17/4/11
Siete claves para el despertar árabe, por Luz Gómez García
25/6/10
Prólogo a "Bajo la Ocupación. Relatos palestinos", por José Saramago

18/5/10
La Nakba palestina, por Nabil Shaath
28/1/10
11/11/09
Cinco años sin Arafat, por Luz Gómez García
Su legado no ofrece tantas dudas. El mayor triunfo de Arafat fue lingüístico. Como dijo de él el poeta Mahmud Darwix, restituyó un gentilicio al mundo: “palestino”, que se había intentado borrar en beneficio del mito sionista de la tierra vacía, según el cual la tierra “bíblica” aguardaba deshabitada a judíos nacionales de decenas de países. Pero aquello no era la tierra bíblica. Y lo que se creó en ella no fue un reino bíblico, sino un Estado étnico-confesional de ingeniería poscolonial. Tan confesional, una vez salvados los subterfugios, como muchos de sus Estados vecinos.
En vida de Arafat, los enemigos de Palestina juzgaban que la raíz del mal era Arafat. Luego, les pareció mejor su versión ridícula, Abbas. Últimamente el mal ha sido Hamás. Si un logro le ha cabido a la lucha palestina desde 1948 es que Israel no haya podido fabricarse un enemigo-pelele a su gusto. Arafat no quiso serlo. A Abbas, que ha estado más dispuesto, la presión de la calle se lo ha impedido. Israel, que hizo la vista gorda cuando se creó Hamás en 1987, se hizo ilusiones de que esta organización lo sería, pero el tiro le salió por la culata: los islamistas han llenado el espacio que ha dejado el descuartizamiento del movimiento nacional palestino, democrático y secular. Éste, congregado en la OLP, ha visto cómo embarrancaba su proyecto de paz, formulado, tras no pocas disputas internas, en términos de dos Estados soberanos: Israel y Palestina.
La legitimidad de la Autoridad Nacional Palestina se halla hoy en su punto más bajo. En los años finales de Arafat, tras la explosión de la Segunda Intifada en 2000, las encuestas daban un empate entre Fatah y Hamás, pero el 50%, la mayoría, no prefería a ninguno. Este ten con ten se esfumó a la muerte de Arafat. Fatah no supo mantener la llama. Desvanecida el aura, los palestinos optaron por una solución radical y novedosa, y votaron en masa a Hamás. Desde entonces, se ha venido consumando el mayor miedo del movimiento nacional palestino: la desunión y el enfrentamiento civil, que el liderazgo de Arafat había conjurado desde finales de los ochenta.
La invasión israelí de Gaza en diciembre pasado dejó a Abbas desnudo. Sus componendas para culpabilizar a Hamás encolerizaron a los palestinos. El colmo ha sido la reciente pasividad y dilación de la delegación de la OLP ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que ha estudiado, a partir del llamado Informe Goldstone, los crímenes cometidos en la guerra de Gaza. La presión de toda la palestinidad, tanto la del interior como la del exilio (el 7 de octubre pasado, las asociaciones palestinas de España enviaron al presidente Abbas un duro comunicado en este sentido), acabó obligando a la delegación a cantar la palinodia, y el día 16 se aprobó una resolución que llama al Consejo de Seguridad a llevar el caso ante el Tribunal de La Haya si las partes (Israel y Hamás) no aclaran las imputaciones.
Como era de suponer, Estados Unidos votó en contra, y Rusia a favor, y los países europeos divididos. Ha sido la tónica general de este lustro, que ha facilitado que Israel incumpla sistemáticamente todo acuerdo u hoja de ruta, y que siga desmembrando Palestina. Los colonos en Cisjordania han aumentado un 18% desde 2004. Los 790 kilómetros del muro segregador declarado ilegal por el Tribunal de La Haya están prácticamente concluidos. Los checkpoints y las barreras a la movilidad impiden cualquier viso de normalidad en la vida de la población, y Jerusalén se halla ya aislada por completo de su entorno palestino. La retirada israelí de Gaza en agosto de 2005 y la declaración de la Franja como “entidad hostil” en septiembre de 2007, han permitido a Israel desentenderse impunemente de sus obligaciones jurídicas internacionales como potencia ocupante y castigar colectivamente a toda la población mediante el bloqueo. Gaza ha tenido el triste honor de inaugurar un nuevo limbo jurídico internacional, que en términos cotidianos significa depauperación económica, física y moral.
La desastrosa gestión de la cuestión de Gaza por parte de Abbas le ha conducido a un callejón sin salida. Su visión del proceso de paz, que choca con el verdadero 48, el palestino, el de la Nakba, ha fracasado. Frente al toma y daca de territorios, seguridad, autogobierno y desarrollo económico que ha caracterizado las rondas de conversaciones antes y después de la muerte de Arafat, en los últimos meses ha recobrado protagonismo el derecho al retorno de los refugiados. La intelligentsia israelí ha dado la voz de alarma (en este mismo diario la daba hace pocas semanas Shlomo Ben Ami), porque la cuestión de los refugiados plantea la paz en sus exactos términos: la justicia como solución y la superioridad moral de la víctima sobre el verdugo.
El País, 11/11/09 Mahmud Darwish
16/10/09
Estreno de Checkpoint Rock. Canciones desde Palestina
1/10/09
Un harapo, por Abu-l-Ala al-Maarri
―Tomaré un verso de al-Maarri
y lo enmendaré:
Mi cuerpo es un sayal de polvo, ¡oh sastre
del universo, cóseme!
