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22/11/12

Voz y memoria de Mahmud Darwix en español. Entrevista a Luz Gómez García (1/2), por Laura Casielles

Luz Gómez García (Madrid, 1967) lleva más de una década acercando a los lectores españoles la obra del poeta palestino Mahmud Darwix. Profesora en la Universidad Autónoma de Madrid, combina su especialidad, el estudio del pensamiento islámico e islamista, con... Seguir leyendo » 

24/4/12

Reseñas de “En presencia de la ausencia”

Recientemente han aparecido las siguientes reseñas de En presencia de la ausencia. Benjamín Prado lo reseñó en El País. Juan Malpartida en ABC. Hasier Larretxea en Koult. 

15/1/12

Publicación de “En presencia de la ausencia”


Acaba de aparecer la edición en español de “En presencia de la ausencia”, de Mahmud Darwix (Pre-Textos, 2011), con prólogo de Jorge Gimeno y traducción de Luz Gómez García. El libro es, a grandes rasgos, una autobiografía. En este blog hemos ido dando numerosos anticipos del texto.

20/5/11

La víctima troyana

La lotofagia no te ha trastornado con el dulce sabor del olvido. Ellos salieron indemnes de su mitología, mientras que tú y los tuyos, sin mayores pertrechos, os adentrabais en el desierto. Conoces muy bien lo que has dejado atrás: un pasado del que no queda registro en las epopeyas, a unos nuevos troyanos de los que sólo se cuenta lo que dicen sus enemigos. Pero ellos no raptaron a Helena ni causaron la guerra. Eran buena gente que vivía en paz, sin más pecado que el de haber nacido en unas laderas que, al parecer, eran peldaños hacia Dios. Eran valientes que carecían de espadas, generosos sin ostentación, que se vinieron abajo ante los tanques y se desperdigaron en todas direcciones, sin perder la fe en que la herida de la historia se cura.

Y tú ¿quién eres en esta historia? ¿Un poeta troyano que se salvó de la matanza para contar lo ocurrido? ¿O una mezcla de troyano y griego que se extravió en el camino de vuelta? La fascinación por la mitología decanta tu elección de las metáforas... Coge aquello que sirva para que la epopeya tenga otro final, en el que quepa la voz perdida de la víctima troyana. Coge aquello que sirva para que la victoria de los griegos no fuerce a los jóvenes a embarcarse en batallas en las que envejezcan con la dualidad casa/camino.

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

10/4/11

El exilio no es un viaje de ida y vuelta

El exilio no es un viaje de ida y vuelta, ni residir en la nostalgia. Quizá sea una visita, esperar a ver qué hace el tiempo con uno, salir de uno mismo hacia los demás para conocerse y congeniar o para que lo propio se encierre en su caparazón. Cada exilio tiene su carácter, cada exiliado sus características. El exilio es un ejercicio de reflexión sobre lo que no tienes, estupor por no tenerlo. El exilio educa el cuerpo, te fascina la belleza de la forma, aunque el significado sea parcial, pues plenitud es la conciencia de que falta algo. Estatuas que glorifican el pasado, estatuas que aspiran a dar el salto del sentimiento de identidad a la identidad del sentimiento, estatuas que liberan al mañana de tener que ser bello y a la naturaleza del férreo sistema de la imaginación. Nada supera a la belleza. Pero tú, que en el fondo eres un campesino, estás de parte de los árboles que se reflejan en el río, de las palomas aeroterrestres, y te demoras largo rato junto a un lirio que crece, solitario, fuera de la maceta... no porque sea, como tú, una especie rara, sino porque se apoya en sí mismo para crecer desvalido. El exilio es el viaje del poeta en el poema, un viaje dentro del viaje, pero el lenguaje metafórico siempre vuelve la vista atrás.

Y mirar hacia atrás, como es sabido, es uno de los atributos del exilio /

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

1/2/11

Las ciudades son un olor

Las ciudades son un olor. Acre huele a yodo y especias. Haifa, a pino y sábanas arrugadas. Moscú, a vodka y hielo. El Cairo, a mango y jengibre. Beirut, a sol, mar, cigarrillos y limón. París, a pan recién hecho, queso y cosméticos. Damasco, a jazmín y frutos secos. Túnez, a nardos y sal. Rabat, a alheña, incienso y miel. Una ciudad sin olor no cuenta a la hora de los recuerdos. Los exilios comparten un olor, el de la nostalgia de lo que se fue... un olor que recuerda a otro. Un olor que corta la respiración, tan profundo que te lleva, como un mapa turístico muy gastado, al olor del lugar primero. El olor es un recuerdo y una puesta de sol. Aquí el atardecer es un reproche que la belleza le hace al forastero.

Amar el ocaso no es, como es sabido, uno de los atributos del exilio /

Mahmud Darwix:
En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

11/1/11

Viajar, irse, partir, marcharse...

Volver... ¿adónde? Te preguntas mientras cuelgas cuadros en las paredes de tu nueva dirección. Ir... ¿adónde? Lo que tienes por delante es provisional. Lo que queda detrás, transido de provisionalidad, está disperso. La eternidad que sube con la luz desde el jardín estalla en una carcajada. Le tomas el pelo diciéndole: También tú eres una exiliada. Y te preguntas: ¿Cuántas puntas has clavado en las paredes de cuántas casas? ¿Cuántos cuadros has colgado, cuántas camas has abandonado para que duerman otros, cuántos borradores y primeros versos has olvidado en cuántos cajones, cuántas fotos de mujeres has perdido entre las páginas de libros que no has leído? ¿Cuántas veces te has preguntado: Cuántas veces me he ido de viaje, he partido, me he marchado? Y todo sin haber tenido nunca clara la diferencia entre viajar, irse, partir o marcharse, a tal punto es poderosa la quimera de los sinónimos y es propensa la metáfora a transformarse de «mi patria no es una maleta» en «mi patria es una maleta».

