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19/10/25

Mohammed El-Kurd: Matemáticas

Mi patria se tunela a sí misma
se muere por marchar al exilio.

La sangre no se va
ni con grifos
ni con el color del enjuague.

Traducción de Jorge Gimeno

10/4/11

El exilio no es un viaje de ida y vuelta

El exilio no es un viaje de ida y vuelta, ni residir en la nostalgia. Quizá sea una visita, esperar a ver qué hace el tiempo con uno, salir de uno mismo hacia los demás para conocerse y congeniar o para que lo propio se encierre en su caparazón. Cada exilio tiene su carácter, cada exiliado sus características. El exilio es un ejercicio de reflexión sobre lo que no tienes, estupor por no tenerlo. El exilio educa el cuerpo, te fascina la belleza de la forma, aunque el significado sea parcial, pues plenitud es la conciencia de que falta algo. Estatuas que glorifican el pasado, estatuas que aspiran a dar el salto del sentimiento de identidad a la identidad del sentimiento, estatuas que liberan al mañana de tener que ser bello y a la naturaleza del férreo sistema de la imaginación. Nada supera a la belleza. Pero tú, que en el fondo eres un campesino, estás de parte de los árboles que se reflejan en el río, de las palomas aeroterrestres, y te demoras largo rato junto a un lirio que crece, solitario, fuera de la maceta... no porque sea, como tú, una especie rara, sino porque se apoya en sí mismo para crecer desvalido. El exilio es el viaje del poeta en el poema, un viaje dentro del viaje, pero el lenguaje metafórico siempre vuelve la vista atrás.

Y mirar hacia atrás, como es sabido, es uno de los atributos del exilio /

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

1/2/11

Las ciudades son un olor

Las ciudades son un olor. Acre huele a yodo y especias. Haifa, a pino y sábanas arrugadas. Moscú, a vodka y hielo. El Cairo, a mango y jengibre. Beirut, a sol, mar, cigarrillos y limón. París, a pan recién hecho, queso y cosméticos. Damasco, a jazmín y frutos secos. Túnez, a nardos y sal. Rabat, a alheña, incienso y miel. Una ciudad sin olor no cuenta a la hora de los recuerdos. Los exilios comparten un olor, el de la nostalgia de lo que se fue... un olor que recuerda a otro. Un olor que corta la respiración, tan profundo que te lleva, como un mapa turístico muy gastado, al olor del lugar primero. El olor es un recuerdo y una puesta de sol. Aquí el atardecer es un reproche que la belleza le hace al forastero.

Amar el ocaso no es, como es sabido, uno de los atributos del exilio /

Mahmud Darwix:
En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

11/1/11

Viajar, irse, partir, marcharse...

Volver... ¿adónde? Te preguntas mientras cuelgas cuadros en las paredes de tu nueva dirección. Ir... ¿adónde? Lo que tienes por delante es provisional. Lo que queda detrás, transido de provisionalidad, está disperso. La eternidad que sube con la luz desde el jardín estalla en una carcajada. Le tomas el pelo diciéndole: También tú eres una exiliada. Y te preguntas: ¿Cuántas puntas has clavado en las paredes de cuántas casas? ¿Cuántos cuadros has colgado, cuántas camas has abandonado para que duerman otros, cuántos borradores y primeros versos has olvidado en cuántos cajones, cuántas fotos de mujeres has perdido entre las páginas de libros que no has leído? ¿Cuántas veces te has preguntado: Cuántas veces me he ido de viaje, he partido, me he marchado? Y todo sin haber tenido nunca clara la diferencia entre viajar, irse, partir o marcharse, a tal punto es poderosa la quimera de los sinónimos y es propensa la metáfora a transformarse de «mi patria no es una maleta» en «mi patria es una maleta».

Mahmud Darwix:
En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

7/6/10

Larissa Sansour: A Space Exodus (2008)

“One small step for a Palestinian, one giant leap for mankind.” Casi todo lo que puede decirse sobre el proceso de paz y sobre lo que el mundo (quienes lo rigen) espera de Palestina y los palestinos, está dicho en este vídeo de Larissa Sansour. Como en todas sus obras, la visión es irónica y poética. Lástima que por la Red no circule más que esta versión reducida. Se pudo ver entero en la exposición Palestine: la Création dans tous ses états, que se celebró del 23 de junio al 22 de noviembre de 2009 en el Institut du Monde Arabe, en París.

