30/3/09

Sobre esta tierra

Este poema era muy querido de Darwix, que lo leyó en su último recital en Ramala, el 1 de julio de 2008. Hoy, Día de la Tierra, principal festividad palestina, no está de más recordarlo. Darwix lo escribió en 1986. Procede de nuestro volumen Poesía escogida (1966-2005), Valencia, Pre-Textos, 2008. La fotografía muestra una estela en Ramala con el leitmotiv del poema.



SOBRE ESTA TIERRA

Sobre esta tierra hay por qué vivir: los titubeos de abril, el olor del pan al amanecer, el amuleto que una mujer le da a un hombre, las obras de Esquilo, los comienzos del amor, la hierba sobre una piedra, madres en vilo por el hilo de una flauta, y el miedo de los invasores a los recuerdos.

Sobre esta tierra hay por qué vivir: los últimos días de septiembre, una mujer que sale de los cuarenta como melocotón maduro, la hora del sol en la cárcel, nubes que semejan un tropel de criaturas, los vítores de un pueblo a quienes encaran risueños la muerte, y el miedo de los tiranos a las canciones.

Sobre esta tierra hay por qué vivir: sobre esta tierra señora de la tierra, madre de los inicios y madre de los finales. Se llamaba Palestina. Se sigue llamando Palestina. Mi señora: yo tengo, porque tú eres mi señora, tengo por qué vivir.

Traducción de Luz Gómez García

21/3/09

Rita y el fusil, por Khalife/Darwix


“Rita y el fusil” (ريتا والبندقية) es un célebre poema de Mahmud Darwix de 1967. Fue musicado en 1976 por el cantante libanés Marcel Khalife. A lo largo de toda su carrera, Darwix estuvo dotado de una enorme capacidad para crear poemas imperecederos, que se convertían en canción o himno colectivos o en piezas antológicas de lectura.

RITA Y EL FUSIL

Entre Rita y mis ojos... un fusil.
Quien a Rita conoce, se postra
y reza
al Dios de sus ojos de miel.

... Besé a Rita
cuando niña,
aún recuerdo cómo... se pegó
a mí: una trenza preciosa cubrió mi brazo.
Recuerdo a Rita
como el pájaro a la charca.
Rita, Rita...
Teníamos un millón de pájaros y de fotos,
y mil citas,
y contra todo abrió fuego... un fusil.

El nombre de Rita le sabía a fiesta a mi boca,
el cuerpo de Rita se desposaba en mi sangre.
En Rita me perdí... dos años,
durmió en mi regazo dos años,
nos prometimos ante el cáliz más bello,
ardimos en el vino de dos labios,
nacimos dos veces.
Rita, Rita...
Nada privaba a mis ojos
de los tuyos, si acaso nuestras cabezadas
o alguna nube de miel,
hasta que irrumpió... aquel fusil.

Érase que se era,
oh silencio del atardecer,
una mañana en que mi luna partió
con los ojos de miel.
La ciudad
barrió a los rapsodas, y a Rita.
Entre Rita y mis ojos... un fusil.

Traducción de Luz Gómez García

(Mahmud Darwix: Poesía escogida (1966-2005), Valencia, Pre-Textos, 2008)

15/3/09

Ser palestino

Ser palestino no es un oficio ni una consigna. Ante todo, un palestino es un ser humano que ama la vida, que se arrebata ante las flores de almendro, al que se le pone la carne de gallina con la primera lluvia de otoño, que hace el amor para satisfacer un deseo físico natural, no por ningún otro mandato, que tiene hijos para que su nombre y la especie perduren, para que la vida siga, y no por amor a la muerte, a no ser que a la postre resulte ¡que la muerte es mejor que la vida!

Traducción de Luz Gómez García

9/3/09

La crisis de la poesía

La crisis de la poesía, si la hay, es crisis de poetas. Cumple a cada poeta esforzarse por resolverla según su propia vía creativa.