Mahmud Darwix:
En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

10/12/10

El aeropuerto es un país para quien no tiene país

Te sientas en un rincón apartado del restaurante del aeropuerto y piensas en las ventajas de estar de viaje: ¿Voy o vengo? Nadie me espera a la ida y no tengo motivos para volver. Tengo más de un nombre y más de una fecha de nacimiento en pasaportes de todos los colores —rojos, azules, verdes. Soy libre en el gentío de los viajeros, y tan de fiar como un producto de las tiendas libres de impuestos, vigilado por las cámaras de seguridad. Nadie me pregunta quién soy, nadie se fija en mi andar vacilante, en el botón que le falta a mi abrigo, en la mancha de aceite de mi camisa. Como si fuera un fugitivo de alguna de las novelas que venden en el quiosco de prensa, un tipo que huye del autor, del lector y del vendedor. Puedo añadir, quitar, modificar, sustituir, matar o ser matado, caminar, sentarme, volar, ser lo que quiera, amar, odiar, elevarme o descender, caer desde lo alto de un monte y que no me pase nada, porque no he vulnerado los derechos de autor, porque sobre lo que pasa, sobre lo que me pasa, yo tengo mi propio punto de vista.

En el aeropuerto, nadie reprime tus excesos ni te impide que rompas la disciplina de autor. Ruedas por la senda de lo conocido sobre el acero de lo desconocido, y saltan las chispas de lo posible. La imaginación, constreñida, estalla como cristal que se rompe, metáfora de las cárceles. Y te ves en el siguiente aeropuerto, eres persona non grata, y todo porque tu documentación no se atiene a la ciencia que casa nombres y geografía: el que nació en un lugar inexistente... no existe. Y cuando metafóricamente dices que tú eres del no lugar, se te responde: Aquí no hay lugar para el no lugar. Y al replicarle a él, al policía de aduanas: El no lugar es el exilio, te contesta: Déjese de retóricas... Si tanto le gusta la retórica, váyase a otro no lugar.

Te ves en un tercer, cuarto, décimo aeropuerto explicando a funcionarios indiferentes a la historia contemporánea que existe el pueblo de la Nakba, diseminado entre las tierras del exilio y la Ocupación, pero ni te entienden ni te conceden permiso de entrada. Te ves en una larga película, narrando lentamente lo que le sobrevino a tu gente, desposeída de la lengua, del trigo, la casa, los argumentos... desde que el gigantesco buldózer de la historia pasó y los arrolló y niveló el lugar con la vara de una mitología pertrechada hasta los dientes de armas y sacralidad. Quien no cupo entonces en la mitología, no cabe ahora. Te preguntas: ¿Existen verdugos sagrados? Te ves rellenando como puedes la casilla de la edad, sin el apoyo de historiadores y autoridades, en un aeropuerto repleto de gente que corre a sus citas amorosas y de negocios.

Libre de reencuentros o despedidas, te sientas y te duermes en el asiento de piel. Te despiertas porque un viajero apresurado se tropieza contigo y se disculpa sin mirarte. Vas al aseo, te lavas la ropa interior y los calcetines y te afeitas. Te diriges a la cafetería y te tomas a sorbos un café mientras buscas en los periódicos las últimas noticias sobre ti: ¿Hay algún país que me acoja? Pero en los periódicos sólo hay minuciosas informaciones sobre guerras, terremotos e inundaciones. ¡Ojalá Dios esté furioso por lo que la humanidad le está haciendo a la tierra! ¡Ojalá la tierra ya esté preñada del Juicio Final!

¿Qué sentido tiene que un hombre viva en un aeropuerto? Te dices en voz baja: Si yo fuera lugar, escribiría un elogio a la libertad en el aeropuerto: La mosca y yo somos libres / Mi hermana la mosca se compadece de mí / Se me posa en el hombro y en la mano / me recuerda que escriba / y echa a volar. Escribo: El aeropuerto es como un país para quien no tiene país / La mosca vuelve al poco / rompe la monotonía y echa a volar, vuela, vuela / mas yo no puedo hablar con nadie / ¿Dónde está mi hermana la mosca? ¿Dónde estoy yo?