1/11/08

Las nupcias palestinas: Mahmud Darwix, por JMG Le Clézio

[...] La poesía de Mahmud Darwix no es una obra acomodaticia, destinada a gustar a los políticos. Es una epopeya, que acompaña la historia de sus hermanos de Galilea en el exilio y vibra con el diapasón de sus sufrimientos y de su esperanza. Se identifica totalmente con la historia de su pueblo, con este medio siglo de espera, de combate, de sueño, y sobre todo con su devenir, con su amor. Es la música que acompaña necesariamente a las nupcias místicas que no han cesado de celebrarse entre los hombres y esta tierra, entre el deseo y la memoria. Nupcias cuando Mohamed pone su mano morena en la palma roja de alheña de Fatima y recibe, él, el Príncipe de los Enamorados, a todas las muchachas, todas las azoteas de Haifa, las viñas y los setos de jazmín, pues se desposa con la patria.

La guerra es sólo un instante. La tierra es el único aliado en el exilio, y la tierra es el tiempo. Un tiempo sobrehumano, en el que puede suceder el milagro. [...]

JMG Le Clézio, «Les Noces palestiniennes: Mahmoud Darwich», La Nouvelle Revue Française, nº 500, septembre 1994.

Traducción de Jorge Gimeno

22/8/08

Hoy... en el exilio

Hoy, en el exilio... sí, en casa,
a los sesenta de una vida veloz,
te encienden las velas.

Alégrate, tampoco mucho,
porque una muerte estúpida está atrapada en pleno atasco
de camino hacia ti... y te ha dado una prórroga.

Una luna que curiosea entre los escombros
se ríe como un bobo,
mas no creas que viene a tu encuentro.
Ella, viejo es su oficio, igual que este nuevo
marzo... ha devuelto a los árboles los nombres de la nostalgia,
y se ha olvidado de ti.

Celebra pues con tus amigos que se rompa la copa.
A los sesenta ya no has de hallar ningún mañana
que cargar a hombros de los himnos... ni que cargue contigo.

Dile a la vida, como le cuadra a un poeta con experiencia:
Ve despacio, como las mujeres seguras de su magia
y sus encantos. Cada una tiene su secreta llamada:
¡Acércate! / ¡Qué bello eres!

Ve despacio, oh vida, que yo te vea
con todos tus defectos. ¡Me he olvidado tanto de ti
en tu océano buscándome y buscándote! Y cada vez que descubría
uno de tus secretos, me decías, cruel: ¡Qué necio eres!

Dile a la ausencia: Me has menoscabado,
mas yo me he hecho presente... ¡para cumplirte!

De Como la flor del almendro o allende (Ka-zahr al-lauz au abd, Beirut, Riad El-Rayyes, 2005)

Traducción de Luz Gómez García

12/7/08

Contrapunto. A Edward Said (fragmento)

Es conocida la habilidad de Darwix en el manejo de la forma “poema extenso”. De entre sus poemas largos recientes, quizá “Contrapunto” sea el más destacado. Pertenece al libro Como la flor del almendro o allende. En él Darwix traza un retrato de Edward Said a la vez que pone a contribución algunos de los temas característicos de su poesía: la ausencia, el pasado, el mañana, el exilio, la construcción de la propia identidad. La traducción de este poema se publicó primero en Revista de Occidente (nº 316, septiembre 2007); después lo incluimos en Poesía escogida (1966-2005), Valencia, Pre-Textos, 2008.

Nueva York / Noviembre / Quinta Avenida /
El sol es un platillo volante metálico /
A la sombra, he preguntado a mi alma extranjera:
¿Es esto Babel o Sodoma?

Allí, en el umbral de un abismo eléctrico
alto como el cielo, me encontré con Edward
hace treinta años,
en un tiempo menos terco que éste.
Nos dijimos:
Si tu pasado te sirve de experiencia,
¡dale al mañana sentido y visión!
Venga,
vayamos hacia el mañana con fe
en la sinceridad de la imaginación, y en el milagro de la hierba /

No recuerdo si fuimos al cine
aquella tarde. Sí que oí a unos indios
antiguos que me gritaban:
No os fiéis del caballo, ni de la modernidad.

No, no hay víctima que pregunte al verdugo:
¿Yo soy tú? Si mi espada fuera
más grande que mi rosa, ¿me preguntarías
si haría lo que tú?

Una pregunta así llama la atención del novelista
en un despacho de cristal que da a
los lirios de un jardín... donde la mano
de la hipótesis es blanca como la conciencia
del novelista cuando ajusta cuentas
con la naturaleza humana: No hay mañana
en el ayer, ¡avancemos pues! /

Puede que el avance sea el puente de vuelta
a la barbarie... /

Nueva York. Edward se despierta con la pereza
del alba. Toca una melodía de Mozart. Va a correr
al campo de tenis de la Universidad. Reflexiona sobre
la emigración de las aves al margen de fronteras y barreras.
Hojea The New York Times. Redacta un artículo
tenso. Maldice a un orientalista que guía al general
hacia el punto débil del corazón de una oriental.
Se da una ducha. Elige un traje con la elegancia de un gallo.
Se toma su café con leche. Y grita
con la aurora: Vamos, no te entretengas /

Sobre el viento camina. Y en el viento
sabe quién es. No existe techo para el viento.
El viento no tiene casa. El viento es brújula
para el Norte del extranjero.