Escribiré: Oh creador de la muerte, ¡déjame
un rato... en paz!
El poema de al-Maarri, de una violencia verbal llena de modernidad, dice así:
UN HARAPO
Nuestro vestido, de algodón.
El vuestro, de lana.
Mas mi algodón de dignidad me viste.
Desgarráis el país
de arriba abajo
—todo por el coño y el estómago.
El que me creó me guardaba,
y a salvo me sentía de temores,
pero dije: Ojalá no me hubiera guardado.
Mi cuerpo es un harapo
cosido a la tierra.
¡Oh cóseme,
Tú que coses los mundos!
Traducción de ambos textos de Luz Gómez García Darwish
19/9/09
El discreto encanto de la islamofobia, por Luz Gómez García
Si bien la fobia al islam ha pautado la historia de Europa (ya decía Covarrubias de Mahoma: “Nunca hubiera nacido en el mundo”), y una islamofobia del buen amo caracterizó la Era del Imperio (Hobsbawm) cuyo imaginario destripó Edward Said, la nueva islamofobia no es el resultado de la actualización del viejo conflicto cosmológico entre el Occidente cristiano y el Oriente islámico, ni manifestación postmoderna de un endémico racismo popular, sino producto propio de la secularización del pensamiento occidental (Geisser).
La islamofobia del siglo XXI es ante todo un fenómeno intelectual de tipo mediático, en el que escritores, sociólogos, profesores, periodistas o políticos reivindican el derecho a liderar un combate universal y mesiánico para erradicar todas las formas de oscurantismo del planeta, a cuya cabeza sitúan el islam. En España, además, halla un refuerzo en el mito de la Reconquista (el aznarista “nosotros ya les echamos hace siglos”), que ha servido para amputar el islam del pasado colectivo y de la identidad nacional. Este estado de cosas se manifiesta en una suerte de prontuario ideológico, por todas partes difundido y a todas horas utilizado, de nuevos ricos recién admitidos en el cogollo de la europeidad, que ajustan cuentas con un pasado no tan lejano de misa, orinal y emigración.
La promoción de una islamofobia tenue, de buen tono, que por supuesto cuenta con no ser detectada y que en ocasiones es inconsciente, ha proliferado en expresiones intelectuales de diverso signo a raíz del 11-S y del 11-M. Según filiaciones y tendencias, cada cual explota unos u otros prejuicios arraigados en el inconsciente colectivo, los aggiorna para uso de la moderna opinión pública y, dado el caso, los allega a instituciones y gestores políticos.
1. Las derechas y las izquierdas. Entre los intelectuales propensos a discurrir sobre el islam, se produce con frecuencia un curioso encuentro de los valores liberales y los principios progresistas. El principal dislate que les une es la amalgama de cultura y religión, que a la postre niega al mundo musulmán la posibilidad de secularización característica de nuestro mundo, de Occidente.
En la intelectualidad de izquierdas, es notorio su humanismo de salón, para el que el islam es un modelo inmutable y conflictivo que atenta contra lo políticamente correcto —el laicismo, la socialdemocracia, los derechos de las minorías, la igualdad entre sexos—. Esta pulsión islamófoba se quiere combatiente del islam retrógrado e integrista en nombre de la libertad y los derechos humanos.
Lo sintomático es que al pronunciarse sobre cuestiones de actualidad sociopolítica converge con el catálogo islamófobo de la derecha: las renuentes posibilidades de democracia en los países de tradición islámica; la confesionalidad de los enfrentamientos civiles en Irak o Líbano; la idiosincrasia chií del totalitarismo iraní; la repulsión ante el uso libre del hiyab en Europa. Por su parte, la izquierda que no cae en ello incurre en discriminación positiva, pero lo hace, por desgracia, de una manera naíf, en lugar de hacerlo programáticamente.
En las cavernas de la islamofobia declarada, la extrema derecha no ha dudado, tras el 11-M, en vincular el islam a una gobernación de la conspiración, en un delirio en el que convergen el fantasma del moro y el del rojo (¿reminiscencias de la conspiración judeomasónica?).
2. Los neonacionalistas. El neonacionalista español (sea de Madrid, Bilbao o Barcelona) asocia su miedo al islam a la aculturación y a la globalización misma, y busca un chivo expiatorio en el inmigrante magrebí, al que juzga un intruso indeseable. Conviven en su psique el peligro interno (el moro doméstico) y el externo (los moros). En su neoespañolismo, ve en el islam un nuevo caballo de Troya para la unidad de España, el surgimiento de otra identidad “periférica” más, la de los musulmanes españoles de segunda generación.
3. Los amigos (torpes) del islam. Hay sectores del mundo de la educación y la comunicación que, ciertamente, no pretenden dar una imagen negativa del islam. Es más, empieza a ser frecuente que sus profesionales lo conozcan de primera mano, y que se lo hagan saber a sus interlocutores. Su trabajo se funda en la lógica del “yo estuve allí, yo hablé con ellos”. Aun así, tienden a sobredimensionar la condición musulmana, dibujando un marco confesional nítido pero estrecho. En cierto modo, parece que instaran a los musulmanes a ser musulmanes de manual, a que, por fuerza, sepan pronunciarse sobre los desmanes de Bin Laden, o que no sea posible que incumplan el Ramadán. Eso cuando no se pinta directamente un islam tranquilo (cool, soft, in) opuesto a un islam terrorista.
