7/10/08

El pavo real blanco de Holland Park, por Hanan al-Shaykh

Yasmín estaba de pie, contemplando asombrada el pavo real blanco. No sabía que la naturaleza pudiera crear tales criaturas. Cada una de las plumas de su larga cola estaba adornada con un ojo rodeado de un corazón, después de otro corazón más grande y finalmente de largas pestañas. Las plumas tenían exactamente los mismos dibujos que las plumas de pavo verdeazuladas, pero eran blancas. ¿Por qué nadie había pensado en plumas blancas de pavo real cuando se quería describir la bruma matutina? Ella caminó a su encuentro, pensando en la manera de hacerle desplegar la cola. Le gritó, le tiró una piedra ―una pequeña― y ladró como un perro. El pavo, cuya cabeza estaba coronada de blanco como si fuera una capa de nieve reciente, siguió moviéndose orgullosa y lentamente, arrastrando la cola tras de sí como una nube de fino encaje. Ella quería que el animal se le acercara y se quedara quieto donde ella pudiera verlo, pero siguió moviéndose con sus andares calmos y altaneros. Yasmín sacó rápidamente un pedazo de pan que había traído para que su hijo diera de comer a los patos y lo desmigajó al paso del pavo real. Éste se acercó, picoteó las migas e, incapaz de encontrar nada más de su interés, se alejó. Dios no había olvidado ni un solo ornamento. Mientras ella lo seguía, pensó en escribirle a su amiga de Beirut contándole aquello. Después apartó esa idea de su mente con un sentimiento de culpabilidad: resultaba impensable describirle el pavo real blanco mientras ella y las demás que se habían quedado en Beirut se pasaban los días buscando protección de los bombardeos recorriendo los pasillos de sus bloques de apartamentos de camino a los refugios subterráneos.

Su hijo Ziyad corría delante de ella lamiendo un helado. Ella se sentía feliz de haberle podido sacar de Beirut, pues por primera vez en muchos meses podía corretear como un chiquillo. Se había pasado dos meses encerrado en casa, confinado en su habitación, en la cocina y en el pasillo que los unía. Ella bajó la vista hasta sus propios pies como si los estuviera descubriendo de nuevo, y empezó a correr gozosa, observando como se movían. No se dio cuanta de que ella y Ziyad estaban solos en el parque ni de que el sol ya había desaparecido hasta que la oscuridad se cernió sobre ellos de repente. Llegó hasta donde estaba Ziyad, le cogió de la mano y se dirigió a toda prisa al lugar por donde habían entrado, pero una verja les cerraba el paso, y estaba cerrada con llave. Ella se sorprendió y asustó a partes iguales: nunca había pensado que los parques y los jardines tuvieran verjas que pudieran cerrarse. Su temor se contagió por sí solo a Ziyad, quien le preguntó con ansiedad:

―¿Vamos a dormir aquí?

―No tardaremos. Pronto estaremos fuera ―le aseguró ella.

Debía de haber otra verja. Todos los parques tienen varias salidas. Ella empezó a dar vueltas y no encontró ninguna: Holland Park parecía haberse transformado en un denso bosque de altos árboles. Las hojas caídas del otoño se amontonaban en el suelo, y sus pies empezaron a hundirse en ellas. Aunque tenía miedo, no podía evitar admirar la belleza del parque silencioso que podía vislumbrar entre tinieblas. Se detuvo, intentando decidir qué camino seguir. Unos cuantos pasos más tarde se halló en la más absoluta oscuridad. El sudor le manaba por las axilas, y las palmas de sus manos estaban humedad. Tenía la lengua seca.

―Oh, Dios ―dijo ella con desánimo.

Oyó que Ziyad la imitaba:

―Oh, Dios.

La voz de su hijo hizo que el miedo se adueñara de ella de nuevo. Debía de haber un teléfono. Había que volver a la primera verja. Intentó recordar dónde estaba.

Fue como si la naturaleza supiera de su difícil situación: un hombre y una mujer que se abrazaban se materializaron debajo de un árbol a unos cuantos pasos de distancia. Cuando advirtieron su presencia comenzaron a alejarse. Ella corrió tras ellos pidiéndoles ayuda. Ella, Ziyad y la pareja estaban pronto caminando juntos por un sendero que ella no había sabido ver antes, bordeando un estanque sobre el que flotaba un ganso blanco. El hombre se detuvo frente a un muro. Salto por encima hasta la calle y esperó a recoger a Ziyad. La mujer la siguiente, y Yasmín se encontró trepando tras ella sin importarle la altura del muro.