Traducción de Luz Gómez García

25/2/09

El miedo va conmigo

[...]

El miedo va conmigo, y yo con él, descalzo,
olvidándome de mis pequeños recuerdos de lo que le pido
al mañana ―no hay tiempo para el mañana.

Camino / acelero / corro / subo / bajo / grito / ladro / aúllo / llamo / imploro / me apresuro / me detengo / me derrumbo / me limpio / me seco / prosigo / echo a volar / veo / no veo / tropiezo / me pongo amarillo / verde / azul / estallo / sollozo / tengo sed / cansancio/ hambre / me caigo / me levanto / corro / olvido / veo / no veo / recuerdo / escucho / miro / desvarío / deliro / murmullo / grito / no puedo / gimo / enloquezco / me extravío / me consumo / me multiplico / crezco / y aterrizo / me hago sangre / pierdo el sentido /

Tengo suerte: los lobos han desaparecido,
casualmente, o huyendo del ejército.

[...]

Al-Quds al-Arabi, 3/7/08

Traducción de Luz Gómez García

19/2/09

Cuestión de perspectiva

Lo que distingue al narciso del girasol es lo que diferencia dos puntos de vista: el primero mira su imagen en el agua y dice: No hay yo sino yo. El segundo mira al sol y dice: Qué soy sino lo que adoro.

Y por la noche, se reduce la diferencia y se agranda la glosa.

De La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)

Traducción de Luz Gómez García

13/2/09

Piensa en los otros

Tú que te haces el desayuno, piensa en los otros
(no olvides alimentar a las palomas).

Tú que te enzarzas en tus batallas, piensa en los otros
(no olvides a los que piden paz).

Tú que pagas la factura del agua, piensa en los otros
(los que maman de las nubes).

Tú que vuelves a casa, a tu casa, piensa en los otros
(no olvides al pueblo de los campamentos).

Tú que te duermes contando estrellas, piensa en los otros
(hay quien no halla dónde dormir).

Tú que te liberas con las metáforas, piensa en los otros
(los que han perdido el derecho a la palabra).

Tú que piensas en los otros lejanos, piensa en ti
(di: Ojalá fuese vela en la oscuridad).

De Como la flor del almendro o allende (Ka-zahr al-lauz au abd, Beirut, Riad El-Rayyes, 2005)

Traducción de Luz Gómez García

1/2/09

El llanto de un lugar, por John Berger

Unos días después de nuestro retorno de lo que hasta hace poco suponíamos que sería el futuro Estado de Palestina, y que ahora es la prisión más grande del mundo (Gaza), la sala de espera más grande del mundo (Cisjordania), tuve un sueño. Estaba solo, de pie, desnudo de la cintura para arriba, en un desierto de cuarzo arenisco. En algún momento, la mano de alguien recogía del suelo un poco de esa arena y me la lanzaba al pecho. Su acción era más bien algo considerado y no un acto agresivo. Antes de tocarme, la tierra o grava se transformaba en jirones de tela, tal vez algodón, que se envolvían solos alrededor de mi torso. Estos trapos rasgados cambiaban otra vez y se volvían palabras, frases. No eran escritas por mí sino por el lugar.

Al recordar este sueño, me vino a la mente el término inventado tierra arrasada. Y se repetía. Tierra arrasada describe un lugar o los lugares donde todo, lo material y lo inmaterial, ha sido barrido, robado, desmantelado, desmenuzado, lavado, todo excepto la tierra palpable.

Hay una colina bajita en las afueras de Ramala, llamada Al Rabweh, al occidente, al final de la calle Tokio. Cerca de la cima de la colina está enterrado el poeta Mahmud Darwix. No es un cementerio. La calle se llama Tokio porque conduce al Centro Cultural de la ciudad, que está al pie de la colina, y que fue construido gracias a un apoyo japonés. Fue en este Centro donde Darwix leyó algunos de sus poemas por última vez —aunque entonces nadie suponía que sería la última—. Qué significa la palabra última en momentos de desolación.