4. Los expertos securitarios. Un grupo que los medios de comunicación y las instituciones han promocionado de manera decidida es el de los expertos en seguridad. Suelen ser investigadores universitarios o periodísticos sin estudios islámicos. Su dedicación se centra en la “amenaza islámica”, entendida como terrorismo internacional o como penetración del yihadismo en el cuerpo social. Para ello, reconstruyen un mundo singular, el de la vida de los terroristas yihadistas, ajeno al del resto de los musulmanes, cuyo estilo de vida se ve, directa o indirectamente, subsumido en éste.
5. El musulmán esclarecido. Como rasgo de época que es, la islamofobia nos toma por vehículo. Es el caso de los musulmanes que, sin representatividad comunitaria, triunfan en los medios como interlocutores: su principal objetivo es la búsqueda de visibilidad. Si bien no crean nuevas formas de islamofobia, legitiman algunas de las existentes mediante su opinión autorizada de musulmanes esclarecidos. Su palabra tiende a presentarse como una fetua desacralizada sobre los temas más dispares, desde el islam y el sindicalismo al aniconismo. A ellos se suman, de tanto en tanto, promesas del mundo del arte cuyas “provocaciones” artísticas son recibidas con alborozo como fruto de la libertad que Occidente les ha brindado.
6. Nuestra culpa. La descripción de los comportamientos intelectuales islamófobos admite, ha de reconocerse, matices y pausa. Pero si algo destaca en esta nueva islamofobia son las consecuencias de su gusto por la erudición islámica. La apoyatura en datos y autoridades se instrumentaliza para sustituir lo real por lo deseado. El nuevo islamófobo es alguien capaz de citar el Corán, aunque en realidad no sepa lo que cita. Y, al igual que la negrofilia o el indigenismo fueron denostados en su día por las fuerzas vivas, explicar y denunciar el perverso funcionamiento de la maquinaria islamófoba acarrea hoy la acusación de filoislamismo, o lo que viene a ser igual, de apología del terrorismo, el fundamentalismo y las infames dictaduras que atenazan al mundo islámico. Así, en apariencia, la islamofobia (siempre que no se la llame por su verdadero nombre) constituye un indicio de la “salud” de nuestra libertad de pensamiento y, llegado el caso, de nuestra misma modernidad.
El País, 19/9/09 Mahmud Darwish
23/8/09
¿Qué sucede cuando no sucede nada?, por Slavoj Žižek
Cinco meses antes, el 1 de marzo de 2009, se informó de que el Gobierno israelí había elaborado unos planes para construir más de 70.000 nuevas viviendas dentro de asentamientos judíos en Cisjordania; si dichos planes se llevaran a cabo, podrían aumentar el número de colonos en los territorios palestinos en unos 300.000, un paso que no sólo dañaría gravemente las posibilidades de un Estado palestino viable, sino que harían más difícil la vida diaria de los palestinos.
Un portavoz del Gobierno desmintió las informaciones y dijo que los planes tenían una importancia relativa: para construir nuevas viviendas en los asentamientos era necesaria la aprobación del ministro de Defensa y del primer ministro. Sin embargo, ya se han aprobado 15.000 de esos planes, y casi 20.000 de las viviendas previstas se encuentran en asentamientos que están lejos de la línea verde que separa Israel de Cisjordania, es decir, en las zonas que Israel no puede aspirar a conservar en ningún futuro acuerdo de paz con los palestinos.
La conclusión es evidente: al tiempo que, teóricamente, apoya la solución de dos Estados, Israel está creando una situación sobre el terreno que, en su momento, hará que en la práctica sea imposible dicha solución. El sueño en el que se apoya esta estrategia queda patente en el muro que separa una ciudad de colonos de la ciudad palestina cercana en una colina de Cisjordania. El lado israelí del muro tiene pintada la imagen de la campiña al otro lado, pero sin la ciudad palestina, sólo con la naturaleza, la hierba, los árboles... ¿No es el más puro ejemplo de limpieza étnica, imaginar el otro lado de la verja tal como debería ser, vacío, virginal, esperando a ser colonizado?
¿Qué significa todo esto? Para captar la verdadera dimensión de las noticias, a veces basta con leer dos noticias por separado; el significado surge al unirlas, como una chispa que explota en un cortocircuito eléctrico. El mismo día en el que llegaron a los medios las noticias sobre el plan del Gobierno para construir 70.000 nuevas viviendas (2 de marzo), Hillary Clinton criticó el lanzamiento de cohetes desde Gaza y lo calificó de “cínico”, para luego añadir: “No hay duda de que ningún país, incluido Israel, puede permanecer pasivo cuando su territorio y su gente sufren ataques con misiles”.
¿Tendrían que permanecer pasivos los palestinos mientras les quitan las tierras de Cisjordania día a día? Cuando los pacifistas israelíes presentan su conflicto con los palestinos en términos neutrales y “simétricos” y reconocen que en ambas partes hay extremistas que rechazan la paz, deberíamos hacernos una sencilla pregunta: ¿qué sucede en Oriente Próximo cuando no ocurre nada en el plano directamente político-militar, es decir, cuando no hay tensiones, ataques ni negociaciones?
Lo que sucede es la labor, lenta pero constante, de arrebatar la tierra a los palestinos de Cisjordania: el estrangulamiento gradual de la economía palestina, el despedazamiento de sus tierras, la construcción de nuevos asentamientos, las presiones a los campesinos palestinos hasta que acaban abandonando su tierra (que van desde la quema de las cosechas y las profanaciones religiosas hasta los asesinatos individuales), todo ello respaldado por una red kafkiana de normativas legales.
