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30/11/11

Cartel de Thomas Kruse (1983)


© Poster Project, Center for Palestine Studies, Middle East Institute, Columbia University

25/9/08

Edward Said y el Estado binacional, por Luz Gómez García

Se cumplen hoy cinco años de la muerte de Edward Said. El aniversario, como todos, sería banal si no fuera porque en el tiempo transcurrido las reflexiones de Said sobre Palestina han cobrado nuevos bríos. Said, más visionario que analista exhaustivo, y mejor polemista que teórico, se caracterizó siempre por su empeño en que se reconociera a los palestinos el derecho a contar su propia historia. Su experiencia vital de palestino y ciudadano estadounidense le dotó de una visión compleja del conflicto entre palestinos e israelíes.

En 1980, Edward Said fue pionero en defender el paso de la lucha palestina por la liberación nacional a la lucha por la independencia estatal, esto es, la necesidad de que la OLP aceptara la partición de Palestina y la solución de los dos Estados. Veinte años después, en 1999, señaló que el Estado binacional, se llamara como se llamara, Israel o Palestina, era, aun a largo plazo, la única salida del conflicto. Tanto en una como en otra ocasión, sus posturas levantaron enconadas críticas entre los poderes político e intelectual de ambas naciones, pero el paso de los años parece haber acabado dándole la razón: salvo la derecha sionista más ultramontana, hoy ya nadie discute el derecho de los palestinos a tener un Estado propio en los Territorios Ocupados por Israel en 1967. Sin embargo, esta solución se muestra, a la vista de los acontecimientos, cada vez más inviable, y adquiere protagonismo el convencimiento último de Said de que ambos pueblos pueden y deben vivir en el marco constitucional de un único Estado binacional en el territorio de la Palestina del mandato británico.

Cuando Said publicó The question of Palestine (La cuestión palestina, 1980), Fatah y el Frente Popular para la Liberación de Palestina, las dos principales formaciones de la OLP, le atacaron con virulencia por plantear la necesidad de reconocer a Israel y reducir el objetivo de la lucha nacional a la obtención de la independencia estatal en las fronteras de la resolución 242 de Naciones Unidas. Ya en 1978, Said había llevado a cabo cierta interlocución con la Administración Carter, que parecía interesada en incorporar a los palestinos a una suerte de solución conjunta con Egipto en el marco de la resolución 242. Según el propio Said, Arafat en persona le transmitió la negativa de la OLP a aceptar esos términos, en su opinión más justos y ventajosos para los palestinos que los aceptados en Oslo quince años después. Pero en los años transcurridos entre Camp David y Oslo, se hizo patente que la brecha entre la retórica sobre la liberación de la patria palestina y la realidad era insalvable: en 1982 la cúpula palestina hubo de abandonar por mar Beirut, asediada por el ejército israelí, y en noviembre de 1988 la asamblea del Consejo Nacional Palestino celebrada en Argel proclamó el Estado palestino en un documento que tácitamente reconocía la existencia de Israel y respondía a los retos de la reciente intifada.

Edward Said no llegó a formular sistemáticamente su visión del Estado binacional en el territorio de la Palestina histórica (el actual Israel más los Territorios Ocupados en Gaza y Cisjordania), pero sí la esbozó en varios artículos y conferencias. La idea y la práctica de la ciudadanía, y no de una comunidad étnica o religiosa, sería, según Said, el punto de partida para elaborar una constitución estrictamente democrática y laica, con iguales derechos y responsabilidades para todos sus ciudadanos, incluido el derecho de cada cual a practicar la vida comunitaria a su manera, judía o palestina. Las renuncias al estatuto especial de un pueblo a expensas del otro también serían mutuas: la Ley de Retorno de los judíos y el derecho al retorno de los refugiados palestinos se deberían reconsiderar y retocar conjuntamente; la noción del Gran Israel como tierra sagrada judía y la de Palestina como territorio árabe inajenable habrían de reducir su escala y exclusividad. Según Said, Palestina ha sido siempre una tierra de muchos relatos, multicultural, multiétnica y multirreligiosa, y la idea misma del Estado binacional hunde sus raíces en pensadores judíos (Judah Magnes, Martin Buber, Hannah Arendt) de la época de entreguerras.

En Culture and resistance (Cultura y resistencia, 2003), Said, a la vista de la realidad creada por la Ocupación en los últimos cuarenta años, resumió en cuatro los motivos por los que era ineluctable la solución binacional. En primer lugar, la geografía humana: los asentamientos y sus carreteras han imbricado de tal manera a ambas poblaciones que, salvo la imposible retirada total israelí de Cisjordania, toda solución que conlleve la segregación de israelíes y palestinos es inviable. En segundo lugar, la geografía económica: la recíproca dependencia económica (mano de obra palestina y territorios y servicios israelíes) impide un establecimiento de fronteras excluyentes que no fuerce la expulsión masiva de población. En tercer lugar, la realidad demográfica: Said auguraba que para el año 2010 israelíes y palestinos asentados en Palestina-Israel (que no judíos y palestinos del mundo) estarían igualados demográficamente, de modo que el apartheid en un territorio tan pequeño resultaría inviable en la práctica. Finalmente, Said argüía que la sociedad civil laica israelí estaba planteándose la necesidad de reconstruir la noción de ciudadanía a partir de derechos nacionales y no étnicos, dado el avance, por una parte, del poder ultraortodoxo, y, por otra, de las demandas igualitarias de los israelíes de origen palestino.