Fuimos a visitar su tumba. Hay una lápida. La tierra excavada sigue desnuda, y los dolientes han dejado manojos de espigas verdes de trigo —como sugiere uno de sus poemas—. Hay también anémonas rojas, pedazos de papel, fotos. Él quiso ser enterrado en Galilea, donde nació, y donde su madre vive aún, pero los israelíes lo prohibieron.

En el funeral, decenas de miles de personas se reunieron aquí, en Al Rabweh. Su madre, de 96 años, se dirigió a ellas. “Él es hijo de todos ustedes”, exclamó.

¿En qué ámbito exactamente hablamos cuando hablamos de los amados que acaban de morir o ser asesinados? En un momento así de presente, nuestras palabras nos parecen resonar de un modo mucho más cercano de que lo que normalmente vivimos. Son comparables con los momentos en que hacemos el amor, o cuando afrentamos un peligro inminente, o al tomar una decisión irrevocable, o cuando bailamos un tango. No es en el ámbito de lo eterno donde nuestras palabras de duelo resuenan, pero tal vez resuenan en alguna de las pequeñas galerías de tal ámbito.

En la colina, que ahora está desierta, intento invocar la voz de Darwix. Tenía la tranquila voz de un criador de abejas:

Una caja de piedra
donde los vivos y los muertos se mueven en el barro seco
como abejas cautivas en el panal de una colmena
y cada vez que el estado de sitio arrecia
comienzan una huelga de hambre de flores
y buscan el mar para que les indique la salida de emergencia.

Al invocar su voz, sentí la necesidad de sentarme en la tierra palpable, en la hierba verde. Y así lo hice.

Al Rabweh significa en árabe: “la colina cubierta de hierba verde”. Sus palabras han regresado al lugar de donde vinieron. Y no hay Nada más. Una Nada compartida por cinco millones de personas.

La siguiente colina, a quinientos metros de distancia, está repleta de vertederos. Los cuervos vuelan en círculos. Algunos muchachos rebuscan objetos en ella.

Al sentarme en la hierba al borde de aquella tumba recién cubierta, ocurrió algo inesperado. Para definirlo, tengo que describir otro suceso.

Fue hace unos días. Mi hijo, Yves, iba conduciendo y nos dirigíamos a la localidad de Cluses en los Alpes franceses, un pueblecito. Había estado nevando. Las laderas, los campos y los árboles eran blancos y la blancura de las primeras nieves a veces desorienta a los pájaros, perturba su sentido de la distancia y la orientación.

De repente un pájaro se estampó contra el parabrisas. Yves, mirando por el espejo retrovisor lo vio caer a un lado del camino. Frenó y metió la marcha atrás. Era un pajarito, un petirrojo, atolondrado pero aún vivo, que parpadeaba. Lo cogí de la nieve, lo sentía tibio en mi mano, muy calientito, porque los pájaros tienen una temperatura más alta que nosotros, y continuamos conduciendo.

De tanto en tanto lo examinaba. En el lapso de media hora murió. Lo cogí para ponerlo en el asiento trasero del coche. Lo que me sorprendió fue su peso. Pesaba menos que cuando lo recogí de la nieve. Me lo pasé de una mano a la otra para comprobarlo. Era como si su energía cuando estaba vivo, su lucha por sobrevivir, le hubiera añadido peso. Ahora casi no pesaba.

Tras sentarnos en la hierba que cubre la colina de Al Rabweh pasó algo comparable. La muerte de Mahmud había perdido su peso. Lo que permanece son sus palabras.

Han pasado los meses, cada uno lleno de presagios y silencio. Ahora fluyen los desastres hacia un delta sin nombre, y que obtendrá alguno únicamente si le otorgan uno los geógrafos que vengan después, mucho después. Hoy no hay nada más que hacer que intentar caminar sobre las amargas aguas de este delta sin nombre.

Gaza, la prisión más grande del mundo, está siendo transformada en un matadero. La palabra Franja (como en la Franja de Gaza) está empapada con sangre, como ocurrió hace 65 años con la palabra gueto.

Día y noche la Fuerza de Defensa Israelí lanza bombas, obuses, armamento radioactivo y de fósforo GBU-39, balas de ametralladora por aire, mar y tierra contra una población civil de un millón y medio de personas.

El número de muertos y mutilados incrementa con cada nueva crónica de los corresponsales internacionales, a los que les está prohibido por Israel entrar a la Franja.

Sin embargo, la cifra crucial es que por cada baja israelí hay cien bajas palestinas. Una vida israelí es equiparada a cien vidas palestinas. Las implicaciones de este supuesto son reiteradas constantemente por el portavoz israelí con el fin de hacerlas aceptables y normales.

La masacre tendrá muy pronto su secuela de pestilencia: casi ninguna vivienda cuenta con agua ni energía eléctrica, los hospitales carecen de médicos, medicinas y generadores. La masacre viene de un bloqueo y un estado de sitio.

Más y más voces por todo el mundo se levantan en protesta. Pero los gobiernos de los ricos con sus medios de comunicación mundiales y su orgullosa posesión de armas nucleares le confirman a Israel que harán la vista gorda ante lo que la Fuerza de Defensa Israelí está perpetrando.

“El llanto de un lugar entra en nuestro sueño”, escribió el poeta kurdo Bejan Matur, “El llanto de un lugar entra en nuestro sueño y ya no se va nunca”.

Nada sino la tierra arrasada.

Estoy de vuelta en Ramala (de eso hace cuatro meses) en un estacionamiento subterráneo abandonado que fue tomado y convertido en un espacio de trabajo por un grupo de artistas visuales palestinos, entre los que se halla la escultora Randa Mdah. Miro una instalación concebida y hecha por ella que se titula Teatro de Títeres. Es un bajorrelieve que mide tres metros por dos, que se yergue derecho como un muro. Frente a éste, en el suelo hay esculpidas tres figuras.

El bajorrelieve, del que salen hombros, rostros, manos, está hecho de una armadura de alambre, poliéster, fibra de vidrio y barro. Sus superficies están coloreadas —verdes oscuros, cafés, rojos. La profundidad de su relieve es casi la misma que la de una de la puertas de bronce de Ghiberti para el Baptisterio en Florencia, y los escorzos y las perspectivas distorsionadas se han resuelto casi con la misma maestría. [Nunca habría adivinado que la artista era tan joven: tiene 29 años.] El muro con el bajorrelieve es como el “seto” al que cualquier público en un teatro se asemeja, cuando se le mira desde el escenario.

En el suelo de tal escenario, al frente, están las figuras de tamaño natural: dos mujeres y un hombre. Están hechos de los mismos materiales pero en colores más desvaídos.
Una de estas figuras está al alcance de la mano del público, otra está a dos metros de distancia y la tercera está tres metros más allá. Traen puestas ropas de diario, las que decidieron ponerse por la mañana.

Sus cuerpos están amarrados a cuerdas que cuelgan de tres palos horizontales que a su vez cuelgan del techo. Son marionetas: esos palos son las barras de control que manipulan unos titiriteros, ausentes o invisibles.

La multitud de figuras del bajorrelieve, todas, miran lo que tienen frente a sus ojos y les tuerce las manos. Sus manos son como aves de corral. Impotentes. Se retuercen porque no pueden intervenir. Son bajorrelieve, no tienen tercera dimensión y como tal no pueden intervenir en el mundo real sólido. Representan el silencio.

Las tres figuras sólidas, palpitantes, atadas con cuerdas invisibles manipuladas por los titiriteros, son lanzadas al suelo, primero la cabeza, los pies al aire. Una y otra vez hasta que las cabezas se parten. Sus manos, sus torsos, sus rostros, se convulsionan en agonía. Una agonía que no tiene fin. Lo ve uno en sus pies: una y otra vez.