Saree Makdisi afirma, en Palestine Inside out: An Everyday Occupation, que, aunque la ocupación israelí de Cisjordania está en manos de la fuerzas armadas, en realidad es una “ocupación mediante la burocracia”: sus armas fundamentales son los formularios, los títulos de propiedad, los documentos de residencia y otros permisos. Esta microgestión de la vida diaria es la que garantiza la lenta pero firme expansión israelí. Uno tiene que pedir permiso para irse con su familia, para cultivar su tierra, para cavar un pozo, para trabajar, para ir a la escuela o a un hospital... Así, los palestinos nacidos en Jerusalén pierden, uno a uno, el derecho a vivir allí, a ganarse la vida, a la vivienda, y así sucesivamente.
Los palestinos suelen emplear el problemático cliché de que la Franja de Gaza es “el mayor campo de concentración del mundo”, pero, en el último año, esa calificación se ha acercado peligrosamente a la verdad. Ésa es la realidad fundamental que hace que todas las “plegarias por la paz”, en abstracto, sean escandalosas e hipócritas. El Estado de Israel está claramente llevando a cabo un proceso lento e invisible ignorado por los medios, una especie de lucha subterránea contra un topo, de tal forma que, un día, el mundo se despertará y verá que ya no hay una Cisjordania palestina, que la tierra está libre de palestinos, y que no tenemos más remedio que aceptar los hechos. El mapa de la Cisjordania palestina parece ya un archipiélago fragmentado.
En los últimos meses de 2008, cuando los ataques de colonos ilegales de Cisjordania contra campesinos palestinos se convirtieron en un hecho cotidiano, el Estado de Israel trató de contener los excesos (el Tribunal Supremo ordenó la evacuación de algunos asentamientos, por ejemplo); pero, como advirtieron muchos observadores, es inevitable ver esas acciones como unas medidas poco serias para contrarrestar una política que, en el fondo, es la política a largo plazo del Estado israelí, y que viola de forma increíble los tratados internacionales firmados por el propio Israel. Lo que dicen los colonos ilegales a las autoridades israelíes es: estamos haciendo lo mismo que vosotros, sólo que de forma más abierta, así que ¿qué derecho tenéis a condenarnos? Y la respuesta del Estado, en definitiva, es: sed pacientes, no os apresuréis, estamos haciendo lo que queréis, sólo que de manera más moderada y aceptable...
Es la misma historia desde 1949: Israel, al tiempo que acepta las condiciones de paz propuestas por la comunidad internacional, cuenta con que el plan de paz no va a funcionar. Los colonos descontrolados, a veces, recuerdan a Brunhilda en el último acto de La Valkiria de Wagner, cuando echa en cara a Wotan que, al desobedecer su orden explícita y proteger a Siegmund, sólo estaba haciendo realidad los deseos de él, que se ha visto obligado a renunciar a ellos por presiones externas, igual que los colonos ilegales hacen realidad los verdaderos deseos del Estado a los que ha tenido que renunciar por las presiones de la comunidad internacional. Mientras condena los excesos violentos descarados de los asentamientos “ilegales”, el Estado israelí promueve nuevos asentamientos “legales” en Cisjordania y sigue estrangulando la economía palestina.
Una mirada al mapa cambiante de Jerusalén Este, donde los palestinos están cada vez más encerrados y ven su espacio recortado, es suficientemente significativa. La condena de la violencia antipalestina ajena al Estado oculta el verdadero problema de la violencia de Estado; la condena de los asentamientos ilegales oculta la ilegalidad de los legales. Ahí está el doble rasero de la alabada —por imparcial— “honestidad” del Tribunal Supremo israelí: a base de dictar de vez en cuando una sentencia en favor de los palestinos desposeídos y calificar su expulsión de ilegal, garantiza la legalidad de la mayoría de casos restantes.
Y, para evitar cualquier malentendido, que quede claro que tener todo esto en cuenta no implica, en absoluto, mostrar “comprensión” hacia los inexcusables actos terroristas. Al contrario, ofrece la única base desde la que es posible condenar los atentados terroristas sin hipocresía.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
El País, 22/08/09
21/8/09
23/7/09
En la muerte de Naguib Mahfuz
No se puede hablar con propiedad de novela árabe antes de Naguib Mahfuz, por más que haya habido intentos e inicios destacados. Mahfuz es el verdadero fundador de la novela árabe en sentido moderno, y es al mismo tiempo su renovador y quien la ha hecho evolucionar. Es algo excepcional: ser a la vez el pionero y el modernizador. Él era un ser excepcional.
Mahfuz nunca dejó de desarrollar sus métodos y formas narrativas, no se conformó con una novela de un único corte. Estuvo muy atento a cómo cambiaban los tiempos, y escribió una epopeya en múltiples episodios que abarca del clasicismo a la modernidad, de suerte que fue a la vez maestro de la novela árabe e historiador de las transformaciones sociales y políticas del Egipto contemporáneo. Desde los rincones de El Cairo antiguo, con sus clases medias y ambientes populares, recreó un mundo que le dispensó de viajar por el mundo… un mundo poblado de todas las preguntas vitales sobre lo cotidiano o la existencia, y demostró que la universalidad de la literatura comienza en lo local, en un barrio cualquiera, y que el concepto de literatura universal no se limita al centro, sino que es el producto de lo que el hombre escribe y ha escrito en todo tiempo y lugar.
