28/6/09
“Estoy en contra de la poesía política o de resistencia inmediata”. Entrevista por Manuel Planelles
Pregunta. ¿Es inevitable que surja el problema palestino si se habla con usted de literatura?
Darwix. Estoy preocupado por esta cuestión. A pesar de que me siento palestino, veo que cuando se habla con un poeta americano no se le pregunta por la política norteamericana. Pero comprendo que el problema en mi tierra es tan largo, tan enquistado y tan doloroso que cualquier palestino quiere hacer algo por poco que sea. Pero me niego a que el único tema existente en la poesía palestina sea el conflicto. Es cierto que todo poeta tiene unas circunstancias históricas concretas pero, si es un buen poeta, tiene que abstraerse para ir de lo concreto a lo universal.
P. ¿Está cansado de que se le considere el poeta nacional palestino?
Darwix. No estoy cansado de eso, estoy cansado de que los lectores de mi poesía crean que saben lo que voy a escribir antes de que lo haya escrito. Pero yo siempre intento sorprenderles. Estoy en contra de la poesía política o de resistencia inmediata. Mi última colección de poemas, por ejemplo, trata de las flores de los almendros. Estoy cansado de algunos intelectuales que quieren encasillarme como un poeta político directo. Curiosamente, me acusan de dos cosas: unos de no ser lo suficientemente nacionalista y otros de ser demasiado político y nacionalista. Pero el lector busca otra cosa. Cuando recito en Palestina siento que lo que quiere la gente es que les lea poesía de amor. Los palestinos están vivos y quieren lo que el resto de la humanidad: amor.
P. En su poesía hay referencias constantes a la Tora, a los Evangelios, al Corán... ¿Es un afán integrador?
Darwix. Yo me siento hijo de todas estas culturas. Yo soy hijo de la tierra palestina y todas las culturas del mundo hunden sus raíces allí. La identidad cultural de Palestina es múltiple, plural. Cuando introduzco en mi poesía elementos relativos a la Tora o a los Evangelios, éstos no son religiosos sino literarios. Mi relación con todos estos libros es literaria. Es importante comprender que todas las religiones se han ido sucediendo unas a otras no para suplantarse sino para complementar un mensaje. Esto es algo que deben aprender los fundamentalistas de todas estas religiones.
P. ¿Árabes y judíos viven de espaldas en lo cultural?
Darwix. El enfrentamiento entre israelíes y árabes ha dejado de lado la investigación sobre las relaciones culturales. Lo más peligroso de esta lucha es que la están convirtiendo en un combate religioso.
P. Usted ha dicho que “el mundo se mueve en el poema, pero el poema no cambia el mundo”. ¿Qué puede hacer un poema?
Darwix. El arte tiene algo mágico porque no pretende tener una función clara. Hay bastantes escuelas de pensamiento que creen que la poesía puede cambiar el mundo. Esto es un sueño, todo poeta sueña que con su poema puede cambiar el mundo. Pero lo que tiene que ser indispensablemente es bello. El poema lo que puede hacer es cambiar nuestra forma de ver el mundo. Cambiar nuestra forma de relacionarnos con el mundo porque nos lleva al principio del verbo. Pero la poesía no es como un espejo. Yo escribí una vez que el poema sólo cambia a quien lo escribe. En la poesía también hay una parte de búsqueda personal. Volviendo a Palestina, el poeta palestino siente que tiene que reconstruir un espacio y un tiempo que se han roto pero no tiene otros útiles que no sean las palabras. Con ellas intenta reconstruir una patria o hace de las palabras una patria. Porque la patria última de un poeta son las palabras.
P. ¿Cree que el ritmo es el mayor tesoro de la poesía árabe?
Darwix. Creo que el ritmo es lo más importante para cualquier poeta. La musicalidad es el momento que distingue la prosa del verso. Yo no soy un poeta a la manera clásica que defienda los versos y los pies métricos tradicionales, pero considero que el ritmo poético es un elemento indispensable. Es cierto que la literatura árabe es muy rica en metros, pero sorprendentemente la mayoría de los poetas árabes actuales escriben en verso libre. Yo soy uno de los pocos y últimos que escribo con un pie métrico. Lo que hago es buscar en los metros tradicionales pero creando nuevas musicalidades. Escribir poesía sin conocer el ritmo es igual que escribir música sin saber solfeo.
21/6/09
Checkpoint Rock. Canciones desde Palestina, por Fermín Muguruza y Javier Corcuera
17/6/09
Ella/Él
ÉL: Cuando llega el invierno, siento que algo
ausente me arrebata, le doy un
nombre, cualquier nombre, y olvido...
ELLA: ¿Qué olvidas? ¡Dímelo!
ÉL: El temblor de la fiebre y el delirio
bajo las sábanas, sollozando: ¡Arrópame,
arrópame!
ELLA: No es de amor de lo que hablas.
ÉL: No es de amor de lo que hablo.
ELLA: ¿Has sentido deseos de vivir
la muerte en brazos de una mujer?
ÉL: Cuando se cumplía la ausencia, yo me hacía presente...
la distancia se quebraba, la muerte abrazaba a la vida
y la vida a la muerte... como dos amantes.
