Mostrando entradas con la etiqueta Mahmud Abbas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mahmud Abbas. Mostrar todas las entradas

25/10/11

Se acaba el tiempo de los dos Estados, por Luz Gómez García

El tiempo de los dos Estados se está acabando: los palestinos se han hecho con su historia. No había sido así hasta ahora: la historia los arrastraba. Desde 1948, desde la Nakba, concepto que curiosamente sólo ahora se ha naturalizado en el vocabulario político de Occidente, la historia devoraba a los palestinos. La solicitud por parte del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, del reconocimiento de Palestina como Estado miembro de pleno derecho de Naciones Unidas representa el fin de la lógica perversa que reducía a los palestinos a objeto, no sujetos, de su historia. Esta emancipación historial ha sido un proceso largo, en el que han intervenido todas las instancias de la resistencia palestina, y que Abbas ha sabido ahora, en el único gran paso de su carrera, cristalizar.

La recuperación por los palestinos de su historia significa el fin del proceso de paz tal como lo conocíamos. La trascendencia de la iniciativa onusiana de Abbas se explica a dos niveles: el internacional, en el que Palestina ha acorralado, en términos de opinión, al bloque EEUU-Israel con su regreso al multilateralismo; y el nacional, en el que ha respondido a la necesidad de detener una probable primavera palestina, que no sería otra cosa que la Tercera Intifada, pues en primaveras y levantamientos los palestinos son líderes y precursores.

El tiempo que ahora se acaba es la etapa última de una historia dictada por Israel en tres grandes fases que no son estancas, que se superponen y entremezclan: la Nakba de 1948, la Ocupación entendida como proceso militar y político que comienza en 1967, y las negociaciones de paz iniciadas en 1991 y concebidas en términos de solución de dos Estados. Han pasado más de veinte años y los avances en la construcción estatal no sólo no han traído el tan ansiado Estado palestino, sino que han propiciado sobre el terreno una administración indígena de la Ocupación: en Cisjordania se llama Autoridad Nacional Palestina; en Gaza, Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás). El macabro juego del proceso de paz ha llegado tan lejos que ya es indistinguible de la Ocupación misma. Tal es la percepción de la calle y de los observadores en Ramala, Nablus o Gaza, y a ello se enfrenta una élite palestina embarrancada por sus tratos con Israel y cuestionada por las nuevas generaciones post-Oslo. Es más que posible que Fatah siga negociando, pero otras instancias harán germinar la semilla del empoderamiento palestino.

Este nuevo tiempo de la determinación palestina no va a durar otros veinte años. Será un tiempo doloroso, llamado a la puesta en común de la tierra. El ex primer ministro israelí Ehud Olmert no dejaba de verlo claro en un reciente y por lo demás protocolario artículo en The New York Times (22/9/11): el fracaso de los actuales negociadores aupará a una nueva generación de líderes que, posiblemente, abandone la solución de los dos Estados. De momento, la solución de un Estado de todos sus ciudadanos, palestinos e israelíes, en los límites globales de la Palestina histórica suena a ingeniería ideológica, pero es una idea con la que ya vienen conviviendo, aunque sea conflictivamente, las clases políticas de las dos comunidades. Los sectores palestinos menos pactistas empiezan a verla como una salida a la nada que dura ya tantos años; los dirigentes israelíes ven en ella un mundo que aún no pueden comprender.

El futuro inmediato ha de traer una renovación de los discursos. No es lo mismo un discurso de paz que un discurso de proceso de paz. Hay que avanzar hacia discursos de paz. El discurso de proceso de paz es un acto institucional. El discurso de paz es una verdad disponible, a la que basta con sumarse, bien es cierto que asumiendo por ello un precio. El único discurso de paz a largo plazo es el de compartir la tierra y la historia: compartir Haifa, el Holocausto, la Nakba, Jerusalén, Gaza. Lo que ha habido en los últimos años es, sola y exclusivamente, discurso de proceso de paz. Hasta que no surja un discurso de paz en el que intervengan sectores sociales al margen de los negociadores no habrá posibilidades verdaderas de paz. Tiene que ser el ascenso de la calle. En este sentido, la resistencia civil a la Ocupación y la campaña internacional de boicot económico, cultural, académico y deportivo a Israel (BDS) son el potencial palestino; tanto es así que el término apartheid, definitorio de este sector, se ha incorporado al vocabulario de los foros internacionales, ya no es tabú usarlo para referirse a la situación de los palestinos en su tierra. Por su parte, el potencial israelí son sus indignados: ¿podrán transformarse en un movimiento de conciencia política? Con que la mitad de los que han salido a la calle por la vivienda lo hagan reclamando el fin de la Ocupación, la Ocupación se acaba y la paz es la realidad más factible de todas. Es en la calle donde está la paz. Sólo hay que salir a buscarla.

11/11/09

Cinco años sin Arafat, por Luz Gómez García

Hoy se cumplen cinco años de la muerte de Yasir Arafat. Las causas siguen envueltas en la bruma. Los tres últimos años los pasó Arafat en la Muqata, sitiado por las tropas israelíes. Los que convivieron con él sostienen, cada vez con más énfasis, que fue envenenado (Bassam Abu Sharif, Arafat and the dream of Palestine, Palgrave Macmillan, 2009).

Su legado no ofrece tantas dudas. El mayor triunfo de Arafat fue lingüístico. Como dijo de él el poeta Mahmud Darwix, restituyó un gentilicio al mundo: “palestino”, que se había intentado borrar en beneficio del mito sionista de la tierra vacía, según el cual la tierra “bíblica” aguardaba deshabitada a judíos nacionales de decenas de países. Pero aquello no era la tierra bíblica. Y lo que se creó en ella no fue un reino bíblico, sino un Estado étnico-confesional de ingeniería poscolonial. Tan confesional, una vez salvados los subterfugios, como muchos de sus Estados vecinos.

En vida de Arafat, los enemigos de Palestina juzgaban que la raíz del mal era Arafat. Luego, les pareció mejor su versión ridícula, Abbas. Últimamente el mal ha sido Hamás. Si un logro le ha cabido a la lucha palestina desde 1948 es que Israel no haya podido fabricarse un enemigo-pelele a su gusto. Arafat no quiso serlo. A Abbas, que ha estado más dispuesto, la presión de la calle se lo ha impedido. Israel, que hizo la vista gorda cuando se creó Hamás en 1987, se hizo ilusiones de que esta organización lo sería, pero el tiro le salió por la culata: los islamistas han llenado el espacio que ha dejado el descuartizamiento del movimiento nacional palestino, democrático y secular. Éste, congregado en la OLP, ha visto cómo embarrancaba su proyecto de paz, formulado, tras no pocas disputas internas, en términos de dos Estados soberanos: Israel y Palestina.

La legitimidad de la Autoridad Nacional Palestina se halla hoy en su punto más bajo. En los años finales de Arafat, tras la explosión de la Segunda Intifada en 2000, las encuestas daban un empate entre Fatah y Hamás, pero el 50%, la mayoría, no prefería a ninguno. Este ten con ten se esfumó a la muerte de Arafat. Fatah no supo mantener la llama. Desvanecida el aura, los palestinos optaron por una solución radical y novedosa, y votaron en masa a Hamás. Desde entonces, se ha venido consumando el mayor miedo del movimiento nacional palestino: la desunión y el enfrentamiento civil, que el liderazgo de Arafat había conjurado desde finales de los ochenta.

La invasión israelí de Gaza en diciembre pasado dejó a Abbas desnudo. Sus componendas para culpabilizar a Hamás encolerizaron a los palestinos. El colmo ha sido la reciente pasividad y dilación de la delegación de la OLP ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que ha estudiado, a partir del llamado Informe Goldstone, los crímenes cometidos en la guerra de Gaza. La presión de toda la palestinidad, tanto la del interior como la del exilio (el 7 de octubre pasado, las asociaciones palestinas de España enviaron al presidente Abbas un duro comunicado en este sentido), acabó obligando a la delegación a cantar la palinodia, y el día 16 se aprobó una resolución que llama al Consejo de Seguridad a llevar el caso ante el Tribunal de La Haya si las partes (Israel y Hamás) no aclaran las imputaciones.

Como era de suponer, Estados Unidos votó en contra, y Rusia a favor, y los países europeos divididos. Ha sido la tónica general de este lustro, que ha facilitado que Israel incumpla sistemáticamente todo acuerdo u hoja de ruta, y que siga desmembrando Palestina. Los colonos en Cisjordania han aumentado un 18% desde 2004. Los 790 kilómetros del muro segregador declarado ilegal por el Tribunal de La Haya están prácticamente concluidos. Los checkpoints y las barreras a la movilidad impiden cualquier viso de normalidad en la vida de la población, y Jerusalén se halla ya aislada por completo de su entorno palestino. La retirada israelí de Gaza en agosto de 2005 y la declaración de la Franja como “entidad hostil” en septiembre de 2007, han permitido a Israel desentenderse impunemente de sus obligaciones jurídicas internacionales como potencia ocupante y castigar colectivamente a toda la población mediante el bloqueo. Gaza ha tenido el triste honor de inaugurar un nuevo limbo jurídico internacional, que en términos cotidianos significa depauperación económica, física y moral.

La desastrosa gestión de la cuestión de Gaza por parte de Abbas le ha conducido a un callejón sin salida. Su visión del proceso de paz, que choca con el verdadero 48, el palestino, el de la Nakba, ha fracasado. Frente al toma y daca de territorios, seguridad, autogobierno y desarrollo económico que ha caracterizado las rondas de conversaciones antes y después de la muerte de Arafat, en los últimos meses ha recobrado protagonismo el derecho al retorno de los refugiados. La intelligentsia israelí ha dado la voz de alarma (en este mismo diario la daba hace pocas semanas Shlomo Ben Ami), porque la cuestión de los refugiados plantea la paz en sus exactos términos: la justicia como solución y la superioridad moral de la víctima sobre el verdugo.

El País, 11/11/09 Mahmud Darwish