Era posible caminar en medio de los impotentes espectadores del bajorrelieve y las despatarradas víctimas en el piso. Pero no lo hice. Había una fuerza tal como no he visto nunca en obra alguna. Porque reclamaba el terreno donde se yergue. Porque transformó el campo de extermino que yace entre los estupefactos espectadores y las agonizantes víctimas en algo sagrado. Porque transformó el suelo de un estacionamiento en una especie de tierra arrasada.

Esta obra profetiza la Franja de Gaza.

A la tumba de Mahmud Darwix en la colina de Al Rabweh, por decisión de la Autoridad Palestina, le quitaron la cerca y la cubrieron con una pirámide de vidrio. Ya no es posible acurrucarse a su lado. Sus palabras, sin embargo, siguen siendo audibles para nuestros oídos y podemos repetirlas y seguir repitiéndolas.

Tengo que trabajar en la geografía de los volcanes
De la desolación a la ruina
del tiempo de Lot a Hiroshima
Cual si nunca hubiera vivido
con un deseo que sigo por saber
Tal vez el Ahora se movió un poco más allá
y el Ayer se acercó
Así que le tomo la mano al Ahora y
camino por la costura de la historia
evitando el tiempo cíclico
con su caos de chivos montaraces
¿Cómo puedo salvar mi mañana?
¿Con la velocidad del tiempo electrónico
o con la lentitud de las caravanas de mi desierto?
Tengo trabajo hasta que me llegue el fin
como si no fuera a ver el mañana
tengo que trabajar por el hoy que no está aquí
Así que escucho
suave muy suave
El pulso de hormiga de mi corazón…

Traducción de Ramón Vera Herrera

La Jornada / The Irish Times

26/1/09

El enemigo

Estuve allí hace un mes. Estuve allí hace un año. Siempre he estado allí. Como si no hubiera estado sino allí. En el año 82 del siglo pasado ya nos sucedió algo de lo que nos está pasando ahora. Nos sitiaron, nos mataron y nos resistimos al infierno que ponían a nuestros pies. Los caídos/los muertos no se parecen. Cada uno tiene sus rasgos propios, su propia talla, unos ojos, un nombre y una edad diferentes. Son los asesinos los que se parecen. Son el mismo repartido en artefactos metálicos. Apretando botones electrónicos. Mata y desaparece. Nos ve y no le vemos, no porque sea un fantasma, sino porque es una máscara de acero imperturbable... sin rasgos, sin ojos, sin edad, sin nombre. Él... él es el que ha elegido tener un solo nombre: el enemigo.

De La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)

Traducción de Luz Gómez García

20/1/09

Historia de Birwa

En el texto que sigue, una carta de junio de 1986 dirigida a Samih al-Qásim, Mahmud Darwix narra la noche de junio de 1948 en que él y su familia hubieron de abandonar Birwa, su aldea natal, invadida y destruida por las tropas israelíes, y reemplazada al cabo por un kibutz. A Darwix y al-Qásim se asoció la aparición, a finales de los años sesenta, de la llamada poesía de resistencia palestina. Mientras que al-Qásim permaneció en Israel, Darwix se exilió en 1970.

Los meses no se decían con nombres que siempre recuerdan cuándo se quebró la albahaca de la infancia. Aunque sí sé que aquella noche no era tan fría como las de estos días. Tampoco existían por entonces canciones a la luna en hebreo. Y de lo que me acuerdo bien es del corral, con la morera en medio que distinguía la casa de las otras y la convertía en la casa de mi abuelo. Dejamos todo como estaba: el caballo, las ovejas, los terneros, y las puertas abiertas, con la cena caliente, la llamada a la oración y la única radio que había, acaso encendida para que fuera informando de nuestras victorias. Bajamos hasta el estrecho cauce que enfilaba hacia el sureste y acababa en un aljibe. Relucía al salir el sol por la parte del llano que nos conduciría hasta Chaab, el pueblo en el que vivían unos parientes de mi madre y para entonces también su familia, que había ido allí desde Damún, que ya había sido ocupada... Y allí, al cabo de unos días, los campesinos de las aldeas vecinas, que habían vendido el oro de sus mujeres para comprar fusiles de fabricación francesa, hicieron un llamamiento para liberar Birwa.