ELLA: ¿Y después?
ÉL: ¿Después?
ELLA: Fuisteis uno, tú no distinguías tus manos
de las suyas, y os evaporasteis como una nube azul,
sin saber si erais dos cuerpos... o dos fantasmas o...
ÉL: ¿Quién era la hembra, metáfora de la tierra?
¿Quién el macho-cielo?
ELLA: Así empezaban las canciones de amor. Entonces ¡sí
has conocido el amor!
ÉL: Cuando se cumplía la presencia
y se domesticaba lo desconocido...
yo me ausentaba.
ELLA: Es invierno. Tal vez
yo me haya convertido en tu pasado preferido
en invierno.
ÉL: Tal vez... Hasta la vista entonces.
ELLA: Tal vez... ¡Hasta la vista!
De Como la flor del almendro o allende (Ka-zahr al-lauz au abd, Beirut, Riad El-Rayyes, 2005)
Traducción de Luz Gómez García
10/6/09
Exterminadores del amor y la revolución, por Alia Mamduh
Los dos yacían como si hubieran dejado de ser ellos, y eso que en ningún momento la tristeza les había abandonado.
El hombre deseaba cierta tregua, y la mujer no tenía armas concretas.
Detenerse equivaldría a que la vejez irrumpiera en el espacio y en el tiempo.
A lo largo de los años no habían pensado en las consecuencias, pero las vacunas que se habían ido poniendo tenían fecha de caducidad.
El amor, la separación, los muchos amantes, revoloteaban sobre sus cabezas.
Bien, ¿y qué, si el mundo ignoraba sus sufrimientos?
Pero el zumbido de los aviones sembraba de explosiones el lugar.
Ahí estaban todos, buscando nuevas excusas con los exterminadores cada vez más cerca.
¿Podrían continuar amándose?
Cuando pasó el primer avión, la mujer dijo:
—Trece muertos.
Cuando pasó el segundo avión, el hombre dijo:
—Ya son más de sesenta.
Avergonzados de dedicarse a contar el número de muertos, tras el tercer avión ella sentenció:
—Hay que reconocer que el aire se ha vuelto irrespirable.
Tener remordimientos no garantiza la victoria, y menos si el porcentaje de suicidios entre los líderes es cero.
La mujer, levantándose de la cama, le rogó:
—Lavémonos.
—Te acompañaré al río.
Y cuando llegaron al río, su curso había cambiado, y se lavaron con sus propias lágrimas.
Beirut, 1972
Traducción de Luz Gómez García
En VVAA: Iraquíes, traducción de VVAA, Málaga, Miguel Gómez Ediciones, 2003, pp. 129-130.
4/6/09
Pasaporte, por Khalife/Darwix
El poema que sigue, “Pasaporte”, se halla en esa tesitura. Yo lo tenía traducido, pero nunca pensé en incluirlo en la antología. Es de 1970, año en que Darwix marchó definitivamente al exilio. Marcel Khalife lo musicó en su disco Promises of the Storm (1976).
PASAPORTE
No me han reconocido
en las sombras que difuminan
mi color en el pasaporte.
Mi desgarrón estaba expuesto
al turista amante de postales.
No me han reconocido…
Ah, no prives de sol
a la palma de mi mano,
pues el árbol me conoce…
Me conocen las canciones de la lluvia,
no dejes que empalidezca
como la luna.
Todos los pájaros que ha perseguido
la palma de mi mano
a la entrada del lejano aeropuerto,
todos los campos de trigo
todas las cárceles
todas las tumbas blancas
todas las fronteras
todos los pañuelos agitados
todos los ojos
estaban conmigo,
pero ellos los borraron
de mi pasaporte.
¿Despojado de nombre, de pertenencia,
en una tierra que ha crecido
con mis propias manos?
Hoy Job ha llenado el cielo con su grito:
¡No me volváis a tomar por ejemplo!
Señores, señores profetas,
no preguntéis su nombre a los árboles,
no preguntéis por su madre a los valles:
en mi frente despunta la espada de la luz,
y de mi mano brota el agua del río.
Todos los corazones del hombre…
son mi nacionalidad:
¡retiradme
el pasaporte!
Traducción de Luz Gómez García
29/5/09
Cuando la ‘yihad’ es nacionalista, por Luz Gómez García
En la trayectoria última del islamismo se ha acentuado un rasgo propio de toda su historia: la polaridad en la concepción de la estrategia política. Por un lado, siempre ha existido una línea de tendencia centrípeta, que defiende soluciones locales y acepta un entendimiento posibilista con los regímenes en vigor. Por otro, se da una pulsión centrífuga, que articula la vocación internacionalista de todo islamismo, y que suele estar liderada extramuros de los centros de actuación. La gran novedad de los últimos años es el trasvase que se viene produciendo de la pujanza del islamismo internacionalista al nacionalista.