Aun reconociendo el carácter utópico de la solución, los escritos de Said insisten en que a largo plazo es la única posible, pues es la única justa y equitativa, y por ello la única que garantiza la paz. Para llegar a ella, es ineludible que Israel reconozca su responsabilidad en el sufrimiento palestino y ofrezca algún tipo de reparación, quizá a través de una comisión de la verdad y la reconciliación como la que hubo en Sudáfrica. El reconocimiento del derecho al retorno de los palestinos expulsados en 1948, uno de los mayores escollos para este proceso, podría abordarse a la luz de la necesaria revisión del derecho internacional sobre derechos de los inmigrantes, una propuesta novedosa que valdría la pena investigar.

La confianza de Said en el potencial del individuo como motor del cambio colectivo, en el papel del intelectual como agente del pensamiento crítico que promueve una conciencia social, no son ajenos a este planteamiento. Aun no siendo optimista sobre la inmediatez en los cambios de todo un sistema, Said siempre apostó por una ciudadanía alerta y concienciada, y desde el humanismo vital que practicaba creía que "palestinos e israelíes tienen que sentir que pueden y deben vivir en pie de igualdad -iguales en derechos, iguales en historia, iguales en sufrimiento- antes de que pueda emerger una comunidad real entre ambos pueblos".

No es que hoy haya más motivos para la esperanza, sí en cambio para la desconfianza ante las fórmulas ensayadas: la segregación demográfica y territorial naturalizada con el Muro, la bantustanización de Cisjordania y la disgregación de Gaza, el avance de la judaización organizada de Jerusalén, son realidades que, más allá de voluntades políticas concretas, hacen inviable en la práctica una solución que comporte la creación de un Estado palestino soberano. El colapso material y anímico de los palestinos se palpa en cada esquina. También entre los israelíes desprejuiciados y críticos ante las lacras del sionismo. De modo que lo que hasta hace un par de años era un tabú o el delirio de unos pocos radicales (Noam Chomsky, el activista e intelectual israelí Michel Warschawski o los palestinos Azmi Bichara y Mustafá Barguti) comienza a ocupar un lugar en lo futurible. La ciudadanía binacional de israelíes y palestinos en un futuro Estado único basado en la igualdad, en fronteras reconocidas por sus vecinos y en el destierro definitivo del pasado mitológico, habrá de ser abordada.

El País, 25/9/08

Fuente

13/8/08

La fecha de nacimiento

Mahmud Darwix nació el 13 de marzo de 1941. En los documentos oficiales, la fecha de su natalicio se retrasa un año, hasta 1942, debido a que éste fue el dato con que le registraron al escolarizarle en 1950, y así fue reproduciéndose posteriormente, tanto en documentos oficiales como en obras literarias. Parece que el error fue intencionado por parte de sus padres, que habrían buscado de este modo prolongar un año la escolarización del niño.

El contexto en que se produjo la Nakba aclara este malentendido. La noche del 11 de junio de 1948, la familia Darwix hubo de salir precipitadamente de su aldea, Birwa, cercada por las tropas israelíes. Se encaminaron a la cercana frontera del Líbano, donde permanecieron menos de dos años. Cuando regresaron a Birwa, situada en las colinas que otean el Mediterráneo de Acre, la aldea había sido arrasada y, literalmente, borrada de los mapas; con ella, es de suponer que desaparecieron los archivos y documentos que hubiera.

La familia de Darwix decidió permanecer en Palestina y se topó con un nuevo estatuto: el de “presentes-ausentes”, denominación que el nuevo Estado israelí dio a todos aquellos habitantes del país que, no estando presentes o no habiéndose personado en el momento de la realización del censo de 1949, se hallaban físicamente en el territorio, pero a los cuales no se les reconocía existencia jurídica y, por tanto, derechos. Se les consideró ‘infiltrados’, un número sin nombre, y como a tales se les perseguía. El niño Mahmud fue al colegio en Deir al-Ásad y en Kafr Yasif, dos pueblos a escasos kilómetros del suyo, en los que malvivió la familia. Allí sufrió esta realidad de existir sin existir, que le obligaba, a mitad de clase, a correr a esconderse en las grutas de los alrededores cuando el vigía alertaba de la llegada de los guardias israelíes. Darwix recordaba que está por escribir la historia de los ‘infiltrados’, entre ellos la de los gitanos y trovadores ambulantes que mantuvieron viva la cultura popular palestina durante la primera década de la Nakba.

25/7/08

Regreso a Haifa. Entrevista por Dalia Karpel

DK. ¿Siente emoción ante su próxima visita a Haifa? ¿Qué impacto le produce saber que se han vendido en un día 1200 entradas (de un total de 1450) para su lectura poética de este domingo en un auditorio del Monte Carmelo? ¿Le conmueve esta acogida?

Darwix. Cuando pasé de los cincuenta años, aprendí a controlar mis emociones. Voy a Haifa sin ninguna esperanza. Tengo una barrera en el corazón. Tal vez en el momento del encuentro con el público, unas cuantas lágrimas caigan en el corazón. Espero una cálida acogida, pero me temo que el público se sentirá decepcionado, porque no voy a leer muchos poemas antiguos. No quiero presentarme como un patriota, un héroe o un símbolo. Quiero presentarme como un poeta modesto.

DK. ¿Cómo se pasa de símbolo del espíritu nacional palestino a poeta modesto?

Darwix. El símbolo no existe ni en mi inconsciente ni en mi imaginación. Estoy haciendo esfuerzos para romper las demandas de símbolo y acabar con este estado icónico; para acostumbrar a la gente a tratarme como a una persona que desea desarrollar su poesía y el gusto de sus lectores. En Haifa voy a ser real, lo que soy. Y voy a elegir poemas de un alto nivel.