La liberaron al caer la noche. Se bebieron el té caliente de los ocupantes. Pasaron la primera noche de la victoria. Y al día siguiente la entregaron, sin acuse de recibo, al Ejército de Salvación,* para que los judíos volvieran a ocuparla y destruyeran hasta la última piedra... Mientras, a las puertas de la patria, nosotros aguardábamos el regreso.

Conoces todo lo que pasó, Samih, que la guerra fue breve y la excursión de los que se habían marchado se prolongó. Y sabes cómo “nos infiltramos” desde el Líbano cuando mi abuelo se dio cuenta de que el viaje se alargaría y que él debía apegarse a la tierra antes de que ésta echara a volar. Cuando llegamos, sólo encontramos ruinas. Habíamos perdido el derecho de residencia y perdido el derecho a la tierra. Al cabo, cuando consumé el rito de mi primera peregrinación a Birwa, mi pueblo, sólo hallé de él el algarrobo y la iglesia derruida, más un vaquero que no hablaba bien ni árabe ni hebreo: ¿Quién es usted? Respondió: Soy del kibutz Yasur. Le dije: ¿Dónde está el kibutz Yasur? Dijo: Aquí. Le dije: Aquí está Birwa. Dijo: ¿Dónde? Dije: Aquí, debajo de nosotros, a nuestro alrededor, sobre nosotros, aquí, en todas partes. Dijo: Pero yo no veo nada, ni siquiera piedras. Dije: Esta iglesia... ¿no la ve? Dijo: No es una iglesia. Es una cuadra para las vacas. Y eso de ahí son unas ruinas romanas. Le dije: ¿De dónde es usted? Dijo: Del Yemen. Dije: ¿Y qué hace aquí? Dijo: He vuelto a mi país. Luego me preguntó: ¿Y tú de dónde eres? Dije: De aquí... He vuelto a mi país.

* Milicia árabe formada por voluntarios palestinos, egipcios y sirios, más algunas unidades de la Legión Árabe jordana, cuya desunión y escasa aptitud contribuyó a la rápida caída de la mayoría del territorio palestino.

Mahmud Darwix y Samih al-Qásim: al-Rasail (Correspondencia), Beirut, Dar al-Auda, 1990.

Traducción de Luz Gómez García

13/1/09

La poesía, por Eugenio Montale

Desde que apuntó el siglo se viene discutiendo
si la poesía está dentro o fuera.
Primero venció el dentro, después contraatacó duramente
el fuera, y tras muchos años se llegó a un forfait
que no podrá durar, porque el fuera
está armado hasta los dientes.

De Quaderno di quattro anni, 1977

Traducción de Jorge Gimeno

7/1/09

La tierra se nos estrecha

Ahora que, con nuevas excusas, la mano de acero de Israel cae sobre Gaza, es oportuno recordar este poema de Darwix de 1986. Recientemente se citaba en The Guardian. Está tomado de nuestro volumen Poesía escogida, 1966-2005 (Valencia, Pre-Textos, 2008).

La tierra se nos estrecha. Nos estruja en el último pasadizo y nos despojamos de nuestros miembros para pasar.
La tierra nos prensa. Si al menos fuéramos su trigo moriríamos y reviviríamos. Si al menos fuera nuestra madre
apenaríamos a nuestra madre. Si al menos fuéramos imágenes, las rocas que cargase nuestro sueño serían
espejos. Hemos visto los rostros que matará en la defensa final del espíritu el último de nosotros.
Hemos llorado por los cumpleaños de sus niños. Y hemos visto los rostros que arrojarán a nuestros niños
por las ventanas de este último espacio. Espejos que bruñirán nuestra estrella.
¿Adónde iremos después de la última frontera? ¿Dónde vuelan los pájaros después del último cielo?
¿Dónde duermen las plantas después de la última brisa? Escribiremos nuestros nombres con vaho
coloreado de carmesí, le cortaremos la mano al himno para completarlo con nuestra carne.
Aquí moriremos. Aquí, en el último pasadizo. Aquí o ahí germinarán olivos...
de nuestra sangre.