El desarrollo teórico del islamismo internacionalista yihadista es obra del palestino Abdallah Azzam (1941-1989), creador del concepto de al-qaida (la base). Su concepción de la qaida es psicológica y territorial: psicológica, en cuanto que la base supone una preparación mental e ideológica para la yihad; territorial, en cuanto que la base es un territorio liberado desde el que emprender y propagar la reconquista del suelo musulmán. La yihad se convierte así en una estrategia que combate al enemigo exterior (sea Estados Unidos, Israel, la India o la impía comunidad internacional) antes que al interior (los regímenes totalitarios, el nacionalismo laico, la democracia postcolonial) y que libera el territorio arrebatado al islam (Palestina, Afganistán, Cachemira) antes que el sojuzgado por los tiranos domésticos (incluidos los "ulemas de palacio"). Es una yihad de socialización, que busca implicar a la sociedad en su conjunto, desecha la clandestinidad y desprecia las virtudes miríficas del golpe de Estado. Su mayor expresión fueron las milicias de afganos árabes lideradas por Bin Laden, y su culminación, los atentados masivos en territorios no musulmanes (Nueva York, Madrid, Londres, Bali, Bombay).
Pero el yihadismo así concebido precisaba de una rápida internacionalización que no ha logrado. Esto no significa que haya perdido su capacidad operativa, sino que no ha conquistado el estatus que pretendía de utopía liberadora de los musulmanes desheredados. Su fracaso se ha debido, en parte, a la presión de las políticas antiterroristas globales, pero, sobre todo, a su incapacidad para adaptarse a la realidad concreta de la lucha por la emancipación en cada región. En su lugar, ha ido fraguando una redefinición de la yihad en términos nacionalistas que, a su manera, la seculariza.
Si bien la pretensión genérica del islamonacionalismo es estructurar una identidad nacional en términos islámicos, su articulación desde parámetros yihadíes lo distingue de otras propuestas islamistas de corte nacional, a la manera del desintegrado FIS argelino o del pujante Partido de la Justicia y el Desarrollo en el poder en Turquía. El islamonacionalismo se origina en la defensa militar de un territorio, de ahí su confluencia con la qaida internacionalista. Pero desarrolla e implementa fórmulas de organización social y política que dibujan un nuevo marco comunitario nacional, una nueva base en la que las estructuras vigentes se trastocan para dar cabida a una suerte de Estado dentro del Estado. Su origen doctrinal y utópico se remonta a la experiencia de Mahoma en Medina (llamada al-Qaida al-Sulba, la base sólida), donde se instaló con los suyos tras emigrar de La Meca y fundó las bases para la convivencia de la umma, la comunidad minoritaria de nuevos creyentes. En el siglo XXI, la amalgama de islamismo y nacionalismo confesional, territorial o étnico reorganiza políticamente la umma: Hezbolá en Líbano, Hamás en Palestina y los talibanes en Afganistán lo ilustran.
Hezbolá se fundó en 1984, en plena guerra civil libanesa, y su actuación primera fue de carácter militar. Pero desarrolló, casi de inmediato, un ambicioso programa político, social y cultural, implicando a sus bases en actividades subversivas a través de sus propios medios de comunicación, sus centros educativos y de salud y sus redes comerciales y financieras. La anteposición de su carácter nacionalista árabe y libanés a los intereses pro-sirios y a sus propios lazos doctrinales con la jerarquía chií iraní le ha granjeado apoyos al margen de la población chií. Sus triunfos militares contra Israel han completado la aureola: en el año 2000 Hezbolá logró que el Ejército israelí se retirara del sur del Líbano tras 22 años de ocupación, y en el verano de 2006 transformó en una victoria política la razia israelí contra sus bases. Tras su pulso con el régimen libanés, los Acuerdos de Doha de hace un año le reconocieron el derecho a veto en el Parlamento, y obtuvo un ministro y 11 de los 30 puestos del Gabinete en el gobierno de unidad nacional.
Hamás surgió al calor de la Primera Intifada, en 1987, cuando un grupo de Hermanos Musulmanes palestinos dio el salto a la lucha armada contra la ocupación. Su líder histórico, el jeque Áhmad Yasín, asesinado por Israel en 2004, fue un decidido defensor de una visión estratégica que adaptase los postulados islamistas comunes a los Hermanos Musulmanes de todo el mundo a la situación de cada país. La Carta Fundacional de Hamás establece que el nacionalismo es parte integrante del credo religioso, y la yihad el más elevado deber del individuo nacionalista.
Pero Hamás, al igual que Hezbolá en Líbano, ha pasado de considerar la lucha armada su única herramienta de resistencia a participar en el juego electoral y adoptar políticas que muestran que el movimiento está reconsiderando sus postulados maximalistas contrarios a toda solución pactada del conflicto con Israel. En este sentido, en el seno de Hamás se estaba produciendo antes de la reciente invasión de Gaza un debate sobre la estrategia de la lucha armada (efectividad de los atentados suicidas y reconocimiento del Derecho Internacional Humanitario) y sobre la conveniencia de su integración en la OLP, lo cual supondría la aceptación de un Estado palestino en Gaza y Cisjordania con Jerusalén Este por capital. Las actuales negociaciones para formar un segundo gobierno de unidad nacional (aun con mayoría absoluta islamista y muchos de los parlamentarios de Hamás encarcelados en Israel) reflejan un pragmatismo alejado del yihadismo inicial del movimiento.
