hombres: prestaba atención a los colores, a la ropa, a los menores detalles. Se sentó en la clase de Ziyad, intentando ocuparse escribiendo cartas hasta que Ziyad se sintió cómodo en el aula y se olvidó de su madre. Ella se vio a sí misma garabateando el nombre del poeta. Le escribió una carta, y después la rompió. Compró revistas libanesas con la esperanza de encontrar una foto suya o uno de sus poemas, por si encontraba una alusión a ella. Mencionaba las flores de jazmín por primera vez: tal vez se refería a ella, o tal vez no. En el bar del teatro deseó que estuviera a su lado, comentando la obra como la pareja del rincón. En el autobús de vuelta a casa pensó: «Ojalá estuviera él a mi lado, y no este borracho». Él era real. Ésa era la razón por la cual, cuando su marido se reunió con ella en Londres después de una conferencia en Estado Unidos, ella no le había besado con el mismo entusiasmo ni había anhelado su regreso como en el pasado. Se sentía desligada de él. Se armó de valor y le dijo que amaba al poeta. Él se rió y le dijo con una expresión de ternura en el rostro:
―Eres una soñadora. No cambiarás nunca.
Ella le respondió con silencio. No puede ser sólo un sueño. La intuición enciende la chispa del amor. Las relaciones imaginarias florecen bajo su influencia, y ésta les confiere realidad. Prepara el camino para un encuentro.
Pero cuando estaba absorta preparando la comida, o recorriendo el supermercado comprando verduras, paquetes y latas, o limpiando el baño, le resultaba fácil separar la realidad de la ficción. Ella creía en su propia lógica cuando ésta le indicaba que la atmósfera romántica de Holland Park, el pavo real blanco, Londres y todo lo que rodeaba esas cosas proporcionaban un trasfondo poético propicio al amor: el invierno, los cielos despejados, el frío, la hierba verde, los autobuses, los grandes almacenes, los cines y los teatros, el rugido del tráfico, el ambiente de despreocupación, los gorriones, la ausencia de guerra. Y ella estaba sola y sin hombre la mayor parte del tiempo.
Al caer la noche volvía a convencerse en su fuero interno de la realidad de su sueño. Intentó pensar en la manera de encontrarse con el poeta durante su estancia en Londres. Pero cuando hubo un mes de alto el fuego en el Líbano, Yasmín volvió a Beirut. No volvió a pensar en el poeta hasta que un día le vio acercarse a lo lejos con un periódico en la mano. Ella sonrió y siguió caminando.
Hanan al-Shaykh, Barriendo el sol de los tejados, traducción de Albert Borràs, Barcelona, Ediciones del Bronce, 2001.
Su hijo Ziyad corría delante de ella lamiendo un helado. Ella se sentía feliz de haberle podido sacar de Beirut, pues por primera vez en muchos meses podía corretear como un chiquillo. Se había pasado dos meses encerrado en casa, confinado en su habitación, en la cocina y en el pasillo que los unía. Ella bajó la vista hasta sus propios pies como si los estuviera descubriendo de nuevo, y empezó a correr gozosa, observando como se movían. No se dio cuanta de que ella y Ziyad estaban solos en el parque ni de que el sol ya había desaparecido hasta que la oscuridad se cernió sobre ellos de repente. Llegó hasta donde estaba Ziyad, le cogió de la mano y se dirigió a toda prisa al lugar por donde habían entrado, pero una verja les cerraba el paso, y estaba cerrada con llave. Ella se sorprendió y asustó a partes iguales: nunca había pensado que los parques y los jardines tuvieran verjas que pudieran cerrarse. Su temor se contagió por sí solo a Ziyad, quien le preguntó con ansiedad:
―¿Vamos a dormir aquí?
―No tardaremos. Pronto estaremos fuera ―le aseguró ella.
Debía de haber otra verja. Todos los parques tienen varias salidas. Ella empezó a dar vueltas y no encontró ninguna: Holland Park parecía haberse transformado en un denso bosque de altos árboles. Las hojas caídas del otoño se amontonaban en el suelo, y sus pies empezaron a hundirse en ellas. Aunque tenía miedo, no podía evitar admirar la belleza del parque silencioso que podía vislumbrar entre tinieblas. Se detuvo, intentando decidir qué camino seguir. Unos cuantos pasos más tarde se halló en la más absoluta oscuridad. El sudor le manaba por las axilas, y las palmas de sus manos estaban humedad. Tenía la lengua seca.