DK. ¿Por qué desprecia sus poemas antiguos?

Darwix. Cuando un escritor declara que su primer libro es el mejor, mal asunto. Yo progreso de un libro a otro. Todavía no he decidido qué leeré al público. No soy tonto. No los decepcionaré. Sé que muchos desean escuchar poemas antiguos.

Darwix llegó a Ramala, procedente de Amman, el lunes por la mañana de esta semana. Estaba preparado para realizar encuentros de trabajo los días siguientes y luego ir a Haifa, la ciudad en la que embarcó en su trayectoria literaria en la década de los años cincuenta. Todavía no sabe cómo irá —hay muchos voluntarios que desean llevarle al encuentro en Haifa con los residentes en Galilea—. La velada está siendo organizada por Siham Daoud, poeta y editor de la revista literaria Masharef, en colaboración con el partido político árabe-judío Hadash. Darwix hablará y recitará unos veinte poemas. Samir Yubrán le acompañará al laúd y el cantante Amal Murkus asesorará. Darwix espera que el ministro del Interior le permita permanecer en Israel una semana, aunque el permiso de entrada que le han concedido es válido sólo para dos días.

La conversación con el poeta tiene lugar a las cuatro de la tarde en el centro cultural Jalil Sakakini en Ramala. El magnífico y bien conservado edificio contiene una galería de arte y una sala para películas y conciertos. También hay una amplia oficina desde la que Darwix edita la revista de poesía al-Karmel.

La sala en la que estamos contiene una biblioteca rica en libros árabes, entre los cuales hay intercalados algunos ejemplares en hebreo. Se trata de una colección poética editada por la revista literaria hebrea Iton 77, y también ejemplares de la revista literario-política Mita’am, editada por el poeta Yitzhak Laor, y una colección poética de Sami Shalom Chetrit.

Darwix, más delgado que de costumbre y elegantemente vestido, es cordial. Teniendo en cuenta que hace ocho años se le dio por clínicamente muerto y volvió a la vida casi milagrosamente, su aspecto es saludable y no aparenta los 66 años que tiene.

“¿Hay alguna esperanza para esta nación?”, pregunto, y Darwix, el gran pesimista, pregunta a su vez que a qué nación me refiero. “Aunque no haya esperanza, estamos obligados a inventar y crear esperanza. Sin esperanza estamos perdidos. La esperanza debe brotar de las cosas sencillas: del esplendor de la naturaleza, de la belleza de la vida, de su fragilidad. Uno debe olvidar las cosas esenciales ocasionalmente para mantener la mente sana. Es duro hablar de esperanza en esta época, es como si ignorásemos la historia y el presente, como si mirásemos al futuro separándolo de lo que sucede en este momento. Pero para vivir, debemos inventar esperanza a la fuerza”.

DK. ¿Y cómo lo hace usted?

Darwix. Yo soy un trabajador de metáforas, no un trabajador de símbolos. Creo en el poder de la poesía, que me da razones para mirar hacia adelante e identificar un destello de luz. La poesía puede ser una auténtica desalmada. Deforma. Tiene el poder de transformar lo irreal en real y lo real en imaginario. Tiene el poder de construir un mundo que está reñido con el mundo en el que vivimos. Yo considero la poesía una medicina espiritual. Puedo crear con palabras lo que no encuentro en la realidad. Es una tremenda ilusión, pero positiva: no tengo otra herramienta con la que buscarle un sentido a mi vida o a la vida de mi nación. Tengo el poder de otorgarles belleza por medio de las palabras y plasmar un mundo bello y también expresar su situación. Una vez dije que yo construyo con palabras una patria para mi nación y para mí.

DK. Usted una vez escribió: “Esta tierra impone el asedio a todos nosotros”, y ahora más que nunca el sentimiento de desaliento e impotencia es arrollador.

Darwix. La situación actual es la peor que quepa imaginar. Los palestinos son la única nación en el mundo que sienten con certeza que el día de hoy es mejor que los días venideros. Mañana siempre trae una situación peor. No es una cuestión existencial. Yo no puedo hablar del lado israelí, no soy experto en eso. Sólo puedo hablar del lado palestino. En 1993, durante el acuerdo de Oslo, yo sabía que el acuerdo no garantizaba que fuéramos a lograr la verdadera paz basada en la independencia para los palestinos y el fin de la Ocupación israelí. A pesar de todo, sentía que la gente albergaba esperanzas. Pensaban que quizá una mala paz era mejor que una guerra victoriosa. Aquellos sueños se esfumaron. La situación ahora es peor. Antes de Oslo no había controles, los asentamientos no se habían expandido como ahora y los palestinos tenían trabajo en Israel.

DK. ¿Cree usted que la disposición para la paz era mutua?

Darwix. Los israelíes se quejan de que los palestinos no los quieren. Tiene gracia. La paz se acuerda entre Estados y no se basa en el amor. Un acuerdo de paz no es un convite de boda. Yo entiendo el odio hacia los israelíes, cualquier persona normal odia vivir bajo la Ocupación. Primero que se firme la paz y luego que se contemplen los sentimientos como amor o no amor. A veces, después de firmarse la paz, no hay amor. El amor es un asunto privado, no se puede forzar.

DK. ¿A qué esperanza se refiere?

Darwix. Yo acuso a la parte israelí de no mostrar disposición a acabar con la Ocupación en la franja de Gaza y Cisjordania. El pueblo palestino no pretende liberar Palestina. Los palestinos quieren llevar una vida normal en el 22 % de lo que ellos piensan que es su patria. Los palestinos consideran que ha de hacerse una distinción entre patria y Estado. Comprenden el desarrollo histórico que ha conducido a la presente situación en la que dos pueblos viven en la misma tierra y en el mismo país. A pesar de esta buena voluntad, no queda de qué hablar.