Traducción de Luz Gómez García

1/1/09

La soledad de Gaza, por Luz Gómez García

Cuando para acceder a Gaza por el paso de Erez, el visitante autorizado se ve obligado a introducirse en las diabólicas máquinas israelíes inquisidoras del cuerpo humano, unas máquinas no vistas antes en ningún otro sitio, que le zarandean y escudriñan sus entrañas, comprende que se dispone a entrar en uno de los lugares más solitarios del planeta. Atravesados puertas y corredores, un inquietante kilómetro, largo, a pie, de tierra de nadie, de cascotes y escombros, hace que el extranjero mude la impresión de la artificiosa frontera física en la certeza psicológica de hallarse ante un nuevo capítulo, uno de los más insólitos, de las aberraciones de la historia reciente.

Un muro de hormigón armado, de nueve metros de alto, separa la franja de Gaza de Israel. Es un muro hermano del de Cisjordania, aunque primogénito, pero que no ha tenido la misma repercusión jurídica y mediática. Un muro que encierra la mayor densidad de población por kilómetro cuadrado del mundo. Gaza, que ha sido descrita en ocasiones como una gran prisión al aire libre, está condenada a la soledad de todas las prisiones.

Esta dramática realidad responde a una deliberada y planificada política israelí. Nada es casual en Gaza. Detrás de lo que ven los ojos hay una firme voluntad israelí de acoso militar, institucional y jurídico. ¿Qué fue antes: Hamás o la gallina? La gallina. Veamos por qué.

En octubre de 2004, el Parlamento de Israel aprobó “el plan de desconexión de Gaza”, que en agosto del año siguiente llevó a cabo unilateralmente. Pretendía poner fin a un problema demográfico insoslayable para la empresa israelí de colonización del territorio: la imposibilidad militar y económica de sostener a una población de 9.000 colonos en un enclave con un millón y medio de palestinos. Faltaban todavía varios meses para el triunfo de Hamás en las elecciones legislativas palestinas de enero de 2006, pero el pronóstico era meridiano y allanaba el camino a la estigmatización colectiva. Cuando en junio de 2007 los islamistas dieron un golpe de mano en Gaza y truncaron el Gobierno de ficticia unidad nacional de la Autoridad Nacional Palestina, la comunidad internacional se aprestó a endurecer su actitud hacia Hamás como organización terrorista. Poco importa que su triunfo en las urnas hubiera contado con la escrupulosa supervisión de observadores internacionales, incluidos algunos diputados españoles. La condena hallaba refrendo y con ella se consumaba la desconexión. Gaza quedaba aislada del mundo: del Israel ocupante, de la madre Palestina y del socorro y la benevolencia internacionales.