―Oh, Dios ―dijo ella con desánimo.
Oyó que Ziyad la imitaba:
―Oh, Dios.
La voz de su hijo hizo que el miedo se adueñara de ella de nuevo. Debía de haber un teléfono. Había que volver a la primera verja. Intentó recordar dónde estaba.
Fue como si la naturaleza supiera de su difícil situación: un hombre y una mujer que se abrazaban se materializaron debajo de un árbol a unos cuantos pasos de distancia. Cuando advirtieron su presencia comenzaron a alejarse. Ella corrió tras ellos pidiéndoles ayuda. Ella, Ziyad y la pareja estaban pronto caminando juntos por un sendero que ella no había sabido ver antes, bordeando un estanque sobre el que flotaba un ganso blanco. El hombre se detuvo frente a un muro. Salto por encima hasta la calle y esperó a recoger a Ziyad. La mujer la siguiente, y Yasmín se encontró trepando tras ella sin importarle la altura del muro.
Estaba tumbada en la cama con los ojos cerrados, recordando cuando estaba perdida en Holland Park, al hombre y a la mujer que se abrazaban bajo el árbol, las hojas secas del otoño y el pavo real blanco. Recordó su miedo, y para su sorpresa le gustó. Quiso perderse de nuevo, y que la acompañara un hombre. Empezó a imaginárselo: los latidos desbocados de su corazón, el sudor de las palmas de las manos, el hombre cogiéndola de la mano mientras vagaban en busca de una salida para encontrarlas todas cerradas; los dos en el parque mientras todos los pavos reales se habían subido a un árbol a pesar de su admiración por ellos; sus largas colas, que colgaban en una nube de trémula blancura, parecían niebla levantándose entre las ramas de los árboles. Anhelaba esa tensión, el momento decisivo en la relación con un hombre. Con su marido no se le habría pasado por alto la hora; él se habría asegurado de que estuvieran fuera del parque antes del anochecer; de hecho, ella y su marido no habrían paseado nunca juntos por el parque.
Apagó la luz, cerró los ojos y se preguntó con una sonrisa cómo era que ni siquiera la tensión de Beirut le había bastado. Pues incluso en la guerra su tensión había sido algo meramente doméstico: pensaban en la comida, en el agua. No intentaban aliviar sus temores abrazándose muy juntos, ni besándose, lo que aparentemente era una actividad prohibida entre el ruido de las explosiones, aunque resultaba mucho más real que en tiempo de paz. Lo necesitaban para mantener la calma, para reafirmar la existencia del amor a pesar de la violencia de la guerra, pero en vez de eso se pusieron a enrollar alfombras con bolas de naftalina dentro, a construir nuevas puertas de gruesa madera con cerrojos propios de una fortaleza, y a envolver la plata con toallas en vez de a ellos mismos entre sábanas, donde podrían haberse encerrado en su concha sin oír otra cosa que el murmullo de las olas.
Debo encontrar un hombre con el que perderme en Holland Park, de manera que cuando caiga la noche y nosotros caminemos con los pies hundidos en las hojas amarillas para encontrarnos cerradas todas las salidas, nos podamos sosegar y abrazar bajo un árbol mientras decidimos qué hacer; y después entrar en el bosque por el estrecho sendero donde la oscuridad es casi total.
Yasmín siguió vagando por Holland Park, perdida en un espeso bosquecillo tras otro, suspirando, diciendo «Oh, Dios» sin llegar nunca al muro que rodeaba el parque. Siempre estaba en el centro, atrapada en un laberinto infinito de senderos. A pesar de la oscuridad, vislumbró el rostro de un poeta a cuyas conferencias asistía fielmente antes de que estallara la guerra. Él se acercó a ella, sorprendido por ese encuentro casual, y le confesó que también estaba perdido. Yasmín le condujo a las salidas cerradas, a lo largo del sendero oscuro y hasta el interior del bosque. Él la tomó de la mano; ella podía oír el sonido de su propia respiración, y él seguro que también podía sentirla. Entonces ella se detuvo bajo un árbol, cerró los ojos y sintió dos carbones encendidos que se posaban en sus labios. Ella temblaba. Nadie la había besado así antes. Siguieron caminando y vieron que el pavo real blanco estaba dormido. Para sorpresa de ella, el poeta se agachó y alargó la mano para acariciarlo; el pavo no se inmutó. Después cogió la mano de ella y la pasó por encima de las plumas del ave. Ambos se pusieron de pie, y él le cogió el rostro entre las manos y le dijo que ya había reparado en ella durante las veladas de poesía: llevaba un vestido del color del mar y el rostro bronceado. No siguieron caminando, sino que treparon sobre el muro y se quedaron de pie en la acera, abrazándose.
A la mañana siguiente ella no podía creer que su encuentro con el poeta fuera un sueño. Ella soñaba regularmente, y también con hombres, pero no de aquella forma, no con el realismo y la veracidad de ese sueño. Durante el día, mientras recorría todo Londres con su hijo buscando una escuela para él, admirando la ciudad y disfrutando de saberse lejos de los temores de la guerra, sentía constantemente la calidez de la mano del poeta y el roce de su pecho mientras la cogía en brazos para ayudarla a saltar el muro que rodeaba el parque. Siguió sintiendo esa desazón hasta bien entrada la tarde, cuando se dirigió hacia el parque y empezó a recorrer los mismos senderos que había tomado con él. Miró a su alrededor, comprobando todos los detalles de las ramas y los troncos de los árboles que había visto con él; hasta la sensación al caminar sobre los montones de hojas secas era la misma. Allí estaba la verja rematada con el alambre de espino, el pequeño estanque, el canto de los pájaros, la fría punzada del viento. Ahí estaba el banco en el que se habían sentado antes de que cayera la oscuridad. Ella siguió caminando, cruzando los brazos sobre el pecho para protegerse del frío mientras Ziyad desmigajaba un pedazo de pan para dárselo al pavo real blanco. Éste estaba observando al gallo, a las gallinas de Guinea y a todas las otras aves que se congregaban a su alrededor estirando las cabezas y observándole con ojos temerosos, y al final les dio la espalda y se comió todo el pan él solo.
Ella reflexionó. ¿Debería escribirle al poeta para pedirle que viniera a Londres? Antes de tener tiempo de preguntarse si él se sorprendería ante tal petición, o si comprendería que debería perderse con ella en Holland Park, algo llamó su atención. El pavo real había desplegado su cola en el aire, mostrando un enorme abanico. Ella se aproximó con cuidado, recordando la delicadeza del coral del Mar Negro, cuyos pedazos era cada uno como un pequeño abanico, y contempló abrumada la blancura del propio coral del pavo. Éste había empezado a pasearse lentamente adelante y atrás, como si fuera consciente de que su belleza provocaba que la gente contuviera admirada la respiración. Yasmín recordó las palabras del poeta la noche anterior: que el pavo sólo desplegaba la cola para atraer a al hembra.
Sus conversaciones no podían haber sido una ilusión; era imposible que en realidad no hubieran saltando nunca sobre el muro del parque, que él no la hubiera abrazado con fuerza cuando ella le dijo que amaba a su marido y que nunca le podría ser infiel. Él la había llevado después a un club: ella recordaba el estilo de las sillas, la mesa, los espejos en forma de piña y el sabor exacto del bloody mary cuando tomó un sorbo para aumentar su sensación de regocijo mientras oía que él murmuraba algo. Ella le había preguntado qué pasaba, y él le había respondido entre risas que estaba embrujando su bebida para que ella le amara. Ella le había dicho que lamentaba no haberle invitado a su casa de Beirut para que pudiera ver su apreciado burrito de escayola blanca.
No era un sueño: los sueños atormentan a la gente un día, una semana, pero no un mes entero. Ella recorría los grandes almacenes contemplándose en los espejos, intentando verse a sí misma a través de los ojos de él. Él no era como el resto de los hombres: prestaba atención a los colores, a la ropa, a los menores detalles. Se sentó en la clase de Ziyad, intentando ocuparse escribiendo cartas hasta que Ziyad se sintió cómodo en el aula y se olvidó de su madre. Ella se vio a sí misma garabateando el nombre del poeta. Le escribió una carta, y después la rompió. Compró revistas libanesas con la esperanza de encontrar una foto suya o uno de sus poemas, por si encontraba una alusión a ella. Mencionaba las flores de jazmín por primera vez: tal vez se refería a ella, o tal vez no. En el bar del teatro deseó que estuviera a su lado, comentando la obra como la pareja del rincón. En el autobús de vuelta a casa pensó: «Ojalá estuviera él a mi lado, y no este borracho». Él era real. Ésa era la razón por la cual, cuando su marido se reunió con ella en Londres después de una conferencia en Estado Unidos, ella no le había besado con el mismo entusiasmo ni había anhelado su regreso como en el pasado. Se sentía desligada de él. Se armó de valor y le dijo que amaba al poeta. Él se rió y le dijo con una expresión de ternura en el rostro:
―Eres una soñadora. No cambiarás nunca.