Te ves en una película, mirando a una mujer que está sentada al otro lado de la cafetería. Cuando ella se da cuenta y tú también, te pones a limpiarte una mancha de vino que te has echado en la camisa, igual que se te habría caído una palabra si le hubieras dicho: Tus ojos son para mí tan grandes como el firmamento, levanta un poco el firmamento, que pueda hablarte. Levantas los ojos del plato de sopa caliente y ves que te mira, pero al momento se pone a echar sal a la comida con una mano en la que tiembla la luz, y te diriges a ella en tus adentros: ¡Si tuvieras prohibido salir del aeropuerto igual que yo, si fueras como yo! Sientes que la agobias, y haces como que te diriges al camarero: No, gracias. Una perla de sudor brilla en su cuello presto al panegírico, y hablas con ella para tus adentros: Si estuviera contigo, lamería esa gota de sudor. El deseo es tan físico como el plato, como el tenedor, la cuchara y el cuchillo, como la botella de agua y el mantel, como las patas de la mesa. El aire huele a perfume. Las miradas se encuentran, se azoran y se separan. Ella da un trago de su copa de vino, se funden sus perlas. Sientes que conoce el llanto de las ballenas en el océano profundo. Si no, ¿por qué se sume en este silencio tan denso? Le dices en secreto: Si dieran un aviso de bomba, no hagas caso... He sido yo, lo he hecho para acercarme a ti y decirte que he sido yo y nadie más que yo. Te imaginas que ella se tranquiliza, que te dedica un brindis y un guiño y que un hilo de deseo se descuelga de la yema de sus dedos: una descarga eléctrica te recorre la columna vertebral, un escalofrío te sacude... Pierdes la cabeza y suspiras, huele a mango en una cama secreta colgada en el aire. Violines lejanos lloran y languidecen hasta la extenuación.

No la miras, aunque sabes que ella te está mirando sin verte. La niebla se ha cernido sobre tu mesa, que yace bajo todas tus interpretaciones, bajo tantas hojas en blanco que ni veinte escritores podrían llenarlas de metáforas. No es el camarero sino ella quien te saca de tu ensoñación: —¿Qué tal la comida? ―¿Y la tuya? —Encantada de haberte encontrado. ¿Te acordabas de mí? —La gente suele olvidar los encuentros de aeropuerto. Ella te dice: ¡Adiós! No la miras mientras se aleja, no quieres ver al deseo con sus tacones de aguja repiqueteando sobre el mármol de las catedrales, despertando en los violines la lujuria de la partida. Pero te acuerdas de ella cuando te quedas medio dormido, con una sensación idéntica a la del sopor del vino recorriendo tu cuerpo, una sensación que comienza en las rodillas y se ramifica hasta que ya no sientes el bosque del cuerpo. En cuanto a su nombre, tal vez mañana lo sepas, ¡en la mesa de otro aeropuerto!

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

10/11/10

Las gitanas

Y viviste, porque la mano de algún dios te condujo del ojo del huracán a un valle baldío. Viviste a cero grados, más o menos. Viviste, rebelde el corazón, distanciándote de lo que dolía y transformaba el dolor en un punto cardinal, alejándote del eco de las esquilas, que anunciaba que el lugar se aprestaba a partir. Por allí pasaron las gitanas, febriles de baile y embrujo. Colgaron los zaragüelles de las ramas de los árboles y se vistieron la ágil desnudez de sus movimientos. Sólo la imaginación vislumbra la total desnudez que esconde el arte. Ellas, las gitanas, descargaban su rayo en el tuétano de los espectadores y se cubrían el pecho con las perlas risueñas de su sudor...

En cada niño hay una gitana. Y en cada gitana un viaje improvisado. Y en cada viaje una historia que no se cuenta hasta que la memoria no rebasa la edad de la vergüenza. ¿Por eso te aferrabas a los gitanos cada vez que el lugar y el tiempo se bifurcaban, cada vez que el lugar merodeaba por sus habitantes, que lo buscaban a él en los olores que había dejado, prueba de la materialidad del espíritu? ¿Por eso buscaste luego, de mayor, en las extranjeras el caos del cuerpo apasionado de las gitanas y su danza en las cuerdas del viento, y hasta el colmo del absurdo buscaste alumbrar en el amor un sentido libre de adornos?

Y viviste, porque la mano de algún dios te salvó de la desgracia. Viviste en todos lados en una eterna sala de embarque, rebotado, como el correo aéreo, de aeropuerto en aeropuerto... Transeúnte a mitad de camino entre el aquí y el allí, visitante exento de tener certidumbres. Y fueron pasando por ti las gitanas, errantes entre la India y el mundo sin mapas ni identidad que nace de la percepción del desierto... Hermosas, valientes, danzarinas sin motivo, a no ser por el calor de su sangre. Ellas, bandada de jaimas que emigran hacia la aventura y el sustento. No se despiden de nada para no entristecerse, la tristeza no va con ellas, son tristes de nacimiento. Bailan para no morir. Dejan a sus espaldas el ayer en el puñado de ceniza de una fogata. Y no piensan en el mañana para que la expectativa no enturbie la pureza de la improvisación. Hoy es hoy, el tiempo entero.

Pero ¡ojo con el camino de las gitanas, no lleva a ninguna parte!

Y viviste, porque las balas perdidas te pasaron entre los brazos y las piernas sin acertarte en el corazón, como tampoco te descalabraron las piedras perdidas. Viviste porque en el último momento el camionero se percató de que un niño gritaba entre el camión y el muro. Viviste porque el conductor de un coche vio en la oscuridad una camisa blanca en medio de la calle, y te salvó de la noche y te devolvió a los tuyos, que estaban en ascuas. Viviste porque la luz de la luna encendió el agua y alumbró el acantilado, y te convenciste de lo dolorosa que sería la muerte si saltabas al mar —no hay natación posible en las aguas de la eternidad.

Y viviste, sin saber formular las palabras más simples de agradecimiento: Gracias, gracias a la vida. Sólo más tarde te preguntaste: ¿Cuántas veces he muerto y no me he enterado? Sin embargo, cada vez que te dabas cuenta de que te morías, te tragabas la vida como un hueso de ciruela: no había tiempo para el miedo a lo desconocido cuando la vida, que era hembra, renovaba su inmoralidad y su beatería dándose caprichosa a los muertos en lugar de a los desposeídos.