DK. Ha mencionado la franja de Gaza. ¿Qué piensa de la nueva realidad allí?

Darwix. Es una situación trágica, un ambiente de guerra civil. Lo que sucede entre los partidarios de Fatah y los partidarios de Hamás en Gaza refleja un horizonte cerrado. No hay un Estado palestino ni una autoridad palestina y la gente allí lucha contra ilusiones. Cada una de las partes quiere tomar el control del Gobierno. Todo es “como si”: como si hubiera un estado, como si hubiera un gobierno, como si hubiera un ministro o esto o lo otro, como si hubiera una bandera, como si hubiera un himno. Mucho “como si” pero ningún contenido. Es como si metes a la gente en prisión —la franja de Gaza es una gran prisión— y los prisioneros son pobres y carecen de todo, están desempleados y carecen de asistencia médica básica: encontrarás gente sin esperanza, lo cual crea un manifiesto sentimiento natural de violencia interna. No saben contra quién luchar, por eso luchan entre sí. Eso es lo que se llama guerra civil. Es una explosión entre presiones mentales, económicas y políticas.

DK. ¿Le alarma el auge del fundamentalismo de Hamás?

Darwix. Hay un conflicto cultural entre la parte laica que cree en el multiculturalismo y una patria nacional y la gente que considera Palestina exclusivamente bajo el prisma de la herencia. No me asusta desde el punto de vista político. Es una alarma cultural. Su inclinación a imponer sus principios a los demás no resulta cómoda. Ellos creen en una democracia trasnochada, y eso sólo para ganar las elecciones y lograr el poder. Pero son una catástrofe para la democracia. Es una democracia antidemocrática. Ambos partidos, Fatah y Hamás, no pueden permanecer inflexibles. Ahora, cuando la sangre está caliente y las heridas sangran, es duro hablar de diálogo, pero al final, si Hamás pide perdón por lo hecho en Gaza y rectifica los resultados de la campaña en Gaza, será posible hablar de diálogo. Es imposible ignorar a Hamás como fuerza política que tiene partidarios en la sociedad palestina.

DK. Así que usted está de nuevo jugando en las manos de Israel, lo cual es fruto en cierto modo de esta situación.

Darwix. Israel proclama continuamente que no tiene interlocutores, incluso cuando hay alguien dispuesto al diálogo. Ahora dicen que es posible hablar con Mahmud Abbás, pero Abbás estaba ahí antes de que Hamás ganara las elecciones. ¿Qué puede Abbás hacer si no han quitado ningún control? Es la política israelí lo que impulsa a los palestinos al extremismo y a la violencia. Los israelíes no quieren dar nada a cambio de la paz. No quieren retirarse a las fronteras de 1967, no quieren hablar del derecho al retorno o de la evacuación de los asentamientos, y, por supuesto, no quieren hablar de Jerusalén. Entonces, ¿hay algo de qué hablar? Estamos en un callejón sin salida. Yo no veo el final de este oscuro túnel mientras Israel sea incapaz de diferenciar la historia de la leyenda.

Los Estados árabes están dispuestos a reconocer a Israel y están pidiendo a Israel que acepte la iniciativa árabe de paz que consiste en la retirada a las fronteras de 1967 y el establecimiento de un Estado palestino a cambio no sólo de reconocer plenamente a Israel sino también de la normalización de las relaciones. Dígame quién está perdiendo la oportunidad. Se suele decir que los palestinos nunca pierden una oportunidad porque sí. ¿Por qué está Israel emula el rechazo de los árabes?

DK. ¿Cree que vivirá lo suficiente para ver algún acuerdo entre las dos naciones?

Darwix. Yo no desespero. Soy paciente y estoy esperando una revolución profunda en la conciencia de los israelíes. Los árabes están dispuestos a aceptar a un Israel fuerte con armas nucleares, todo lo que tienen que hacer es abrir las puertas de su fortaleza y establecer la paz. Dejar de hablar de los profetas y de la tumba de Raquel. Estamos en el siglo XXI. Mire lo que está sucediendo en el mundo. Todo ha cambiado, aparte de la posición israelí que, como he dicho, mezcla la historia con la leyenda.

DK. La terrible asociación entre tierra y muerte se está ahora dando por sentado en ambos lados.

Darwix. He dicho que los políticos tienen que realizar una revolución cultural en Israel para comprender que es imposible pedir a los jóvenes de Israel que esperen la próxima guerra. La globalización afecta a la juventud; desean viajar y vivir fuera del Ejército. No espere que haga una comparación entre la desesperación de los dos lados del conflicto. Si la desesperación existe entre los israelíes, es una buena señal. Tal vez la desesperación ejerza presión sobre los dirigentes para crear una nueva situación

Sabe cuál es la diferencia entre un general y un poeta? El general cuenta el número de muertos entre el enemigo en el campo de batalla, mientras que el poeta cuenta cuántas personas han muerto en la batalla. No hay enemistad entre los muertos. Hay un enemigo: la muerte. La metáfora es clara. Los muertos de ambos lados no son enemigos.

DK. ¿Se puede producir una situación que le impulse a dedicarse a la política, como hizo Václav Havel, por ejemplo?

Darwix. Havel pudo haber sido un buen presidente, pero no se le conoce como un escritor excepcional. A mí se me da mucho mejor escribir poemas que la política.

DK. ¿Quiere anticiparnos lo que dirá en el recital poético?