De su literatura, me impresiona su percepción del absurdo de la historia, cómo sabe ver las trampas que la historia y el destino tienden a los seres humanos. Y también me llama poderosamente la atención la lengua de la narración, despojada de la retórica de la poeticidad que ha embaucado a algunos novelistas, que pretenden ser poetas escribiendo novelas. Me fascina la manera que tiene de servirse de su talento, sabedor de que la genialidad sólo se materializa tras someterla a un laborioso trabajo de hormiga. Siempre fue muy escrupuloso en todo, especialmente en lo tocante a las relaciones entre escritura e inspiración, como si creyese que, de existir ésta última, el escritor tiene que saber atraparla tanto como ella susurrarle.
Muchos se preguntan: ¿Cómo un minucioso funcionario como Naguib Mahfuz ha podido ser a la vez el gran creador Naguib Mahfuz? La respuesta quizá se halle en su respeto de los tiempos: uno para el trabajo administrativo, otro para bromear, divertirse y trasnochar, otro para el café, otro para los harafix,* otro sagrado para la escritura.
Le conocí en 1971, cuando Muhámmad Husáin Háikal me hizo el honor de ponerme con él y con Yúsuf Idrís en el mismo despacho de al-Ahram.** Descubrí que era una persona amable y de carácter apacible, a la que le gustaban mucho las bromas y los chistes. Pero era un amigo inquebrantable del reloj: siempre que le preguntaba si le apetecía tomar un café, antes de responder sí o no, miraba el reloj para saber si ya era la hora del café.
Cada vez que he ido a El Cairo he procurado peregrinar a verle, sentado en un café o en una barca junto al Nilo, así que a mi próxima visita le faltará algo: no veré a Naguib Mahfuz riéndose de todo corazón mientras va dando abrazos a sus muchos adeptos.
Si no se puede hablar de novela árabe moderna antes de Mahfuz, gracias al papel decisivo que él ha jugado sentando sus bases, desarrollándola y extendiendo sus límites, sí se puede hablar de la novela árabe postmahfuzí. Y entre ese antes y ese después, Mahfuz permanecerá como faro y maestro.
* Historietas de raigambre popular, de tono picaresco.
** Principal periódico egipcio y decano de la prensa árabe, fundado en 1876. Muhámmad Husáin Háikal (n. 1923) ha sido uno de los grandes intelectuales egipcios del siglo XX, y fue director de al-Ahram de 1957 a 1974; Yúsuf Idrís (1927-1991) está considerado un maestro del relato breve y del teatro en lengua árabe.
Al-Ayyam, 5 de septiembre de 2006
Traducción de Luz Gómez García
12/7/09
21/6/09
Checkpoint Rock. Canciones desde Palestina, por Fermín Muguruza y Javier Corcuera
29/5/09
Cuando la ‘yihad’ es nacionalista, por Luz Gómez García
En la trayectoria última del islamismo se ha acentuado un rasgo propio de toda su historia: la polaridad en la concepción de la estrategia política. Por un lado, siempre ha existido una línea de tendencia centrípeta, que defiende soluciones locales y acepta un entendimiento posibilista con los regímenes en vigor. Por otro, se da una pulsión centrífuga, que articula la vocación internacionalista de todo islamismo, y que suele estar liderada extramuros de los centros de actuación. La gran novedad de los últimos años es el trasvase que se viene produciendo de la pujanza del islamismo internacionalista al nacionalista.
El desarrollo teórico del islamismo internacionalista yihadista es obra del palestino Abdallah Azzam (1941-1989), creador del concepto de al-qaida (la base). Su concepción de la qaida es psicológica y territorial: psicológica, en cuanto que la base supone una preparación mental e ideológica para la yihad; territorial, en cuanto que la base es un territorio liberado desde el que emprender y propagar la reconquista del suelo musulmán. La yihad se convierte así en una estrategia que combate al enemigo exterior (sea Estados Unidos, Israel, la India o la impía comunidad internacional) antes que al interior (los regímenes totalitarios, el nacionalismo laico, la democracia postcolonial) y que libera el territorio arrebatado al islam (Palestina, Afganistán, Cachemira) antes que el sojuzgado por los tiranos domésticos (incluidos los "ulemas de palacio"). Es una yihad de socialización, que busca implicar a la sociedad en su conjunto, desecha la clandestinidad y desprecia las virtudes miríficas del golpe de Estado. Su mayor expresión fueron las milicias de afganos árabes lideradas por Bin Laden, y su culminación, los atentados masivos en territorios no musulmanes (Nueva York, Madrid, Londres, Bali, Bombay).
Pero el yihadismo así concebido precisaba de una rápida internacionalización que no ha logrado. Esto no significa que haya perdido su capacidad operativa, sino que no ha conquistado el estatus que pretendía de utopía liberadora de los musulmanes desheredados. Su fracaso se ha debido, en parte, a la presión de las políticas antiterroristas globales, pero, sobre todo, a su incapacidad para adaptarse a la realidad concreta de la lucha por la emancipación en cada región. En su lugar, ha ido fraguando una redefinición de la yihad en términos nacionalistas que, a su manera, la seculariza.
Si bien la pretensión genérica del islamonacionalismo es estructurar una identidad nacional en términos islámicos, su articulación desde parámetros yihadíes lo distingue de otras propuestas islamistas de corte nacional, a la manera del desintegrado FIS argelino o del pujante Partido de la Justicia y el Desarrollo en el poder en Turquía. El islamonacionalismo se origina en la defensa militar de un territorio, de ahí su confluencia con la qaida internacionalista. Pero desarrolla e implementa fórmulas de organización social y política que dibujan un nuevo marco comunitario nacional, una nueva base en la que las estructuras vigentes se trastocan para dar cabida a una suerte de Estado dentro del Estado. Su origen doctrinal y utópico se remonta a la experiencia de Mahoma en Medina (llamada al-Qaida al-Sulba, la base sólida), donde se instaló con los suyos tras emigrar de La Meca y fundó las bases para la convivencia de la umma, la comunidad minoritaria de nuevos creyentes. En el siglo XXI, la amalgama de islamismo y nacionalismo confesional, territorial o étnico reorganiza políticamente la umma: Hezbolá en Líbano, Hamás en Palestina y los talibanes en Afganistán lo ilustran.