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

1/10/10

Otoño en París

Éste es tu otoño. Cuánto lo amas. Ocúpate de él como le cuadra a un poeta al que no le arredran los símiles. Tira del espacio con las bridas de la expresión, antes de que el tiempo te mande de una coz a un alto abismo... Tira... tira de él con la fuerza que da la pérdida, con el aplomo de la nostalgia, que ya no cree en los puntos cardinales.

Este otoño es tuyo, y el ropaje del que hoja a hoja se desvisten los árboles. Qué mejor adorno tienes cuando te dedicas a entrar en los patios vacíos. Pisas las baldosas haciendo ruido, para oír el sonido de tus propios pasos, sin motivo aparente. Parece que el tiempo entero fuera un domingo... que nadie se despertara con hora para ocuparse de un quehacer cualquiera. A la luz, los adoquines tienen muescas plateadas semejantes a letras de una lengua por descifrar. En los parterres, apacibles flores se asoman alegres y te saludan y animan: ¡Ve despacio! Revisa las comparaciones tópicas y afloja un poco el ronzal del espacio, pues la memoria también necesita ordenar su caos, cajón por cajón, este otoño.

Éste es tu otoño, en sus inicios, esparce un olor sofocante a exilio, a cartas hueras: rellénalas —no es por jugar con la sinonimia— con el amarillo-dorado-tostado-cobrizo del campo semántico de las hojas que se toman su tiempo para despedirse del árbol, si es que al viento no le da por soplar. Tú, estás tan solo que ni piensas en la soledad. Desde ayer no has saludado a nadie, no has tenido que preocuparte de si tu sombra «iba por delante o por detrás de ti». El aire es suave, y la tierra parece firme.

Pero ése no es, como es sabido, uno de los atributos del exilio /

Este otoño tuyo sale de un tórrido verano, de una estación de extenuación cósmica, de una guerra que parece no tener fin. Otoño que madura las uvas olvidadas en las altas montañas. Otoño que se prepara para un gran cónclave en que la asamblea de los dioses antiguos repasará los borradores de unos destinos que siguen en proceso de redacción, y que discutirán y acordarán una tregua entre el verano y el invierno. Pero el otoño de Oriente es corto, pasa tan veloz como la mano de un jinete que saluda a otro que va en dirección contraria, nadie puede echar cuentas con un otoño así, de tormentas de polvo... y matrimonios fugaces.

Mientras que el otoño aquí, el otoño de un París de regreso de sus largas vacaciones, es el ahínco con que la naturaleza, que se vuelve loca por culpa de la lluvia, se dedica a escribir versos altivos con destreza y buen vino. Otoño larguísimo, como un matrimonio católico en el que la felicidad o el amor nada tienen que ver con alguien que, como tú, está de paso. Otoño parsimonioso. Abrazo erótico de la luz y la sombra, la hembra y el macho. El cielo se inclina reverencial y los árboles se desnudan majestuosos, entre la ambigüedad equívoca de gotas de luz que llueven y gotas de agua que iluminan y resplandecen... Otoño ufano. Otoño compuesto con lo mejor de las estaciones: la desnudez del verano, la cópula del invierno y la pubertad de la primavera.

Y tú, tú vas hollando ligero este día otoñal. Te despabilas, sientes un escalofrío y te asombras: «¿Puede uno morirse en un día así?» No sabes si eres tú quien habita el otoño o si es él quien te habita, aunque te das cuenta de que ya estás en el otoño de la vida, donde mente y corazón saben bien cómo arreglárselas con el tiempo, acomodando placer y sabiduría. Una cadencia sutil afina el cuerpo, que atento a lo que mengua se colma de belleza, esté despejado o nublado. El cuerpo pronostica el tiempo que más le cuadra a un diálogo banal: Bonito día, ¿verdad? Tanto que ¿por qué no disfrutamos juntos de un café? El olor del café está impregnado de puertas que se abren a otro viaje: a una amistad, a un amor, a una pérdida que no duele... El café te traslada de la metáfora a lo tangible.

Una cadencia secreta fuerza los límites de la experiencia... El otoño que se pasea entre los demás, entre la gente y las palomas, por las plazas, se encuentra con tu otoño privado, tu otoño íntimo. Te preguntas como si le preguntaras a otro: «¿Somos lo que hacemos con el tiempo o somos lo que el tiempo hace con nosotros?» Te lo preguntas para que todo vaya más despacio, no por la dificultad de la respuesta. No quieres que este otoño se acabe, como no quieres que el poema culmine y se acabe. No quieres que llegue el invierno. Que el otoño sea tu eternidad privada.

Pero ése no es, como se sabe, uno de los atributos del exilio /

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

27/7/10

Tu padre es tu padre

Tu padre es tu padre. Siempre que te sentabas junto a él, hablabais a trompicones: él jamás descubría su herida ante su hijo, y tú no sabías cómo ocultarle la lástima que te daba. Heredaste su herida. Un lejano verano, en la lejana azotea de una casa de barro, entre estertores, tu padre os dijo: No puedo seguir dándoos estudios a los tres. He caído enfermo. Uno de vosotros ha de dejar la escuela y ayudarme, mi espalda ya no puede cargar ella sola con la piedra. A cual más noble, os peleasteis y gritasteis a la vez: ¡Yo! Las lágrimas de tu padre corrieron a la vista de todos, y os echasteis a llorar con él y por él. De repente dijo: No. Ninguno. Esa noche hubo luna nueva, y cada uno de vosotros abrazó su pequeño sueño con sumo cuidado y se durmió.