En Afganistán, la declaración de propósitos de los talibanes tras su entrada triunfal en Kabul en 1996 incluía la restauración de la paz, el desarme de la población, el refuerzo en la aplicación de la sharía y la defensa de la integridad del carácter islámico del país. Claramente, no se trataba de un programa de actuación panislamista sino islamonacionalista. Como se está viendo en la actualidad, su estrategia de implantación social ha sido a largo plazo, y el triunfo militar de la alianza occidental no ha supuesto un cambio en el paradigma comunitario por ellos implantado. Su éxito ha consistido en la ruptura de las fidelidades tribales fraguadas en torno a los máliks (ancianos jeques) en beneficio de sus mulaes. Al frente de un sistema de gobierno centenario se ha colocado la joven clase talibán. Hoy el Gobierno central les otorga una capacidad de intermediación que antaño estaba reservada a los máliks tribales.
Tras una década de discurso islamista centrado en el internacionalismo, la pujanza del islamonacionalismo en distintos contextos regionales, culturales y políticos no sólo muestra la permeabilidad de las ideologías islamistas, sino un pragmatismo estratégico que no se ha de desperdiciar en la búsqueda de un mejor futuro global.
El País, 28/5/09
Fuente
27/5/09
21/5/09
Como un pequeño café es el amor
así es el amor... con las puertas abiertas a todos.
Como un café a rebosar o desierto según haga:
cuanto más llueve, más parroquianos,
si hace bueno, escasean y se aburren...
Aquí me tienes ―oh forastera―, sentado en mi rincón.
(¿De qué color tienes los ojos? ¿Cómo te llamas? Estoy sentado
esperándote. ¿Cómo te abordaré cuando
pases a mi lado?)
Un pequeño café es el amor. Pido dos copas
de vino y bebo a mi salud y a la tuya. He traído
dos sombreros y un paraguas. Está lloviendo.
Llueve más que ningún día, pero tú no entras.
Acabo por decirme: Quizá a la
que espero me ha estado esperando... o ha estado esperando
a otro ―nos ha esperado y no nos ha reconocido―
y se ha dicho: Aquí estoy, esperándote.
(¿De qué color tienes los ojos? ¿Qué vino te gusta?
¿Cómo te llamas? ¿Cómo te abordaré cuando
pases por delante de mí?)
Como un pequeño café es el amor...
De Como la flor del almendro o allende (Ka-zahr al-lauz au abd, Beirut, Riad El-Rayyes, 2005)
Traducción de Luz Gómez García
15/5/09
No se empieza por el final. En el aniversario de la Nakba
Hoy es el gran día del recuerdo. Pero nosotros no miramos hacia atrás para desenterrar la evidencia de un crimen pasado, porque la Nakba es un presente continuo que augura extenderse hacia el futuro. Nosotros no necesitamos nada para recordar la tragedia humana que estamos viviendo desde hace ya 53 años: seguimos viviéndola, aquí y ahora. Seguimos sufriendo sus consecuencias, aquí y ahora, en la tierra de nuestra patria, la única que tenemos.
Los responsables israelíes de la Nakba, al anunciar en un día de conmemoración como hoy que la Guerra de 1948 no ha terminado todavía, desenmascaran escandalosamente el espejismo de su paz, un espejismo surgido en la década pasada, que hacía creer en la posibilidad de poner fin al conflicto, un fin que se basaría en compartir la misma tierra. Desenmascaran también, y escandalosamente, la incompatibilidad del proyecto sionista —en cuanto que su meta, exterminar al pueblo palestino, permanece en el orden del día de su agenda— con la paz.
Esta guerra se hace para que los palestinos sigamos sometidos al desarraigo continuo, para que sigamos siendo refugiados en nuestra propia tierra y fuera de ella, para que se siga pretendiendo, tras la ocupación de nuestra tierra y nuestra historia, barrer nuestra mera existencia, hacer de nuestra existencia como entidad inequívoca en el espacio y el tiempo sombras superfluas desterradas del espacio y el tiempo. Pero los responsables de la Nakba no han conseguido romper la voluntad del pueblo palestino ni borrar su identidad nacional, no, no con el desalojo, ni las masacres, ni volviendo desengaño las ilusiones o falsificando la historia. Tras cinco décadas, no han conseguido ni forzarnos al no ser o al olvido ni borrar la realidad palestina de la conciencia del mundo mediante su falsa mitología, fabricándose una inmunidad moral que confiere a la víctima del pasado el derecho a crear sus propias víctimas. No hay nada como un verdugo sagrado.