Dice: Soy de allí. Soy de aquí.
Y no estoy allí, ni estoy aquí.
Tengo dos nombres que se encuentran y se separan.
Y tengo dos lenguas, pero he olvidado con cuál
sueño,
tengo la inglesa para escribir,
dócil el léxico,
y tengo otra con la que el cielo dialoga con
Jerusalén, de plata el acento, pero que
¡no se somete a mi imaginación!

¿Y la identidad?, dije.
Dijo: Autodefensa...
La identidad es hija del nacimiento, pero
al fin es creación de uno mismo, no
herencia de un pasado. Yo soy lo plural. En
mi interior está mi exterior renovado... Pero
pertenezco a la pregunta de la víctima. Si no
fuera de allí, habituaría a mi corazón
a criar allí a la gacela de la metonimia.
Lleva tu país donde vayas...
y sé narcisista si cuadra /

―Exilio es el mundo exterior
y exilio es el mundo interior.
¿Quién eres tú entre ambos?
―No me defino del todo
para no echarme a perder. Yo soy lo que soy
y soy el otro que es yo en una dualidad
que se mece entre el verbo y el signo.

[...]

Traducción de Luz Gómez García

7/7/08

Para mí, la poesía está ligada a la paz. Entrevista por Muriel Steinmetz

Tras largos años de exilio, Mahmud Darwix vive ahora en Ramala. En 1948 tenía seis años cuando el ejército israelí expulsó a su familia del pueblo de Birwa, donde nació. En 1950, volvió a su tierra, pero Birwa había desaparecido. En su lugar habían construido dos colonias israelíes. La historia del poeta se confunde con la de su pueblo, cuyo derecho al retorno, más que nunca, sigue siendo algo hipotético. Sin embargo, Mahmud Darwix afirma que «el poeta no tiene obligación alguna de ofrecer un programa político a su lector». Preconiza una lectura inocente de su obra, que está impregnada de un «lirismo épico», según las palabras del poeta griego Yannis Ritsos. La poesía de Darwix, cualesquiera que sean sus raíces, no se inscribe en un tiempo y un espacio dados, por muy candentes que sean. El exilio sigue siendo su verdadero sustrato, lo más cercano de una geografía concreta del mundo, bañada en más de una época histórica. Mahmud Darwix se define como un troyano y, con una leve sonrisa, reivindica el estatuto de víctima. ¿Acaso no es más noble cantar, aunque sea en la cárcel, en vez de ocuparse de oprimir y controlar al prójimo? Acaba de publicar Estado de sitio, testimonio escrito en caliente por un hombre aislado en el seno de su propia tierra, cercada por los tanques. Su larga y poética reflexión nació del tiempo libre impuesto a este heraldo de un pueblo también situado bajo estrecha vigilancia. Desde su ventana escruta las calles de Ramala, escribe la crónica de las horas y los días. De visita en Francia, ha accedido a responder a nuestras preguntas, traducidas por Faruk Mardam-Bey, su editor en Actes Sud.

MS. Una recopilación de entrevistas con usted llevaba por título Palestina como metáfora. ¿De qué es una metáfora Palestina?

Darwix. Fue mi editor quien escogió el título. Esa metáfora permite decir cosas sobre la poesía: la relación del ser humano con su historia, con su existencia, con la naturaleza, consigo mismo, así como su lucha por las libertades individuales y colectivas. Para mí, Palestina es sólo un espacio geográfico delimitado. Remite a la búsqueda de la justicia, de la libertad, de la independencia, pero también a un lugar de pluralidad cultural y de coexistencia. La diferencia entre lo que yo defiendo y la mentalidad oficial israelí —incluso diría la mentalidad dominante hoy en Israel— es que esta última conduce a una concepción exclusivista de Palestina, mientras que, para nosotros, se trata de un lugar plural, ya que aceptamos la idea de una pluralidad cultural, histórica y religiosa en Palestina. Este país la heredó. Nunca fue unidimensional ni perteneció a un solo pueblo. En mi escritura, me confieso hijo de varias culturas sucesivas. Hay lugar para las voces judía, griega, cristiana y musulmana. La visión opuesta concentra toda la historia de Palestina en su periodo judío. No tengo derecho alguno a criticar la concepción que ellos tienen de sí mismos. Pueden definir su identidad como deseen. El problema es que esa concepción de la identidad significa la negación de la del otro. Eso nos impide vivir libres e independientes. Consideran que no tenemos ningún derecho sobre esta tierra, en la medida en que la aprehenden como tierra bíblica y juzgan que, desde hace dos mil años, está a la espera del «regreso» de quienes la habitaron antaño. Hay, pues, una tentativa permanente de monopolización de la tierra, de la memoria, incluso de Dios. Por eso, la lucha se sitúa hoy en diversos ámbitos. Los gobernantes israelíes tratan de aplicar su concepción del pasado sobre una realidad que no les abona en absoluto. A veces, provoco a un soldado en el puesto de control. Le digo: «Si queréis la tierra santa tal como está escrita en la Torá, quedaos con ella y dadnos la tierra que no es sagrada, es decir, todo el litoral palestino. No hay historia bíblica sobre este litoral». Si la referencia es religiosa, hablemos de este intercambio entre el litoral y el interior, pero si es jurídica, si depende del derecho internacional, volvamos a las resoluciones de la ONU.