Hezbolá se fundó en 1984, en plena guerra civil libanesa, y su actuación primera fue de carácter militar. Pero desarrolló, casi de inmediato, un ambicioso programa político, social y cultural, implicando a sus bases en actividades subversivas a través de sus propios medios de comunicación, sus centros educativos y de salud y sus redes comerciales y financieras. La anteposición de su carácter nacionalista árabe y libanés a los intereses pro-sirios y a sus propios lazos doctrinales con la jerarquía chií iraní le ha granjeado apoyos al margen de la población chií. Sus triunfos militares contra Israel han completado la aureola: en el año 2000 Hezbolá logró que el Ejército israelí se retirara del sur del Líbano tras 22 años de ocupación, y en el verano de 2006 transformó en una victoria política la razia israelí contra sus bases. Tras su pulso con el régimen libanés, los Acuerdos de Doha de hace un año le reconocieron el derecho a veto en el Parlamento, y obtuvo un ministro y 11 de los 30 puestos del Gabinete en el gobierno de unidad nacional.
Hamás surgió al calor de la Primera Intifada, en 1987, cuando un grupo de Hermanos Musulmanes palestinos dio el salto a la lucha armada contra la ocupación. Su líder histórico, el jeque Áhmad Yasín, asesinado por Israel en 2004, fue un decidido defensor de una visión estratégica que adaptase los postulados islamistas comunes a los Hermanos Musulmanes de todo el mundo a la situación de cada país. La Carta Fundacional de Hamás establece que el nacionalismo es parte integrante del credo religioso, y la yihad el más elevado deber del individuo nacionalista.
Pero Hamás, al igual que Hezbolá en Líbano, ha pasado de considerar la lucha armada su única herramienta de resistencia a participar en el juego electoral y adoptar políticas que muestran que el movimiento está reconsiderando sus postulados maximalistas contrarios a toda solución pactada del conflicto con Israel. En este sentido, en el seno de Hamás se estaba produciendo antes de la reciente invasión de Gaza un debate sobre la estrategia de la lucha armada (efectividad de los atentados suicidas y reconocimiento del Derecho Internacional Humanitario) y sobre la conveniencia de su integración en la OLP, lo cual supondría la aceptación de un Estado palestino en Gaza y Cisjordania con Jerusalén Este por capital. Las actuales negociaciones para formar un segundo gobierno de unidad nacional (aun con mayoría absoluta islamista y muchos de los parlamentarios de Hamás encarcelados en Israel) reflejan un pragmatismo alejado del yihadismo inicial del movimiento.
En Afganistán, la declaración de propósitos de los talibanes tras su entrada triunfal en Kabul en 1996 incluía la restauración de la paz, el desarme de la población, el refuerzo en la aplicación de la sharía y la defensa de la integridad del carácter islámico del país. Claramente, no se trataba de un programa de actuación panislamista sino islamonacionalista. Como se está viendo en la actualidad, su estrategia de implantación social ha sido a largo plazo, y el triunfo militar de la alianza occidental no ha supuesto un cambio en el paradigma comunitario por ellos implantado. Su éxito ha consistido en la ruptura de las fidelidades tribales fraguadas en torno a los máliks (ancianos jeques) en beneficio de sus mulaes. Al frente de un sistema de gobierno centenario se ha colocado la joven clase talibán. Hoy el Gobierno central les otorga una capacidad de intermediación que antaño estaba reservada a los máliks tribales.
Tras una década de discurso islamista centrado en el internacionalismo, la pujanza del islamonacionalismo en distintos contextos regionales, culturales y políticos no sólo muestra la permeabilidad de las ideologías islamistas, sino un pragmatismo estratégico que no se ha de desperdiciar en la búsqueda de un mejor futuro global.
El País, 28/5/09
Fuente
27/5/09
23/4/09
Mucho más que suerte, por Aícha Auda
—¡Hombre, hubiera preferido que me preguntaras otra cosa, o que me dijeras “Feliz año nuevo”! Acabamos de volver de las vacaciones del Aíd, ¿no?
—¿Y qué me importa a mí el año nuevo?
—¿No te importa que me vaya bien todo el año?
—Lo que me importa ya te lo he preguntado.
—Se me olvidaba que eres un nihilista, que sólo crees en el momento presente.
—¿Y es que tenemos algo más?
—No me voy a poner a discutir contigo ahora, te invito a almorzar un musajjan en el Tabún.
En el Tabún nos sentamos en el lugar que tanto nos gustaba, con vistas a parte del casco antiguo de Ramala y a la zona nueva de Al-Tira. Fascinada por el espacio que se extendía ante nosotros, me dejé llevar hacia el mar por las colinas ondulantes. Al volver la mirada, la detuve en él. Estaba embelesado oteando más allá del horizonte. Adoro demorarme en su rostro. Traslucía una oleada mitad tristeza mitad miedo, cuyas profundidades me hubiera gustado sondear. Suspiró y se dio cuenta de que le examinaba.