Sobre la tumba de tu padre, que dormía en el seno de su padre, recitaste la Fátiha.* Y dijiste: Ha venido un gorrión. Tu padre murió de una insolación mientras cumplía con la peregrinación a La Meca. Y tú, ahora, después de la peregrinación a la tumba de tu padre, te dispones a morir. No es de insolación de lo que mueres, es primavera, mueres de ¡inlunación!

La imaginación se desploma desde lo alto, rueda como una castaña caída de los árboles en la carretera que conduce a Acre, y desaparece entre los coches del atasco. La imaginación es un desfile vertical de imágenes de un instante preñado de lo conocido que el inconsciente conduce a lo desconocido. La imaginación es el cómplice secreto de la existencia, a la que ayuda a corregir las erratas del libro del universo. Es el ojo de la inteligencia que ve y no se ve, pues si la viéramos al margen de sus actos pensaríamos que está enferma. Y si la imaginación enfermara, moriría la poesía. ¿Por eso tienes miedo a Acre, a la que caracterizaste como «la más antigua de las ciudades hermosas / la más hermosa de las ciudades antiguas»? Acre es el lugar de tus primeras aventuras, y de tu primer mar. Ella, ella. Sin embargo la imaginación se desprende de sus muros igual que la cal. Recorres sus oscuros pasadizos imaginando cosas imaginadas, como si pasearas por ti mismo: Aquí, dando al mar, hay una puerta que conduce a tu primera cárcel. En esta cornisa contemplaste el atardecer y las panochas amarillas en las manos de unas muchachas que caminaban muy juntas hablando de sus cosas, ¡cómo te habría gustado meterte entre ellas y contar tú también tus cosas, o ser tú la propia historia!

En Haifa, en la habitación en que la imaginación te enseñó la manera de salir de ti mismo, evitaste ponerla a prueba, te conformaste con echar un vistazo a una pluma de pájaro que colgaba de un naranjo.

¡La imaginación cayó del árbol! ¿Tenías que devolverla tú un poco… un poco a las alturas?

Dijiste: «Si la tierra no fuera redonda, seguiría caminando».

* Fátiha: Primera azora del Corán, usada a modo de oración.

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

13/6/10

Gaza, ciudad del valor y de la miseria

En la oscuridad, entramos, o nos infiltramos, en Gaza. Te dejé caminar delante de mí, y me hice cargo de tu imaginación. Eres incapaz de evitar que sucumba ante la cruda realidad. Veo cómo escondes la cara a las cámaras que se afanan en captar la euforia del que vuelve, en fotografiar las palabras preparadas para denostar el exilio. Dices: Aquí estoy aunque no he llegado, he venido aunque no he vuelto. No mientes a nadie, ni a ti mismo, la ocasión no es para andarse con celebraciones. Gaza aún no se ha repuesto. La destrucción de la Ocupación ha llegado a sus entrañas. Si no sueñas que hay algo más allá, en tu lengua el mar se quedará sin pescadores. En semejante noche, descuartizada por los puestos de control, las colonias y las torretas de vigilancia, el hombre precisa de una geografía nueva para saber dónde está la frontera entre un paso y el siguiente, entre lo prohibido y lo permitido, tan difícil como distinguir lo claro y lo oscuro en los Acuerdos de Oslo.

Te duermes al final de la noche, con la ayuda de un tranquilizante. Cuando te despiertas, necesitas cierto tiempo para convencerte de que estás en Gaza, a la que rápidamente has apodado «la ciudad del valor y de la miseria». En medio de una tórrida mañana, vas, con amigos que han vuelto, a visitar los campamentos de refugiados. Camináis con dificultad por las callejuelas, y te avergüenzas de la mera ida del agua y la limpieza. No crees, nunca lo has creído, que las bolsas de miseria justifiquen la insistencia en el derecho al retorno. Pero recuerdas lo que más te valdría olvidar: la mala conciencia del mundo. Respiras las teorías del progreso y el avance de la historia, que quizá han devuelto a la humanidad a las cavernas. Te privas, por realismo, del suero del optimismo y el entusiasmo, que sustituyes por una pastilla contra la hipertensión. Dices: Si un día pienso otra cosa, echaré mi conciencia a los gatos.

Te preguntas: ¿Qué argucia legal o lingüística puede formular un tratado de paz y buena vecindad entre un palacio y una choza, entre un carcelero y un preso? Y caminas por las callejuelas sintiendo vergüenza de todo: de tu ropa planchada, del esteticismo de la poesía, de la abstracción de la música, de un pasaporte que te brinda la posibilidad de viajar por el mundo. Te duele demasiado estar consciente. Regresas a la Gaza que está más allá de los campamentos y de los refugiados, recelosa de los que han vuelto,* y no sabes en qué Gaza estás. Y dices:

Aquí estoy pero no he llegado.
He venido ¡pero no he vuelto!

* A partir de 1994, con la creación de la Autoridad Palestina en Gaza, buena parte de la cúpula de la OLP se instaló en la Franja, de vuelta del exilio.