El paso siguiente por parte de Israel fue la declaración de Gaza como “entidad hostil” el 19 de septiembre de 2007, que le ha servido para desentenderse internacionalmente de las obligaciones que, como potencia ocupante, tiene. La población sufre con ello la paradoja jurídica de estar a la vez bajo ocupación y bajo bloqueo. Las operaciones militares israelíes, que el Gobierno de Israel tan pronto llama de castigo como ofensivas, se han sucedido desde entonces, trufadas de treguas que en absoluto han aliviado el imparable deterioro de la situación de la población. El bloqueo al tránsito de personas y bienes de primera necesidad por tierra, mar y aire, castiga en primera instancia al 62% de la población, que depende directamente del reparto de alimentos y de los servicios básicos a cargo de la UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados palestinos. La Organización Internacional del Trabajo, en su memoria de 2007, habla de una “economía de estado de sitio”, y en la de 2008 constata que el aislamiento casi total de Gaza la ha llevado al borde de la crisis humanitaria. El resultado es lo que Issam Younis, de Al Mezan Center for Human Rights, denomina la “subdesarrollización de Gaza”: descalabro de los índices de empleo y del PIB, descomposición del sector público, desaparición de la economía productiva, regresión en los derechos de los trabajadores, debilitamiento institucional y deterioro del tejido social. La mera supervivencia se impone a otras prioridades individuales y colectivas a costa de logros históricos de la sociedad palestina, como el pluralismo, la participación de las mujeres en la vida pública, la vitalidad de la cultura de base o los elevados índices de educación universitaria.

A Hamás le dieron su triunfo electoral la parálisis política y el derrumbe económico que culminaron en la Segunda Intifada (2000-2005). Pero sus réditos en Gaza los alimenta a diario la política israelí, con la aquiescencia de Estados Unidos y la estolidez de la Unión Europea, involucrada en inmensas inversiones económicas en los Territorios Ocupados pero sin compromiso político equiparable. Este múltiple concurso ha convertido a Hamás en el protagonista de la historia actual de Palestina. Y lo ha hecho hasta el punto de que la principal crítica de algunos líderes históricos de la OLP a su triunfo haya sido su afán por reescribir la historia de la resistencia palestina, como si ésta hubiera empezado en 1987, cuando coincidiendo con la Primera Intifada se fundó Hamás. Porque los partidos y actores no islamistas minimizan la importancia de la religiosización del espacio público, mientras crece su temor a que, una vez más, los hechos consumados adquieran naturaleza jurídica y Gaza se vea amputada del devenir de los Territorios Ocupados, que en el discurso israelí han quedado reducidos a la demediada Cisjordania.

La interiorización del aislamiento y la rutinización del bloqueo no hacen sino asentar la frustración entre los gazauíes. El clientelismo, conocido popularmente en Palestina como “cultura de la jaima”, se alimenta de este ambiente falto de expectativas y experiencias nuevas. Las iniciativas ciudadanas peligran (son modélicos los Comités de Salud Mental, pioneros en el tratamiento de la violencia de género y que han desarrollado una categoría propia de empoderamiento civil) y flaquea la actuación de las ONGs y las agencias de ayuda humanitaria, que se sienten impelidas a tomar partido entre los actores políticos, con el consiguiente deterioro de su actividad y de la imagen general de la cooperación.

Pese a todo, la sociedad de Gaza ha desarrollado fórmulas de relación con el exterior, procederes abiertos y descentralizados que se sirven de las redes de intercambio que propicia la globalización tecnológica. Sorprende en Gaza la vitalista actividad de organizaciones independientes en materia de derechos humanos, salud o cultura, con modélicos sistemas de toma de decisiones colegiada, elaboración de un discurso crítico y autocrítico, financiación y sustentos locales y colaboración en red con otros centros palestinos e internacionales. Estos gazauíes, una mayoría, insisten en la importancia simbólica y psicológica de romper el aislamiento, en el valor de los gestos e intercambios que desde Europa abren una grieta en el cerco. Son iniciativas que no deben morir, porque garantizan, entre otras cosas, un futuro lejos de Hamás, si es esto lo que Europa desea.

Gaza materializa el proyecto israelí para Palestina: dividir y fragmentar el territorio, dividir y fragmentar a su población, y crear nuevos guetos identitarios que propicien la disolución de la unidad histórica, social, cultural y política de Palestina. La estrategia es vieja y conocida, pues proviene de la Nakba misma. Según el historiador israelí Amnon Raz-Krakotzkin, dos son sus armas principales: negar toda responsabilidad histórica e inculpar a las víctimas de su suerte.

El País, 31/12/08

Fuente