Estaba tumbada en la cama con los ojos cerrados, recordando cuando estaba perdida en Holland Park, al hombre y a la mujer que se abrazaban bajo el árbol, las hojas secas del otoño y el pavo real blanco. Recordó su miedo, y para su sorpresa le gustó. Quiso perderse de nuevo, y que la acompañara un hombre. Empezó a imaginárselo: los latidos desbocados de su corazón, el sudor de las palmas de las manos, el hombre cogiéndola de la mano mientras vagaban en busca de una salida para encontrarlas todas cerradas; los dos en el parque mientras todos los pavos reales se habían subido a un árbol a pesar de su admiración por ellos; sus largas colas, que colgaban en una nube de trémula blancura, parecían niebla levantándose entre las ramas de los árboles. Anhelaba esa tensión, el momento decisivo en la relación con un hombre. Con su marido no se le habría pasado por alto la hora; él se habría asegurado de que estuvieran fuera del parque antes del anochecer; de hecho, ella y su marido no habrían paseado nunca juntos por el parque.

Apagó la luz, cerró los ojos y se preguntó con una sonrisa cómo era que ni siquiera la tensión de Beirut le había bastado. Pues incluso en la guerra su tensión había sido algo meramente doméstico: pensaban en la comida, en el agua. No intentaban aliviar sus temores abrazándose muy juntos, ni besándose, lo que aparentemente era una actividad prohibida entre el ruido de las explosiones, aunque resultaba mucho más real que en tiempo de paz. Lo necesitaban para mantener la calma, para reafirmar la existencia del amor a pesar de la violencia de la guerra, pero en vez de eso se pusieron a enrollar alfombras con bolas de naftalina dentro, a construir nuevas puertas de gruesa madera con cerrojos propios de una fortaleza, y a envolver la plata con toallas en vez de a ellos mismos entre sábanas, donde podrían haberse encerrado en su concha sin oír otra cosa que el murmullo de las olas.

Debo encontrar un hombre con el que perderme en Holland Park, de manera que cuando caiga la noche y nosotros caminemos con los pies hundidos en las hojas amarillas para encontrarnos cerradas todas las salidas, nos podamos sosegar y abrazar bajo un árbol mientras decidimos qué hacer; y después entrar en el bosque por el estrecho sendero donde la oscuridad es casi total.

Yasmín siguió vagando por Holland Park, perdida en un espeso bosquecillo tras otro, suspirando, diciendo «Oh, Dios» sin llegar nunca al muro que rodeaba el parque. Siempre estaba en el centro, atrapada en un laberinto infinito de senderos. A pesar de la oscuridad, vislumbró el rostro de un poeta a cuyas conferencias asistía fielmente antes de que estallara la guerra. Él se acercó a ella, sorprendido por ese encuentro casual, y le confesó que también estaba perdido. Yasmín le condujo a las salidas cerradas, a lo largo del sendero oscuro y hasta el interior del bosque. Él la tomó de la mano; ella podía oír el sonido de su propia respiración, y él seguro que también podía sentirla. Entonces ella se detuvo bajo un árbol, cerró los ojos y sintió dos carbones encendidos que se posaban en sus labios. Ella temblaba. Nadie la había besado así antes. Siguieron caminando y vieron que el pavo real blanco estaba dormido. Para sorpresa de ella, el poeta se agachó y alargó la mano para acariciarlo; el pavo no se inmutó. Después cogió la mano de ella y la pasó por encima de las plumas del ave. Ambos se pusieron de pie, y él le cogió el rostro entre las manos y le dijo que ya había reparado en ella durante las veladas de poesía: llevaba un vestido del color del mar y el rostro bronceado. No siguieron caminando, sino que treparon sobre el muro y se quedaron de pie en la acera, abrazándose.

A la mañana siguiente ella no podía creer que su encuentro con el poeta fuera un sueño. Ella soñaba regularmente, y también con hombres, pero no de aquella forma, no con el realismo y la veracidad de ese sueño. Durante el día, mientras recorría todo Londres con su hijo buscando una escuela para él, admirando la ciudad y disfrutando de saberse lejos de los temores de la guerra, sentía constantemente la calidez de la mano del poeta y el roce de su pecho mientras la cogía en brazos para ayudarla a saltar el muro que rodeaba el parque. Siguió sintiendo esa desazón hasta bien entrada la tarde, cuando se dirigió hacia el parque y empezó a recorrer los mismos senderos que había tomado con él. Miró a su alrededor, comprobando todos los detalles de las ramas y los troncos de los árboles que había visto con él; hasta la sensación al caminar sobre los montones de hojas secas era la misma. Allí estaba la verja rematada con el alambre de espino, el pequeño estanque, el canto de los pájaros, la fría punzada del viento. Ahí estaba el banco en el que se habían sentado antes de que cayera la oscuridad. Ella siguió caminando, cruzando los brazos sobre el pecho para protegerse del frío mientras Ziyad desmigajaba un pedazo de pan para dárselo al pavo real blanco. Éste estaba observando al gallo, a las gallinas de Guinea y a todas las otras aves que se congregaban a su alrededor estirando las cabezas y observándole con ojos temerosos, y al final les dio la espalda y se comió todo el pan él solo.