Ella le respondió con silencio. No puede ser sólo un sueño. La intuición enciende la chispa del amor. Las relaciones imaginarias florecen bajo su influencia, y ésta les confiere realidad. Prepara el camino para un encuentro.
Pero cuando estaba absorta preparando la comida, o recorriendo el supermercado comprando verduras, paquetes y latas, o limpiando el baño, le resultaba fácil separar la realidad de la ficción. Ella creía en su propia lógica cuando ésta le indicaba que la atmósfera romántica de Holland Park, el pavo real blanco, Londres y todo lo que rodeaba esas cosas proporcionaban un trasfondo poético propicio al amor: el invierno, los cielos despejados, el frío, la hierba verde, los autobuses, los grandes almacenes, los cines y los teatros, el rugido del tráfico, el ambiente de despreocupación, los gorriones, la ausencia de guerra. Y ella estaba sola y sin hombre la mayor parte del tiempo.
Al caer la noche volvía a convencerse en su fuero interno de la realidad de su sueño. Intentó pensar en la manera de encontrarse con el poeta durante su estancia en Londres. Pero cuando hubo un mes de alto el fuego en el Líbano, Yasmín volvió a Beirut. No volvió a pensar en el poeta hasta que un día le vio acercarse a lo lejos con un periódico en la mano. Ella sonrió y siguió caminando.
Hanan al-Shaykh, Barriendo el sol de los tejados, traducción de Albert Borràs, Barcelona, Ediciones del Bronce, 2001.
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2/10/08
Darwix en “Notre musique”, de Jean-Luc Godard
En Notre musique (2004), Godard reflexiona sobre el papel de la guerra en el siglo XX y los desastres de nuestro tiempo, en particular el conflicto israelo-árabe. Con ocasión de los Encuentros Europeos del Libro celebrados en Sarajevo, Godard incluye en el relato el testimonio de Mahmud Darwix.
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25/9/08
Edward Said y el Estado binacional, por Luz Gómez García
Se cumplen hoy cinco años de la muerte de Edward Said. El aniversario, como todos, sería banal si no fuera porque en el tiempo transcurrido las reflexiones de Said sobre Palestina han cobrado nuevos bríos. Said, más visionario que analista exhaustivo, y mejor polemista que teórico, se caracterizó siempre por su empeño en que se reconociera a los palestinos el derecho a contar su propia historia. Su experiencia vital de palestino y ciudadano estadounidense le dotó de una visión compleja del conflicto entre palestinos e israelíes.
En 1980, Edward Said fue pionero en defender el paso de la lucha palestina por la liberación nacional a la lucha por la independencia estatal, esto es, la necesidad de que la OLP aceptara la partición de Palestina y la solución de los dos Estados. Veinte años después, en 1999, señaló que el Estado binacional, se llamara como se llamara, Israel o Palestina, era, aun a largo plazo, la única salida del conflicto. Tanto en una como en otra ocasión, sus posturas levantaron enconadas críticas entre los poderes político e intelectual de ambas naciones, pero el paso de los años parece haber acabado dándole la razón: salvo la derecha sionista más ultramontana, hoy ya nadie discute el derecho de los palestinos a tener un Estado propio en los Territorios Ocupados por Israel en 1967. Sin embargo, esta solución se muestra, a la vista de los acontecimientos, cada vez más inviable, y adquiere protagonismo el convencimiento último de Said de que ambos pueblos pueden y deben vivir en el marco constitucional de un único Estado binacional en el territorio de la Palestina del mandato británico.