Hoy, el recuerdo de la Nakba llega en el momento álgido de la lucha palestina en defensa de su ser, de su derecho natural a la libertad y la autodeterminación en un trozo de su patria histórica, y esto tras haber concedido, para hacer posible la paz, más de lo que nunca hubiera sido necesario según la legalidad internacional. Cuando la hora de la verdad se acerca de nuevo, se ha desenmascarado la verdadera naturaleza del concepto israelí de paz: continuar con la Ocupación bajo otro nombre, en condiciones más ventajosas, y a un coste menor. La Intifada —ayer, hoy, mañana— es la expresión natural y legítima de la resistencia contra la esclavitud, contra una Ocupación caracterizada por la más sucia forma de apartheid, que pretende, bajo el revestimiento de un elusivo proceso de paz, desposeer a los palestinos de sus tierras y de la fuente de su sustento y confinarlos en reservas aisladas asediadas por asentamientos de colonos y carreteras, hasta que llegue el día en que, después de haber aceptado “poner fin a sus demandas y a su lucha”, se les conceda llamar Estado a sus jaulas.

La Intifada es, en esencia, un movimiento civil y popular. No constituye una ruptura con la noción de paz, sino que intenta salvarla de las injusticias del racismo, devolviéndola a sus verdaderos padres, la justicia y la libertad, e impidiendo que continúe el proyecto colonialista de Israel en Gaza y Cisjordania bajo el paraguas de un proceso de paz que los líderes israelíes han vaciado de todo contenido.
Nuestras manos heridas aún pueden desenterrar la maltrecha rama de un olivo de debajo de los escombros de los olivares masacrados, pero sólo si los israelíes alcanzan la edad de la razón y reconocen nuestros legítimos derechos nacionales, recogidos en las resoluciones internacionales: el derecho al retorno, la retirada completa de los territorios palestinos ocupados en 1967 y el derecho a la autodeterminación y a un Estado independiente y soberano con Jerusalén por capital. Porque no puede haber paz con Ocupación, como no la puede haber entre amos y esclavos.
La comunidad internacional no puede —como ya hizo en 1948, año de la Nakba— cerrar los ojos por mucho más tiempo a lo que está pasando en la tierra de Palestina. La agresión israelí sigue asediando a la sociedad palestina, sus fuerzas de destrucción siguen matando y asesinando a un pueblo desarmado, un pueblo que defiende lo que queda de su amenazada existencia: los escombros de sus casas, los olivos que restan, siempre a punto de ser arrancados también.
La naturaleza de la guerra declarada contra el pueblo palestino se verá determinada por la atención internacional que reciba, pues encarna la lucha entre valores internacionales en conflicto: por un lado, las fuerzas cuyo objetivo es hacer posible la pervivencia del colonialismo sionista y el apartheid bajo nuevos nombres y fórmulas; por otro, las fuerzas que insisten en la necesidad de que prevalezca la justicia y la verdad en esta parte del mundo. El compromiso de otros Estados y pueblos en la confrontación que tiene lugar hoy en Palestina así como su apoyo a un pueblo palestino privado de una vida digna, demostraría que no sólo estos Estados y pueblos se implican en la estabilidad política en Oriente Próximo para proteger sus intereses, sino que además detentan una posición moral que da fe de la libertad, la justicia y la igualdad que caracteriza la vida y la cultura de estos pueblos.
Para los palestinos, la protección internacional contra el brutal terrorismo practicado por el régimen israelí —que parece estar por encima del derecho y el orden internacionales— se ha convertido en una urgente necesidad. No sólo es necesaria para purgar los pecados del pasado, sino para prevenir los pecados del futuro, para que no se añada otro capítulo al libro de la Nakba. Pero Israel, en lugar de reconocer su responsabilidad en la Nakba y en la tragedia de los refugiados, requisito previo a cualquier solución política, está ampliando el libro de la Nakba, haciendo que la batalla vuelva a su premisa cultural primera, al campo de batalla inicial, recordándonos que ninguna historia puede empezar por el final.
Nosotros no hemos olvidado el principio, ni las llaves de nuestras casas, las farolas encendidas con nuestra sangre, los mártires que comulgaron con la tierra, la gente y la historia, ni a los vivos que nacieron en el camino y que sólo pueden, en tanto el espíritu de la patria permanezca vivo en nuestro interior, caminar hacia una patria del espíritu.
No olvidaremos ni el ayer ni el mañana. Mañana empieza hoy. Empieza insistiendo en que el camino a recorrer, el camino de la libertad, el camino de la resistencia, se haga hasta el final, hasta que la eterna pareja —paz y libertad— se encuentre.
Traducción de Luz Gómez García
6/5/09
Si avanzas por una calle
que no acaba en un barranco,
di a los basureros: ¡Gracias!
Si regresas vivo a casa
como una rima sin mella,
di para ti mismo: ¡Gracias!
Si tienes negros presagios
y te falla la intuición,
deshaz mañana tus pasos,
di a la mariposa: ¡Gracias!
Si gritas desgañitándote
y el eco responde «¿Quién?»,
dile a la identidad: ¡Gracias!
Si ves alegre una rosa,
si verla no te hace daño,
dile a tu corazón: ¡Gracias!
Si un día cuando despiertes
nadie te frota los párpados,
dile a la lucidez: ¡Gracias!
Si todavía recuerdas
una letra de tu nombre
y del nombre de tu tierra,
¡pórtate como un buen chico!,
que el Señor te diga: ¡Gracias!