MS. ¿Qué lugar ocupa hoy la poesía de lengua árabe y, en particular, su propia poesía en la literatura árabe?

Darwix. Los países europeos y Estados Unidos creen que la poesía de lengua árabe ocupa el lugar de honor en la cultura árabe, como sucedió durante tres siglos. Se habla de la crisis de la poesía en Occidente, de la decadencia de su masa de lectores. La misma crisis existe entre nosotros. La relación entre la poesía y los lectores se ha vuelto problemática, quizá debido a que la poesía árabe se ha adentrado en formas experimentales, que la han aislado del gran público. Establece una distancia entre el texto y la realidad y se priva de la riqueza de las cadencias de la métrica árabe. Hay también una razón de orden cultural. La poesía no es el primer género literario entre los árabes. La novela ha tomado el relevo. Eso es algo positivo. Yo añadiría que vivimos una crisis de identidad cultural y política. Los árabes retroceden en numerosos planos. Tenemos el sentimiento de no participar en el curso de la historia. Por ejemplo, se oye hablar de un gran Oriente Próximo. Pero los estadounidenses, iniciadores de dicho proyecto, consideran que los árabes ni siquiera merecen ser consultados. En la medida en que las fronteras de los países árabes fueron fijadas por extranjeros, estos mismos extranjeros pueden modificarlas a su antojo. Los árabes no participan en la definición de su destino. ¿Qué quiere que haga la poesía en tales condiciones? ¿Hablar de la edad de oro? ¿Adorar el pasado? La verdadera poesía árabe es una poesía crítica de la realidad árabe.

MS. Perdone que le haga esta pregunta un poco brutal, pero ¿puede la poesía, en su sentido más elevado, tal como usted la practica hoy, constituir la alternativa a la religión?

Darwix. William Blake decía que la imaginación es una nueva religión. Todo el movimiento romántico busca sustituir la inspiración poética por la inspiración religiosa y profética. Yo creo que la religión y la poesía nacieron de la misma fuente, pero la poesía no es monoteísta. Tal como dijo Heidegger, nombra a los dioses. La poesía está en rebelión permanente contra sí misma. No cesa de modificarse. La religión es estable, fija, permanente. Sin embargo, la búsqueda de lo desconocido es común a ambas. La poesía tiende hacia lo invisible, sin encontrar solución. La religión encuentra una, de una vez por todas. ¿Acaso el gran problema del marxismo no fue que en cierto momento se convirtió en una religión?

MS. ¿Es hoy compatible la poesía con la religión bajo su forma más reivindicativa y violenta?

Darwix. El integrismo impide que florezca la poesía. Su maniqueísmo sin apelación no conviene en absoluto a la poesía. El integrismo tiene respuestas totalmente preparadas. Es poeta quien duda y acepta al otro. Para mí, la poesía está ligada a la paz. Está en perpetua adoración ante la belleza de las cosas y, desde luego, ante la belleza femenina. El integrismo aísla a la mujer y la esconde. A la poesía le gusta el vino; el integrismo lo prohíbe. La poesía sacraliza los placeres en la tierra. El integrismo se les opone ferozmente. La poesía libera los sentidos. El integrismo los reprime. La poesía humaniza a los profetas. Por eso la cultura engendrada por el integrismo religioso es antipoética por excelencia. El integrismo puede llegar a suprimir todo lo que sea contrario a su concepción del mundo. En sus formas más extremas, representa un peligro mortal para la poesía y los poetas. Durante los siglos IX, X y XI —la edad de oro de la poesía árabe— el Estado fue bastante tolerante, abierto a todas las culturas. Hubo, en particular, una bellísima poesía erótica y báquica. El fundamentalismo musulmán es en sí mismo una reacción al fundamentalismo y al integrismo estadounidense e israelí. El despotismo universal de Estados Unidos, tal como se despliega hoy en día, está legitimando el integrismo musulmán. Cuando los estadounidenses hablan del terrorismo como algo inherente al islam, empujan a los musulmanes hacia ciertos extremos. La lucha actual, que se nos presenta como una lucha entre civilizaciones, no es más que una lucha entre integrismos. No es una guerra de civilizaciones, sino una guerra entre diferentes barbaries.