Cuando Said publicó The question of Palestine (La cuestión palestina, 1980), Fatah y el Frente Popular para la Liberación de Palestina, las dos principales formaciones de la OLP, le atacaron con virulencia por plantear la necesidad de reconocer a Israel y reducir el objetivo de la lucha nacional a la obtención de la independencia estatal en las fronteras de la resolución 242 de Naciones Unidas. Ya en 1978, Said había llevado a cabo cierta interlocución con la Administración Carter, que parecía interesada en incorporar a los palestinos a una suerte de solución conjunta con Egipto en el marco de la resolución 242. Según el propio Said, Arafat en persona le transmitió la negativa de la OLP a aceptar esos términos, en su opinión más justos y ventajosos para los palestinos que los aceptados en Oslo quince años después. Pero en los años transcurridos entre Camp David y Oslo, se hizo patente que la brecha entre la retórica sobre la liberación de la patria palestina y la realidad era insalvable: en 1982 la cúpula palestina hubo de abandonar por mar Beirut, asediada por el ejército israelí, y en noviembre de 1988 la asamblea del Consejo Nacional Palestino celebrada en Argel proclamó el Estado palestino en un documento que tácitamente reconocía la existencia de Israel y respondía a los retos de la reciente intifada.
Edward Said no llegó a formular sistemáticamente su visión del Estado binacional en el territorio de la Palestina histórica (el actual Israel más los Territorios Ocupados en Gaza y Cisjordania), pero sí la esbozó en varios artículos y conferencias. La idea y la práctica de la ciudadanía, y no de una comunidad étnica o religiosa, sería, según Said, el punto de partida para elaborar una constitución estrictamente democrática y laica, con iguales derechos y responsabilidades para todos sus ciudadanos, incluido el derecho de cada cual a practicar la vida comunitaria a su manera, judía o palestina. Las renuncias al estatuto especial de un pueblo a expensas del otro también serían mutuas: la Ley de Retorno de los judíos y el derecho al retorno de los refugiados palestinos se deberían reconsiderar y retocar conjuntamente; la noción del Gran Israel como tierra sagrada judía y la de Palestina como territorio árabe inajenable habrían de reducir su escala y exclusividad. Según Said, Palestina ha sido siempre una tierra de muchos relatos, multicultural, multiétnica y multirreligiosa, y la idea misma del Estado binacional hunde sus raíces en pensadores judíos (Judah Magnes, Martin Buber, Hannah Arendt) de la época de entreguerras.
En Culture and resistance (Cultura y resistencia, 2003), Said, a la vista de la realidad creada por la Ocupación en los últimos cuarenta años, resumió en cuatro los motivos por los que era ineluctable la solución binacional. En primer lugar, la geografía humana: los asentamientos y sus carreteras han imbricado de tal manera a ambas poblaciones que, salvo la imposible retirada total israelí de Cisjordania, toda solución que conlleve la segregación de israelíes y palestinos es inviable. En segundo lugar, la geografía económica: la recíproca dependencia económica (mano de obra palestina y territorios y servicios israelíes) impide un establecimiento de fronteras excluyentes que no fuerce la expulsión masiva de población. En tercer lugar, la realidad demográfica: Said auguraba que para el año 2010 israelíes y palestinos asentados en Palestina-Israel (que no judíos y palestinos del mundo) estarían igualados demográficamente, de modo que el apartheid en un territorio tan pequeño resultaría inviable en la práctica. Finalmente, Said argüía que la sociedad civil laica israelí estaba planteándose la necesidad de reconstruir la noción de ciudadanía a partir de derechos nacionales y no étnicos, dado el avance, por una parte, del poder ultraortodoxo, y, por otra, de las demandas igualitarias de los israelíes de origen palestino.
Aun reconociendo el carácter utópico de la solución, los escritos de Said insisten en que a largo plazo es la única posible, pues es la única justa y equitativa, y por ello la única que garantiza la paz. Para llegar a ella, es ineludible que Israel reconozca su responsabilidad en el sufrimiento palestino y ofrezca algún tipo de reparación, quizá a través de una comisión de la verdad y la reconciliación como la que hubo en Sudáfrica. El reconocimiento del derecho al retorno de los palestinos expulsados en 1948, uno de los mayores escollos para este proceso, podría abordarse a la luz de la necesaria revisión del derecho internacional sobre derechos de los inmigrantes, una propuesta novedosa que valdría la pena investigar.