De Como la flor del almendro o allende (Ka-zahr al-lauz au abd, Beirut, Riad El-Rayyes, 2005)
Traducción de Luz Gómez García
27/4/09
A mi madre, por Khalife/Darwix
Si hay un poema célebre de Mahmud Darwix, es éste. Célebre en el sentido de poseído por sus lectores, de transformado en memoria personal y colectiva por los palestinos y aun por muchos árabes. Convertido en himno nacional y nacionalista (la madre = la tierra), Darwix defendía su absoluta inocencia poética al componerlo: se trataba tan sólo, sorprendentemente, ¡de un poema a su madre!, escrito en la cárcel en un paquete de cigarrillos, y reivindicaba su derecho a que fuera sólo eso. Como decía Freud, a veces una violeta es sólo una violeta.
Darwix escribió “A mi madre” (إلى أمّي) en 1966. Marcel Khalife lo musicó en su disco Promises of the Storm (1976).
A MI MADRE
Añoro el pan de mi madre,
el café de mi madre,
las caricias de mi madre…
Día tras día
en mí crece la infancia
y amo mi vida, pues
de morir
me avergonzarían las lágrimas
de mi madre.
Haz de mí, si vuelvo un día,
chal para tus pestañas,
cubre mis huesos con hierba
bautizada por tus puros talones,
átame
con un mechón de tus cabellos…
con una hebra del bordado de tu vestido…
Puede que me convierta en un dios,
que en un dios me convierta
si toco el fondo de tu corazón.
Ponme, si es que regreso,
como leña en la lumbre de tu fuego,
como cuerda de tender en la azotea de casa,
porque no puedo levantarme
sin tu oración de cada día.
He envejecido, devuélveme las estrellas de la infancia
para que comparta
con los pájaros más pequeños
la senda de regreso
al nido en que aguardas.
Traducción de Luz Gómez García
(Mahmud Darwix: Poesía escogida (1966-2005), Valencia, Pre-Textos, 2008)
23/4/09
Mucho más que suerte, por Aícha Auda
—¡Hombre, hubiera preferido que me preguntaras otra cosa, o que me dijeras “Feliz año nuevo”! Acabamos de volver de las vacaciones del Aíd, ¿no?
—¿Y qué me importa a mí el año nuevo?
—¿No te importa que me vaya bien todo el año?
—Lo que me importa ya te lo he preguntado.
—Se me olvidaba que eres un nihilista, que sólo crees en el momento presente.
—¿Y es que tenemos algo más?
—No me voy a poner a discutir contigo ahora, te invito a almorzar un musajjan en el Tabún.
En el Tabún nos sentamos en el lugar que tanto nos gustaba, con vistas a parte del casco antiguo de Ramala y a la zona nueva de Al-Tira. Fascinada por el espacio que se extendía ante nosotros, me dejé llevar hacia el mar por las colinas ondulantes. Al volver la mirada, la detuve en él. Estaba embelesado oteando más allá del horizonte. Adoro demorarme en su rostro. Traslucía una oleada mitad tristeza mitad miedo, cuyas profundidades me hubiera gustado sondear. Suspiró y se dio cuenta de que le examinaba.
—Qué vista tan preciosa, ¿verdad? —le dije tratando de disimular mi embarazo.
—Sí, muy bonita —dijo, y siguió cabizbajo, ocultando la oleada de tristeza que asomaba a sus ojos y bañaba su rostro.
—¿Estás triste?
Muy lentamente, como si primero pusiera en orden sus penas, levantó la cabeza, me miró a los ojos y dijo:
—Me da pánico que me priven de Ramala.
Me pregunté por qué escondía sus sentimientos; a pesar de sus viajes, de haber estudiado en más de una universidad y en más de un país, ¿seguía siendo un campesino que se avergonzaba de decir lo que sentía?
—¿Eres pesimista? —le pregunté.
—¿Es pesimismo ver la realidad?
Me callé, pues sabía lo dura que era una realidad que penetraba en cada detalle de nuestra vida y que cada día se superaba a sí misma en un minucioso suma y sigue. Durante unos minutos reinó una tenue tristeza, que se esfumó cuando me preguntó:
—¿Qué tal las fiestas?
—¡Toda una aventura!
—¿Y eso? ¿Qué te ha pasado? —dijo ya con su buen humor de siempre.
—¿Escuchaste las noticias israelíes la víspera del Aíd?
—¿Me tomas por bobo?
—¿Es una indirecta? ¿Quieres decir que la boba soy yo?
—La verdad cae por su propio peso —bromeó, y la cara se le iluminó con una sonrisa.
—¡Que Dios te perdone!
—¿Dios? ¿He dicho una blasfemia? Has sido tú quien ha empezado su narración perversamente.
—¿Perversamente?
—Sí, con lo de escuchar las mentiras de la radio israelí.
—Vale ya. La radio de Israel anunció la víspera del Aíd que el ejército tenía órdenes de que se facilitaran los desplazamientos de los palestinos.
—Lo cual significaba exactamente lo contrario.
Decidí atajar sus sarcasmos antes de empezar con mi historia, así que le dije:
—Hoy estás más que pesimista, sólo ves lo negativo.
—Apuéstate algo.