MS. Nos sorprende la reflexión de Ritsos, que calificó su poesía de «lirismo épico». ¿Cree que eso lo define a usted todavía hoy, teniendo en cuenta que en Occidente la epopeya es una forma que desapareció hace siglos, mientras que el lirismo parece considerablemente en retirada?

Darwix. La poesía épica, en el sentido tradicional del término, desapareció hace tiempo. Tal como demostró Hegel, estuvo vinculada a las antiguas civilizaciones. El lirismo es intemporal, porque existe siempre una pluralidad de «yoes». Este tipo de poesía expresa detalles, partes del alma de un pueblo. Se centra en los individuos que lo componen, más que en el pueblo entero. Desde luego, estos conceptos no tienen base alguna en la poesía árabe. Provienen de las lenguas occidentales. En Occidente, se dice que el lirismo es lo que no es ni épico ni dramático en sentido teatral. Por el contrario, nuestra poesía árabe es lírica desde su origen, pero según diversas corrientes. Las formas son múltiples en ella. Cuando Ritsos define mi poesía como un «lirismo épico» se refiere a la arquitectura del poema y a la multiplicidad de las voces en su seno. Mi voz no es la única, pues hay otras que expresan al grupo. Mi poesía no se sitúa en un espacio limitado y personal, sino en un espacio amplio, en el plano histórico y geográfico. De ahí que algunos de sus rasgos recuerden la épica. El lirismo de estos poemas no es ni muy personal ni individual, es un lirismo colectivo. Se trata de una poesía que no es totalmente lírica ni totalmente épica. El lirismo también está en retirada en el mundo árabe. Los jóvenes poetas, un poco perdidos, no dominan los conceptos. A menudo confunden lirismo y romanticismo.

MS. ¿Puede la poesía ayudar a que un pueblo conserve su identidad, incluso en las peores dificultades de supervivencia?

Darwix. No creo que la poesía tenga un papel evidente en la lucha nacional. Su influencia no es inmediata. Constituye un viaje permanente entre culturas, tiempos y espacios. En ese sentido, yo no creo en una poesía nacional. Dado que el poeta es el hijo de una época y de una lengua, contribuye sin duda a dar forma a la identidad nacional de un pueblo al desempeñar un papel de orden cultural, pero no tiene por qué incitar a nada. En los años cincuenta, sin duda, en el mundo árabe y en el mundo entero –pienso en toda la poesía comprometida, en particular, entre ustedes los franceses, en Louis Aragon–, el poeta tuvo un papel político directo. El mundo era un poco menos complejo que hoy en día. En nuestro caso, la ocupación israelí es una larga ocupación, a diferencia de la alemana en Francia. ¿Qué artista puede representar sin interrupción el papel de poeta de circunstancias, de poeta comprometido, en el sentido antiguo del término? Si pretende representar ese papel, la Ocupación habrá conseguido matar también la poesía.

Traducción de Manuel Talens

L’Humanité, 15/04/2004

Fuente

29/6/08

Una voz esencial. Reseña de “El fénix mortal”, por Ángel Rupérez

Errante y desposeído palestino, Mahmud Darwix (1941) demuestra con este libro que nuestros hábitos etnocéntricos excavan alrededor tristes y penosas fosas de ignorancia. Pues resulta que El fénix mortal, su penúltimo libro, nos recuerda algo que es esencial a la poesía y que consiste en establecer fáciles y cómodos puentes entre ámbitos culturales habitualmente alejados entre sí gracias a su milagrosa capacidad de recrear las esencias humanas sin compromisos de ninguna clase con las imposturas políticas o de cualquier otro tipo.

Y eso además ocurre con un poeta como éste, comprometido intensamente con la causa palestina desde puestos de responsabilidad en su día o desde otra clase de compromiso hoy, tal vez más significativo y determinante para el arte: el de de quien conoce de sobra la memoria de su patria real y la erige en posible guía de esperanzadas reconstrucciones (resurrecciones habría que decir con el lenguaje grávido de sus poemas).