—Qué vista tan preciosa, ¿verdad? —le dije tratando de disimular mi embarazo.
—Sí, muy bonita —dijo, y siguió cabizbajo, ocultando la oleada de tristeza que asomaba a sus ojos y bañaba su rostro.
—¿Estás triste?
Muy lentamente, como si primero pusiera en orden sus penas, levantó la cabeza, me miró a los ojos y dijo:
—Me da pánico que me priven de Ramala.
Me pregunté por qué escondía sus sentimientos; a pesar de sus viajes, de haber estudiado en más de una universidad y en más de un país, ¿seguía siendo un campesino que se avergonzaba de decir lo que sentía?
—¿Eres pesimista? —le pregunté.
—¿Es pesimismo ver la realidad?
Me callé, pues sabía lo dura que era una realidad que penetraba en cada detalle de nuestra vida y que cada día se superaba a sí misma en un minucioso suma y sigue. Durante unos minutos reinó una tenue tristeza, que se esfumó cuando me preguntó:
—¿Qué tal las fiestas?
—¡Toda una aventura!
—¿Y eso? ¿Qué te ha pasado? —dijo ya con su buen humor de siempre.
—¿Escuchaste las noticias israelíes la víspera del Aíd?
—¿Me tomas por bobo?
—¿Es una indirecta? ¿Quieres decir que la boba soy yo?
—La verdad cae por su propio peso —bromeó, y la cara se le iluminó con una sonrisa.
—¡Que Dios te perdone!
—¿Dios? ¿He dicho una blasfemia? Has sido tú quien ha empezado su narración perversamente.
—¿Perversamente?
—Sí, con lo de escuchar las mentiras de la radio israelí.
—Vale ya. La radio de Israel anunció la víspera del Aíd que el ejército tenía órdenes de que se facilitaran los desplazamientos de los palestinos.
—Lo cual significaba exactamente lo contrario.
Decidí atajar sus sarcasmos antes de empezar con mi historia, así que le dije:
—Hoy estás más que pesimista, sólo ves lo negativo.
—Apuéstate algo.
—Déjate de apuestas. Lo que quiero es que escuches mi historia sin interrupciones.
Y empecé a contarle lo que me había pasado el primer día del Aíd:
—Me levanté por la mañana de muy buen humor. Estupendo, hoy sí que va a ser un verdadero día de Aíd, me voy a ir al pueblo en el coche y voy a dar un buen paseo con mi madre: en diez minutos estoy allí. Cogí el coche en dirección este, hacia Batín. No había ni rastro de soldados en el puesto de control —estaba dando un rodeo, aparentando que todo era medio normal, lo cual pareció sorprenderle; yo me alegré y continué ya con normalidad—, sólo los bloques de hormigón —se rió—. Volví a Ramala y enfilé hacia el sur, hacia el control de Qalandia. Había varios coches delante de mí, y como un cuarto de hora después ya habían pasado todos. Cuando llegué a la altura del soldado, miró la matrícula palestina y me dijo que me volviera por donde había venido.
—¿Por qué?
—Está prohibido.
—Hoy es el Aíd y quiero ir a casa de mi madre.
—Está prohibido.
—¿Está prohibido que vaya a casa de mi madre en el Aíd?
—Está prohibido pasar.
—¿Y cómo voy a ir a casa de mi madre si está prohibido pasar? ¿Es que tú no vas a casa de tu madre los días de fiesta?
Se calló un instante y me imaginé que estaba escuchando la parte humana de su conciencia. Me animé cuando movió la mano indicando que podía pasar. (Iba narrando el episodio con cierta guasa.)
Me dirigí al este, hacia Yabaa. La carretera estaba medio vacía. Escuché las noticias de las nueve y luego me puse a cantar con Fairuz.
En el cruce de Yabaa me pararon unos soldados que impedían el paso de vehículos. Intenté hablar con ellos pero me apuntaron a la cabeza con las ametralladoras. Les saludé amablemente y me volví por donde había venido.
Otra vez estaba delante de la verja de Qalandia.
—Prohibido —dijo un soldado falacha esquivando la mirada.
—¿Hay quien lo entienda? Aquí se me prohíbe volver a mi casa y en la otra verja se me prohíbe seguir rumbo a casa de mi madre. ¿Adónde queréis que vaya?
—Eso no es asunto nuestro.
—¿No es asunto vuestro que no pueda moverme?
Me miró con odio y le dije:
—Quiero hablar con tu superior.
Se aproximó un soldado que estaba de pie a un lado.
—¿Qué quieres?
—Quiero volver a mi casa, que está en Ramala.
—¿Y por qué no estás en tu casa?
¡Por Dios Bendito, vaya pregunta! Que Dios me dé paciencia, dije para mis adentros mientras me esforzaba por controlar una cólera que rezumaba por todos los poros de mi piel. Le relaté los antecedentes.
—Está prohibido —dijo, y se fue.
En ese preciso instante sentí una mano en el hombro; me volví: era Ayad, un chico de mi pueblo que había ido a caer en el mismo agujero. Me sorprendió proponiéndome que fuéramos hasta Jericó y de allí subiéramos al pueblo zigzagueando. Tenía tantas ganas de llegar a casa de mi madre que sin más le dije que sí, y rápidamente estuvimos en la carretera Jerusalén-Jericó.
No había soldados a la entrada de Jericó, sólo los bloques de hormigón. Fuimos retrocediendo poco a poco en busca de algún camino local, hasta que llegamos cerca del río Al-Qalat. Allí empezó una auténtica odisea: descendimos por barrancos y subimos montes con las ruedas del coche levantando nubes de polvo y piedras, nos metimos en varios socavones, y por fin llegamos al sinuoso camino propuesto por Ayad.