—Déjate de apuestas. Lo que quiero es que escuches mi historia sin interrupciones.
Y empecé a contarle lo que me había pasado el primer día del Aíd:
—Me levanté por la mañana de muy buen humor. Estupendo, hoy sí que va a ser un verdadero día de Aíd, me voy a ir al pueblo en el coche y voy a dar un buen paseo con mi madre: en diez minutos estoy allí. Cogí el coche en dirección este, hacia Batín. No había ni rastro de soldados en el puesto de control —estaba dando un rodeo, aparentando que todo era medio normal, lo cual pareció sorprenderle; yo me alegré y continué ya con normalidad—, sólo los bloques de hormigón —se rió—. Volví a Ramala y enfilé hacia el sur, hacia el control de Qalandia. Había varios coches delante de mí, y como un cuarto de hora después ya habían pasado todos. Cuando llegué a la altura del soldado, miró la matrícula palestina y me dijo que me volviera por donde había venido.
—¿Por qué?
—Está prohibido.
—Hoy es el Aíd y quiero ir a casa de mi madre.
—Está prohibido.
—¿Está prohibido que vaya a casa de mi madre en el Aíd?
—Está prohibido pasar.
—¿Y cómo voy a ir a casa de mi madre si está prohibido pasar? ¿Es que tú no vas a casa de tu madre los días de fiesta?
Se calló un instante y me imaginé que estaba escuchando la parte humana de su conciencia. Me animé cuando movió la mano indicando que podía pasar. (Iba narrando el episodio con cierta guasa.)
Me dirigí al este, hacia Yabaa. La carretera estaba medio vacía. Escuché las noticias de las nueve y luego me puse a cantar con Fairuz.
En el cruce de Yabaa me pararon unos soldados que impedían el paso de vehículos. Intenté hablar con ellos pero me apuntaron a la cabeza con las ametralladoras. Les saludé amablemente y me volví por donde había venido.
Otra vez estaba delante de la verja de Qalandia.
—Prohibido —dijo un soldado falacha esquivando la mirada.
—¿Hay quien lo entienda? Aquí se me prohíbe volver a mi casa y en la otra verja se me prohíbe seguir rumbo a casa de mi madre. ¿Adónde queréis que vaya?
—Eso no es asunto nuestro.
—¿No es asunto vuestro que no pueda moverme?
Me miró con odio y le dije:
—Quiero hablar con tu superior.
Se aproximó un soldado que estaba de pie a un lado.
—¿Qué quieres?
—Quiero volver a mi casa, que está en Ramala.
—¿Y por qué no estás en tu casa?
¡Por Dios Bendito, vaya pregunta! Que Dios me dé paciencia, dije para mis adentros mientras me esforzaba por controlar una cólera que rezumaba por todos los poros de mi piel. Le relaté los antecedentes.
—Está prohibido —dijo, y se fue.
En ese preciso instante sentí una mano en el hombro; me volví: era Ayad, un chico de mi pueblo que había ido a caer en el mismo agujero. Me sorprendió proponiéndome que fuéramos hasta Jericó y de allí subiéramos al pueblo zigzagueando. Tenía tantas ganas de llegar a casa de mi madre que sin más le dije que sí, y rápidamente estuvimos en la carretera Jerusalén-Jericó.
No había soldados a la entrada de Jericó, sólo los bloques de hormigón. Fuimos retrocediendo poco a poco en busca de algún camino local, hasta que llegamos cerca del río Al-Qalat. Allí empezó una auténtica odisea: descendimos por barrancos y subimos montes con las ruedas del coche levantando nubes de polvo y piedras, nos metimos en varios socavones, y por fin llegamos al sinuoso camino propuesto por Ayad.
A unos tres kilómetros al este de Deir Yarir, mi pueblo, había un puesto del ejército, emplazado para proteger la colonia Rimonim, levantada en las tierras de Taiba y Ramón. En muy pocas ocasiones estaba cerrado ese paso, pero ese día estaba completamente cerrado y no nos quedó más remedio que volvernos por donde habíamos venido.
Estaba tan enfadada y sentía tal rabia que por poco pierdo el control del coche y nos despeñamos por un barranco. No me calmé hasta casi llegar a la carretera Jerusalén-Jericó. Sólo nos faltaban unos cuantos metros cuando de repente nos encontramos con una zanja ¡que acababan de hacer para que no alcanzásemos la carretera!
La cólera me hizo perder el juicio, me hubiera gustado gritarle a uno de ellos a la cara, pero ¡no había nadie a la vista! Así que me puse a gritarle al desierto:
—¡Señor! ¿Has visto? Son como demonios, qué mezquindad. ¿Cómo es posible que ése sea el pueblo elegido? ¿Dónde estás, Señor? ¿Eres testigo de lo que pasa en la tierra?
Me bajé del coche y me puse a tirar piedras sin más objetivo que descargar mi furia.
¿Qué podíamos hacer después de haber caído en aquella maldita trampa? ¿Dejar nuestros coches allí mismo para que vinieran, los explosionaran, y luego anunciaran que habían hecho explotar dos coches bomba?