Darwix es un poeta dueño de una expresividad poderosamente seductora, tal como puede percibirse en esta traducción, donde se oye a un poeta solvente, nada trivial ni aparatosamente hipotecado por la carga denunciativa de sus poemas. Surgidos de un contexto de crueles enfrentamientos y más crueles aún despojamientos, estos poemas se alimentan sin duda de esas resonancias, pero no lo hacen desde una pobre intensidad emocional, sino, al contrario, desde una compleja red de asociaciones ancestrales —la Biblia, el Corán, Egipto y esa especie de decisivo aire de leyenda captado desde una especie de insaciable amor rememorativo— y símbolos insertos en tramas verosímiles que los hacen fuertes como poemas y sólidos como testimonios.

Por eso Darwix construye elaboradas, paralelísticas y densas secuencias que apelan a la historia, sin duda, pero también a ese otro horizonte humano menos circunstanciado, que conduce al exilio o al desarraigo perpetuos (y de ahí las más que evidentes relaciones que mantiene su poesía con la de Yeats o Brodsky) y al correspondiente deseo opuesto de tener un lugar definitivo y fijo al que volver, un paisaje sensualmente reconocible, hecho esencial memoria y querido como tal, y devuelto a una especie de nueva vida simbólica de la que nacen en buena medida la fuerza de estos poemas necesarios.

El País, 2/12/00

25/6/08

Sesenta años de exilio y ausencia, por Elias Sanbar

Reproducimos a continuación un artículo del historiador y escritor palestino Elias Sanbar, traductor al francés de Mahmud Darwix.

Tuvimos el cuadragésimo y el quincuagésimo, y ahora llega el sexagésimo. Me refiero, claro está, a los aniversarios decenales del “milagro” israelí que, como todo el mundo sabe, hizo florecer el desierto a base de repoblar una tierra vacía y a golpes de experiencias colectivistas y de vanguardia, llevadas a cabo en kibbutz cuyos miembros eran campesinos de día y, por las noches, interpretaban a Schubert o Mozart; en resumen, un milagro consistente en un Estado rodeado por un océano de odio árabe.

Este discurso, esta yuxtaposición de tópicos, ha servido durante décadas para que los israelíes se otorgaran legitimidad a sí mismos. Son argumentos que, desbaratados por los historiadores palestinos, en un principio, por los propios historiadores israelíes después, y por la aparición y reafirmación del hecho nacional palestino, ya no utilizan prácticamente nunca ni siquiera los israelíes y no requieren ninguna respuesta. Ni siquiera en el 60º aniversario.

Soy refugiado palestino desde el mes de abril de 1948, cuando tenía 14 meses y me expulsaron, junto con mi familia, de nuestra ciudad de Haifa hacia el vecino Líbano. Ese año, casi 800.000 compatriotas —hoy son casi seis millones— sufrieron la misma suerte. Porque aquel “milagro” de 1948, la aparición del Estado de Israel, fue acompañado de una desaparición, la de mi pueblo. Una desaparición que los nuevos ocupantes de Palestina arrastran como un pecado original, todavía no suficientemente reconocido, pero que jamás se ha borrado.

Un fantasma recorre Israel desde hace 60 años, el fantasma de los palestinos suplantados en su patria engullida en 1948 tras una primera guerra de conquista y expulsión que precedió a la otra guerra, la que, en una Palestina ya “vacía de árabes”, a partir del 15 de mayo de 1948, enfrentó a las tropas del Estado israelí con las fuerzas de los países árabes vecinos. Las exhaustivas investigaciones sobre esta guerra llamada de independencia, sobre su desarrollo, sobre la correlación de fuerzas claramente favorable a la Haganah y sobre la complicidad activa o pasiva de las grandes potencias y de varios gobiernos árabes, permiten establecer hoy los hechos. Mi propósito aquí no es repetir esos datos, sino abordar la dolorosa situación, pública e íntima, colectiva y personal, vivida por los desaparecidos.

La ocupación “clásicamente colonial” de Jerusalén Este, Cisjordania y la franja de Gaza en junio de 1967, además de inaugurar un calvario que persiste desde hace 41 años, nubló paradójicamente la imagen de lo que había sucedido en 1948. Las negociaciones de paz que pretenden lograr un acuerdo entre israelíes y palestinos y la construcción de un Estado palestino en los territorios ocupados en 1967 han ocultado, en cierto modo, la desaparición que se produjo en 1948. No obstante, es fundamental comprender que, en 1948, Palestina, el territorio que se convirtió en el Estado de Israel delimitado por las líneas del armisticio —más conocidas hoy con el nombre de línea verde—, fue el escenario no de una ocupación sino de una desaparición, la sustitución de un pueblo por otro.