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

5/5/10

Tu madre es tu madre

Tu madre es tu madre y tú su hijo cuando estáis a solas. Pero en presencia de los demás, hace el papel de testigo. Guarda las distancias y te reserva la categoría de huésped especial de su matriarcado, alguien sobre el que en ningún momento reclama derechos de posesión. Como si hablando consigo misma murmurara: Yo le traje al mundo, pero fue él quien vino. Ella es ella, toda digna en su vejez. No permite a ningún hijo ni hija, a ningún nieto, la satisfacción de ayudarla. Se levanta al alba... hace sus oraciones, se prepara el café, limpia la casa. Riega las flores de una pequeña maceta, limpia el polvo que no hay, quita el polvo a tu viejo escritorio, lava la ropa y hace la comida, y luego se sienta a esperar a las visitas. Si se queja de algo, es de que pocos quieren escuchar sus historias. Han querido comprarle un televisor que la distraiga, pero se ha negado, no soporta la cháchara de los presentadores y los contertulios, no se conforma con escuchar, ella tiene que ser la locutora.

A la mañana siguiente, tomas con ella su famoso café, cuyo olor ha difundido la canción que escribiste hace más de tres décadas, la segunda vez que estuviste en la cárcel.* Le preguntas: ¿Te gusta la canción? Sonríe pudorosa y todo lo que dice es: Dios esté satisfecho de ti. Te recuerda que has de ir, antes de que empiecen a llegar las visitas, a visitar la tumba de tu padre. Miras su fotografía colgada en la pared. Ahogas un suspiro de conmiseración por el paciente Job, al que la Nakba llevó de una existencia acomodada a la indigencia, y que se pasó la vida buscando pan y libros para ti y tus hermanos, en una lucha agotadora en la cantera. A diferencia de su padre, no se paraba a mirar el pasado feliz que le hacía señas desde los olivares y los campos de trigo, para que el derrotado y lo rapiñado no se encontraran. Cargaba sin subterfugios con el peso del presente, igual que un rey destronado incapaz de mirar su trono, para llevarte hacia el futuro: El futuro está ante ti, hijo mío, no mires mucho hacia atrás hasta que sean fuertes tu laúd y tu poema. Cuando tu laúd sea fuerte, te parecerá que eres padre de tu padre, y que la poesía es capaz de enmendar los destinos. Así que empezaste, a partir de los escombros que de ti quedaban y de los nombres de las plantas y los minerales, a construir una casa imaginaria, de modo que el lugar se asentara en su lugar y la vida regresara ¡a lo que se parecía a la vida!

* Se refiere al poema “A mi madre”, musicado por Marcel Khalifa, muy popular en todo el Mundo Árabe, y que comienza diciendo: “Añoro el pan de mi madre / el café de mi madre / las caricias de mi madre”.

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)



Traducción de Luz Gómez García

5/4/10

Aceite de hígado de bacalao

Cuando dijiste en casa: En mi vida he probado nada que sepa peor que el aceite de hígado de bacalao, los mayores se burlaron de ti: Con siete años, ¿y no sabes qué es la vida?... ¿Es que no tienes recuerdos? Sí, dijiste. Pues ahí tienes con qué comparar. Y el pasado nació tan de repente como llega el Fitr.* Empezaste a tener un pasado que veías a lo lejos. Lejos estaba la casa que sólo tú habitabas. De la ausencia nació el pasado. Lo convocaban a manos llenas las flores amarillas de las chumberas que trepaban por las colinas, el olor a nostalgia de las bellotas asadas en la chimenea, el manto de tu abuelo, marrón como tabaco en remojo, y que sonaba al viento como una riña de amigos entre bromas y veras. El pasado nació lleno como las tetas de una perra a punto de parir. De tu pavor por el mañana nació el pasado, dispuesto a raptar a la doncella a lomos de alguna historia. De todo lo que de ti había en él, de todo lo que en ti había de la miseria de un presente hambriento por conocer su identidad... nació el pasado.

* Festividad que celebra el fin del Ramadán.

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

12/3/10

En el puente Allenby

No has dormido bien desde que llegaste a Ramala desde Ammán hace dos días, desde que, a pie quieto, aguardaste en el puente Allenby como un prisionero de honor entre soldados que te miraban con gran curiosidad mientras esperaban órdenes de otros cuerpos de seguridad que confirmaran que tú eras tú, no otro disfrazado de ti que se hubiera apropiado de tu nombre para probar esta humillación, para escribir un poema sobre las argucias de la sombra.

No están del todo equivocados, pues al que ven sobre este puente no es el de hace tan sólo unos instantes, alguien ansioso por su cita con la tierra de las grandes y las pequeñas historias, envuelto en sí mismo como una col o una cebolla sin pelar. Ahora el soldado o la soldado te pelan sin contemplaciones. Son dueños de ordenar o de prohibir: Descálzate. Quítate el reloj. Y el cinturón. Y las gafas. Entra en la máquina. La máquina suena, vuelves a repetir y vuelve a sonar. Te someten a un registro manual y dan con lo que hace que suene: una lujosa pluma. La desmontan y lo único que encuentran es tinta negra: La próxima vez, sácate la pluma del bolsillo. Dices: La próxima vez no traeré una pluma como ésta.

Allí, en el puente sin río desde que rapiñaron sus fuentes, se ensució el sueño, la imagen del país empalideció y tú ya no serías tú.