Darwix. Quiero hablar de cómo me marché del Carmelo y cómo he regresado y me pregunto por qué me marché.

DK. ¿Se arrepiente de haberse marchado en 1970, cuando formando parte de una joven delegación comunista viajó a Egipto y nunca regresó?

Darwix. A veces el tiempo produce sabiduría. La historia me ha enseñado el significado de la ironía. Siempre me preguntaré: “¿Me arrepiento de haberme marchado en 1970?” He llegado a la conclusión de que la respuesta no es importante. Quizá la pregunta de por qué me marché del Monte Carmelo es más importante.

DK. ¿Por qué lo hizo?

Darwix. Para regresar 37 años después. Eso quiere decir que no me marché del Carmelo en 1970 ni regreso en 2007. Todo es una metáfora. Si en este momento estoy en Ramala y la próxima semana estoy en el Carmelo y recuerdo que no he estado allí desde hace casi 40 años, el círculo se cierra y todos esos largos años habrán sido una metáfora. Pero no asustemos a los lectores. No intento llevar a cabo el derecho al retorno.

DK. ¿Y si se diera una conjunción de los astros que hiciera posible su regreso a Galilea, a Haifa y a la familia?

Darwix. Usted fue testigo de mis fuertes emociones durante la primera visita, en 1996, después de una ausencia de 26 años. Iba a encontrarme con Emile Habibi para participar en una película sobre su vida. Hasta grité y deseé permanecer en Israel. Pero si me lo pregunta hoy, no estoy dispuesto a cambiar mi carné de identidad palestino por uno israelí. Lo relevante ahora es lo que he hecho durante estos años: escribo mejor, he progresado y he beneficiado a mi nación desde el punto de vista literario.

DK. Algunos han criticado que su lectura se produzca este mes, aprovechando la situación política y el asunto de Azmi Bishara.

Darwix. Nosotros estamos vivos, y no sé lo que está bien y lo que no. Todo nuestro tiempo y nuestra distribución del mismo está dislocado. Ésta no es mi primera visita. Estuve aquí en 1996 y leí una elegía en el funeral de Habibi; y también estuve en el 2000 y leí mis poemas en Nazaret, y estuve en un acto de una escuela a la que asistí en Kafr Yasif. No puedo tomar partido en las disputas entre partidos políticos. Soy un invitado de todo el público árabe de Israel y no diferencio entre el movimiento islámico, Hadash y Balad. Soy el poeta de todos ellos. No debo olvidar que hay muchos poetas que me odian y también hay odio entre los que se consideran poetas. La envidia es una emoción humana, pero cuando se convierte en odio, es otra cosa. Los hay que me consideran una amenaza literaria, pero yo los veo a ellos como niños que deben rebelarse contra su padre espiritual. Tienen derecho a matarme, pero que sea a un alto nivel, en un texto.

DK. ¿Mantiene relaciones con intelectuales judíos israelíes?

Darwix. Tengo contacto con el poeta Yitzhak Laor y con el historiador Amnon Raz-Krakotzkin. He leído menos en hebreo durante los últimos 20 años, pero me interesan algunos escritores israelíes.

DK. ¿Se siente halagado por el hecho de que hace siete años Yossi Sarid, que entonces era ministro de Educación, quisiera introducir sus poemas en la asignatura de Literatura, con el resultado de que algunos miembros de la derecha le amenazaron con disolver la coalición?

Darwix. Me da igual que en la asignatura de literatura se estudien o no mis poemas. Cuando me enteré de que iba a haber una moción de censura, me pregunté con ironía dónde estaba el orgullo israelí. ¿Cómo se puede derrocar a un Gobierno por un poeta palestino, cuando hay otras razones para hacerlo? Me da igual que los alumnos estudien o no mis poemas en las escuelas árabes porque los alumnos generalmente odian la literatura que les obligan a estudiar.

DK. ¿Dónde está su casa?

Darwix. Yo no tengo casa. Me he trasladado y he cambiado de casa tan a menudo que no tengo casa en el sentido profundo de la palabra. Mi casa es el lugar donde duermo, leo y escribo, y eso puedo hacerlo en cualquier parte. He vivido en más de veinte casas, y siempre me he dejado en ellas medicinas, libros y ropa. Yo huyo.

DK. En el archivo de Siham Daoud hay cartas, manuscritos y poemas que usted dejó en 1970.

Darwix. Yo no sabía que no iba a regresar. Pensé que intentaría no regresar. Yo no elegí la diáspora. Durante diez años tenía prohibido salir de Haifa, y durante tres de estos años estuve en arresto domiciliario. No siento especial nostalgia por ninguna casa. Al fin y al cabo, una casa no son sólo los objetos que uno ha acumulado. Una casa es un lugar y un ambiente. Yo no tengo casa.

Todo se parece: Ramala es como Ammán y como París. Tal vez porque he vencido a la nostalgia, no me conviene caer en ella nunca más, o tal vez las emociones me hayan abandonado. Puede que la razón haya vencido a la emoción y la ironía se haya intensificado. Ya no soy el mismo.

DK. ¿Es por eso por lo que nunca ha formado una familia?

Darwix. Mis amigos me recuerdan a veces que me he casado dos veces, pero yo en realidad no me acuerdo. No me arrepiento de no haber tenido un hijo. Quizás habría ido por mal camino. No sé por qué intuyo que no habría ido por buen camino. Pero lo que tengo claro es que no me arrepiento.

DK. Entonces ¿de qué se arrepiente?

Darwix. De que publiqué poemas siendo muy joven, y son poemas malos. Me arrepiento de haber causado daño con palabras a un amigo o haber sido grosero o brusco. Quizá no he sido fiel a ciertos recuerdos, pero no he cometido ningún crimen.