A unos tres kilómetros al este de Deir Yarir, mi pueblo, había un puesto del ejército, emplazado para proteger la colonia Rimonim, levantada en las tierras de Taiba y Ramón. En muy pocas ocasiones estaba cerrado ese paso, pero ese día estaba completamente cerrado y no nos quedó más remedio que volvernos por donde habíamos venido.
Estaba tan enfadada y sentía tal rabia que por poco pierdo el control del coche y nos despeñamos por un barranco. No me calmé hasta casi llegar a la carretera Jerusalén-Jericó. Sólo nos faltaban unos cuantos metros cuando de repente nos encontramos con una zanja ¡que acababan de hacer para que no alcanzásemos la carretera!
La cólera me hizo perder el juicio, me hubiera gustado gritarle a uno de ellos a la cara, pero ¡no había nadie a la vista! Así que me puse a gritarle al desierto:
—¡Señor! ¿Has visto? Son como demonios, qué mezquindad. ¿Cómo es posible que ése sea el pueblo elegido? ¿Dónde estás, Señor? ¿Eres testigo de lo que pasa en la tierra?
Me bajé del coche y me puse a tirar piedras sin más objetivo que descargar mi furia.
¿Qué podíamos hacer después de haber caído en aquella maldita trampa? ¿Dejar nuestros coches allí mismo para que vinieran, los explosionaran, y luego anunciaran que habían hecho explotar dos coches bomba?
Ayad no había perdido los nervios. Pensaba y exploraba el paraje. Se me acercó y con una sonrisa algo cohibida me dijo:
—¡Veo que te gusta tirar piedras! A ver si llenas la zanja.
Su idea era muy acertada, y la elogié. Empezamos a llenar la zanja durante algo más de media hora y luego la atravesamos, enfilando los coches hacia la carretera general, con el puño en alto y gritando: ¡Viva Palestina!
Eran más o menos las dos de la tarde cuando de nuevo nos paramos ante la verja de Qalandia. Cuando el soldado profirió “prohibido”, me puse a chillar. Él se quedó estupefacto, y otro soldado me apuntó con la ametralladora. “¡Increíble! Nuestros chillidos les alarman más que sus propios actos”, me dije. Cogí, me baje del coche, y tapé con mi pecho la boca de la ametralladora, con los brazos extendidos como un Cristo crucificado.
—¡Venga, disparad, que disparéis, a ver! —grité.
Una reportera de Al-Yazira corrió hacia donde estábamos micrófono en ristre, y los cámaras la siguieron. Un soldado salió corriendo de la caseta que estaba al otro lado de la carretera, nos pidió la documentación, que nos devolvió en el acto, y nos hizo señal de que pasáramos.
Me callé, los ojos fijos en sus labios, rogando en silencio un comentario. Esperaba que dijera: “Loca”, era lo que más deseaba... Pero él permaneció callado, parecía triste, no sólo triste, más que triste. ¿Será que mi historia es tan triste? No lo es, y además he intentado aligerarla al máximo. Entonces ¿a qué está dándole vueltas? ¿Por qué está tan serio? ¿Dónde ha ido a parar su buen humor habitual? Sabe que estoy esperando sus comentarios.
—Vaya suerte que has tenido —me dijo intentando sonreír.
—¿Suerte? —dije extrañada.
¿Qué suerte había tenido? Si me hubiera dicho: “¿No te lo decía yo?”; si me hubiera preguntado por qué al principio había intentado fingir que todo había sido apacible, sin problemas, y que algunos soldados aún albergaban bajo el pecho un corazón humanitario... Es verdad, ¿por qué había pretendido tal cosa, por qué no había contado que el soldado que me había dejado cruzar la verja por la mañana estaba riéndose cuando sus compañeros nos prohibieron volver a Ramala? ¿Conocía la trampa que nos esperaba? Señor, no es posible. ¿Qué espanto aguarda al mundo si la Ocupación deforma todas las almas?
—¡Mucho más que suerte! —remató—. Imagínate si hubieras estado en una de las verjas a las que no tienen acceso las cadenas vía satélite.
Pues sí que había tenido suerte...
Durante un mes no volvimos a vernos, pues no le dejaron entrar en Ramala después de la operación militar de Ain Aryat. Ayer me llamó por teléfono y me dijo muy seguro: “Mañana me lanzo a la aventura de intentar llegar a Ramala”. Me dormí soñando con el encuentro. Hoy, hace un momento, ha sonado el teléfono. Su voz llegaba muy débil:
—Me han disparado. Necesito una ambulancia.
Dios, ¡que la ambulancia llegue a tiempo! ¡Que él sí que tenga mucho más que suerte!
Traducción de Luz Gómez García
AAVV: Bajo la Ocupación. Relatos palestinos, prólogo de José Saramago, edición de Luz Gómez García, traducción de VVAA, Málaga, Diputación de Málaga, 2003

17/4/09
3/3/09
7/2/09
13/1/09
La poesía, por Eugenio Montale
si la poesía está dentro o fuera.
Primero venció el dentro, después contraatacó duramente
el fuera, y tras muchos años se llegó a un forfait
que no podrá durar, porque el fuera
está armado hasta los dientes.
De Quaderno di quattro anni, 1977
Traducción de Jorge Gimeno






