Ella reflexionó. ¿Debería escribirle al poeta para pedirle que viniera a Londres? Antes de tener tiempo de preguntarse si él se sorprendería ante tal petición, o si comprendería que debería perderse con ella en Holland Park, algo llamó su atención. El pavo real había desplegado su cola en el aire, mostrando un enorme abanico. Ella se aproximó con cuidado, recordando la delicadeza del coral del Mar Negro, cuyos pedazos era cada uno como un pequeño abanico, y contempló abrumada la blancura del propio coral del pavo. Éste había empezado a pasearse lentamente adelante y atrás, como si fuera consciente de que su belleza provocaba que la gente contuviera admirada la respiración. Yasmín recordó las palabras del poeta la noche anterior: que el pavo sólo desplegaba la cola para atraer a al hembra.

Sus conversaciones no podían haber sido una ilusión; era imposible que en realidad no hubieran saltando nunca sobre el muro del parque, que él no la hubiera abrazado con fuerza cuando ella le dijo que amaba a su marido y que nunca le podría ser infiel. Él la había llevado después a un club: ella recordaba el estilo de las sillas, la mesa, los espejos en forma de piña y el sabor exacto del bloody mary cuando tomó un sorbo para aumentar su sensación de regocijo mientras oía que él murmuraba algo. Ella le había preguntado qué pasaba, y él le había respondido entre risas que estaba embrujando su bebida para que ella le amara. Ella le había dicho que lamentaba no haberle invitado a su casa de Beirut para que pudiera ver su apreciado burrito de escayola blanca.

No era un sueño: los sueños atormentan a la gente un día, una semana, pero no un mes entero. Ella recorría los grandes almacenes contemplándose en los espejos, intentando verse a sí misma a través de los ojos de él. Él no era como el resto de los hombres: prestaba atención a los colores, a la ropa, a los menores detalles. Se sentó en la clase de Ziyad, intentando ocuparse escribiendo cartas hasta que Ziyad se sintió cómodo en el aula y se olvidó de su madre. Ella se vio a sí misma garabateando el nombre del poeta. Le escribió una carta, y después la rompió. Compró revistas libanesas con la esperanza de encontrar una foto suya o uno de sus poemas, por si encontraba una alusión a ella. Mencionaba las flores de jazmín por primera vez: tal vez se refería a ella, o tal vez no. En el bar del teatro deseó que estuviera a su lado, comentando la obra como la pareja del rincón. En el autobús de vuelta a casa pensó: «Ojalá estuviera él a mi lado, y no este borracho». Él era real. Ésa era la razón por la cual, cuando su marido se reunió con ella en Londres después de una conferencia en Estado Unidos, ella no le había besado con el mismo entusiasmo ni había anhelado su regreso como en el pasado. Se sentía desligada de él. Se armó de valor y le dijo que amaba al poeta. Él se rió y le dijo con una expresión de ternura en el rostro:

―Eres una soñadora. No cambiarás nunca.

Ella le respondió con silencio. No puede ser sólo un sueño. La intuición enciende la chispa del amor. Las relaciones imaginarias florecen bajo su influencia, y ésta les confiere realidad. Prepara el camino para un encuentro.

Pero cuando estaba absorta preparando la comida, o recorriendo el supermercado comprando verduras, paquetes y latas, o limpiando el baño, le resultaba fácil separar la realidad de la ficción. Ella creía en su propia lógica cuando ésta le indicaba que la atmósfera romántica de Holland Park, el pavo real blanco, Londres y todo lo que rodeaba esas cosas proporcionaban un trasfondo poético propicio al amor: el invierno, los cielos despejados, el frío, la hierba verde, los autobuses, los grandes almacenes, los cines y los teatros, el rugido del tráfico, el ambiente de despreocupación, los gorriones, la ausencia de guerra. Y ella estaba sola y sin hombre la mayor parte del tiempo.

Al caer la noche volvía a convencerse en su fuero interno de la realidad de su sueño. Intentó pensar en la manera de encontrarse con el poeta durante su estancia en Londres. Pero cuando hubo un mes de alto el fuego en el Líbano, Yasmín volvió a Beirut. No volvió a pensar en el poeta hasta que un día le vio acercarse a lo lejos con un periódico en la mano. Ella sonrió y siguió caminando.

Hanan al-Shaykh, Barriendo el sol de los tejados, traducción de Albert Borràs, Barcelona, Ediciones del Bronce, 2001.

No hay comentarios: