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17/4/11

Siete claves para el despertar árabe, por Luz Gómez García

¿Despertar? Al final ha resultado que los árabes no estaban tan dormidos. ¡Claro que no! Hasta el islamismo de las últimas décadas ha sido una manifestación de que los árabes estaban inmersos en una angustiosa búsqueda de superación de las tiranías poscoloniales. Como ya dejó escrito Samir Kassir (De la desgracia de ser árabe), ensayista libanés asesinado por sicarios en 2005, la crisis árabe no era endémica, la depresión era perfectamente superable, pues los árabes habían participado de los episodios mayores de la modernidad y su desgracia se debía más a la geografía que a la historia.

¿Dormidos? Los árabes comenzaron el siglo XXI con una segunda Intifada en Palestina y una movilización masiva contra la invasión de Irak y la aquiescencia de sus regímenes; protagonizaron luchas de carácter socioeconómico (alzamientos bereberes en Argelia, huelgas del textil en Egipto, revueltas mineras en Túnez); negaron toda legitimidad a las soluciones yihadistas (Occidente contribuyó: no había mejor revulsivo que el binladismo con que se quiso empaquetar a todo musulmán); y se reinventaron la participación ciudadana a base de espacios públicos no patrimonialistas, con asociaciones cívicas y ONG a la cabeza.

1. Zapatos contra dictadores. Una de las imágenes más repetidas de las revueltas árabes ha sido la de la muchedumbre increpando zapato en mano al tirano. Al lego en los usos árabes le parecerá una pintoresca manera de protestar. Pero nada hay tan vejatorio para el inconsciente colectivo árabe como la suela del zapato, que simplemente mostrada a otra persona equivale al insulto más grave. La suela del zapato es lo contaminado, lo inhumano. Mostrársela al gobernante es el acto mismo de pisotearle. Levantarlo en la mano es alzar una antorcha de libertad. Recordemos el zapato que voló hacia Bush. El zapato es la calle, que ha despertado en Túnez y Tahrir no solo para los árabes sino para el mundo entero. Estos últimos meses han hecho justas las palabras que Blanchot escribió en 1968: "La calle es el lugar donde toda libertad es posible".

2. La revolución siempre es joven. Sí, pero ¿por qué ahora? Hace dos décadas que el porcentaje de población árabe menor de 25 años supera el 50%. La novedad es su nivel de educación y su integración en la sociedad de la información. La novedad es que son jóvenes que se saben jóvenes y quieren serlo: emanciparse, viajar, consumir. La alquimia de los números ayuda a comprender por qué ahora: en 2002, el uso de Internet por los árabes apenas rozaba el 0,5% del total mundial (constituyendo los árabes el 5% de la población), pero en 2009 el Arab Knowledge Report de Naciones Unidas constataba una fuerte subida hasta el 4,5%. Excluidos de los medios de participación y de producción tradicionales, que no han sabido encauzar su frustración, los jóvenes, provistos de ordenador y móvil, han hallado el medio y formulado el mensaje.

3. Árabes en red. Una red es una forma, un síntoma, no una causa: es horizontal, multidireccional, no tiene centro. Las revueltas árabes se han servido de las redes (de las del mundo virtual, sí, pero también de otras más tradicionales, operativas en las sociedades árabes: la familia, el gremio, el vecindario) como un modo de comunicación que a su vez vehicula un modo de organización. Pero una vez logrado el vuelco, lo que está en juego es el futuro de las formas en red como mensaje mismo, algo que no debería pasarse por alto. Las redes propician una participación distinta de la dinámica electoral ordinaria, una libertad de expresión que supera los medios de comunicación unidireccionales y una responsabilidad individual que no se siente representada por la división de poderes. El experimento está en marcha, pero no es privativo del mundo árabe. Al contrario: entronca con las demandas de recomposición del paradigma democrático que desde Seattle y Génova han marcado lo que llevamos de siglo.

4. La tele de las masas, las masas en la tele. Quizá de todos los factores implicados en la preparación del cambio árabe, la cadena catarí de televisión Al Yazira ha sido el más decisivo y uno de los menos recordados ahora. Durante años, Al Yazira ha estado dando cuerpo a dos realidades: la de que los árabes tienen voz y su voz es su dignidad, y la idea de pueblo árabe sufriente que se rebela. No ha de olvidarse que para Al Yazira el eje motor del mundo árabe es la causa palestina, a la que luego vino a sumarse Irak. El que no haya visto asiduamente esta cadena ignora hasta qué punto el árabe de a pie tiene la palabra en ella y su palabra y la de los corresponsales son la esencia misma de la cadena. La gente de Tahrir, por mucho que use Internet, no se informa mediante The New York Times o Le Monde, sino por medio de Al Yazira (no Al Jazeera, que se emite en inglés para la diáspora, y que tiene una línea editorial ligeramente diferente).

5. Se llama Palestina y les importa a los árabes. Los israelíes lo saben bien. Y saben del hondón insalvable que lo palestino abre entre el pueblo (al-chaab, la palabra más repetida en todos los eslóganes de las revueltas, el mantra que puede cambiar el mundo árabe) y los dirigentes árabes, sumisos en uno u otro grado a los intereses de Israel. También el régimen iraní sabe de ello, y trata de jugar sus bazas para que el curso de los acontecimientos no le arrincone como protagonista del conflicto árabe-israelí. Ni a Israel ni a Irán les interesa el cambio árabe. Cuando algo puede cambiar en Palestina, llega un cohete Katiusha y todo vuelve a su sitio: los palestinos, a su futuro imposible; Irán e Israel, a su presente eterno; los árabes, a su pasado irredento. Mientras los árabes no sean dueños de su destino, Palestina no lo será del suyo, y viceversa. Es una ecuación demasiadas veces demostrada.

6. El peligro de la inteligencia militar. La sombra de la inteligencia militar (estadounidense o local) planea sobre el futuro árabe. Las transiciones tuteladas por el Ejército corren varios riesgos. El primero, el de los compañeros de viaje: el recurso interesado al islam político como combinación ideal de estabilidad y cambio. Al fin y al cabo, las formaciones islamistas son las mejor organizadas y, en muchos casos, la única oposición operativa. El segundo, el del populismo: las fuerzas armadas como garantes de la voluntad popular propenden a creerse la voz del pueblo. El tercero, claro, el de la perpetuación: generaciones de "oficiales libres" se han sucedido en el poder tras golpes que cambiaron lampedusianamente todo un país (Egipto, Irak, Yemen, Libia, Siria) para que nada cambiara.

7. Al rescate del Mediterráneo. Los levantamientos en curso han zarandeado dos siglos de historia árabe a remolque de Europa. Es más, le han recordado a Europa el potencial de las ciudadanías cuando ejercen su fuerza desde la base. La demanda de pluralismo y libertad de las clases medias árabes sintoniza con la reivindicación de una equidad socioeconómica y una ética distributiva por parte de las clases más desfavorecidas. Esta convergencia, aún incipiente, fluctuante y en peligro, debería despertar a las sociedades de todo el Mediterráneo, embarcadas en un neoliberalismo depauperante y un creciente déficit democrático. Es una oportunidad para repensar de un modo diferente un futuro común.

Pero el despertar aún es tibio, es un frágil comienzo. En cualquier caso, obliga a un cambio de paradigma tanto a los árabes como al llamado Occidente. Los árabes habrán de aparcar el paradigma del orientalismo defensivo ("Vosotros me menoscabáis") y cambiarlo por una actitud protagonista y positiva. Y Occidente habrá de olvidarse del orientalismo ofensivo, el prístino ("Vosotros sois inferiores"), y de supeditar el mundo árabe a sus intereses económicos y securitarios.

11/11/09

Cinco años sin Arafat, por Luz Gómez García

Hoy se cumplen cinco años de la muerte de Yasir Arafat. Las causas siguen envueltas en la bruma. Los tres últimos años los pasó Arafat en la Muqata, sitiado por las tropas israelíes. Los que convivieron con él sostienen, cada vez con más énfasis, que fue envenenado (Bassam Abu Sharif, Arafat and the dream of Palestine, Palgrave Macmillan, 2009).

Su legado no ofrece tantas dudas. El mayor triunfo de Arafat fue lingüístico. Como dijo de él el poeta Mahmud Darwix, restituyó un gentilicio al mundo: “palestino”, que se había intentado borrar en beneficio del mito sionista de la tierra vacía, según el cual la tierra “bíblica” aguardaba deshabitada a judíos nacionales de decenas de países. Pero aquello no era la tierra bíblica. Y lo que se creó en ella no fue un reino bíblico, sino un Estado étnico-confesional de ingeniería poscolonial. Tan confesional, una vez salvados los subterfugios, como muchos de sus Estados vecinos.

En vida de Arafat, los enemigos de Palestina juzgaban que la raíz del mal era Arafat. Luego, les pareció mejor su versión ridícula, Abbas. Últimamente el mal ha sido Hamás. Si un logro le ha cabido a la lucha palestina desde 1948 es que Israel no haya podido fabricarse un enemigo-pelele a su gusto. Arafat no quiso serlo. A Abbas, que ha estado más dispuesto, la presión de la calle se lo ha impedido. Israel, que hizo la vista gorda cuando se creó Hamás en 1987, se hizo ilusiones de que esta organización lo sería, pero el tiro le salió por la culata: los islamistas han llenado el espacio que ha dejado el descuartizamiento del movimiento nacional palestino, democrático y secular. Éste, congregado en la OLP, ha visto cómo embarrancaba su proyecto de paz, formulado, tras no pocas disputas internas, en términos de dos Estados soberanos: Israel y Palestina.

La legitimidad de la Autoridad Nacional Palestina se halla hoy en su punto más bajo. En los años finales de Arafat, tras la explosión de la Segunda Intifada en 2000, las encuestas daban un empate entre Fatah y Hamás, pero el 50%, la mayoría, no prefería a ninguno. Este ten con ten se esfumó a la muerte de Arafat. Fatah no supo mantener la llama. Desvanecida el aura, los palestinos optaron por una solución radical y novedosa, y votaron en masa a Hamás. Desde entonces, se ha venido consumando el mayor miedo del movimiento nacional palestino: la desunión y el enfrentamiento civil, que el liderazgo de Arafat había conjurado desde finales de los ochenta.

La invasión israelí de Gaza en diciembre pasado dejó a Abbas desnudo. Sus componendas para culpabilizar a Hamás encolerizaron a los palestinos. El colmo ha sido la reciente pasividad y dilación de la delegación de la OLP ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que ha estudiado, a partir del llamado Informe Goldstone, los crímenes cometidos en la guerra de Gaza. La presión de toda la palestinidad, tanto la del interior como la del exilio (el 7 de octubre pasado, las asociaciones palestinas de España enviaron al presidente Abbas un duro comunicado en este sentido), acabó obligando a la delegación a cantar la palinodia, y el día 16 se aprobó una resolución que llama al Consejo de Seguridad a llevar el caso ante el Tribunal de La Haya si las partes (Israel y Hamás) no aclaran las imputaciones.

Como era de suponer, Estados Unidos votó en contra, y Rusia a favor, y los países europeos divididos. Ha sido la tónica general de este lustro, que ha facilitado que Israel incumpla sistemáticamente todo acuerdo u hoja de ruta, y que siga desmembrando Palestina. Los colonos en Cisjordania han aumentado un 18% desde 2004. Los 790 kilómetros del muro segregador declarado ilegal por el Tribunal de La Haya están prácticamente concluidos. Los checkpoints y las barreras a la movilidad impiden cualquier viso de normalidad en la vida de la población, y Jerusalén se halla ya aislada por completo de su entorno palestino. La retirada israelí de Gaza en agosto de 2005 y la declaración de la Franja como “entidad hostil” en septiembre de 2007, han permitido a Israel desentenderse impunemente de sus obligaciones jurídicas internacionales como potencia ocupante y castigar colectivamente a toda la población mediante el bloqueo. Gaza ha tenido el triste honor de inaugurar un nuevo limbo jurídico internacional, que en términos cotidianos significa depauperación económica, física y moral.

La desastrosa gestión de la cuestión de Gaza por parte de Abbas le ha conducido a un callejón sin salida. Su visión del proceso de paz, que choca con el verdadero 48, el palestino, el de la Nakba, ha fracasado. Frente al toma y daca de territorios, seguridad, autogobierno y desarrollo económico que ha caracterizado las rondas de conversaciones antes y después de la muerte de Arafat, en los últimos meses ha recobrado protagonismo el derecho al retorno de los refugiados. La intelligentsia israelí ha dado la voz de alarma (en este mismo diario la daba hace pocas semanas Shlomo Ben Ami), porque la cuestión de los refugiados plantea la paz en sus exactos términos: la justicia como solución y la superioridad moral de la víctima sobre el verdugo.

El País, 11/11/09 Mahmud Darwish

15/5/09

No se empieza por el final. En el aniversario de la Nakba

Artículo de Mahmud Darwix sobre la Nakba, publicado el 8 de mayo de 2001 en el diario al-Hayat. Por desgracia, es igual de válido hoy, sexagésimo primer aniversario de la Nakba.

Hoy es el gran día del recuerdo. Pero nosotros no miramos hacia atrás para desenterrar la evidencia de un crimen pasado, porque la Nakba es un presente continuo que augura extenderse hacia el futuro. Nosotros no necesitamos nada para recordar la tragedia humana que estamos viviendo desde hace ya 53 años: seguimos viviéndola, aquí y ahora. Seguimos sufriendo sus consecuencias, aquí y ahora, en la tierra de nuestra patria, la única que tenemos.

No olvidaremos lo que se nos ha hecho en esta tierra doliente, y lo que se nos sigue haciendo. Y no porque la memoria, individual o colectiva, sea fértil y esté siempre dispuesta a recordarnos nuestra triste existencia, sino porque la heroica y trágica historia de nuestra tierra y su gente sigue tiñéndose de sangre con el conflicto permanente entre lo que ellos quieren que seamos y lo que nosotros queremos ser.

Los responsables israelíes de la Nakba, al anunciar en un día de conmemoración como hoy que la Guerra de 1948 no ha terminado todavía, desenmascaran escandalosamente el espejismo de su paz, un espejismo surgido en la década pasada, que hacía creer en la posibilidad de poner fin al conflicto, un fin que se basaría en compartir la misma tierra. Desenmascaran también, y escandalosamente, la incompatibilidad del proyecto sionista —en cuanto que su meta, exterminar al pueblo palestino, permanece en el orden del día de su agenda— con la paz.

Esta guerra se hace para que los palestinos sigamos sometidos al desarraigo continuo, para que sigamos siendo refugiados en nuestra propia tierra y fuera de ella, para que se siga pretendiendo, tras la ocupación de nuestra tierra y nuestra historia, barrer nuestra mera existencia, hacer de nuestra existencia como entidad inequívoca en el espacio y el tiempo sombras superfluas desterradas del espacio y el tiempo. Pero los responsables de la Nakba no han conseguido romper la voluntad del pueblo palestino ni borrar su identidad nacional, no, no con el desalojo, ni las masacres, ni volviendo desengaño las ilusiones o falsificando la historia. Tras cinco décadas, no han conseguido ni forzarnos al no ser o al olvido ni borrar la realidad palestina de la conciencia del mundo mediante su falsa mitología, fabricándose una inmunidad moral que confiere a la víctima del pasado el derecho a crear sus propias víctimas. No hay nada como un verdugo sagrado.

Hoy, el recuerdo de la Nakba llega en el momento álgido de la lucha palestina en defensa de su ser, de su derecho natural a la libertad y la autodeterminación en un trozo de su patria histórica, y esto tras haber concedido, para hacer posible la paz, más de lo que nunca hubiera sido necesario según la legalidad internacional. Cuando la hora de la verdad se acerca de nuevo, se ha desenmascarado la verdadera naturaleza del concepto israelí de paz: continuar con la Ocupación bajo otro nombre, en condiciones más ventajosas, y a un coste menor. La Intifada —ayer, hoy, mañana— es la expresión natural y legítima de la resistencia contra la esclavitud, contra una Ocupación caracterizada por la más sucia forma de apartheid, que pretende, bajo el revestimiento de un elusivo proceso de paz, desposeer a los palestinos de sus tierras y de la fuente de su sustento y confinarlos en reservas aisladas asediadas por asentamientos de colonos y carreteras, hasta que llegue el día en que, después de haber aceptado “poner fin a sus demandas y a su lucha”, se les conceda llamar Estado a sus jaulas.



La Intifada es, en esencia, un movimiento civil y popular. No constituye una ruptura con la noción de paz, sino que intenta salvarla de las injusticias del racismo, devolviéndola a sus verdaderos padres, la justicia y la libertad, e impidiendo que continúe el proyecto colonialista de Israel en Gaza y Cisjordania bajo el paraguas de un proceso de paz que los líderes israelíes han vaciado de todo contenido.

Nuestras manos heridas aún pueden desenterrar la maltrecha rama de un olivo de debajo de los escombros de los olivares masacrados, pero sólo si los israelíes alcanzan la edad de la razón y reconocen nuestros legítimos derechos nacionales, recogidos en las resoluciones internacionales: el derecho al retorno, la retirada completa de los territorios palestinos ocupados en 1967 y el derecho a la autodeterminación y a un Estado independiente y soberano con Jerusalén por capital. Porque no puede haber paz con Ocupación, como no la puede haber entre amos y esclavos.

La comunidad internacional no puede —como ya hizo en 1948, año de la Nakba— cerrar los ojos por mucho más tiempo a lo que está pasando en la tierra de Palestina. La agresión israelí sigue asediando a la sociedad palestina, sus fuerzas de destrucción siguen matando y asesinando a un pueblo desarmado, un pueblo que defiende lo que queda de su amenazada existencia: los escombros de sus casas, los olivos que restan, siempre a punto de ser arrancados también.

La naturaleza de la guerra declarada contra el pueblo palestino se verá determinada por la atención internacional que reciba, pues encarna la lucha entre valores internacionales en conflicto: por un lado, las fuerzas cuyo objetivo es hacer posible la pervivencia del colonialismo sionista y el apartheid bajo nuevos nombres y fórmulas; por otro, las fuerzas que insisten en la necesidad de que prevalezca la justicia y la verdad en esta parte del mundo. El compromiso de otros Estados y pueblos en la confrontación que tiene lugar hoy en Palestina así como su apoyo a un pueblo palestino privado de una vida digna, demostraría que no sólo estos Estados y pueblos se implican en la estabilidad política en Oriente Próximo para proteger sus intereses, sino que además detentan una posición moral que da fe de la libertad, la justicia y la igualdad que caracteriza la vida y la cultura de estos pueblos.

Para los palestinos, la protección internacional contra el brutal terrorismo practicado por el régimen israelí —que parece estar por encima del derecho y el orden internacionales— se ha convertido en una urgente necesidad. No sólo es necesaria para purgar los pecados del pasado, sino para prevenir los pecados del futuro, para que no se añada otro capítulo al libro de la Nakba. Pero Israel, en lugar de reconocer su responsabilidad en la Nakba y en la tragedia de los refugiados, requisito previo a cualquier solución política, está ampliando el libro de la Nakba, haciendo que la batalla vuelva a su premisa cultural primera, al campo de batalla inicial, recordándonos que ninguna historia puede empezar por el final.

Nosotros no hemos olvidado el principio, ni las llaves de nuestras casas, las farolas encendidas con nuestra sangre, los mártires que comulgaron con la tierra, la gente y la historia, ni a los vivos que nacieron en el camino y que sólo pueden, en tanto el espíritu de la patria permanezca vivo en nuestro interior, caminar hacia una patria del espíritu.

No olvidaremos ni el ayer ni el mañana. Mañana empieza hoy. Empieza insistiendo en que el camino a recorrer, el camino de la libertad, el camino de la resistencia, se haga hasta el final, hasta que la eterna pareja —paz y libertad— se encuentre.

Traducción de Luz Gómez García

1/1/09

La soledad de Gaza, por Luz Gómez García

Cuando para acceder a Gaza por el paso de Erez, el visitante autorizado se ve obligado a introducirse en las diabólicas máquinas israelíes inquisidoras del cuerpo humano, unas máquinas no vistas antes en ningún otro sitio, que le zarandean y escudriñan sus entrañas, comprende que se dispone a entrar en uno de los lugares más solitarios del planeta. Atravesados puertas y corredores, un inquietante kilómetro, largo, a pie, de tierra de nadie, de cascotes y escombros, hace que el extranjero mude la impresión de la artificiosa frontera física en la certeza psicológica de hallarse ante un nuevo capítulo, uno de los más insólitos, de las aberraciones de la historia reciente.

Un muro de hormigón armado, de nueve metros de alto, separa la franja de Gaza de Israel. Es un muro hermano del de Cisjordania, aunque primogénito, pero que no ha tenido la misma repercusión jurídica y mediática. Un muro que encierra la mayor densidad de población por kilómetro cuadrado del mundo. Gaza, que ha sido descrita en ocasiones como una gran prisión al aire libre, está condenada a la soledad de todas las prisiones.

Esta dramática realidad responde a una deliberada y planificada política israelí. Nada es casual en Gaza. Detrás de lo que ven los ojos hay una firme voluntad israelí de acoso militar, institucional y jurídico. ¿Qué fue antes: Hamás o la gallina? La gallina. Veamos por qué.

En octubre de 2004, el Parlamento de Israel aprobó “el plan de desconexión de Gaza”, que en agosto del año siguiente llevó a cabo unilateralmente. Pretendía poner fin a un problema demográfico insoslayable para la empresa israelí de colonización del territorio: la imposibilidad militar y económica de sostener a una población de 9.000 colonos en un enclave con un millón y medio de palestinos. Faltaban todavía varios meses para el triunfo de Hamás en las elecciones legislativas palestinas de enero de 2006, pero el pronóstico era meridiano y allanaba el camino a la estigmatización colectiva. Cuando en junio de 2007 los islamistas dieron un golpe de mano en Gaza y truncaron el Gobierno de ficticia unidad nacional de la Autoridad Nacional Palestina, la comunidad internacional se aprestó a endurecer su actitud hacia Hamás como organización terrorista. Poco importa que su triunfo en las urnas hubiera contado con la escrupulosa supervisión de observadores internacionales, incluidos algunos diputados españoles. La condena hallaba refrendo y con ella se consumaba la desconexión. Gaza quedaba aislada del mundo: del Israel ocupante, de la madre Palestina y del socorro y la benevolencia internacionales.

El paso siguiente por parte de Israel fue la declaración de Gaza como “entidad hostil” el 19 de septiembre de 2007, que le ha servido para desentenderse internacionalmente de las obligaciones que, como potencia ocupante, tiene. La población sufre con ello la paradoja jurídica de estar a la vez bajo ocupación y bajo bloqueo. Las operaciones militares israelíes, que el Gobierno de Israel tan pronto llama de castigo como ofensivas, se han sucedido desde entonces, trufadas de treguas que en absoluto han aliviado el imparable deterioro de la situación de la población. El bloqueo al tránsito de personas y bienes de primera necesidad por tierra, mar y aire, castiga en primera instancia al 62% de la población, que depende directamente del reparto de alimentos y de los servicios básicos a cargo de la UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados palestinos. La Organización Internacional del Trabajo, en su memoria de 2007, habla de una “economía de estado de sitio”, y en la de 2008 constata que el aislamiento casi total de Gaza la ha llevado al borde de la crisis humanitaria. El resultado es lo que Issam Younis, de Al Mezan Center for Human Rights, denomina la “subdesarrollización de Gaza”: descalabro de los índices de empleo y del PIB, descomposición del sector público, desaparición de la economía productiva, regresión en los derechos de los trabajadores, debilitamiento institucional y deterioro del tejido social. La mera supervivencia se impone a otras prioridades individuales y colectivas a costa de logros históricos de la sociedad palestina, como el pluralismo, la participación de las mujeres en la vida pública, la vitalidad de la cultura de base o los elevados índices de educación universitaria.

A Hamás le dieron su triunfo electoral la parálisis política y el derrumbe económico que culminaron en la Segunda Intifada (2000-2005). Pero sus réditos en Gaza los alimenta a diario la política israelí, con la aquiescencia de Estados Unidos y la estolidez de la Unión Europea, involucrada en inmensas inversiones económicas en los Territorios Ocupados pero sin compromiso político equiparable. Este múltiple concurso ha convertido a Hamás en el protagonista de la historia actual de Palestina. Y lo ha hecho hasta el punto de que la principal crítica de algunos líderes históricos de la OLP a su triunfo haya sido su afán por reescribir la historia de la resistencia palestina, como si ésta hubiera empezado en 1987, cuando coincidiendo con la Primera Intifada se fundó Hamás. Porque los partidos y actores no islamistas minimizan la importancia de la religiosización del espacio público, mientras crece su temor a que, una vez más, los hechos consumados adquieran naturaleza jurídica y Gaza se vea amputada del devenir de los Territorios Ocupados, que en el discurso israelí han quedado reducidos a la demediada Cisjordania.

La interiorización del aislamiento y la rutinización del bloqueo no hacen sino asentar la frustración entre los gazauíes. El clientelismo, conocido popularmente en Palestina como “cultura de la jaima”, se alimenta de este ambiente falto de expectativas y experiencias nuevas. Las iniciativas ciudadanas peligran (son modélicos los Comités de Salud Mental, pioneros en el tratamiento de la violencia de género y que han desarrollado una categoría propia de empoderamiento civil) y flaquea la actuación de las ONGs y las agencias de ayuda humanitaria, que se sienten impelidas a tomar partido entre los actores políticos, con el consiguiente deterioro de su actividad y de la imagen general de la cooperación.

Pese a todo, la sociedad de Gaza ha desarrollado fórmulas de relación con el exterior, procederes abiertos y descentralizados que se sirven de las redes de intercambio que propicia la globalización tecnológica. Sorprende en Gaza la vitalista actividad de organizaciones independientes en materia de derechos humanos, salud o cultura, con modélicos sistemas de toma de decisiones colegiada, elaboración de un discurso crítico y autocrítico, financiación y sustentos locales y colaboración en red con otros centros palestinos e internacionales. Estos gazauíes, una mayoría, insisten en la importancia simbólica y psicológica de romper el aislamiento, en el valor de los gestos e intercambios que desde Europa abren una grieta en el cerco. Son iniciativas que no deben morir, porque garantizan, entre otras cosas, un futuro lejos de Hamás, si es esto lo que Europa desea.

Gaza materializa el proyecto israelí para Palestina: dividir y fragmentar el territorio, dividir y fragmentar a su población, y crear nuevos guetos identitarios que propicien la disolución de la unidad histórica, social, cultural y política de Palestina. La estrategia es vieja y conocida, pues proviene de la Nakba misma. Según el historiador israelí Amnon Raz-Krakotzkin, dos son sus armas principales: negar toda responsabilidad histórica e inculpar a las víctimas de su suerte.

El País, 31/12/08

Fuente

1/9/08

Un país preparado para el alba

Seleccionamos a continuación el fragmento final del poema-libro Estado de sitio (Madrid, Cátedra, 2002). Darwix escribió Estado de sitio en Ramala en enero de 2002, durante el cerco del Ejército israelí. De sus poemas de los últimos años directamente relacionados con la Ocupación, es el más sobresaliente. Ha sido adaptado al teatro por el Centro Dramático Nacional Palestino y ha dado origen a una cantata de Garrett List.

Estado de sitio es un poema extrañamente esperanzado. Israel se había retirado del sur del Líbano en el verano de 2000. La Segunda Intifada, que había estallado el otoño siguiente, había sacado a la calle el hastío palestino por el fracaso de Oslo, y la lucha, aun en su crudeza, parecía alumbrar un futuro. Luego vendrían las elecciones legislativas de enero de 2006 y el triunfo de Hamás, el boicot euroamericano a un gobierno de impoluta elección democrática, y, finalmente, la escenificación de la escisión de los restos de Palestina con la toma de poder islamista en Gaza en junio de 2007, mientras la Ocupación se naturalizaba en los pueblos, carreteras y colinas de Cisjordania minados por los asentamientos y el Muro. En 2008, seis años después del sitio de Ramala, Darwix ya no veía motivos para la esperanza.


Mis amigos me preparan siempre una fiesta
de despedida, y una cómoda tumba a la sombra de una encina,
con una lápida de mármol temporal.
Aunque yo les precedo siempre en el cortejo:
¿Quién es el muerto... eh?


La mujer caída es hija de caída que es hija de caído,
hermana de caído y hermana de caída, nuera
de madre de caído, nieta de abuelo caído
y vecina de tío caído (etcétera, etcétera)
pero todo sigue igual en el mundo civilizado,
el tiempo de los bárbaros terminó,
la víctima anónima es lo habitual;
la víctima... como la verdad, es relativa
(etcétera, etcétera).


Calma, calma, que los soldados desean
a estas horas oír las canciones
que oyen los caídos, aún
como el olor del café en su sangre... frescas.


Una tregua, una tregua para evaluar lo aprendido:
¿Sirven de arado los aviones?
Les dijimos: una tregua, una tregua para examinar las intenciones,
¡acaso algo de paz se filtre en la conciencia!
Competiremos por lo que amamos
con medios poéticos.
Respondieron: ¿No sabéis que una conciencia en paz
abriría las puertas de nuestra alcazaba
a la música del hiyaz y el nahawand?
Les dijimos: ¿Y qué?, ¿qué pasaría?


Nuestro café. Los pájaros. Los árboles verdes
de sombra azul. El sol saltando de
tapia en tapia como una gacela...
El agua de las nubes de dibujo infinito
en el trozo de cielo que nos queda,
más otras cosas de amargo recuerdo,
apuntan a que esta mañana será espléndida,
y nosotros huéspedes de la eternidad.


Un país preparado para el alba.
Pronto
los astros dormirán en la lengua de la poesía.
Pronto
despediremos este largo trayecto
y preguntaremos: ¿Por dónde empezar?
Pronto
prevendremos a nuestro bello narciso silvestre
para que no enloquezca con su imagen: no has
servido para el poema, contempla
a las andantes del camino.


¡La paz sea contigo que velas por
el éxtasis de la luz, la luz de la mariposa, en
la noche de este túnel!


¡La paz sea contigo que compartes mi copa
en la negrura de una noche que colma dos asientos:
salud, sombra mía!


La paz es la palabra que atesora el viajero
para el cruce en el camino con el viajero.

La paz es paloma entre dos extraños, zureo compartido
al borde del abismo.


La paz es la añoranza de dos enemigos, que anhelan
bostezar en el andén del hastío.

La paz es el gemido de dos amantes lavándose
a la luz de la luna.


La paz es la disculpa del fuerte ante el
débil de armas —pero de largo alcance.

La paz es partir las espadas ante la belleza
natural, aceptar que el rocío mella el hierro.


La paz es un día plácido, agradable, de pasos
suaves, sin riñas.

La paz es un tren con pasajeros que van
o vienen de excursión por las afueras de la eternidad.


La paz es reconocer, públicamente, la verdad:
¿Qué habéis hecho con el fantasma del asesinado?

La paz es dedicarse a cultivar el jardín:
¿Qué vamos a sembrar de aquí a nada?


La paz es ahuyentar las pupilas
del zorro que seducen a la mujer asustada.

La paz es el ahhh de un agudo sostenido de moaxaja
en el corazón de la guitarra exhausta.


La paz es la elegía a un joven con el corazón destrozado por el lunar
de una mujer, no por una bala o por una bomba.

La paz es cantar a la vida aquí, en la vida,
pulsando la cuerda de una espiga.

Traducción de Luz Gómez García

2/7/08

Un momento en Ramala, por John Berger

Reproducimos un texto de John Berger, escritor solidario con Palestina y que conoce bien la obra de Mahmud Darwix.

Ciertos árboles —especialmente las moreras y los nísperos— aún cuentan la historia de cómo una vez, en otra vida, antes de la Nakba, Ramala fue para los adinerados una población de ocio y esparcimiento, un lugar cercano a Jerusalén para descansar durante el caliente verano, un centro vacacional. La Nakba es la “catástrofe” de 1948, cuando 10.000 palestinos fueron asesinados y 700.000 se vieron forzados a abandonar su país.

Hace mucho tiempo las parejas de recién casados plantaban rosas en los jardines de Ramala como augurio para su vida futura juntos. El suelo de aluvión le iba bien a las rosas.

Hoy no existe muro alguno en el centro de Ramala, convertido en capital de la Autoridad Palestina, que no esté cubierto con las fotografías de los muertos, tomadas en algún momento de su vida, y que ahora se reimprimen como pequeños carteles. Los muertos son los mártires de la Segunda Intifada, que comenzó en septiembre de 2000. Los mártires son los que murieron a manos del ejército y los colonos israelíes, y todos los que decidieron sacrificarse en contraataques suicidas. Estos rostros transforman las borrosas paredes callejeras en algo tan íntimo como la cartera plena de papeles y fotos privadas. Una cartera que tiene un compartimiento para la tarjeta de identificación magnética emitida por los servicios de seguridad israelíes (sin la cual ningún palestino puede viajar ni unos cuantos kilómetros), y otro compartimento para la eternidad. En torno a los carteles, los muros muestran las cicatrices de las balas y la marca de las esquirlas de obús.

Está una anciana, que pudiera ser la abuela en muchas carteras. Están los niños, apenas adolescentes, están tantos padres. Escuchar las historias de cómo se toparon con la muerte es recordar lo que significa ser pobre. La pobreza orilla a las decisiones más duras, ésas que casi no conducen a nada. Ser pobres es vivir con ese casi.

La mayoría de los muchachos, éstos cuyos rostros tapizan los muros, nacieron en campos de refugiados tan pobres como los cinturones de miseria. Abandonaron pronto la escuela buscando ganar dinero para la familia o ayudar al papá con su trabajo, si alguno tenía. Otros cuantos soñaban con llegar a ser estrellas del fútbol. Buen número de ellos hicieron catapultas de madera tallada, cuerda trenzada y piel retorcida para lanzarle piedras al ejército de ocupación.

Comparar las armas empleadas en tales confrontaciones nos retorna a lo que significa la pobreza. De un lado helicópteros Apache y Cobra, F 16, tanques controlados a distancia, jeeps Humvee, sistemas electrónicos de vigilancia, gases lacrimógenos; del otro catapultas, resorteras, teléfonos celulares y, en ocasiones, unos cuantos explosivos de fabricación casera. La enormidad del contraste revela algo que puedo sentir entre estos muros lacerados por la pena, pero que no puedo nombrar. Si yo fuera soldado israelí, por muy bien armado que estuviera, me aterraría finalmente con este algo. Tal vez es lo que atisbó el poeta Murid Barguti: “La gente que vive se hace vieja, pero los mártires se hacen jóvenes”.

Husni Al-Nayjar, 14 años de edad. Trabajó ayudando a su padre, que era soldador. Mientras arrojaba piedras, le dispararon y murió con una bala en la cabeza. En su foto su mirada es calma y se posa imperturbable en la distancia.

Abdelhamid Kharti, 34 años de edad. Pintor y escritor. Cuando joven recibió capacitación como enfermero. Como voluntario se sumó a una unidad de urgencias médicas para rescatar y cuidar heridos. Su cadáver fue hallado cerca de un puesto de revisión, después de una noche sin confrontaciones. Le habían cortado los dedos. Todavía le colgaba un pulgar. Le habían roto un brazo, una mano y la quijada. Tenía 20 balas en el cuerpo.

Muhammad ad-Durra, de 12 años de edad, vivía en el campamento de Breij. Regresaba a casa con su padre. Cruzaron el puesto de revisión Netzarin, en Gaza, y les ordenaron bajar de su vehículo. Algunos soldados disparaban. Ambos se cubrieron de inmediato tras una barda de cemento. El padre hizo una señal con la mano para hacerles ver que estaban ahí y recibió un impacto en la mano. Un instante después le dieron a Muhammad en el pie. El padre cubrió a su hijo con su cuerpo. Más balas impactaron a ambos y el niño murió. Los doctores retiraron ocho balas del cuerpo del padre. Quedó paralizado a consecuencia de las heridas y ya no pudo trabajar. Hoy es un desempleado. Como se filmó el incidente, su historia se narra una y otra vez por todo el mundo.

Quiero hacer un dibujo para Abdelhamid Kharti. Muy temprano por la mañana vamos al poblado de Ain Kinya. Más allá hay un campamento beduino, cerca de un wadi. El sol no calienta todavía. Las cabras y las ovejas pastan un poco entre los toldos. Decido dibujar las colinas que dan hacia el oriente. Me siento en una roca cercana a una tienda negruzca. Cuento tan sólo con un cuaderno y una pluma. Sobre la tierra hay tirado un tarro de plástico, que me sugiere juntar algo de agua del hilo que brota del manantial para mezclarla, si la necesito, con la tinta.

Después de dibujar un rato, un joven se acerca (por supuesto, toda persona invisible en el campamento ya me vio), abre la tienda tras de mí, entra y sale sosteniendo un decrépito banco de plástico blanco que, me indica, puede ser más cómodo que la roca. Me imagino que, antes de hallarlo, debe de haber estado tirado en la calle cerca de una pastelería o una nevería. Le agradezco.

Sentado en este banco de parroquiano, en un campamento beduino, y conforme el sol comienza a calentar y las ranas del casi seco lecho del río se ponen a croar, continúo dibujando.

En lo alto de una colina, pocos kilómetros a la izquierda, hay un asentamiento israelí. Parece militar, como si fuera parte de algún armamento diseñado para maniobras súbitas. No obstante es pequeño y está lejos.

Muy cerca, frente a mí, hay una colina de piedra caliza que tiene la forma de una cabeza de animal gigante dormido. Las rocas esparcidas por su cima son como cardenchas sobre su pelambre enmarañado. Repentinamente frustrado por falta de pigmento, vierto agua del tarro sobre el polvo que piso, meto el dedo en el lodo y lo embarro en el dibujo de la cabeza del animal. El sol está caliente. Una mula rebuzna. Paso la página de mi cuaderno y comienzo otro dibujo y otro. Nada parece terminado. Cuando por fin regresa el joven, quiere ver mis dibujos.

Le abro el cuaderno. Sonríe. Vuelvo la hoja. Señala. Es nuestro, dice, ¡es nuestro polvo! Lo que él señala es mi dedo, no el dibujo.

Luego ambos miramos la colina.

*

No estoy entre los conquistados, sino entre los derrotados a los que los vencedores temen. El tiempo de los vencedores es siempre corto y el de los derrotados es inconmensurablemente largo. Su espacio es diferente también. Todo en esta tierra limitada entraña una cuestión de espacio, y los vencedores ya lo entendieron. El acorralamiento que mantienen es primera y fundamentalmente espacial. Se aplica, en desafío a las leyes internacionales, mediante los puestos de revisión, destruyendo los antiguos caminos, mediante nuevos libramientos reservados estrictamente para los colonos israelíes, construyendo asentamientos fortificados en lo alto de las colinas —que en realidad son puestos de vigilancia y control de las mesetas circundantes—, mediante el toque de queda que obliga a las personas a permanecer puertas adentro, de noche y de día. Durante la invasión a Ramala, el año pasado, el toque de queda duró seis semanas, y lo “levantaban” un par de horas, ciertos días, para que la gente fuera de compras. No había tiempo suficiente siquiera para enterrar a los que murieron en sus camas.

En un valiente libro, el arquitecto israelí disidente Eyal Weizman afirma que esta dominación terrestre y total comienza en los bosquejos de los arquitectos y los planificadores distritales. En tales dibujos no es posible hallar ni una partícula de “nuestro polvo”. La violencia comienza mucho antes del arribo de los tanques y los jeeps. El habla de una “política de verticalidad”, donde los derrotados, incluso “en sus hogares”, son literalmente vigilados y socavados.

El efecto de lo anterior es que la vida cotidiana es inexorable. Tan pronto como a alguien se le ocurre decir una mañana cualquiera “voy a ver” tiene que detenerse súbitamente y considerar qué tantos cruces y retenes puede involucrar ese “vistazo”. El espacio de las más simples decisiones de todos los días está maniatado, con la pata delantera amarrada a la trasera.

Además, debido a que los retenes cambian impredeciblemente día a día, la experiencia del tiempo también está maniatada. Nadie sabe por la mañana qué tanto le tomará llegar al trabajo, ir a ver a su mamá, ir a clase, a la consulta con el doctor y, habiendo hecho estas cosas, tampoco sabe cuánto tiempo le llevará regresar a su casa. Un viaje en cualquier dirección puede implicar 30 minutos o cuatro horas, o la ruta puede estar categóricamente cerrada por soldados armados con ametralladoras cargadas.

El gobierno israelí alega que se vio obligado a tomar estas medidas con tal de combatir el terrorismo. Sus alegatos son fintas. Su propósito verdadero es mantener un acorralamiento que destruya el sentido de continuidad espacial y temporal de los pobladores indígenas para que se vayan o se vuelvan sirvientes achatados. Pero, por supuesto, es aquí donde los muertos ayudan a los vivos a resistir, aquí hombres y mujeres deciden volverse mártires. El acorralamiento inspira el terrorismo que dice combatir.

Un caminito de piedra, que va salvando las enormes rocas entreveradas, desciende a un valle al sur de Ramala. En tramos serpentea por antiguos olivares, algunos de los cuales datan de los tiempos romanos. Esta carretera pedregosa (muy dura para cualquier carro) es el único medio con que cuentan los palestinos para acceder al pueblo cercano. La antigua carretera asfaltada, que les está vedada ahora, se reserva para los israelíes de los asentamientos. Voy aprisa, pues toda mi vida me ha parecido más cansado andar lento. Descubro una flor roja entre los matorrales y me detengo a cortarla. Luego me entero que se llama Adonis aestivalis. Su rojo es muy intenso y su vida, dice el libro de botánica, muy breve.

Baha me grita que no me dirija hacia la alta colina situada a mi izquierda. Si detectan que alguien se aproxima, grita, dispararán.

Calculo la distancia: menos de un kilómetro. Unos 200 metros en sentido contrario a la dirección poco recomendable descubro una mula y un caballo atados. Los tomo como garantía y camino hacia allá.

Llego a un lugar donde dos niños —uno como de 11 y otro cercano a los ocho años— trabajan solos en un campo. El más chico llena latas de agua de un barril incrustado en la tierra. El cuidado con que lo hace, sin chorrear ni una gota, muestra lo preciada que es el agua. El niño mayor carga la lata llena mientras trepa con cuidado hacia una parcela sembrada donde riega algunas plantas. Ambos andan descalzos.

El que riega me saluda y orgulloso me muestra los surcos de su parcela, con varios cientos de plantas. Unas las reconozco: tomates, pepinos, berenjenas. Las deben de haber sembrado la semana anterior. Aún son muy pequeñas y buscan el agua. Una de las plantas no la reconozco; él lo nota. Luz fuerte, me dice. ¿Melón? ¡Shumaam! Nos reímos. Cuando ríe sus ojos se fijan en mí, imperturbables. (Pienso en Husni Al-Nayjar.) Ambos estamos —Dios sabrá por qué— viviendo el mismo momento. Me lleva a los surcos y me muestra qué tanto ha regado. Nos detenemos unos instantes, miramos en torno y atisbamos el asentamiento con sus muros defensivos y sus techados rojos. Mientras señala con la barbilla en esa dirección percibo una suerte de burla en su gesto, una burla que quiere compartirme, como su orgullo al regar. Una burla que da paso a una mueca, como si de pronto hubiéramos convenido orinar en el mismo momento y en el mismo punto.

Más tarde andamos de regreso hacia el camino pedregoso. Recoge algo de menta y me ofrece un manojo. Su frescura picante es como un chorro de agua fría, agua más fría que la de su lata. Vamos hacia donde están la mula y el caballo. El caballo, sin silla, tiene cabestro con riendas pero carece de brida y de bocado. El niño quiere hacerme una demostración algo más impresionante que una meada imaginaria. Brinca entonces al caballo mientras su hermano retiene la mula, y casi al instante va al galope, a pelo, por el camino por donde llegué. Es un caballo con seis extremidades, cuatro propias y dos que pertenecen al jinete, y las manos del niño controlan las seis. Monta con la experiencia de muchas vidas. Cuando regresa, sonríe extraño y, por vez primera, se le ve tímido.

Me reencuentro con Baha y los otros, que se hallan a un kilómetro. Hablan con un hombre, el tío del niño, mientras riega plantas que apenas brotan. El sol desciende y la luz cambia. La tierra parduzca y amarilla, más oscura donde se regó, es ahora el color primario de todo el paisaje. Riega con lo que resta del agua el fondo de un barril de plástico azul oscuro de 500 litros.

En la superficie, el barril azul tiene cuidadosamente pegados 11 parches (son como los que se usan para remendar ponchaduras, pero más grandes). El hombre me explicará que fue así como reparó el barril después de que una pandilla del asentamiento de Halamis —de los techos rojos— vino una noche, sabiendo que los recipientes de agua estaban plenos de lluvia primaveral, y los tasajeó con navajas. Otro barril, tirado sobre la terraza inferior, es irreparable. Más allá, en la misma terraza, se alza el tocón retorcido de un olivo que, a juzgar por su circunferencia, debe de haber tenido varios cientos de años de edad, tal vez mil.

Hace algunas noches, dice el tío, lo cortaron con una sierra eléctrica.

Cito de nuevo a Murid Barguti: “Para los palestinos, el aceite de oliva es regalo al viajero, confort para la novia, recompensa del otoño, orgullo en las bodegas y riqueza de la familia por siglos”.

Luego descubro el poema de Zakaría Mohammed “El bocado”. Habla de un caballo negro sin brida que tiene sangre en los belfos. Con el caballo de Zakaría hay también un niño, sorprendido por la sangre.

Qué es lo que masca el caballo
pregunta,
qué es lo que masca.
El caballo negro
muerde
un bocado cuya forja es acero,
un bocado de memoria
para tascar,
impaciente, hasta la muerte.

Si el niño que me ofreció la menta silvestre tuviera siete años más, no sería difícil entender que fuera miembro de Hamás, aprestándose a sacrificar su vida.

*

El peso de las lajas de concreto hechas añicos, y de la mampostería derribada en el centro de operaciones de Arafat en Ramala, tiene ahora gravedad simbólica. No en la forma que imaginaron los comandantes israelíes. Derruir la Muqata con Arafat y sus acompañantes dentro era para ellos la demostración pública de su humillación, así como regar salsa kétchup en la ropa, los muebles y las paredes de los apartamentos privados que el ejército invadió y revolvió sistemáticamente acabó siendo una advertencia de las calamidades que vendrían.

Aún ahora Arafat representa a los palestinos con mayor fidelidad que ningún otro líder mundial a su pueblo. Democráticamente no, pero sí en lo trágico. De ahí la gravedad. Debido a los enormes errores cometidos por la Organización para la Liberación de Palestina, con él a la cabeza, y a causa de las equivocaciones de los estados árabes circundantes, no tiene ya espacio para maniobrar políticamente. Ha dejado de ser un líder político. No obstante, se mantiene desafiante en su sitio. Nadie cree en él. Y muchos habrían dado su vida por él. ¿Cómo es esto? No siendo ya político, Arafat se tornó montaña, montaña de su patria.

*

Nunca había visto una luz así. Baja del cielo de manera extrañamente uniforme, pues no hace distinción entre lo distante y lo cercano. Aquí, la diferencia entre lo lejos y lo cerca es sólo de escala, nunca de color, de textura o precisión. Y esto afecta la manera en que uno se sitúa, afecta su sentido de estar aquí. La tierra se conforma en torno a uno, en vez de confrontarlo. Es lo opuesto del Medio Oeste estadounidense. En vez de saludarnos, nos recomienda no abandonarla nunca.

Y aquí estoy, cumpliendo inesperadamente el sueño que algunos de mis ancestros en Polonia, Galicia y el imperio austrohúngaro deben de haber alimentado y comentado durante por lo menos dos siglos. Y me encuentro aquí por defender la justicia de una causa, compartiendo el dolor que infligen tal vez algunos primos míos (en cualquier caso el Estado de Israel). Los expulsados de esta tierra y todos aquellos a quienes se planea expulsar son inseparables de su pulso de vida. Sin ellos, este polvo no tendría alma. No es una figura de lenguaje, es la más grave advertencia.

*

Riad, profesor de carpintería, ha ido por sus dibujos para mostrármelos. Estamos sentados en el jardín de la casa paterna. El padre rastrilla el campo con su caballo blanco. Cuando Riad vuelve, trae consigo los dibujos como si fueran un expediente extraído de un archivero de metal. Camina lento y las gallinas se apartan de su paso aún más parsimoniosas. Se sienta frente a mí y me entrega los dibujos uno por uno. Fueron hechos con lápiz duro, de memoria y con gran paciencia. Línea a línea, por las tardes, después del trabajo, hasta que los negros se tornen tan negros como él quiere, y los grises permanezcan plomizos. Están hechos en hojas de papel grande.

El dibujo de una jarra de agua. El dibujo de su mamá. El dibujo de una casa destruida, de las ventanas que daban a unos cuartos que no existen ya.

Cuando termino de verlos, me aborda un hombre mayor. Tiene el rostro paciente de un campesino. Parece que usted sabe de pollos, me dice. Cuando una gallina cae enferma, deja de poner. No hay mucho que hacer. Un día se despierta y siente que la muerte se aproxima. Un día se da cuenta de que va a morir y ¿qué sucede? Comienza a poner huevos otra vez, y nada sino la muerte podrá detenerla. Somos como las gallinas.

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Los puestos de revisión funcionan como fronteras interiores impuestas en los territorios ocupados, pero no se parecen en nada a ningún paso fronterizo normal. Están construidos y administrados de tal manera que cualquiera que cruce es reducido al estatus de refugiado indeseable.

Es imposible subestimar la importancia otorgada al acorralamiento del decoro. Se usa para remachar quiénes son los vencedores y quiénes debieran reconocerse conquistados. Los palestinos deben sufrir, a menudo varias veces al día, la humillación de representar el papel de refugiados en su propia patria.

Todo aquel que cruce tiene que hacerlo caminando hasta pasar el retén donde los soldados, con armas cargadas y listas, eligen a quién les da la gana “revisar”. Ningún vehículo puede cruzar. El camino tradicional fue destruido. La nueva “ruta” obligada está plagada de rocones, piedras y otros obstáculos menores. En consecuencia todos, excepto los más aptos, sufren el cruce.

Enfermos y ancianos son transportados en cajas de madera, provistas de cuatro ruedas, por jóvenes que así ganan un poco para irla pasando (tales cajas se hicieron originalmente para acarrear verduras en el mercado). Les dan a los pasajeros un cojín para aminorar los brincos. Escuchan sus historias. Todos se saben las noticias más frescas. (Cambia todo a diario.) Ofrecen consejo, se lamentan, pero están orgullosos de ofrecer la ayuda que puedan. Son lo más cercano al coro de la tragedia.

Algunos “viajeros” caminan con ayuda de un bastón, otros incluso con muletas. Todo lo que normalmente lleva uno en la cajuela del automóvil debe ser cruzado en bultos cargados en los brazos o a la espalda. La distancia de un cruce puede cambiar de la noche a la mañana y varía entre 300 metros y kilómetro y medio.

Las parejas palestinas, excepto algunas sofisticadas y jóvenes, mantienen en público el decoro de cierta distancia. En los puestos de revisión, las parejas de todas las edades se toman de la mano al cruzar, buscando en cada paso un asidero, mientras calculan el ritmo exacto para evadir las armas que les apuntan. Nunca muy aprisa (apresurarse puede levantar sospechas) ni muy despacio (la duda puede provocar un “juego” que saque a los guardias de su aburrimiento crónico).

Es muy particular el carácter vindicatorio de muchos (no todos) de los soldados israelíes. Tiene poco que ver con la crueldad que describiera y lamentara Eurípides, pues aquí la confrontación no es entre iguales, sino entre los todopoderosos y los supuestamente indefensos. Sin embargo, esta prepotencia de los poderosos va acompañada de una frustración furiosa: el descubrimiento de que, pese a todo su armamento, su poder tiene un límite inexplicable.

*

Quiero cambiar algunos euros por shekels (los palestinos no cuentan con moneda propia). Deambulo por la calle principal y paso por muchas tienditas. Ocasionalmente me topo con algún hombre sentado en su silla sobre lo que alguna vez fuera la banqueta, antes de la invasión de los tanques. Estos hombres sostienen en las manos fajos de billetes. Me aproximo a uno, joven, y le digo que quiero cambiar cien euros. (Por una cantidad semejante uno podría comprar un brazalete pequeño, como para niña, en una de las joyerías.) Consulta su calculadora de juguete y me extiende varios cientos de shekels.

Continúo caminando. Un niño que, pensando en edades, podría ser hermano de la niña del imaginario brazalete de oro, insiste en venderme goma de mascar. Proviene de uno de los dos campos de refugiados de Ramala. Le compro. También vende cubiertas plásticas para las tarjetas de identidad. Insiste en que le compre toda su goma de mascar. Eso hago.

Pasa media hora y me hallo en un mercado de legumbres. Un hombre vende ajos del tamaño de un foco luminoso. Hay mucha gente junta. Alguien me toca el hombro. Volteo. Es el cambista. Le di, dice, 50 shekels de menos, aquí están. Tomo los cinco billetes de 10. Fue usted muy fácil de encontrar, añade. Le agradezco.

La expresión de sus ojos mientras me mira me recuerda a una anciana que vi un día antes. Es una expresión de gran atención al momento presente. Considerada y tranquila, como si fuera tal vez el último momento.

Entonces el cambista se da vuelta y emprende la larga caminata hacia su silla.

Conocí a la anciana en el poblado de Kobar. La casa era nueva y escueta, sin terminar. Sobre las paredes de la sala desnuda había unas fotografías enmarcadas de su sobrino, Marwan Barguti. Marwan de niño, de adolescente, como hombre de 40 años. Hoy está en una prisión israelí. Si sobrevive, será uno de los pocos dirigentes políticos de Fatah a los que necesariamente habrá que consultar en caso de que se impulse algún acuerdo de paz sólido.

Mientras bebíamos jugo de lima y la tía hacía café, sus sobrinos nietos salieron al jardín: dos niños, uno de siete y otro de nueve. El pequeño se llama Patria y el mayor, Resistencia. Corrían en todas direcciones y se detenían de pronto, mirándose intensamente uno al otro, como si se escondieran detrás de algo y se asomaran a ver si el otro ya los había descubierto. Luego se lanzaban corriendo otra vez hasta encontrar otro escondite invisible. Es un juego que inventaron y juegan juntos muchas veces.

El tercer niño tenía cuatro años de edad. En su rostro había brotes rojos y blancos como los de un payaso, y como buen payaso se apartaba, nostálgico, socarrón, inseguro de lo que le pasaba. Tenía sarampión y sabía que no debía aproximarse a las visitas.

Llegado el momento de despedirnos, la tía me dio la mano y en sus ojos vi esta misma expresión especial de atención al momento.

Cuando dos personas tienden un mantel sobre una mesa, se miran una a la otra para asegurar la colocación de la tela. Imaginen que la mesa es el mundo y el mantel las vidas de aquellos a quienes debemos salvar. Esa era la expresión.

Traducción de Ramón Vera Herrera

La Jornada, 21/06/03