DK. ¿Le gusta su soledad?

Darwix. Mucho. Cuando tengo que acudir a una cena, siento que estoy sufriendo un castigo. En los últimos años me gusta estar solo. Acudo a los demás cuando los necesito. Tal vez sea un egoísta, pero tengo cinco o seis amigos. Son muchos. Tengo miles de conocidos, pero eso no ayuda.

DK. Entre sus primeros poemas que no considera buenos ¿incluye “A mi madre”?

Darwix. Escribí ese poema en la cárcel de Ma’asiyahu en 1963-64. Me invitaron a leer poesía en la Universidad Hebrea de Jerusalén —entonces yo vivía en Haifa— e hice una petición [para viajar, porque los árabes que vivían en Israel estaban bajo la ley marcial], pero no obtuve respuesta. Fui en tren. ¿Todavía existe ese tren? Al día siguiente me citaron en el puesto de policía de Nazaret y me condenaron a una sentencia de cuatro meses más otros dos en la cárcel de Ma’asiyahu. Allí fue donde, en un paquete amarillo de cigarrillos Ascot con el dibujo de un camello, escribí el poema que el compositor libanés Marcel Khalife convirtió en un himno nacional. Se considera mi poema más bello y lo leeré en Haifa.

DK. ¿Va a visitar el pueblo en el que nació, Birwa?

Darwix. No. Ahora es un kibutz llamado Yas’ur. Prefiero conservar el recuerdo de espacios abiertos, campos y sandías, olivos y almendros. Recuerdo el caballo que estaba atado en la morera, en el patio. Una vez lo monté, me tiró al suelo y mi madre me pegó. Ella siempre me pegaba porque creía que yo era un diablillo, pero no recuerdo haber sido tan malo.

Recuerdo las mariposas y la sensación de que todo era un espacio abierto. El pueblo estaba situado en una colina y todo se extendía abajo. Un día me despertaron diciendo que nos teníamos que marchar. Nadie habló de guerra o peligro. Fuimos andando —yo con mis tres hermanos— a Líbano. Uno de ellos era muy pequeño y no dejó de llorar durante todo el trayecto.

DK. ¿Su actividad de escritor le obliga a un ritual disciplinado o se ha vuelto más flexible con el paso del tiempo?

Darwix. No tengo obligaciones sino costumbres. Suelo escribir por la mañana, entre las 10 y las 12. Escribo a mano. No tengo ordenador y escribo solamente en casa, y cierro la puerta aunque esté solo, pero no desconecto los teléfonos. No escribo todos los días, pero me obligo a sentarme a la mesa todos los días. Tal vez exista la inspiración, no lo sé. No creo mucho en ella, pero si existe, hay que esperarla y estar preparado para recibirla. A veces, las mejores ideas surgen en sitios que no son muy bonitos: en el baño, en un avión, en un tren. En árabe decimos “De la pluma de”... Pero creo que ya no se escribe a mano. El talento reside en el asiento. Hay que saber sentarse. Si no sabes, no escribes. La disciplina es necesaria.

DK. ¿Por qué tengo la sensación de que no duerme bien?

Darwix. Duermo nueve horas por la noche y nunca padezco insomnio. Puedo dormir en cualquier sitio. Dicen que soy caprichoso. ¿Dónde dijeron eso de mí? En la prensa hebrea. Me consideran una especie de príncipe que está por encima de la gente. Pero no es así. No es cierto que sea antipático. Soy tímido, y algunos interpretan la timidez como antipatía.

DK. ¿El hecho de haber estado a punto de morir, al menos una vez en su vida, le hace temer la vejez y la traición del cuerpo?

Darwix. Me encontré con la muerte dos veces: una en 1984 y otra en 1998, cuando estuve clínicamente muerto y ya se estaban haciendo los preparativos para mi funeral. En 1984 sufrí un ataque cardíaco en Viena. Fue un sueño profundo y plácido en una nube blanca con una luz clara. No creía que estaba muerto. Floté hasta que sentí un fuerte dolor que significaba que había vuelto a la vida. Dijeron que había estado muerto durante dos minutos. En 1998 la muerte fue agresiva y violenta. No fue un sueño placentero. Tuve terribles pesadillas. No era la muerte sino una guerra dolorosa. La muerte en sí no produce dolor.

DK. ¿Cuál es su actitud hacia la muerte ahora?

Darwix. No estoy preparado para ella. No la estoy esperando. No me gusta esperar. Tengo un poema de amor sobre el sufrimiento de la anticipación. Ella, la amada, se retrasa en llegar. Entonces digo: quizá se ha ido a un sitio donde haga sol, tal vez haya ido de compras. Puede que se haya mirado en el espejo, se haya enamorado de sí misma y haya dicho: es una pena que alguien me toque, yo soy mía. Tal vez haya tenido un accidente y ahora esté en el hospital. Quizá haya llamado por la mañana, cuando yo no estaba porque había ido a comprar flores y una botella de vino. Tal vez haya muerto, porque a la muerte, como a mí, no le gusta esperar. A mí no me gusta esperar. A la muerte tampoco le gusta esperar.

Yo tengo un pacto con la muerte y está claro que todavía no estoy preparado para ella. Me quedan cosas por escribir y por hacer. Hay mucho trabajo y hay guerras por todas partes. Tú, muerte, no tienes nada que ver con la poesía que yo escribo, no es ninguna de tus tareas. Concertemos una cita. Dímelo por anticipado: me prepararé, me vestiré elegantemente y nos encontraremos en un café a la orilla del mar, beberemos un vaso de vino y luego me llevarás. No tengo miedo ni me preocupa la muerte. Estoy preparado para aceptarla cuando venga, pero que sea de forma rápida, que se termine todo de repente, no mediante cáncer, enfermedad del corazón o sida. Que no venga como un ladrón. Que me lleve de golpe.

DK. ¿Qué le produce intensa alegría?

Darwix. En Francia se dice que si después de los cincuenta no tienes ningún dolor es que estás muerto. Yo me siento feliz de despertarme cada mañana. De forma general, creo que la felicidad es una quimera. La felicidad es un momento. La felicidad es una mariposa. Yo me siento feliz cuando termino un trabajo.

DK. Da la sensación de que se muestra más conciliador que nunca.

Darwix. Puede sonar brusco, pero es la estética de la desesperación. Yo no tengo ilusiones. No espero muchas cosas. Por eso, si sucede algo bueno, me produce gran alegría. También poseo humor, junto con la desesperación. Soy un “pesoptimista” [alusión a la novela de ese título de Emile Habibi].

DK. ¿Echa de menos a Habibi?

Darwix. Los sitios se llenaban cuando Emile Habibi se hallaba presente. Era una fuerza de la naturaleza. Era risueño y tenía un humor especial. Creo que luchaba contra la desesperación mediante el humor. Al final fue vencido. Todos seremos vencidos, incluidos los victoriosos. Uno tiene que saber comportarse tanto en el momento de la victoria como en el momento de la derrota. Una sociedad que no conoce la derrota no es madura.

DK. Hace poco, ha terminado un nuevo libro, un diario personal, una fusión de prosa y poesía. ¿Ahora está satisfecho consigo mismo?

Darwix. En absoluto. Cuando los poetas jóvenes se acercan a mí y puedo aconsejarlos, les digo: “Un poeta que se sienta a escribir y no se siente como un cero no evolucionará ni ganará prestigio”. Yo siento que no he hecho nada. Eso es lo que me impulsa a mejorar mi escritura, estilo e imaginería. Siento que soy un cero, y eso significa que me quiero mucho. Tengo un amigo que sabe que no puedo soportar ver mi imagen en la televisión. Me dice que eso es narcisismo invertido. Eso es lo que me dice el muy tunante.

Haaretz Magazine, 12/07/2007

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25/6/08

Sesenta años de exilio y ausencia, por Elias Sanbar

Reproducimos a continuación un artículo del historiador y escritor palestino Elias Sanbar, traductor al francés de Mahmud Darwix.

Tuvimos el cuadragésimo y el quincuagésimo, y ahora llega el sexagésimo. Me refiero, claro está, a los aniversarios decenales del “milagro” israelí que, como todo el mundo sabe, hizo florecer el desierto a base de repoblar una tierra vacía y a golpes de experiencias colectivistas y de vanguardia, llevadas a cabo en kibbutz cuyos miembros eran campesinos de día y, por las noches, interpretaban a Schubert o Mozart; en resumen, un milagro consistente en un Estado rodeado por un océano de odio árabe.

Este discurso, esta yuxtaposición de tópicos, ha servido durante décadas para que los israelíes se otorgaran legitimidad a sí mismos. Son argumentos que, desbaratados por los historiadores palestinos, en un principio, por los propios historiadores israelíes después, y por la aparición y reafirmación del hecho nacional palestino, ya no utilizan prácticamente nunca ni siquiera los israelíes y no requieren ninguna respuesta. Ni siquiera en el 60º aniversario.

Soy refugiado palestino desde el mes de abril de 1948, cuando tenía 14 meses y me expulsaron, junto con mi familia, de nuestra ciudad de Haifa hacia el vecino Líbano. Ese año, casi 800.000 compatriotas —hoy son casi seis millones— sufrieron la misma suerte. Porque aquel “milagro” de 1948, la aparición del Estado de Israel, fue acompañado de una desaparición, la de mi pueblo. Una desaparición que los nuevos ocupantes de Palestina arrastran como un pecado original, todavía no suficientemente reconocido, pero que jamás se ha borrado.

Un fantasma recorre Israel desde hace 60 años, el fantasma de los palestinos suplantados en su patria engullida en 1948 tras una primera guerra de conquista y expulsión que precedió a la otra guerra, la que, en una Palestina ya “vacía de árabes”, a partir del 15 de mayo de 1948, enfrentó a las tropas del Estado israelí con las fuerzas de los países árabes vecinos. Las exhaustivas investigaciones sobre esta guerra llamada de independencia, sobre su desarrollo, sobre la correlación de fuerzas claramente favorable a la Haganah y sobre la complicidad activa o pasiva de las grandes potencias y de varios gobiernos árabes, permiten establecer hoy los hechos. Mi propósito aquí no es repetir esos datos, sino abordar la dolorosa situación, pública e íntima, colectiva y personal, vivida por los desaparecidos.

La ocupación “clásicamente colonial” de Jerusalén Este, Cisjordania y la franja de Gaza en junio de 1967, además de inaugurar un calvario que persiste desde hace 41 años, nubló paradójicamente la imagen de lo que había sucedido en 1948. Las negociaciones de paz que pretenden lograr un acuerdo entre israelíes y palestinos y la construcción de un Estado palestino en los territorios ocupados en 1967 han ocultado, en cierto modo, la desaparición que se produjo en 1948. No obstante, es fundamental comprender que, en 1948, Palestina, el territorio que se convirtió en el Estado de Israel delimitado por las líneas del armisticio —más conocidas hoy con el nombre de línea verde—, fue el escenario no de una ocupación sino de una desaparición, la sustitución de un pueblo por otro.

En 1948 desaparecieron dos nombres, Palestina y palestinos, literalmente borrados de los mapas y las enciclopedias. “Palestina y los palestinos no existen ni han existido jamás”, repitieron sin cesar dirigentes políticos, universitarios y propagandistas de todo tipo, israelíes y amigos de Israel en todo el mundo. Este negacionismo, apoyado en un florilegio de trabajos presuntamente científicos dedicados a la incansable revisión de la historia de Palestina, pretendía limpiar así el pecado original y dejar claro que el Estado de Israel tenía una legitimidad absoluta, en la medida en que su nacimiento no fue de la mano de ninguna injusticia respecto a un pueblo palestino que, a fin de cuentas, nunca existió... Tras su expulsión, los refugiados y exiliados palestinos emprendieron desde los primeros años una lucha para regresar a su tierra natal. Gracias a los sacrificios y la batalla para recuperar los derechos legítimos, esa lucha es hoy, con sus avances y sus retrocesos, de sobra conocida; ocupa el primer plano de la actualidad del mundo desde hace muchos años.

Pero hay otro combate fundamental, en gran parte invisible para el mundo exterior: el combate encarnizado que han llevado a cabo los palestinos para acabar con la desaparición de su nombre y el de su tierra. Si hubiera que describir con una sola palabra la quintaesencia de la lucha del movimiento nacional palestino desde 1948, diría que todos estos años nos hemos dedicado a intentar que reaparezca nuestro nombre, el de las personas y el de las tierras, para terminar así, no con el exilio, o al menos no todavía, sino con la ausencia, la negación de la “existencia” de los palestinos.

Hoy, ese objetivo se ha logrado. No hay nadie en el mundo, empezando por los israelíes, que se atreva a afirmar que no existimos. Y es esa reconquista de nuestro nombre lo que nos ha permitido —ya visibles y reconocidos— abordar la negociación con Israel sobre todos los asuntos pendientes, entre ellos el de los refugiados de 1948. ¿Es imposible la negociación del derecho de retorno, basada en la Resolución 194 de la ONU de 11 de diciembre de 1948? ¿Será ésta la piedra con la que tropezarán todos los esfuerzos diplomáticos? Entre 1992 y 1997, en las negociaciones de paz, tuve el honor de encabezar la delegación palestina sobre el asunto de los refugiados, y me gustaría decir unas cuantas cosas sobre en qué consistía y en qué consiste aún la ofrenda de paz palestina al respecto.

En 1988, el CNP, el parlamento palestino, reunido en Argel bajo la batuta del presidente Yasir Arafat, votó avanzar hacia una paz basada en el principio de los dos Estados, israelí y palestino, de acuerdo con las resoluciones 242 y 337 de la ONU. Este voto, obtenido tras largos y apasionados debates, permitía, a partir de ese momento, las negociaciones de paz. Esto es bien sabido. Lo que no se conoce tanto es que aquel día los representantes del pueblo de Palestina hicieron una distinción fundamental entre la patria y el Estado, que permitió que los palestinos se adhiriesen a un auténtico compromiso histórico. Lo que se votó, de hecho, no fue el reconocimiento palestino de que Palestina no es su patria, sino de que el Estado palestino no se establecería sobre la totalidad del territorio de su patria. A partir de ese postulado, la cuestión de los refugiados deja de ser el problema insoluble que se creía hasta entonces, siempre que se tengan en cuenta unos puntos concretos, sin los que se volvería a caer en una situación de punto muerto.

Dichos puntos son los siguientes: como condiciones previas a toda negociación sobre la aplicación del derecho de retorno, son necesarios el reconocimiento del derecho inalienable del pueblo de Palestina a vivir, como todo pueblo, en su tierra, y el reconocimiento solemne por parte de Israel del agravio histórico cometido contra el pueblo palestino con su expulsión forzosa en 1948.

Esas condiciones previas son indispensables, porque un derecho no debe ser relativo —se posee o no se posee—, mientras que, por el contrario, la aplicación negociada de un derecho es obligatoriamente relativa, puesto que ningún derecho negociado puede ser, por un principio de realidad, objeto de una aplicación absoluta. En otras palabras, la condición previa del reconocimiento del derecho es la clave de su aplicación negociada, porque, mientras no se reconozca el derecho de retorno, ninguna persona en Palestina querrá ni podrá estar de acuerdo en negociar su aplicación relativa. A partir de ahí, y a condición de respetar este orden, es posible la negociación.

Incluso tenemos la prueba, dado que ya ha habido importantes intentos de negociación —en particular las negociaciones de Taba y la iniciativa de Ginebra— que han respetado esta idea de las condiciones previas y han permitido relativizar la noción de que el problema de los refugiados no tenía solución.

¿Qué solución concreta darán esas negociaciones al problema de los refugiados? ¿Se llevarán a cabo? El tiempo nos lo dirá. Pero es evidente que el reconocimiento previo del derecho, para poder negociar su aplicación, es el primer paso ineludible para que la desaparición forzosa de los palestinos en 1948 encuentre una salida al mismo tiempo justa, honorable y realista.

¿Sabrán aprovechar los israelíes —antes de que sea demasiado tarde en este Oriente Próximo en el que se vislumbran señales de nuevos cataclismos— la oportunidad de una verdadera reconciliación histórica que sólo puede llegar mediante la solución del nudo original del conflicto?

Ésta es, en mi opinión, la única pregunta que merece la pena hacerse en este 60º aniversario. Sin ella, todo esto a lo que asistimos no será más que fanfarrias y festividades ilusas.

Traducción de M. L. Rodríguez Tapia

El País, 15/05/08

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