La confianza de Said en el potencial del individuo como motor del cambio colectivo, en el papel del intelectual como agente del pensamiento crítico que promueve una conciencia social, no son ajenos a este planteamiento. Aun no siendo optimista sobre la inmediatez en los cambios de todo un sistema, Said siempre apostó por una ciudadanía alerta y concienciada, y desde el humanismo vital que practicaba creía que "palestinos e israelíes tienen que sentir que pueden y deben vivir en pie de igualdad -iguales en derechos, iguales en historia, iguales en sufrimiento- antes de que pueda emerger una comunidad real entre ambos pueblos".
No es que hoy haya más motivos para la esperanza, sí en cambio para la desconfianza ante las fórmulas ensayadas: la segregación demográfica y territorial naturalizada con el Muro, la bantustanización de Cisjordania y la disgregación de Gaza, el avance de la judaización organizada de Jerusalén, son realidades que, más allá de voluntades políticas concretas, hacen inviable en la práctica una solución que comporte la creación de un Estado palestino soberano. El colapso material y anímico de los palestinos se palpa en cada esquina. También entre los israelíes desprejuiciados y críticos ante las lacras del sionismo. De modo que lo que hasta hace un par de años era un tabú o el delirio de unos pocos radicales (Noam Chomsky, el activista e intelectual israelí Michel Warschawski o los palestinos Azmi Bichara y Mustafá Barguti) comienza a ocupar un lugar en lo futurible. La ciudadanía binacional de israelíes y palestinos en un futuro Estado único basado en la igualdad, en fronteras reconocidas por sus vecinos y en el destierro definitivo del pasado mitológico, habrá de ser abordada.
El País, 25/9/08
Fuente
En 1980, Edward Said fue pionero en defender el paso de la lucha palestina por la liberación nacional a la lucha por la independencia estatal, esto es, la necesidad de que la OLP aceptara la partición de Palestina y la solución de los dos Estados. Veinte años después, en 1999, señaló que el Estado binacional, se llamara como se llamara, Israel o Palestina, era, aun a largo plazo, la única salida del conflicto. Tanto en una como en otra ocasión, sus posturas levantaron enconadas críticas entre los poderes político e intelectual de ambas naciones, pero el paso de los años parece haber acabado dándole la razón: salvo la derecha sionista más ultramontana, hoy ya nadie discute el derecho de los palestinos a tener un Estado propio en los Territorios Ocupados por Israel en 1967. Sin embargo, esta solución se muestra, a la vista de los acontecimientos, cada vez más inviable, y adquiere protagonismo el convencimiento último de Said de que ambos pueblos pueden y deben vivir en el marco constitucional de un único Estado binacional en el territorio de la Palestina del mandato británico.
Cuando Said publicó The question of Palestine (La cuestión palestina, 1980), Fatah y el Frente Popular para la Liberación de Palestina, las dos principales formaciones de la OLP, le atacaron con virulencia por plantear la necesidad de reconocer a Israel y reducir el objetivo de la lucha nacional a la obtención de la independencia estatal en las fronteras de la resolución 242 de Naciones Unidas. Ya en 1978, Said había llevado a cabo cierta interlocución con la Administración Carter, que parecía interesada en incorporar a los palestinos a una suerte de solución conjunta con Egipto en el marco de la resolución 242. Según el propio Said, Arafat en persona le transmitió la negativa de la OLP a aceptar esos términos, en su opinión más justos y ventajosos para los palestinos que los aceptados en Oslo quince años después. Pero en los años transcurridos entre Camp David y Oslo, se hizo patente que la brecha entre la retórica sobre la liberación de la patria palestina y la realidad era insalvable: en 1982 la cúpula palestina hubo de abandonar por mar Beirut, asediada por el ejército israelí, y en noviembre de 1988 la asamblea del Consejo Nacional Palestino celebrada en Argel proclamó el Estado palestino en un documento que tácitamente reconocía la existencia de Israel y respondía a los retos de la reciente intifada.
Edward Said no llegó a formular sistemáticamente su visión del Estado binacional en el territorio de la Palestina histórica (el actual Israel más los Territorios Ocupados en Gaza y Cisjordania), pero sí la esbozó en varios artículos y conferencias. La idea y la práctica de la ciudadanía, y no de una comunidad étnica o religiosa, sería, según Said, el punto de partida para elaborar una constitución estrictamente democrática y laica, con iguales derechos y responsabilidades para todos sus ciudadanos, incluido el derecho de cada cual a practicar la vida comunitaria a su manera, judía o palestina. Las renuncias al estatuto especial de un pueblo a expensas del otro también serían mutuas: la Ley de Retorno de los judíos y el derecho al retorno de los refugiados palestinos se deberían reconsiderar y retocar conjuntamente; la noción del Gran Israel como tierra sagrada judía y la de Palestina como territorio árabe inajenable habrían de reducir su escala y exclusividad. Según Said, Palestina ha sido siempre una tierra de muchos relatos, multicultural, multiétnica y multirreligiosa, y la idea misma del Estado binacional hunde sus raíces en pensadores judíos (Judah Magnes, Martin Buber, Hannah Arendt) de la época de entreguerras.
En Culture and resistance (Cultura y resistencia, 2003), Said, a la vista de la realidad creada por la Ocupación en los últimos cuarenta años, resumió en cuatro los motivos por los que era ineluctable la solución binacional. En primer lugar, la geografía humana: los asentamientos y sus carreteras han imbricado de tal manera a ambas poblaciones que, salvo la imposible retirada total israelí de Cisjordania, toda solución que conlleve la segregación de israelíes y palestinos es inviable. En segundo lugar, la geografía económica: la recíproca dependencia económica (mano de obra palestina y territorios y servicios israelíes) impide un establecimiento de fronteras excluyentes que no fuerce la expulsión masiva de población. En tercer lugar, la realidad demográfica: Said auguraba que para el año 2010 israelíes y palestinos asentados en Palestina-Israel (que no judíos y palestinos del mundo) estarían igualados demográficamente, de modo que el apartheid en un territorio tan pequeño resultaría inviable en la práctica. Finalmente, Said argüía que la sociedad civil laica israelí estaba planteándose la necesidad de reconstruir la noción de ciudadanía a partir de derechos nacionales y no étnicos, dado el avance, por una parte, del poder ultraortodoxo, y, por otra, de las demandas igualitarias de los israelíes de origen palestino.
Aun reconociendo el carácter utópico de la solución, los escritos de Said insisten en que a largo plazo es la única posible, pues es la única justa y equitativa, y por ello la única que garantiza la paz. Para llegar a ella, es ineludible que Israel reconozca su responsabilidad en el sufrimiento palestino y ofrezca algún tipo de reparación, quizá a través de una comisión de la verdad y la reconciliación como la que hubo en Sudáfrica. El reconocimiento del derecho al retorno de los palestinos expulsados en 1948, uno de los mayores escollos para este proceso, podría abordarse a la luz de la necesaria revisión del derecho internacional sobre derechos de los inmigrantes, una propuesta novedosa que valdría la pena investigar.
La confianza de Said en el potencial del individuo como motor del cambio colectivo, en el papel del intelectual como agente del pensamiento crítico que promueve una conciencia social, no son ajenos a este planteamiento. Aun no siendo optimista sobre la inmediatez en los cambios de todo un sistema, Said siempre apostó por una ciudadanía alerta y concienciada, y desde el humanismo vital que practicaba creía que "palestinos e israelíes tienen que sentir que pueden y deben vivir en pie de igualdad -iguales en derechos, iguales en historia, iguales en sufrimiento- antes de que pueda emerger una comunidad real entre ambos pueblos".
No es que hoy haya más motivos para la esperanza, sí en cambio para la desconfianza ante las fórmulas ensayadas: la segregación demográfica y territorial naturalizada con el Muro, la bantustanización de Cisjordania y la disgregación de Gaza, el avance de la judaización organizada de Jerusalén, son realidades que, más allá de voluntades políticas concretas, hacen inviable en la práctica una solución que comporte la creación de un Estado palestino soberano. El colapso material y anímico de los palestinos se palpa en cada esquina. También entre los israelíes desprejuiciados y críticos ante las lacras del sionismo. De modo que lo que hasta hace un par de años era un tabú o el delirio de unos pocos radicales (Noam Chomsky, el activista e intelectual israelí Michel Warschawski o los palestinos Azmi Bichara y Mustafá Barguti) comienza a ocupar un lugar en lo futurible. La ciudadanía binacional de israelíes y palestinos en un futuro Estado único basado en la igualdad, en fronteras reconocidas por sus vecinos y en el destierro definitivo del pasado mitológico, habrá de ser abordada.
El País, 25/9/08
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