En 1948 desaparecieron dos nombres, Palestina y palestinos, literalmente borrados de los mapas y las enciclopedias. “Palestina y los palestinos no existen ni han existido jamás”, repitieron sin cesar dirigentes políticos, universitarios y propagandistas de todo tipo, israelíes y amigos de Israel en todo el mundo. Este negacionismo, apoyado en un florilegio de trabajos presuntamente científicos dedicados a la incansable revisión de la historia de Palestina, pretendía limpiar así el pecado original y dejar claro que el Estado de Israel tenía una legitimidad absoluta, en la medida en que su nacimiento no fue de la mano de ninguna injusticia respecto a un pueblo palestino que, a fin de cuentas, nunca existió... Tras su expulsión, los refugiados y exiliados palestinos emprendieron desde los primeros años una lucha para regresar a su tierra natal. Gracias a los sacrificios y la batalla para recuperar los derechos legítimos, esa lucha es hoy, con sus avances y sus retrocesos, de sobra conocida; ocupa el primer plano de la actualidad del mundo desde hace muchos años.

Pero hay otro combate fundamental, en gran parte invisible para el mundo exterior: el combate encarnizado que han llevado a cabo los palestinos para acabar con la desaparición de su nombre y el de su tierra. Si hubiera que describir con una sola palabra la quintaesencia de la lucha del movimiento nacional palestino desde 1948, diría que todos estos años nos hemos dedicado a intentar que reaparezca nuestro nombre, el de las personas y el de las tierras, para terminar así, no con el exilio, o al menos no todavía, sino con la ausencia, la negación de la “existencia” de los palestinos.

Hoy, ese objetivo se ha logrado. No hay nadie en el mundo, empezando por los israelíes, que se atreva a afirmar que no existimos. Y es esa reconquista de nuestro nombre lo que nos ha permitido —ya visibles y reconocidos— abordar la negociación con Israel sobre todos los asuntos pendientes, entre ellos el de los refugiados de 1948. ¿Es imposible la negociación del derecho de retorno, basada en la Resolución 194 de la ONU de 11 de diciembre de 1948? ¿Será ésta la piedra con la que tropezarán todos los esfuerzos diplomáticos? Entre 1992 y 1997, en las negociaciones de paz, tuve el honor de encabezar la delegación palestina sobre el asunto de los refugiados, y me gustaría decir unas cuantas cosas sobre en qué consistía y en qué consiste aún la ofrenda de paz palestina al respecto.

En 1988, el CNP, el parlamento palestino, reunido en Argel bajo la batuta del presidente Yasir Arafat, votó avanzar hacia una paz basada en el principio de los dos Estados, israelí y palestino, de acuerdo con las resoluciones 242 y 337 de la ONU. Este voto, obtenido tras largos y apasionados debates, permitía, a partir de ese momento, las negociaciones de paz. Esto es bien sabido. Lo que no se conoce tanto es que aquel día los representantes del pueblo de Palestina hicieron una distinción fundamental entre la patria y el Estado, que permitió que los palestinos se adhiriesen a un auténtico compromiso histórico. Lo que se votó, de hecho, no fue el reconocimiento palestino de que Palestina no es su patria, sino de que el Estado palestino no se establecería sobre la totalidad del territorio de su patria. A partir de ese postulado, la cuestión de los refugiados deja de ser el problema insoluble que se creía hasta entonces, siempre que se tengan en cuenta unos puntos concretos, sin los que se volvería a caer en una situación de punto muerto.

Dichos puntos son los siguientes: como condiciones previas a toda negociación sobre la aplicación del derecho de retorno, son necesarios el reconocimiento del derecho inalienable del pueblo de Palestina a vivir, como todo pueblo, en su tierra, y el reconocimiento solemne por parte de Israel del agravio histórico cometido contra el pueblo palestino con su expulsión forzosa en 1948.

Esas condiciones previas son indispensables, porque un derecho no debe ser relativo —se posee o no se posee—, mientras que, por el contrario, la aplicación negociada de un derecho es obligatoriamente relativa, puesto que ningún derecho negociado puede ser, por un principio de realidad, objeto de una aplicación absoluta. En otras palabras, la condición previa del reconocimiento del derecho es la clave de su aplicación negociada, porque, mientras no se reconozca el derecho de retorno, ninguna persona en Palestina querrá ni podrá estar de acuerdo en negociar su aplicación relativa. A partir de ahí, y a condición de respetar este orden, es posible la negociación.

Incluso tenemos la prueba, dado que ya ha habido importantes intentos de negociación —en particular las negociaciones de Taba y la iniciativa de Ginebra— que han respetado esta idea de las condiciones previas y han permitido relativizar la noción de que el problema de los refugiados no tenía solución.