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

4/2/10

Menahem Begin desvaría ante las ruinas de Deir Yasín

En una terraza del psiquiátrico que mira a las ruinas de Deir Yasín,* se sienta el nuevo rey de Israel y desvaría: Aquí, aquí comenzó mi milagro. Aquí los asesiné y los vi asesinados. Muertos y bien muertos los vi y los oí. Aquí escuché un lamento de bestias humanas que no turbaba la armonía de mi música. Desde aquí empujé sus alaridos hacia el Norte para que espantasen al resto del rebaño que enturbiaba el agua de la tierra sagrada. Desde aquí propagué el horror entre los animales de dos patas que quedaban... para que marcharan al éxodo del desierto. No, no, desierto no es la palabra apropiada para su destino. El desierto es cosa sólo mía. El desierto lleva por el buen camino. El desierto conduce al retorno. El desierto es monopolio mío, como mío es Dios. El rey se toma unos tranquilizantes y rememora: Si no hubiera sido por mi heroísmo, si no hubiera sido por lo que hice con Deir Yasín, no se habrían erigido mis dominios. Si no fuera por la ausencia, la ausencia de ellos, yo no habría estado presente. Que ellos no estén es que esté yo. Pero por dónde han venido y me han sorprendido, a mí que no les quise por vecinos ni por esclavos, por leñadores ni azacanes. El rey aprieta con rabia el vaso de agua y lo rompe, de su mano corre un hilo de sangre y prosigue su desvarío: No he visto la sangre del fantasma que mi Ejército persiguió en el Líbano ¿y veo mi sangre? Aquí los asesiné y los vi bien muertos. ¿Cómo burlaron a la muerte y desobedecieron mis órdenes... a mí, que soy quien insufla la vida y la muerte...? Yo soy el rey, el nuevo rey de Israel. ¿Cómo se han mudado los muertos en fantasmas? ¿Cómo ha osado atacarme el fantasma? ¿Es un sueño o una pesadilla? En esta terraza de este mundo, ¿hay algo que se asome a otro final? Deir Yasín por segunda vez... ¡alejadlo de mí, alejad de mí los gritos de estos fantasmas, o alejadme a mí de ellos! No puedo ni quiero pedirles perdón. ¡Hiram! ¡Hiram, rey de Tiro, ven en mi auxilio!** Mi pueblo se ha enojado conmigo, dice que mi guerra no tuvo sentido, que el asesinato del fantasma fue en vano, que mi paz no sirvió de nada. Ayúdame, Hiram, aunque sea con una falsa alianza que narcotice mi mente, mi corazón y a mi pueblo, y que me cure de mis penas. ¿No me conoces...? ¿No me oyes, hijo de perra? Nadie presta atención al rey en su casa retirado que se asoma al escenario de su crimen primero. Y cuando sale apoyándose en un bastón a visitar la tumba de su esposa, no habla con nadie. El fantasma es su único compañero. Su enemigo que no le abandona, el enemigo que a él vuelve en la enfermedad, que le lleva a donde se encontraron por vez primera: Aquí me asesinaste, y me enterraste en este hoyo. No lo resiste y se desploma: ¡el asesino cae en la tumba de su víctima!


*Aldea palestina cercana a Jerusalén, gran parte de cuya población fue masacrada el 9 de abril de 1948 por grupos paramilitares de las organizaciones sionistas Irgún y Lehi. La aldea, “limpia” de población palestina, fue anexionada a Jerusalén Oeste y sobre ella se construyó el Hospital Psiquiátrico Kafr Shaul. La masacre de Deir Yasín quiso ser una advertencia para la población palestina, que en los meses siguientes se vio forzada a huir de sus hogares ante la amenaza de nuevas matanzas. Menahem Begin capitaneó esta operación, y luego fue primer ministro de Israel de 1977 a 1983, por lo que gestionó la invasión israelí del Líbano en 1982; los últimos años de su vida los pasó aquejado de problemas psiquiátricos que coincidieron con el fallecimiento de su esposa. A todo ello se alude en el pasaje siguiente.

** Hiram: rey fenicio de Tiro (979-945 a. C.). Fue amigo del rey David, al que ayudó en la construcción de su palacio; firmó con Salomón una alianza comercial y le ayudó con materiales y hombres en la construcción del templo en Jerusalén.


Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

4/1/10

Tienes un sueño anterior a la poesía

Nosotros no necesitábamos la mitología más que para explicar la relación entre la luna y el ciclo menstrual, entre el sol y el paso de las estaciones, para llenar de magia las charlas de las largas noches de invierno, o para enseñar a las bestias a obedecer a un canturreo.

Guarda bien en tu memoria esta noche de dolor. Puede que un día tú seas el rapsoda, la rapsodia y los rapsodiados, no olvides este estrecho y sinuoso camino que te porta y tú portas hacia una turbulencia desconocida y que os arrojará, a ti y a los tuyos, en manos de lo incierto.

Preguntas: ¿Qué significa “refugiado”?
Te dirán: Es aquel al que arrancan de la tierra de la patria.
Preguntas: ¿Y qué significa “patria”?
Te dirán: Es la casa, la morera, el gallinero, las colmenas, el olor del pan, y el primer cielo.
Y tú preguntas: ¿En una palabra tan corta caben tantas cosas... y no cabemos nosotros?

Aprisa creciste bajo el efecto de las grandes palabras, en el borde entre un mundo en derrumbe a tus espaldas y un mundo todavía informe ante ti... un mundo semejante a la piedra perdida de un juego de azar. Te preguntabas: ¿Quién soy? Y no sabías cómo definirte. Seguías siendo un crío ante una pregunta que confundía a los filósofos. Pero la ardua pregunta sobre la identidad persuadió a la mariposa de que tenía que volar.

Te aislaste en una roca apartada frente al mar libanés. Llorabas como un pequeño príncipe destronado de su infancia antes de que le hubieran inculcado la ciencia del buen sentido y los conocimientos de geografía necesarios para distinguir entre “aquí” y “allí”.

¡Maaaar, maaaar!... No conseguías articular bien tu grito. La letra “a” acostumbraba a la garganta al picor de la sal: ¡Maaaar, maaaar! Llorabas —un poco de sal se te había metido en los ojos— y hacia el final el grito se aclaraba: ¡Maaaar, maaaar!... Llévame allí.

Un pájaro blanco se llega a ti, un ave marina, mágica, que suave desciende y pliega sus alas y te arropa como a una de sus crías y alza el vuelo, bajo, y ya no sabes si eres pájaro o algo por el estilo. Sobrevoláis la accidentada costa que oscila entre el azul y el verde, y sin dolor aterrizáis en el patio de tu casa, erguida en lo alto de la colina como una madre. La ventana sigue abierta. El pájaro blanco abre suave las alas sobre tu cama, y te duermes ligero como en una nube, pero un vozarrón te despierta: ¿Qué haces aquí, tontaina? ¿Cómo te has quedado dormido en esta roca perdida a la orilla del mar, en una noche como ésta? ¿No tienes casa ni familia? Y caes en la cuenta de que has estado soñando.

Tienes un sueño anterior a la poesía, radiante
y un grito anterior al ritmo, marino
como si esta noche
se retirara a solas el creador con lo creado:
Sé dueño de tus señas desde ahora;
hijo mío, tienes un sueño,
¡suéñalo durante cuanta noche te convenga! Sé parte de él
y sueña que hallas ¡el paraíso en su sitio!

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

20/12/09

Quien escribe una cosa la posee

Las letras blancas sobre el encerado negro tienen la solemnidad de un amanecer en el campo. E igual que se vertía poco a poco el agua en los jarros, ibas absorbiendo la escritura de las vocales y su pronunciación, torturando la garganta para someterla al signo, supeditando la laringe al ojo.

Cada vez que una letra se unía a otra, un no sentido a otro no sentido, la misteriosa forma se trasmutaba en una voz nítida, y el lento clarear abría el cauce a un significado y su imagen, de manera que unas pocas letras se convertían en ‘puerta’ o ‘casa’. Así construyen unas letras insignificantes, sin valor alguno por separado, una casa si se unen.

¡Oh la lengua! ¡Qué magia! El mundo iba naciendo de las palabras. La escuela se convertía en el sitio para jugar con la imaginación... Trotabas a la escuela encantado, como si te hubieran prometido un regalo sorpresa, ibas no sólo a aprender la lección, sino, sobre todo, a afianzarte en el poder de dar nombre a las cosas. Todo lo lejano se acercaba. Y todo lo cerrado se abría. Si no te equivocabas al escribir la palabra ‘río’, el río corría por tu cuaderno. Hasta el cielo se convertía en parte de tus posesiones si no te confundías en el dictado.

Todo lo que estaba al alcance de tus pequeñas manos era suyo si lo ponías por escrito sin cometer faltas. Quien escribe una cosa la posee. Aspirarás el olor de la rosa (وردة) en la ta marbuta (ة) que se abre como un capullo. Y saborearás una mora (توت) de dos maneras: en la ta unida (تـــ) y en la ta aislada (ت) con forma de palma de la mano.

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García Mahmud Darwish

1/12/09

El Tristón

Nunca te he preguntado, y eso que te he visto crecer, qué hacía que perdieras el conocimiento cada vez que te hacías una herida. ¿Era por llamar la atención o para que el dolor se acostumbrara al olor de la cebolla?

Te llamaron “el Tristón’’ y tú apodaste “Tristón’’ al gorrión. Los dos erais igual de inquietos, pero él, al contrario que tú, era precavido. Te gustaba su gran habilidad para escabullirse de los cazadores, y eso que su único nido era la astucia. Te gustaba su color, que se confundía entre el trigo y la luz, la agilidad con que, de un solo aleteo, echaba a volar alto o bajo, y cómo andaba camuflado entre la gente, tan tranquilo, como un soplón que se ha escurrido de quien le iba a echar el guante.

Te llamaban “el Tristón’’ porque igual llorabas de alegría que de pena —nadie puede explicar que la caña por el viento se transforme en flauta. ¿Qué dice la flauta? ¿Lleva en su llevar el desvarío del viento? ¿O traduce la alegría de los pastores porque ha nacido otro cordero, o su miedo a la manada de lobos que acecha al rebaño? La flauta te va transportando cada vez más lejos, y lloras como quien presiente la tragedia. En el horizonte no hay nubarrones negros /

Entonces, ¿por qué lloras si la muerte queda lejos? / El corral de tu casa queda alto / Alta la azotea / Alto el sauce / ¿Por qué lloras si brilla nítida la Vía Láctea / y la noche te alumbra de la punta del pelo a los pies? / Obedeces a la flauta y bailas y bailas / Ningún lobo aúlla en la noche a una luna amarilla como el limón / Ningún fantasma se asoma entre los troncos de los olivos para asesinar a tu padre / ¿Por qué lloras? / ¿Es por el miedo a ser feliz?, te pregunté / Aunque entiendo que el aire de la noche en un monte agujereado por la flauta rezume lágrimas que llamamos rocío / Mañana te convertirás en flauta mágica / dije / Pero no me oías / Aún no era lo bastante grande tu herida / No me hagas ser eco que te busca en este valle / No me oías /

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García Mahmud Darwish