Ayad no había perdido los nervios. Pensaba y exploraba el paraje. Se me acercó y con una sonrisa algo cohibida me dijo:
—¡Veo que te gusta tirar piedras! A ver si llenas la zanja.
Su idea era muy acertada, y la elogié. Empezamos a llenar la zanja durante algo más de media hora y luego la atravesamos, enfilando los coches hacia la carretera general, con el puño en alto y gritando: ¡Viva Palestina!
Eran más o menos las dos de la tarde cuando de nuevo nos paramos ante la verja de Qalandia. Cuando el soldado profirió “prohibido”, me puse a chillar. Él se quedó estupefacto, y otro soldado me apuntó con la ametralladora. “¡Increíble! Nuestros chillidos les alarman más que sus propios actos”, me dije. Cogí, me baje del coche, y tapé con mi pecho la boca de la ametralladora, con los brazos extendidos como un Cristo crucificado.
—¡Venga, disparad, que disparéis, a ver! —grité.
Una reportera de Al-Yazira corrió hacia donde estábamos micrófono en ristre, y los cámaras la siguieron. Un soldado salió corriendo de la caseta que estaba al otro lado de la carretera, nos pidió la documentación, que nos devolvió en el acto, y nos hizo señal de que pasáramos.
Me callé, los ojos fijos en sus labios, rogando en silencio un comentario. Esperaba que dijera: “Loca”, era lo que más deseaba... Pero él permaneció callado, parecía triste, no sólo triste, más que triste. ¿Será que mi historia es tan triste? No lo es, y además he intentado aligerarla al máximo. Entonces ¿a qué está dándole vueltas? ¿Por qué está tan serio? ¿Dónde ha ido a parar su buen humor habitual? Sabe que estoy esperando sus comentarios.
—Vaya suerte que has tenido —me dijo intentando sonreír.
—¿Suerte? —dije extrañada.
¿Qué suerte había tenido? Si me hubiera dicho: “¿No te lo decía yo?”; si me hubiera preguntado por qué al principio había intentado fingir que todo había sido apacible, sin problemas, y que algunos soldados aún albergaban bajo el pecho un corazón humanitario... Es verdad, ¿por qué había pretendido tal cosa, por qué no había contado que el soldado que me había dejado cruzar la verja por la mañana estaba riéndose cuando sus compañeros nos prohibieron volver a Ramala? ¿Conocía la trampa que nos esperaba? Señor, no es posible. ¿Qué espanto aguarda al mundo si la Ocupación deforma todas las almas?
—¡Mucho más que suerte! —remató—. Imagínate si hubieras estado en una de las verjas a las que no tienen acceso las cadenas vía satélite.
Pues sí que había tenido suerte...
Durante un mes no volvimos a vernos, pues no le dejaron entrar en Ramala después de la operación militar de Ain Aryat. Ayer me llamó por teléfono y me dijo muy seguro: “Mañana me lanzo a la aventura de intentar llegar a Ramala”. Me dormí soñando con el encuentro. Hoy, hace un momento, ha sonado el teléfono. Su voz llegaba muy débil:
—Me han disparado. Necesito una ambulancia.
Dios, ¡que la ambulancia llegue a tiempo! ¡Que él sí que tenga mucho más que suerte!
Traducción de Luz Gómez García
AAVV: Bajo la Ocupación. Relatos palestinos, prólogo de José Saramago, edición de Luz Gómez García, traducción de VVAA, Málaga, Diputación de Málaga, 2003

17/4/09
11/4/09
Para describir la flor del almendro
enciclopedia de botánica
que valga, ni diccionario alguno...
El lenguaje me atrapará en las redes de la retórica /
y la retórica hiere el sentido y loa la herida,
como el macho que dicta a la hembra los sentimientos /
Si yo soy eco,
¿cómo habrá de irradiar de mi lengua la flor del almendro? Es...
Transparente, como la risa acuática
del tímido rocío en las ramas...
Leve, como una frase blanca melodiosa...
Frágil, como el instante en que una idea
se asoma a nuestros dedos
y en vano la escribimos...
Densa, como un verso que no se anota
con letras /
Para describir la flor del almendro he de visitar
el inconsciente y que me guíe al léxico de un sentimiento
prendido de los árboles. ¿Cómo decirla?
¿Cómo se nombra esto en la poética de la nada?
He de rebasar la pesantez y el lenguaje
para sentir ligeras las palabras
cuando se tornan
un perfil susurrante, que yo las sea y ellas me sean
blancas transparentes /
Ni patria ni exilio son las palabras,
sino blanco-pasión para describir la flor del almendro /
Ni nieve ni algodón / Pero qué es ella,
que desdeña las cosas y los nombres.
Si lograse el autor combinar unas sílabas
que describieran la flor del almendro, se levantaría la niebla
de las colinas y un pueblo diría al unísono:
Ya está /
¡Ésta es la letra
de nuestro himno nacional!
De Como la flor del almendro o allende (Ka-zahr al-lauz au abd, Beirut, Riad El-Rayyes, 2005)
Traducción de Luz Gómez García
5/4/09
Un tiempo fraudulento
De La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)
Traducción de Luz Gómez García