¿Qué solución concreta darán esas negociaciones al problema de los refugiados? ¿Se llevarán a cabo? El tiempo nos lo dirá. Pero es evidente que el reconocimiento previo del derecho, para poder negociar su aplicación, es el primer paso ineludible para que la desaparición forzosa de los palestinos en 1948 encuentre una salida al mismo tiempo justa, honorable y realista.

¿Sabrán aprovechar los israelíes —antes de que sea demasiado tarde en este Oriente Próximo en el que se vislumbran señales de nuevos cataclismos— la oportunidad de una verdadera reconciliación histórica que sólo puede llegar mediante la solución del nudo original del conflicto?

Ésta es, en mi opinión, la única pregunta que merece la pena hacerse en este 60º aniversario. Sin ella, todo esto a lo que asistimos no será más que fanfarrias y festividades ilusas.

Traducción de M. L. Rodríguez Tapia

El País, 15/05/08

Fuente

24/6/08

Un palestino. Artículo sobre “El fénix mortal”, por Vicente Molina Foix

[...] No soy un iluso del poder curativo de la palabra poética. El mejor arte abre puertas a la incertidumbre y la incomodidad, por lo que habitualmente desconfío del escritor que pone paños calientes al frío de mis dudas. Pero acabo de leer, mientras los hombres matan con saña a los hombres en la franja de Gaza y sus líderes negocian bajo el cetro imperial de los Estados Unidos, El fénix mortal, de Mahmud Darwix (Poesía/Cátedra, Madrid, 2000), y —más allá de las geografías, las razones políticas y los agravios inmemoriales— he comprendido mejor la palabra exilio, he visto caras de combatientes sin odio, he oído las voces de los que nunca hablan en la historia.

Me entero por el texto de presentación de su excelente traductora, Luz Gómez, que Darwix, un poeta hasta hoy desconocido para mí, fue comunista clandestino, miembro de la cúpula rectora de la OLP, y que su poesía primera se hizo desde las trincheras. Lo que este deslumbrante libro ofrece es al contrario, una poesía sin banderías ni consignas, por mucho que la materia de la que surja sea la división, la memoria doliente de lo perdido, el deseo de regresar y pertenecer, de ser algo más que una lengua deshabitada.

Por los poemas de El fénix mortal pasan los forasteros y los desposeídos, los paisajes estériles de la chumbera y el pozo seco, los recuerdos del origen, las frases de aliento que una madre le da a su hijo lejano: “Vuelve/cuando en el país quepa tu país”. Y en medio de un riquísimo tejido de alusiones bíblicas y coránicas, mitológicas, el fantasma de la difícil identidad. “¿Quién soy?”, se pregunta Darwix en uno de los mejores poemas del libro; “Soy mi lengua”, “Soy lo que dijeron las palabras”. Parece poco, quizá sea mucho. No hay ni un solo verso en El fénix mortal que huela a panfleto o activismo. Por eso estoy seguro de que cualquier lector no-militante ciego de una u otra causa sabrá entender y amar, dejarse convencer por la veracidad y el hermoso, profundo sentimiento de estas lamentaciones de un “eterno ausente” [...]

El País, 24/10/00

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12/6/08

El olor del pan. Reseña de “Poesía escogida (1966-2005)”, por Ángel Rupérez

El despojamiento que significa ser expulsado de la casa materna no consigue, no obstante, destruir los fundamentos más esenciales de la existencia, lo cual quiere decir que ninguna clase de violencia hace desaparecer las más acendradas posesiones que habitan en un ser imbuido del más refinado conocimiento sensitivo del mundo. Darwix protege esa fortaleza con orgullosa elevación y sus poemas rescatan un fundamental acto celebrativo que significa dotar de esencialidad perdurable a los escenarios usurpados pero no por ello abandonados a los usurpadores. El lirismo que nutre estos poemas tiene una raíz esencialmente nostálgica porque alude siempre a una rememoración dolorida y ansiosa pero, a la vez, tiene la perentoriedad de lo verdaderamente conocido y poseído, y por ello mismo indestructible. El presente se abre en ellos al mismo tiempo que un pasado lejano, y ambos se alían para elevar el olor del pan de la infancia a una categoría de metafísica esencialidad y superviviente temporalidad.

El País, 1/03/08

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9/6/08

El exilio y no otra cosa

Comencemos este blog con unas palabras del propio Mahmud Darwix recogidas en la entrevista publicada por Juan Miguel Muñoz en El País recientemente (11/03/08):

“El exilio es parte de mí. Cuando vivo en el exilio llevo mi tierra conmigo. Cuando vivo en mi tierra, siento el exilio conmigo. La ocupación es el exilio. La ausencia de justicia es el exilio. Permanecer horas en un control militar es el exilio. Saber que el futuro no será mejor que el presente es el exilio. El porvenir es siempre peor para nosotros. Eso es el exilio”.

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