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4/2/25

Nasser Rabah: La huella de tu mariposa

Hace tiempo que debería haber comprendido por qué no soporto tener las obras completas de Darwish en mi biblioteca. Los escalones de la casa están desgastados, sí, pero son acogedores. El color de la pintura está desvaído, aunque no es uno de esos verdes insulsos. Las niñas pequeñas de los vecinos desafinan a la hora de la siesta, aunque huyen cuando despierto. Aun así, no es sino el libro de Darwish lo que me irrita, con su media sonrisa marchita en la portada, sus gafas impasibles y su cabello perfectamente liso, como si nada, con su indiferencia hacia mí como poeta y dueño de esta casa. Me irrita su prominente presencia en el estante, como si estuviera ahí para que mis amigos no insinúen que le tengo envidia. Es, además, el libro más voluminoso de toda la biblioteca, lo que deja a La gitana de Khaled Juma, por ejemplo, en una invitación de boda. Pero todo esto no se puede comparar con mi enfado cuando la mariposa ignora el resto de la biblioteca y se posa en el borde de su libro para aplaudirle.

Nasser Rabah, Gaza: el poema hizo su parte, trad. Alberto López Oliva, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo (2025).

3/2/25

Refaat Alareer: Si tengo que morir (2011)

Si tengo que morir
tú tienes que vivir
para contar mi historia
para vender mis cosas
y comprar un trozo de tela
y unas cuerdas
(hazla blanca y con una larga cola)
y así un niño, en algún lugar de Gaza,
cuando sus ojos miren al cielo
buscando a su padre que se fue en una llamarada —
sin despedirse de nadie
siquiera de su carne
siquiera de sí mismo —
verá la cometa, mi cometa hecha por ti, volando
alto alto
y pensará por un momento que viene un ángel
trayéndole amor.
Si tengo que morir
deja que ella traiga esperanza
deja que cuente la historia.

Traducción de Luz Gómez

(Rafaat Alareer fue asesinado en Gaza por el Ejército israelí el 6 de diciembre de 2023.)

22/3/24

Ibrahim Nasrallah: María de Gaza

La paz de la tierra no es con nosotros

ni con mi hijo o el tuyo,

María le dijo a María...

Hermana de mi tierra y mis pasos sobre ella,

mi hermana de espíritu y oración

hermana del alba al clarear, de este aniquilamiento

y de la muerte y la vida que aún nos queden

La paz de la tierra no es con nosotros

Este cielo de ahí arriba

¿no nos ve?

¿O es que la cruz que cargamos a la espalda

por tantos campos de sangre amarga nos oculta?

 

La paz de la tierra no es con nosotros

La paz es con nuestros enemigos, Señor,

con los aviones y con la muerte descendiendo, la muerte 

    ascendiendo,

la muerte hablando, mintiendo, bailando

Nada le basta

Ni nuestra sangre de luto

o nuestra sangre de fiesta

Ni nuestra sangre en el mar, el valle o la montaña

Ni nuestra sangre en el barro o la arena

Ni nuestra sangre en la respuesta o la pregunta

Ni nuestra sangre en el Norte o en el Sur

Ni nuestra sangre en la paz o la guerra

La paz es con nuestros enemigos, Señor

Con sus guardianes en países lejanos

Con sus guardianes en países vecinos

Con cada hermano que como un enemigo nos sitia

Con cada hermano que pasa por encima de nuestra muerte 

    para después asentar su trono sobre nuestras ruinas

No hay sitio para la mariposa donde una niña 

    perdió los pies

Ni para un enamorado muerto por amor, no por los 

    aviones,

Ni para que el poema se gloríe del poeta que escribió "Cuando 

    yo muera, tú has de vivir para contar mi historia"

El mar no es para los pájaros o las amadas,

y el cielo nos ha dado la espalda, como los países 

    extranjeros

 

La paz de la tierra no es con nosotros

La paz es con los demás y con los hijos de otros

Con el silencio después de que nos masacren

Con el silencio antes de que nos masacren

Con el silencio mientras nos masacran

Con el silencio si gritábamos

Con el silencio si callábamos

Con la voz cuando nos apuntan:

Matadlos, y con silencio nos matan

 

La paz de la tierra no es con nosotros

Es con los tiranos, los gobernantes gallitos y todos los 

    ejércitos de polvo

Con la devastación y los fantasmas de quienes mataron a 

    pequeños o grandes...

Con los soldados y quienes pusieron grilletes al horizonte

Con los que hicieron correr la sangre, odiaron a la víctima 

   y mataron a los testigos

La paz es con un tirano por aquí...

y otro por allí

La paz es con colas ladrando por acá...

con silbidos de mil armas por allá

La paz es con quien ahora me arranca los ojos para que 

    no te vea

 

Señor, llévate todo y deja aquí mismo, junto a nuestro 

    mar, las tumbas de los que amamos y nuestras casas

No desapareceremos, nos quedaremos juntos...

O llévanos si quieres... o déjanos

Haz lo que quieras cuando quieras

Nos tienes cerca del ojo de Tu corazón

O… Señor, sé nuestra fortaleza, no huiremos —si cae la 

    noche— de nuestra muerte

Déjanos, Señor, a las puertas de Tu espíritu:

de la iglesia, la mezquita y el mar;

del barro y las palmeras;

de la vida, si vida sigue existiendo aquí

O... Llévanos, Señor, y deja algo de nuestro espíritu aquí 

    mismo,

como despojos junto a las ruinas de las escaleras de 

    nuestras casas

Y que la paz sea con la tierra que no es nuestra

 

La paz que anhelamos, que amamos, que soñamos, que 

    deseamos... no es con nosotros

La paz tan sencilla como las lágrimas de mi madre en las 

    bodas y los duelos no es con nosotros

La paz que como una pluma vuela

La paz que como una pluma se posa

La paz tan bella como una canción,

tan dulce como como nuestras risas

y como nuestra gata antes de que la mataran...

Pero, ay, Señor, desde que murió nos sigue hambrienta, 

    maullando y asustada,

desde una habitación en el Norte a los campamentos del 

    Sur

 

La paz de la tierra no es con nosotros

No es con Gaza cuando en primavera es tan feliz como los 

    niños

Ni con Acre, mil años en vela, guardándonos como una 

    abuela

Ni con Yaffa la Bella

Ni con Jesús, sangre de nuestra sangre, carne de nuestra 

    carne, tierra de nuestra tierra, resucitado de 

    nuestras resurrecciones

La paz de la tierra no es con nosotros

La paz de la tierra no es con nosotros ni con Tu 

    Jerusalén, ensalzada por el Profeta y nuestro Corán

 

                                            *

 

La paz de la tierra tiene que ser conmigo, Señor, conmigo 

    y luego contigo

Con las mariposas que revolotean entre los dedos de mis 

    hijos del alma,

que ascendieron a los cielos contigo

y solo me quedan sus despojos, un día que gime

y plumas de paloma sobre sus nombres y las escaleras

Sus dedos son el sol de estas mariposas y la herida del 

    horizonte

Nada les he dicho a las mariposas

Las he dejado revolotear como si fueran mi espíritu, 

    viajando entre la ceniza y el rocío

A ellos les cantaré en nombre de los veinte... treinta mil...

que sobre nuestra tierra vivieron...

Jamás diré: La paz sea con quienes asesinan, 

    desarraigan, incendian

La paz de esta tierra fue con nosotros antes de que ellos 

    llegaran

Y la paz de esta tierra será con nosotros cuando se vayan

 

Que la paz sea con nosotros... Con nosotros


Traducción de Luz Gómez


20/3/11

La imposibilidad, por Gunnar Ekelöf

¿Qué te habías creído? ¿Que valías? ¡Ja!
¿Y qué vida me espera?
Ninguna.
¿Y qué existencia?
Ninguna existencia.
¡No entiendo!
Déjate de preguntas. Todos hemos de morir.
¡Menuda ayuda!
Poca cosa, ¿verdad?
¿Y qué, lo mando todo a paseo?
Viene a ser.
¿De veras?
Tranquilo, es una forma de hablar.
Ya, pero es duro.
Sí, es duro.

Versión de Jorge Gimeno a partir de Francisco J. Úriz y de Octavio Paz

25/6/10

Prólogo a "Bajo la Ocupación. Relatos palestinos", por José Saramago

Pronto se cumplirán cien años de una revolución que, el 5 de octubre de 1910, derribó en Portugal la vieja y caduca monarquía para proclamar una república que, entre aciertos y yerros, entre promesas y malogros, pasando por los sufrimientos y humillaciones de casi cincuenta años de dictadura fascista, sobrevive hasta estos días. Durante los enfrentamientos, los muertos, militares y civiles, fueron 76, los heridos 364. Una gota de agua si lo comparamos con el martirio del pueblo palestino, con sus centenas de millares de muertos y heridos víctimas de las balas, las granadas y las torturas de las fuerzas armadas y de seguridad israelíes. Pero en aquella revolución de un pequeño país situado en el extremo occidental de Europa, sobre la que el polvo de un siglo se ha asentado, sucedió algo que mi memoria, memoria de lecturas antiguas, ha guardado y que no me resisto a evocar en el umbral de este breve prólogo como una rosa roja más colocada al lado de las rosas rojas de que habla uno de los cuentos de este libro. Herido de muerte, un revolucionario civil agonizaba en la calle, junto a un edificio de la plaza principal de Lisboa. Estaba solo, sabía que no tenía posibilidades de salvación, ninguna ambulancia se atrevería a recogerlo, pues el fuego cruzado impedía la llegada de socorro. Entonces ese hombre humilde, cuyo nombre no ha registrado la historia, con unos dedos que temblaban, casi desfallecido, trazó en la pared, según pudo, con su propia sangre, con la sangre que corría de las heridas, estas palabras: “Viva la República”. Escribió república y murió, y fue como si hubiera escrito esperanza, futuro, paz. No tenía otro testamento, no dejaba riquezas en el mundo, sólo una palabra que para él, en aquél momento, significaba tal vez dignidad, eso que no se vende ni se deja comprar, y que es en el ser humano el grado supremo.

Los cuentos reunidos en esta antología también están escritos con sangre. Con la sangre de los miles de hombres y de mujeres que se han sacrificado por la esperanza imperecedera de una tierra y de una patria palestinas, con la sangre viva de las mujeres y de los hombres de hoy presentes en estas páginas, documentos de alta calidad literaria y al mismo tiempo testimonios inolvidables de la fuerza moral de un pueblo. Lo que para muchas personas es el enigma de la asombrosa resistencia de los palestinos durante generaciones encuentra en estos cuentos la mejor respuesta.

Traducción de Pilar del Río

AAVV: Bajo la Ocupación. Relatos palestinos, prólogo de José Saramago, edición de Luz Gómez García, traducción de VVAA, Málaga, Diputación de Málaga, 2003

11/4/10

Dos poemas, por Abbas Beydoun

Abbas Beydoun (Tiro, Líbano, 1945) es una de las voces determinantes de la poesía árabe de las últimas décadas. Es autor de una docena de obras, entre las que destacan El poema de Tiro (1985), Habitaciones (1992) y PBB (2007). Las notas distintivas de su lírica son el gusto por la indagación en el sentido poético del absurdo y la crítica de la elocuencia. Su voz irónica y desapasionada viene ejerciendo un hondo magisterio en la joven poesía árabe. Ha desarrollado una importante labor crítica, en la que destacan sus conversaciones con Mahmud Darwix. Dirige las páginas culturales del diario libanés As-Safir. Distintos volúmenes de su obra se han traducido en Francia y Alemania. Abbas Beydoun es uno de los poetas invitados a la edición de este año del festival Cosmopoética, que comienza en Córdoba el próximo 14 de abril. Los poemas que publicamos pertenecen a la antología Un gato llamado Nino, de próxima aparición.

«LA VIDA ESTÁ EN OTRA PARTE»

Los cardiacos, en la Corniche Al-Manara, no vuelven mucho la cabeza, pasan deprisa con el abrigo abotonado hasta arriba, sin pararse con nadie. Es una señal de la herida borrada de sus pechos, de que el cuerpo que se la ha tragado no está tranquilo. Temer no temen que salga de sus vidas, es el secreto que aún yace en el centro, tal vez el sentido anodino de sus rondas vespertinas.

Los cardiacos que van de acá para allá por la Corniche no vuelven mucho la cabeza. Quieren que la gente aprecie el vigor de sus pies: alzan sus zapatillas deportivas y vencen a cada paso a sus corazones traicioneros y los pisotean. Llevan de acá para allá la herida que es signo de su victoria, llevan su vida y la vencen de acá para allá. Estiran la vejez y la enfermedad por segunda vez, conscientes de que la vida está «en otra parte». Tal vez esté beoda y sea impotente, tal vez sea una mazorca de maíz tostada o una palmera vieja. Van de acá para allá y la piedra que se agranda en la pierna cae de la pierna, y el destino al que dan un puntapié se cumple otro día.

UN BILLETE

¿De qué me azoro ante la puerta de Brandeburgo? Pienso que debería tener un detalle con la Historia, que una herida en el pecho bastaría, pero no es cosa de enseñársela al conductor. De lo que debería avergonzarme es de haber subido al vagón y haberme sentado sintiéndome en falta, como si no tuviera billete. ¿Y si finjo que todo esto es incomprensible en mi lengua? ¿O me zafo del asunto palpándome el billete en el bolsillo y le entrego mi apuro al revisor?

Traducción de Luz Gómez García


16/2/10

Rimbaud estaba allí, por Abdellatif Laâbi

Rimbaud
estaba allí
vio correr el agua bajo el puente
a esta altura
Hikmet y Aragon
estaban allí
vieron correr el agua bajo el puente
y diseccionaron minuciosos un verso de Rimbaud
a esta altura
Mahmud Darwix
estaba allí
echó una mirada rápida al agua
no la siguió bajo el puente
apretó el paso
creyendo haber visto
acodado en el parapeto de enfrente
a un francotirador de Beirut
Yo estaba allí
vi correr el agua bajo el puente
a esta altura
no recité nada para la ocasión
no consigo aprenderme mis poemas
ni los de los demás
Los poemas no se quedan
en el agua

Abdellatif Laâbi, Tous les déchirements, Paris, Messidor, 1990

Traducción de Jorge Gimeno

22/1/10

El conflicto, por Elias Sanbar

Los años de exilio son largos. Abocan a los exiliados, que a su manera son nómadas, a hacerse preguntas enojosas para los sedentarios. Les enseñan también a reírse de sí mismos.

Mahmud Darwix es amigo mío. Y esta noche en Jerusalén, en el primer piso de una casa de piedra, le doy vueltas a una de nuestras conversaciones.

-¿A qué nos dedicaremos cuando seamos viejos?

-Nos sentaremos junto a una higuera, en el patio de una casa, en Palestina.

-¿Te das cuenta de que la gente normal responde a este tipo de preguntas describiendo una actividad, y que tú has descrito un lugar? Yo te he preguntado qué haremos y tú has entendido dónde estaremos...

-Es cierto. Pero puedo añadir que nos pondremos por norma conversar sólo de banalidades. Hablaremos del tiempo y de las nubes que pasan.

-¿Y qué responderás a quienes te pregunten por el daño que te ha hecho el sionismo?

-Ha encerrado mi vida, la ha vuelto prisionera, la ha encadenado a una única cuestión, condenado a un único asunto: este conflicto.

Elias Sanbar, Le pays à venir, Paris, Éditions de l'Olivier, 1996

Traducción de Jorge Gimeno

1/10/09

Un harapo, por Abu-l-Ala al-Maarri

Al-Maarri (973-1058), uno de los grandes poetas clásicos árabes, era uno de los poetas preferidos de Mahmud Darwix. En un pasaje del extenso poema “Niebla densa en el puente”, del libro Como la flor del almendro o allende (Valencia, Pre-Textos, 2009), Darwix reescribe un fragmento de al-Maarri. Es una buena ocasión para mostrar un poco de este poeta, casi desconocido en español. Damos a continuación ambos textos, centrados en la obsesión por la muerte. Los versos de Darwix dicen:

―Tomaré un verso de al-Maarri
y lo enmendaré:
Mi cuerpo es un sayal de polvo, ¡oh sastre
del universo, cóseme!
Escribiré: Oh creador de la muerte, ¡déjame
un rato... en paz!

El poema de al-Maarri, de una violencia verbal llena de modernidad, dice así:

UN HARAPO

Nuestro vestido, de algodón.
El vuestro, de lana.
Mas mi algodón de dignidad me viste.

Desgarráis el país
de arriba abajo
—todo por el coño y el estómago.

El que me creó me guardaba,
y a salvo me sentía de temores,
pero dije: Ojalá no me hubiera guardado.

Mi cuerpo es un harapo
cosido a la tierra.

¡Oh cóseme,
Tú que coses los mundos!

Traducción de ambos textos de Luz Gómez García Darwish

23/8/09

¿Qué sucede cuando no sucede nada?, por Slavoj Žižek

El 2 de agosto de 2009, después de acordonar parte del barrio árabe de Sheikh Jarrah en Jerusalén este, la policía israelí expulsó a dos familias palestinas (más de 50 personas) de sus hogares y permitió que unos colonos judíos se mudaran inmediatamente a las casas evacuadas. Aunque la policía mencionó una orden del Tribunal Supremo del país, las familias árabes expulsadas llevaban viviendo allí más de 50 años. El hecho, que llamó la atención de los medios mundiales —cosa excepcional—, forma parte de un proceso mucho más amplio y, en su mayor parte, ignorado.

Cinco meses antes, el 1 de marzo de 2009, se informó de que el Gobierno israelí había elaborado unos planes para construir más de 70.000 nuevas viviendas dentro de asentamientos judíos en Cisjordania; si dichos planes se llevaran a cabo, podrían aumentar el número de colonos en los territorios palestinos en unos 300.000, un paso que no sólo dañaría gravemente las posibilidades de un Estado palestino viable, sino que harían más difícil la vida diaria de los palestinos.

Un portavoz del Gobierno desmintió las informaciones y dijo que los planes tenían una importancia relativa: para construir nuevas viviendas en los asentamientos era necesaria la aprobación del ministro de Defensa y del primer ministro. Sin embargo, ya se han aprobado 15.000 de esos planes, y casi 20.000 de las viviendas previstas se encuentran en asentamientos que están lejos de la línea verde que separa Israel de Cisjordania, es decir, en las zonas que Israel no puede aspirar a conservar en ningún futuro acuerdo de paz con los palestinos.

La conclusión es evidente: al tiempo que, teóricamente, apoya la solución de dos Estados, Israel está creando una situación sobre el terreno que, en su momento, hará que en la práctica sea imposible dicha solución. El sueño en el que se apoya esta estrategia queda patente en el muro que separa una ciudad de colonos de la ciudad palestina cercana en una colina de Cisjordania. El lado israelí del muro tiene pintada la imagen de la campiña al otro lado, pero sin la ciudad palestina, sólo con la naturaleza, la hierba, los árboles... ¿No es el más puro ejemplo de limpieza étnica, imaginar el otro lado de la verja tal como debería ser, vacío, virginal, esperando a ser colonizado?

¿Qué significa todo esto? Para captar la verdadera dimensión de las noticias, a veces basta con leer dos noticias por separado; el significado surge al unirlas, como una chispa que explota en un cortocircuito eléctrico. El mismo día en el que llegaron a los medios las noticias sobre el plan del Gobierno para construir 70.000 nuevas viviendas (2 de marzo), Hillary Clinton criticó el lanzamiento de cohetes desde Gaza y lo calificó de “cínico”, para luego añadir: “No hay duda de que ningún país, incluido Israel, puede permanecer pasivo cuando su territorio y su gente sufren ataques con misiles”.

¿Tendrían que permanecer pasivos los palestinos mientras les quitan las tierras de Cisjordania día a día? Cuando los pacifistas israelíes presentan su conflicto con los palestinos en términos neutrales y “simétricos” y reconocen que en ambas partes hay extremistas que rechazan la paz, deberíamos hacernos una sencilla pregunta: ¿qué sucede en Oriente Próximo cuando no ocurre nada en el plano directamente político-militar, es decir, cuando no hay tensiones, ataques ni negociaciones?

Lo que sucede es la labor, lenta pero constante, de arrebatar la tierra a los palestinos de Cisjordania: el estrangulamiento gradual de la economía palestina, el despedazamiento de sus tierras, la construcción de nuevos asentamientos, las presiones a los campesinos palestinos hasta que acaban abandonando su tierra (que van desde la quema de las cosechas y las profanaciones religiosas hasta los asesinatos individuales), todo ello respaldado por una red kafkiana de normativas legales.

Saree Makdisi afirma, en Palestine Inside out: An Everyday Occupation, que, aunque la ocupación israelí de Cisjordania está en manos de la fuerzas armadas, en realidad es una “ocupación mediante la burocracia”: sus armas fundamentales son los formularios, los títulos de propiedad, los documentos de residencia y otros permisos. Esta microgestión de la vida diaria es la que garantiza la lenta pero firme expansión israelí. Uno tiene que pedir permiso para irse con su familia, para cultivar su tierra, para cavar un pozo, para trabajar, para ir a la escuela o a un hospital... Así, los palestinos nacidos en Jerusalén pierden, uno a uno, el derecho a vivir allí, a ganarse la vida, a la vivienda, y así sucesivamente.

Los palestinos suelen emplear el problemático cliché de que la Franja de Gaza es “el mayor campo de concentración del mundo”, pero, en el último año, esa calificación se ha acercado peligrosamente a la verdad. Ésa es la realidad fundamental que hace que todas las “plegarias por la paz”, en abstracto, sean escandalosas e hipócritas. El Estado de Israel está claramente llevando a cabo un proceso lento e invisible ignorado por los medios, una especie de lucha subterránea contra un topo, de tal forma que, un día, el mundo se despertará y verá que ya no hay una Cisjordania palestina, que la tierra está libre de palestinos, y que no tenemos más remedio que aceptar los hechos. El mapa de la Cisjordania palestina parece ya un archipiélago fragmentado.

En los últimos meses de 2008, cuando los ataques de colonos ilegales de Cisjordania contra campesinos palestinos se convirtieron en un hecho cotidiano, el Estado de Israel trató de contener los excesos (el Tribunal Supremo ordenó la evacuación de algunos asentamientos, por ejemplo); pero, como advirtieron muchos observadores, es inevitable ver esas acciones como unas medidas poco serias para contrarrestar una política que, en el fondo, es la política a largo plazo del Estado israelí, y que viola de forma increíble los tratados internacionales firmados por el propio Israel. Lo que dicen los colonos ilegales a las autoridades israelíes es: estamos haciendo lo mismo que vosotros, sólo que de forma más abierta, así que ¿qué derecho tenéis a condenarnos? Y la respuesta del Estado, en definitiva, es: sed pacientes, no os apresuréis, estamos haciendo lo que queréis, sólo que de manera más moderada y aceptable...

Es la misma historia desde 1949: Israel, al tiempo que acepta las condiciones de paz propuestas por la comunidad internacional, cuenta con que el plan de paz no va a funcionar. Los colonos descontrolados, a veces, recuerdan a Brunhilda en el último acto de La Valkiria de Wagner, cuando echa en cara a Wotan que, al desobedecer su orden explícita y proteger a Siegmund, sólo estaba haciendo realidad los deseos de él, que se ha visto obligado a renunciar a ellos por presiones externas, igual que los colonos ilegales hacen realidad los verdaderos deseos del Estado a los que ha tenido que renunciar por las presiones de la comunidad internacional. Mientras condena los excesos violentos descarados de los asentamientos “ilegales”, el Estado israelí promueve nuevos asentamientos “legales” en Cisjordania y sigue estrangulando la economía palestina.

Una mirada al mapa cambiante de Jerusalén Este, donde los palestinos están cada vez más encerrados y ven su espacio recortado, es suficientemente significativa. La condena de la violencia antipalestina ajena al Estado oculta el verdadero problema de la violencia de Estado; la condena de los asentamientos ilegales oculta la ilegalidad de los legales. Ahí está el doble rasero de la alabada —por imparcial— “honestidad” del Tribunal Supremo israelí: a base de dictar de vez en cuando una sentencia en favor de los palestinos desposeídos y calificar su expulsión de ilegal, garantiza la legalidad de la mayoría de casos restantes.

Y, para evitar cualquier malentendido, que quede claro que tener todo esto en cuenta no implica, en absoluto, mostrar “comprensión” hacia los inexcusables actos terroristas. Al contrario, ofrece la única base desde la que es posible condenar los atentados terroristas sin hipocresía.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

El País, 22/08/09

10/6/09

Exterminadores del amor y la revolución, por Alia Mamduh

Los cuerpos de la mujer y el hombre crujían en la cama. No habían hablado de la ocupación militar ni del destino, y, básicamente, ni se habían preocupado por delimitar cuál de los dos atinaba más, ni cuál había analizado la situación con más detenimiento.

Los dos yacían como si hubieran dejado de ser ellos, y eso que en ningún momento la tristeza les había abandonado.

El hombre deseaba cierta tregua, y la mujer no tenía armas concretas.

Detenerse equivaldría a que la vejez irrumpiera en el espacio y en el tiempo.

A lo largo de los años no habían pensado en las consecuencias, pero las vacunas que se habían ido poniendo tenían fecha de caducidad.

El amor, la separación, los muchos amantes, revoloteaban sobre sus cabezas.

Bien, ¿y qué, si el mundo ignoraba sus sufrimientos?

Pero el zumbido de los aviones sembraba de explosiones el lugar.

Ahí estaban todos, buscando nuevas excusas con los exterminadores cada vez más cerca.

¿Podrían continuar amándose?

Cuando pasó el primer avión, la mujer dijo:

—Trece muertos.

Cuando pasó el segundo avión, el hombre dijo:

—Ya son más de sesenta.

Avergonzados de dedicarse a contar el número de muertos, tras el tercer avión ella sentenció:

—Hay que reconocer que el aire se ha vuelto irrespirable.

Tener remordimientos no garantiza la victoria, y menos si el porcentaje de suicidios entre los líderes es cero.

La mujer, levantándose de la cama, le rogó:

—Lavémonos.

—Te acompañaré al río.

Y cuando llegaron al río, su curso había cambiado, y se lavaron con sus propias lágrimas.

Beirut, 1972

Traducción de Luz Gómez García

En VVAA: Iraquíes, traducción de VVAA, Málaga, Miguel Gómez Ediciones, 2003, pp. 129-130.

23/4/09

Mucho más que suerte, por Aícha Auda

—¿Aícha? ¿Haces honor a tu nombre? ¿Sigues viva?
—¡Hombre, hubiera preferido que me preguntaras otra cosa, o que me dijeras “Feliz año nuevo”! Acabamos de volver de las vacaciones del Aíd, ¿no?
—¿Y qué me importa a mí el año nuevo?
—¿No te importa que me vaya bien todo el año?
—Lo que me importa ya te lo he preguntado.
—Se me olvidaba que eres un nihilista, que sólo crees en el momento presente.
—¿Y es que tenemos algo más?
—No me voy a poner a discutir contigo ahora, te invito a almorzar un musajjan en el Tabún.

En el Tabún nos sentamos en el lugar que tanto nos gustaba, con vistas a parte del casco antiguo de Ramala y a la zona nueva de Al-Tira. Fascinada por el espacio que se extendía ante nosotros, me dejé llevar hacia el mar por las colinas ondulantes. Al volver la mirada, la detuve en él. Estaba embelesado oteando más allá del horizonte. Adoro demorarme en su rostro. Traslucía una oleada mitad tristeza mitad miedo, cuyas profundidades me hubiera gustado sondear. Suspiró y se dio cuenta de que le examinaba.
—Qué vista tan preciosa, ¿verdad? —le dije tratando de disimular mi embarazo.
—Sí, muy bonita —dijo, y siguió cabizbajo, ocultando la oleada de tristeza que asomaba a sus ojos y bañaba su rostro.
—¿Estás triste?
Muy lentamente, como si primero pusiera en orden sus penas, levantó la cabeza, me miró a los ojos y dijo:
—Me da pánico que me priven de Ramala.
Me pregunté por qué escondía sus sentimientos; a pesar de sus viajes, de haber estudiado en más de una universidad y en más de un país, ¿seguía siendo un campesino que se avergonzaba de decir lo que sentía?
—¿Eres pesimista? —le pregunté.
—¿Es pesimismo ver la realidad?
Me callé, pues sabía lo dura que era una realidad que penetraba en cada detalle de nuestra vida y que cada día se superaba a sí misma en un minucioso suma y sigue. Durante unos minutos reinó una tenue tristeza, que se esfumó cuando me preguntó:
—¿Qué tal las fiestas?
—¡Toda una aventura!
—¿Y eso? ¿Qué te ha pasado? —dijo ya con su buen humor de siempre.
—¿Escuchaste las noticias israelíes la víspera del Aíd?
—¿Me tomas por bobo?
—¿Es una indirecta? ¿Quieres decir que la boba soy yo?
—La verdad cae por su propio peso —bromeó, y la cara se le iluminó con una sonrisa.
—¡Que Dios te perdone!
—¿Dios? ¿He dicho una blasfemia? Has sido tú quien ha empezado su narración perversamente.
—¿Perversamente?
—Sí, con lo de escuchar las mentiras de la radio israelí.
—Vale ya. La radio de Israel anunció la víspera del Aíd que el ejército tenía órdenes de que se facilitaran los desplazamientos de los palestinos.
—Lo cual significaba exactamente lo contrario.
Decidí atajar sus sarcasmos antes de empezar con mi historia, así que le dije:
—Hoy estás más que pesimista, sólo ves lo negativo.
—Apuéstate algo.
—Déjate de apuestas. Lo que quiero es que escuches mi historia sin interrupciones.
Y empecé a contarle lo que me había pasado el primer día del Aíd:
—Me levanté por la mañana de muy buen humor. Estupendo, hoy sí que va a ser un verdadero día de Aíd, me voy a ir al pueblo en el coche y voy a dar un buen paseo con mi madre: en diez minutos estoy allí. Cogí el coche en dirección este, hacia Batín. No había ni rastro de soldados en el puesto de control —estaba dando un rodeo, aparentando que todo era medio normal, lo cual pareció sorprenderle; yo me alegré y continué ya con normalidad—, sólo los bloques de hormigón —se rió—. Volví a Ramala y enfilé hacia el sur, hacia el control de Qalandia. Había varios coches delante de mí, y como un cuarto de hora después ya habían pasado todos. Cuando llegué a la altura del soldado, miró la matrícula palestina y me dijo que me volviera por donde había venido.
—¿Por qué?
—Está prohibido.
—Hoy es el Aíd y quiero ir a casa de mi madre.
—Está prohibido.
—¿Está prohibido que vaya a casa de mi madre en el Aíd?
—Está prohibido pasar.
—¿Y cómo voy a ir a casa de mi madre si está prohibido pasar? ¿Es que tú no vas a casa de tu madre los días de fiesta?
Se calló un instante y me imaginé que estaba escuchando la parte humana de su conciencia. Me animé cuando movió la mano indicando que podía pasar. (Iba narrando el episodio con cierta guasa.)
Me dirigí al este, hacia Yabaa. La carretera estaba medio vacía. Escuché las noticias de las nueve y luego me puse a cantar con Fairuz.
En el cruce de Yabaa me pararon unos soldados que impedían el paso de vehículos. Intenté hablar con ellos pero me apuntaron a la cabeza con las ametralladoras. Les saludé amablemente y me volví por donde había venido.
Otra vez estaba delante de la verja de Qalandia.
—Prohibido —dijo un soldado falacha esquivando la mirada.
—¿Hay quien lo entienda? Aquí se me prohíbe volver a mi casa y en la otra verja se me prohíbe seguir rumbo a casa de mi madre. ¿Adónde queréis que vaya?
—Eso no es asunto nuestro.
—¿No es asunto vuestro que no pueda moverme?
Me miró con odio y le dije:
—Quiero hablar con tu superior.
Se aproximó un soldado que estaba de pie a un lado.
—¿Qué quieres?
—Quiero volver a mi casa, que está en Ramala.
—¿Y por qué no estás en tu casa?
¡Por Dios Bendito, vaya pregunta! Que Dios me dé paciencia, dije para mis adentros mientras me esforzaba por controlar una cólera que rezumaba por todos los poros de mi piel. Le relaté los antecedentes.
—Está prohibido —dijo, y se fue.
En ese preciso instante sentí una mano en el hombro; me volví: era Ayad, un chico de mi pueblo que había ido a caer en el mismo agujero. Me sorprendió proponiéndome que fuéramos hasta Jericó y de allí subiéramos al pueblo zigzagueando. Tenía tantas ganas de llegar a casa de mi madre que sin más le dije que sí, y rápidamente estuvimos en la carretera Jerusalén-Jericó.
No había soldados a la entrada de Jericó, sólo los bloques de hormigón. Fuimos retrocediendo poco a poco en busca de algún camino local, hasta que llegamos cerca del río Al-Qalat. Allí empezó una auténtica odisea: descendimos por barrancos y subimos montes con las ruedas del coche levantando nubes de polvo y piedras, nos metimos en varios socavones, y por fin llegamos al sinuoso camino propuesto por Ayad.
A unos tres kilómetros al este de Deir Yarir, mi pueblo, había un puesto del ejército, emplazado para proteger la colonia Rimonim, levantada en las tierras de Taiba y Ramón. En muy pocas ocasiones estaba cerrado ese paso, pero ese día estaba completamente cerrado y no nos quedó más remedio que volvernos por donde habíamos venido.
Estaba tan enfadada y sentía tal rabia que por poco pierdo el control del coche y nos despeñamos por un barranco. No me calmé hasta casi llegar a la carretera Jerusalén-Jericó. Sólo nos faltaban unos cuantos metros cuando de repente nos encontramos con una zanja ¡que acababan de hacer para que no alcanzásemos la carretera!
La cólera me hizo perder el juicio, me hubiera gustado gritarle a uno de ellos a la cara, pero ¡no había nadie a la vista! Así que me puse a gritarle al desierto:
—¡Señor! ¿Has visto? Son como demonios, qué mezquindad. ¿Cómo es posible que ése sea el pueblo elegido? ¿Dónde estás, Señor? ¿Eres testigo de lo que pasa en la tierra?
Me bajé del coche y me puse a tirar piedras sin más objetivo que descargar mi furia.
¿Qué podíamos hacer después de haber caído en aquella maldita trampa? ¿Dejar nuestros coches allí mismo para que vinieran, los explosionaran, y luego anunciaran que habían hecho explotar dos coches bomba?
Ayad no había perdido los nervios. Pensaba y exploraba el paraje. Se me acercó y con una sonrisa algo cohibida me dijo:
—¡Veo que te gusta tirar piedras! A ver si llenas la zanja.
Su idea era muy acertada, y la elogié. Empezamos a llenar la zanja durante algo más de media hora y luego la atravesamos, enfilando los coches hacia la carretera general, con el puño en alto y gritando: ¡Viva Palestina!
Eran más o menos las dos de la tarde cuando de nuevo nos paramos ante la verja de Qalandia. Cuando el soldado profirió “prohibido”, me puse a chillar. Él se quedó estupefacto, y otro soldado me apuntó con la ametralladora. “¡Increíble! Nuestros chillidos les alarman más que sus propios actos”, me dije. Cogí, me baje del coche, y tapé con mi pecho la boca de la ametralladora, con los brazos extendidos como un Cristo crucificado.
—¡Venga, disparad, que disparéis, a ver! —grité.
Una reportera de Al-Yazira corrió hacia donde estábamos micrófono en ristre, y los cámaras la siguieron. Un soldado salió corriendo de la caseta que estaba al otro lado de la carretera, nos pidió la documentación, que nos devolvió en el acto, y nos hizo señal de que pasáramos.

Me callé, los ojos fijos en sus labios, rogando en silencio un comentario. Esperaba que dijera: “Loca”, era lo que más deseaba... Pero él permaneció callado, parecía triste, no sólo triste, más que triste. ¿Será que mi historia es tan triste? No lo es, y además he intentado aligerarla al máximo. Entonces ¿a qué está dándole vueltas? ¿Por qué está tan serio? ¿Dónde ha ido a parar su buen humor habitual? Sabe que estoy esperando sus comentarios.
—Vaya suerte que has tenido —me dijo intentando sonreír.
—¿Suerte? —dije extrañada.
¿Qué suerte había tenido? Si me hubiera dicho: “¿No te lo decía yo?”; si me hubiera preguntado por qué al principio había intentado fingir que todo había sido apacible, sin problemas, y que algunos soldados aún albergaban bajo el pecho un corazón humanitario... Es verdad, ¿por qué había pretendido tal cosa, por qué no había contado que el soldado que me había dejado cruzar la verja por la mañana estaba riéndose cuando sus compañeros nos prohibieron volver a Ramala? ¿Conocía la trampa que nos esperaba? Señor, no es posible. ¿Qué espanto aguarda al mundo si la Ocupación deforma todas las almas?
—¡Mucho más que suerte! —remató—. Imagínate si hubieras estado en una de las verjas a las que no tienen acceso las cadenas vía satélite.
Pues sí que había tenido suerte...

Durante un mes no volvimos a vernos, pues no le dejaron entrar en Ramala después de la operación militar de Ain Aryat. Ayer me llamó por teléfono y me dijo muy seguro: “Mañana me lanzo a la aventura de intentar llegar a Ramala”. Me dormí soñando con el encuentro. Hoy, hace un momento, ha sonado el teléfono. Su voz llegaba muy débil:
—Me han disparado. Necesito una ambulancia.
Dios, ¡que la ambulancia llegue a tiempo! ¡Que él sí que tenga mucho más que suerte!

Traducción de Luz Gómez García

AAVV: Bajo la Ocupación. Relatos palestinos, prólogo de José Saramago, edición de Luz Gómez García, traducción de VVAA, Málaga, Diputación de Málaga, 2003


13/1/09

La poesía, por Eugenio Montale

Desde que apuntó el siglo se viene discutiendo
si la poesía está dentro o fuera.
Primero venció el dentro, después contraatacó duramente
el fuera, y tras muchos años se llegó a un forfait
que no podrá durar, porque el fuera
está armado hasta los dientes.

De Quaderno di quattro anni, 1977

Traducción de Jorge Gimeno

11/12/08

Los indios de Palestina, por Gilles Deleuze y Elias Sanbar

Transcribimos un fragmento de una conversación entre el filósofo francés Gilles Deleuze y el historiador palestino (y traductor de Mahmud Darwix al francés) Elias Sanbar. Se publicó en el diario Libération el 8-9 de mayo de 1982.
Hoy, el Muro, que desmiembra y aísla Cisjordania, y la reserva de Gaza, dan fe de la continuidad sistemática de la política israelí de usurpación y negación del Otro.

Gilles Deleuze. [...] Los palestinos no están en la situación de otros pueblos colonizados, sino que han sido evacuados, desterrados. Tú insistes, en el libro que estás preparando [Palestine 1948, l’expulsion], en la comparación con los pieles rojas. En el capitalismo se dan dos movimientos muy diferentes. A veces se trata de mantener a un pueblo en su territorio, hacerle trabajar, explotarlo para acumular un excedente: lo que suele llamarse una colonia; otras veces se trata de lo contrario, de vaciar un territorio de su pueblo para dar un salto adelante, aunque tenga que importarse mano de obra del extranjero. La historia del sionismo y de Israel, como la de América, tiene que ver con esto último: ¿cómo crear un vacío, cómo evacuar a un pueblo? [...]

Elias Sanbar. Somos unos expulsados peculiares porque no nos han desplazado a tierra extranjera sino hacia la prolongación de nuestro hogar. Se nos ha desplazado a tierra árabe, donde no solamente nadie piensa en que nos disolvamos sino que esta mera idea les parece una aberración. Me refiero, en este punto, a la inmensa hipocresía de algunas afirmaciones de Israel que reprochan al resto de los árabes el no habernos “integrado”, cosa que en el lenguaje israelí significa “hecho desaparecer”... Quienes nos han expulsado han comenzado súbitamente a preocuparse por cierto racismo árabe contra nosotros. ¿Significa esto que no debemos afrontar las contradicciones de ciertos países árabes? Desde luego que no, pero estos enfrentamientos no procedían en absoluto del hecho de que fuéramos árabes, eran casi inevitables porque éramos y somos una revolución armada. Somos algo así como los pieles rojas de los colonos judíos de Palestina. A sus ojos, nuestra única función consistiría en desaparecer. En este sentido, es cierto que la historia del establecimiento de Israel es una repetición del proceso que dio lugar al nacimiento de los Estados Unidos de América. [...]

El movimiento sionista no movilizó a la comunidad judía de Palestina en torno a la idea de que los palestinos iban a marcharse en algún momento, sino en torno a la idea de que el país estaba “vacío”. Desde luego, hubo algunos que, al llegar, constataron lo contrario y así lo escribieron. Pero el grueso de esta comunidad funcionaba teniendo en frente a unas personas a quienes frecuentaba a diario físicamente, pero como si no estuviesen allí. Esta ceguera no era física, nadie podía engañarse en primera instancia, todo el mundo sabía que aquel pueblo allí presente estaba “en trance de desaparición”, todo el mundo se daba cuenta también de que, para que esa desaparición pudiera llevarse a cabo, hacía falta funcionar desde el principio como si ya hubiese ocurrido, es decir, “no viendo” nunca la existencia de los otros, que sin embargo estaban más que presentes. Para tener éxito, el vaciamiento del territorio debía partir de una aniquilación “del otro” en la propia mente de los colonos.

Para alcanzar ese resultado, el movimiento sionista apostó fuerte a una visión racista que hacía del judaísmo la base misma de la expulsión, del rechazo del otro. Recibió una ayuda decisiva de las persecuciones europeas que, emprendidas por otros racistas, le permitían encontrar una confirmación de su propio enfoque.

Creemos, además, que el sionismo ha aprisionado a los judíos y los mantiene cautivos de esta visión que acabo de describir. Digo intencionadamente que les mantiene cautivos y no que les ha mantenido cautivos en cierto momento. Digo esto porque, pasado el holocausto, su punto de vista ha evolucionado y se ha convertido en un seudoprincipio “eterno” que exige que los judíos sean en todo lugar y en todo tiempo el Otro de las sociedades en que viven.

Ahora bien, no hay ningún pueblo, ninguna comunidad que pueda aspirar ―afortunadamente para ellos― a ocupar inmutablemente esta posición del “Otro” rechazado y maldito.

Hoy día, el Otro del Oriente Próximo es el árabe, el palestino. Y es a este Otro constantemente amenazado con desaparecer al que las potencias occidentales, derrochando hipocresía y cinismo, piden garantías. Por el contrario, somos nosotros quienes necesitamos garantías contra la locura de las autoridades militares israelíes. [...]

Gilles Deleuze, Dos regímenes de locos. Textos y entrevistas (1975-1995), traducción de José Luis Pardo, Valencia, Pre-Textos, 2007.

20/11/08

Las mujeres de Yébel Huséin, por Jean Genet

En el siguiente texto, de 1974, Jean Genet narra un episodio que dio pie a algunos pasajes centrales de sus obras de asunto palestino. El marco histórico es el Septiembre Negro (1970), durante el cual las tropas del rey Huséin masacraron a las milicias palestinas asentadas en Jordania.

La imagen primera y el tono me lo dieron cuatro mujeres palestinas en el barrio de Ammán denominado Yébel Huséin. Cuatro mujeres mayores, arrugadas, se acuclillaban en torno a un fuego apagado: dos o tres piedras renegridas y una tetera de aluminio abollada. Me invitaron a sentarme.
―¿Ves? Estamos en casa. ¿Quieres té? (Sonreían.)
―¿En casa?
―Sí. (Se rieron.) Sólo nos quedan las piedras para hacer fuego. Han quemado nuestras barracas.
―¿Quién?
―Huséin. Tú vienes de Francia. Se dice que tu país apoya a los árabes; pero ¿sabe tu país distinguir entre Huséin y los árabes?
Aquí las cuatro mujeres se enzarzaron en una disputa bastante animada acerca de la suerte que debía reservarse a Huséin. Pese a la desgracia, permanecían alegres, prestas al combate.
―¿Y los hombres?
―Nuestros hijos son fedayines en las montañas.
―¿Y los demás?
―Ahí.
Un índice puntiagudo perteneciente a una mano muy seca y muy bella me indicó un patinillo vecino.
―Están enterrados ahí.
Se trataba de viejos, de niños y mujeres. Una de aquellas mujeres me reprendió con dulzura cuando hablé de “campos de refugiados”.
―Querrás decir campos militares; ahora todo el mundo está armado y ha aprendido a luchar.
La posibilidad de revuelta entre las mujeres era quizá mayor que entre los hombres. Parecían disponer de sorprendentes reservas de acción, de discreción en la acción. Un día le dije a una palestina que las mujeres afrontaban quizá con más serenidad las posibilidades de la revolución.
―Nosotras ―me dijo riéndose― conocemos a los revolucionarios. Los hemos traído al mundo. Conocemos su fuerza, sus debilidades.
―O sea, que los amas.
Tenía unos cincuenta años. Sonreía.
―Los conozco porque los amo. ¿Tomas té o café?
Su hijo, su hija y su yerno eran: el primero fedayín de Fatah, los otros dos de Al Saika.
Ellas se dirigían, me parecía, más rápidamente a una solución clara.
H., veintidós años, me había presentado a su madre en Irbid. Era en Ramadán, a eso de la hora del almuerzo.
―Es francés. Nada francés y nada cristiano, no cree en Dios.
Ella me miró sonriendo. Sus ojos se tornaban cada vez más maliciosos.
―Entonces, puesto que no cree en Dios, habrá que darle de comer.
Nos preparó el almuerzo a su hijo y a mí.
Ella no comió hasta la noche.

Jean Genet, L’Ennemi déclaré. Textes et entretiens, ed. Albert Dichy, París, Gallimard, 1991.

Traducción de Jorge Gimeno

8/11/08

Las piedras, por Gilles Deleuze

Este texto se publicó por primera vez en la revista al-Karmel (nº 29, junio de 1988). Deleuze lo escribió al poco del estallido de la Primera Intifada en diciembre de 1987.

Europa no ha comenzado a pagar la deuda infinita que tenía con los judíos, pero se la ha hecho pagar a un pueblo inocente, los palestinos.

El estado de Israel lo construyeron los sionistas sobre el pasado reciente de su suplicio, el inolvidable horror europeo, pero también sobre el sufrimiento de este otro pueblo, sobre las piedras de este otro pueblo. El Irgún fue calificado como terrorista, no solamente porque hizo saltar por los aires el cuartel general inglés, sino porque destruía pueblos y aniquilaba poblaciones.

Los americanos no repararon en gasto para hacer de él toda una superproducción de Hollywood. Se suponía que el Estado de Israel se instalaba en una tierra vacía que desde mucho tiempo atrás aguardaba al antiguo pueblo hebreo entre los fantasmas de algunos árabes llegados de fuera, guardianes de las piedras dormidas. Se condenaba a los palestinos al olvido. Se les conminaba a reconocer jurídicamente al Estado de Israel, pero los israelíes no dejaban de negar el hecho concreto del pueblo palestino.

Desde el principio, este pueblo emprendió, solo, una guerra que aún no ha terminado para defender su propia tierra, sus propias piedras, su propia vida: de esta primera guerra no se habla, porque lo que importa es hacer creer que los palestinos son árabes llegados desde otros lugares y que, por tanto, pueden volver a ellos. ¿Quién desenmarañará todas estas Jordanias? ¿Quién dirá que entre un palestino y cualquier otro árabe existe un fuerte vínculo, pero no mayor que el que pueda haber entre dos países europeos? ¿Y qué palestino puede olvidar lo que otros árabes le han hecho pasar, no menos que los israelíes? ¿Cuál es el nudo de esta nueva deuda? Expulsados de su tierra, los palestinos se instalaron en un lugar desde donde al menos podían aún verla, conservando esa visión como un último contacto con su ser alucinado. Los israelíes nunca podían empujarlos lo suficientemente lejos, sumergirlos en la noche, en el olvido.

Destrucción de pueblos, dinamitado de casas, expulsiones, asesinatos de personas, una historia horrible volvía a empezar sobre las espaldas de los nuevos inocentes. Se dice de los servicios secretos israelíes que son la admiración del mundo entero. Pero ¿qué es una democracia cuya política se confunde con la acción de sus servicios secretos? Todos éstos se llaman Abou, declara un oficial israelí tras el asesinato de Abou Jihad. ¿Recordamos aquellas voces sanguinarias que gritaban: “Todos éstos se llaman Levy”...?

¿Cómo acabará Israel con los territorios anexionados, con los territorios ocupados, con los colonos y las colonias, con sus rabinos enloquecidos? Ocupación, ocupación infinita: las piedras arrojadas vienen de dentro, vienen del pueblo palestino para recordar que, en un lugar del mundo, aunque sea muy pequeño, la deuda se ha subvertido. Lo que los palestinos arrojan son sus propias piedras, las piedras vivas de su país. Nadie puede pagar una deuda mediante asesinatos ―uno, dos, tres, siete, diez cada día― ni entendiéndose con terceros. Los terceros se desentienden, cada muerto llama a los vivos, y los palestinos han entrado en el alma de Israel, ocupan esa alma como quien la sondea y la taladra día tras día.

Gilles Deleuze, Dos regímenes de locos. Textos y entrevistas (1975-1995), traducción de José Luis Pardo, Valencia, Pre-Textos, 2007.

7/10/08

El pavo real blanco de Holland Park, por Hanan al-Shaykh

Yasmín estaba de pie, contemplando asombrada el pavo real blanco. No sabía que la naturaleza pudiera crear tales criaturas. Cada una de las plumas de su larga cola estaba adornada con un ojo rodeado de un corazón, después de otro corazón más grande y finalmente de largas pestañas. Las plumas tenían exactamente los mismos dibujos que las plumas de pavo verdeazuladas, pero eran blancas. ¿Por qué nadie había pensado en plumas blancas de pavo real cuando se quería describir la bruma matutina? Ella caminó a su encuentro, pensando en la manera de hacerle desplegar la cola. Le gritó, le tiró una piedra ―una pequeña― y ladró como un perro. El pavo, cuya cabeza estaba coronada de blanco como si fuera una capa de nieve reciente, siguió moviéndose orgullosa y lentamente, arrastrando la cola tras de sí como una nube de fino encaje. Ella quería que el animal se le acercara y se quedara quieto donde ella pudiera verlo, pero siguió moviéndose con sus andares calmos y altaneros. Yasmín sacó rápidamente un pedazo de pan que había traído para que su hijo diera de comer a los patos y lo desmigajó al paso del pavo real. Éste se acercó, picoteó las migas e, incapaz de encontrar nada más de su interés, se alejó. Dios no había olvidado ni un solo ornamento. Mientras ella lo seguía, pensó en escribirle a su amiga de Beirut contándole aquello. Después apartó esa idea de su mente con un sentimiento de culpabilidad: resultaba impensable describirle el pavo real blanco mientras ella y las demás que se habían quedado en Beirut se pasaban los días buscando protección de los bombardeos recorriendo los pasillos de sus bloques de apartamentos de camino a los refugios subterráneos.

Su hijo Ziyad corría delante de ella lamiendo un helado. Ella se sentía feliz de haberle podido sacar de Beirut, pues por primera vez en muchos meses podía corretear como un chiquillo. Se había pasado dos meses encerrado en casa, confinado en su habitación, en la cocina y en el pasillo que los unía. Ella bajó la vista hasta sus propios pies como si los estuviera descubriendo de nuevo, y empezó a correr gozosa, observando como se movían. No se dio cuanta de que ella y Ziyad estaban solos en el parque ni de que el sol ya había desaparecido hasta que la oscuridad se cernió sobre ellos de repente. Llegó hasta donde estaba Ziyad, le cogió de la mano y se dirigió a toda prisa al lugar por donde habían entrado, pero una verja les cerraba el paso, y estaba cerrada con llave. Ella se sorprendió y asustó a partes iguales: nunca había pensado que los parques y los jardines tuvieran verjas que pudieran cerrarse. Su temor se contagió por sí solo a Ziyad, quien le preguntó con ansiedad:

―¿Vamos a dormir aquí?

―No tardaremos. Pronto estaremos fuera ―le aseguró ella.

Debía de haber otra verja. Todos los parques tienen varias salidas. Ella empezó a dar vueltas y no encontró ninguna: Holland Park parecía haberse transformado en un denso bosque de altos árboles. Las hojas caídas del otoño se amontonaban en el suelo, y sus pies empezaron a hundirse en ellas. Aunque tenía miedo, no podía evitar admirar la belleza del parque silencioso que podía vislumbrar entre tinieblas. Se detuvo, intentando decidir qué camino seguir. Unos cuantos pasos más tarde se halló en la más absoluta oscuridad. El sudor le manaba por las axilas, y las palmas de sus manos estaban humedad. Tenía la lengua seca.

―Oh, Dios ―dijo ella con desánimo.

Oyó que Ziyad la imitaba:

―Oh, Dios.

La voz de su hijo hizo que el miedo se adueñara de ella de nuevo. Debía de haber un teléfono. Había que volver a la primera verja. Intentó recordar dónde estaba.

Fue como si la naturaleza supiera de su difícil situación: un hombre y una mujer que se abrazaban se materializaron debajo de un árbol a unos cuantos pasos de distancia. Cuando advirtieron su presencia comenzaron a alejarse. Ella corrió tras ellos pidiéndoles ayuda. Ella, Ziyad y la pareja estaban pronto caminando juntos por un sendero que ella no había sabido ver antes, bordeando un estanque sobre el que flotaba un ganso blanco. El hombre se detuvo frente a un muro. Salto por encima hasta la calle y esperó a recoger a Ziyad. La mujer la siguiente, y Yasmín se encontró trepando tras ella sin importarle la altura del muro.

Estaba tumbada en la cama con los ojos cerrados, recordando cuando estaba perdida en Holland Park, al hombre y a la mujer que se abrazaban bajo el árbol, las hojas secas del otoño y el pavo real blanco. Recordó su miedo, y para su sorpresa le gustó. Quiso perderse de nuevo, y que la acompañara un hombre. Empezó a imaginárselo: los latidos desbocados de su corazón, el sudor de las palmas de las manos, el hombre cogiéndola de la mano mientras vagaban en busca de una salida para encontrarlas todas cerradas; los dos en el parque mientras todos los pavos reales se habían subido a un árbol a pesar de su admiración por ellos; sus largas colas, que colgaban en una nube de trémula blancura, parecían niebla levantándose entre las ramas de los árboles. Anhelaba esa tensión, el momento decisivo en la relación con un hombre. Con su marido no se le habría pasado por alto la hora; él se habría asegurado de que estuvieran fuera del parque antes del anochecer; de hecho, ella y su marido no habrían paseado nunca juntos por el parque.

Apagó la luz, cerró los ojos y se preguntó con una sonrisa cómo era que ni siquiera la tensión de Beirut le había bastado. Pues incluso en la guerra su tensión había sido algo meramente doméstico: pensaban en la comida, en el agua. No intentaban aliviar sus temores abrazándose muy juntos, ni besándose, lo que aparentemente era una actividad prohibida entre el ruido de las explosiones, aunque resultaba mucho más real que en tiempo de paz. Lo necesitaban para mantener la calma, para reafirmar la existencia del amor a pesar de la violencia de la guerra, pero en vez de eso se pusieron a enrollar alfombras con bolas de naftalina dentro, a construir nuevas puertas de gruesa madera con cerrojos propios de una fortaleza, y a envolver la plata con toallas en vez de a ellos mismos entre sábanas, donde podrían haberse encerrado en su concha sin oír otra cosa que el murmullo de las olas.

Debo encontrar un hombre con el que perderme en Holland Park, de manera que cuando caiga la noche y nosotros caminemos con los pies hundidos en las hojas amarillas para encontrarnos cerradas todas las salidas, nos podamos sosegar y abrazar bajo un árbol mientras decidimos qué hacer; y después entrar en el bosque por el estrecho sendero donde la oscuridad es casi total.

Yasmín siguió vagando por Holland Park, perdida en un espeso bosquecillo tras otro, suspirando, diciendo «Oh, Dios» sin llegar nunca al muro que rodeaba el parque. Siempre estaba en el centro, atrapada en un laberinto infinito de senderos. A pesar de la oscuridad, vislumbró el rostro de un poeta a cuyas conferencias asistía fielmente antes de que estallara la guerra. Él se acercó a ella, sorprendido por ese encuentro casual, y le confesó que también estaba perdido. Yasmín le condujo a las salidas cerradas, a lo largo del sendero oscuro y hasta el interior del bosque. Él la tomó de la mano; ella podía oír el sonido de su propia respiración, y él seguro que también podía sentirla. Entonces ella se detuvo bajo un árbol, cerró los ojos y sintió dos carbones encendidos que se posaban en sus labios. Ella temblaba. Nadie la había besado así antes. Siguieron caminando y vieron que el pavo real blanco estaba dormido. Para sorpresa de ella, el poeta se agachó y alargó la mano para acariciarlo; el pavo no se inmutó. Después cogió la mano de ella y la pasó por encima de las plumas del ave. Ambos se pusieron de pie, y él le cogió el rostro entre las manos y le dijo que ya había reparado en ella durante las veladas de poesía: llevaba un vestido del color del mar y el rostro bronceado. No siguieron caminando, sino que treparon sobre el muro y se quedaron de pie en la acera, abrazándose.

A la mañana siguiente ella no podía creer que su encuentro con el poeta fuera un sueño. Ella soñaba regularmente, y también con hombres, pero no de aquella forma, no con el realismo y la veracidad de ese sueño. Durante el día, mientras recorría todo Londres con su hijo buscando una escuela para él, admirando la ciudad y disfrutando de saberse lejos de los temores de la guerra, sentía constantemente la calidez de la mano del poeta y el roce de su pecho mientras la cogía en brazos para ayudarla a saltar el muro que rodeaba el parque. Siguió sintiendo esa desazón hasta bien entrada la tarde, cuando se dirigió hacia el parque y empezó a recorrer los mismos senderos que había tomado con él. Miró a su alrededor, comprobando todos los detalles de las ramas y los troncos de los árboles que había visto con él; hasta la sensación al caminar sobre los montones de hojas secas era la misma. Allí estaba la verja rematada con el alambre de espino, el pequeño estanque, el canto de los pájaros, la fría punzada del viento. Ahí estaba el banco en el que se habían sentado antes de que cayera la oscuridad. Ella siguió caminando, cruzando los brazos sobre el pecho para protegerse del frío mientras Ziyad desmigajaba un pedazo de pan para dárselo al pavo real blanco. Éste estaba observando al gallo, a las gallinas de Guinea y a todas las otras aves que se congregaban a su alrededor estirando las cabezas y observándole con ojos temerosos, y al final les dio la espalda y se comió todo el pan él solo.

Ella reflexionó. ¿Debería escribirle al poeta para pedirle que viniera a Londres? Antes de tener tiempo de preguntarse si él se sorprendería ante tal petición, o si comprendería que debería perderse con ella en Holland Park, algo llamó su atención. El pavo real había desplegado su cola en el aire, mostrando un enorme abanico. Ella se aproximó con cuidado, recordando la delicadeza del coral del Mar Negro, cuyos pedazos era cada uno como un pequeño abanico, y contempló abrumada la blancura del propio coral del pavo. Éste había empezado a pasearse lentamente adelante y atrás, como si fuera consciente de que su belleza provocaba que la gente contuviera admirada la respiración. Yasmín recordó las palabras del poeta la noche anterior: que el pavo sólo desplegaba la cola para atraer a al hembra.

Sus conversaciones no podían haber sido una ilusión; era imposible que en realidad no hubieran saltando nunca sobre el muro del parque, que él no la hubiera abrazado con fuerza cuando ella le dijo que amaba a su marido y que nunca le podría ser infiel. Él la había llevado después a un club: ella recordaba el estilo de las sillas, la mesa, los espejos en forma de piña y el sabor exacto del bloody mary cuando tomó un sorbo para aumentar su sensación de regocijo mientras oía que él murmuraba algo. Ella le había preguntado qué pasaba, y él le había respondido entre risas que estaba embrujando su bebida para que ella le amara. Ella le había dicho que lamentaba no haberle invitado a su casa de Beirut para que pudiera ver su apreciado burrito de escayola blanca.

No era un sueño: los sueños atormentan a la gente un día, una semana, pero no un mes entero. Ella recorría los grandes almacenes contemplándose en los espejos, intentando verse a sí misma a través de los ojos de él. Él no era como el resto de los hombres: prestaba atención a los colores, a la ropa, a los menores detalles. Se sentó en la clase de Ziyad, intentando ocuparse escribiendo cartas hasta que Ziyad se sintió cómodo en el aula y se olvidó de su madre. Ella se vio a sí misma garabateando el nombre del poeta. Le escribió una carta, y después la rompió. Compró revistas libanesas con la esperanza de encontrar una foto suya o uno de sus poemas, por si encontraba una alusión a ella. Mencionaba las flores de jazmín por primera vez: tal vez se refería a ella, o tal vez no. En el bar del teatro deseó que estuviera a su lado, comentando la obra como la pareja del rincón. En el autobús de vuelta a casa pensó: «Ojalá estuviera él a mi lado, y no este borracho». Él era real. Ésa era la razón por la cual, cuando su marido se reunió con ella en Londres después de una conferencia en Estado Unidos, ella no le había besado con el mismo entusiasmo ni había anhelado su regreso como en el pasado. Se sentía desligada de él. Se armó de valor y le dijo que amaba al poeta. Él se rió y le dijo con una expresión de ternura en el rostro:

―Eres una soñadora. No cambiarás nunca.

Ella le respondió con silencio. No puede ser sólo un sueño. La intuición enciende la chispa del amor. Las relaciones imaginarias florecen bajo su influencia, y ésta les confiere realidad. Prepara el camino para un encuentro.

Pero cuando estaba absorta preparando la comida, o recorriendo el supermercado comprando verduras, paquetes y latas, o limpiando el baño, le resultaba fácil separar la realidad de la ficción. Ella creía en su propia lógica cuando ésta le indicaba que la atmósfera romántica de Holland Park, el pavo real blanco, Londres y todo lo que rodeaba esas cosas proporcionaban un trasfondo poético propicio al amor: el invierno, los cielos despejados, el frío, la hierba verde, los autobuses, los grandes almacenes, los cines y los teatros, el rugido del tráfico, el ambiente de despreocupación, los gorriones, la ausencia de guerra. Y ella estaba sola y sin hombre la mayor parte del tiempo.

Al caer la noche volvía a convencerse en su fuero interno de la realidad de su sueño. Intentó pensar en la manera de encontrarse con el poeta durante su estancia en Londres. Pero cuando hubo un mes de alto el fuego en el Líbano, Yasmín volvió a Beirut. No volvió a pensar en el poeta hasta que un día le vio acercarse a lo lejos con un periódico en la mano. Ella sonrió y siguió caminando.

Hanan al-Shaykh, Barriendo el sol de los tejados, traducción de Albert Borràs, Barcelona, Ediciones del Bronce, 2001.

5/7/08

Godard/Sanbar. Un coloquio

Recogemos un fragmento de una charla mantenida en Le Havre, en el teatro Le Volcan, entre el cineasta Jean-Luc Godard y el historiador palestino Elias Sanbar, el cual aparece en los créditos de Notre Musique (2004) bajo el rótulo “Memoria”. Godard y Sanbar se conocieron en 1969, cuando el cineasta rodaba en Jordania una película sobre la resistencia palestina. Antes del rodaje de Notre Musique, Sanbar le presentó a Darwix, que se convirtió en una de las voces-memoria que hablan en la película.

(Pregunta en la sala sobre la distinción entre documental y ficción a propósito de una secuencia de Nuestra música que muestra una fotografía del desembarco de gente en Israel en 1948 y una foto de palestinos empujados al mar en las mismas fechas, mientras una voz en off dice: “Los israelíes reencuentran la ficción. Los palestinos acaban en el documental”.)

Jean-Luc Godard. Esta distinción entre documental y ficción es un cliché que dura desde hace tiempo. En cambio, de la época de Cahiers de Cinéma recuerdo una crítica de Moi un Noir, de Jean Rouch, que decía: es un gran documental porque es un gran film de ficción. En Notre Musique dudé entre “Los israelíes reencuentran el documental” y “Los israelíes reencuentran la ficción”. Me pareció que, por la historia del sionismo, la segunda frase era más justa: ellos están por fin en la tierra de su ficción. Y esto se corresponde también con una frase que Elías me había dicho y que he incluido en el film: “Cuando un israelí sueña por la noche, no sueña con Israel, sino con Palestina. Mientras que, cuando un palestino sueña por la noche, sueña con Palestina, y no con Israel”.

Elias Sanbar. Esa frase es un fragmento de una conversación que tuve con un amigo israelí, sin crispación. Yo intentaba explicarle que la relación de fuerzas quizás no era la que él imaginaba, porque hay algo que se les escapa por completo a los israelíes. Yo le decía: “Cuando dormís, nosotros nos metemos en vuestros cráneos. Vosotros ocupáis la tierra durante el día. Nosotros ocupamos vuestras cabezas por la noche”. No es una frivolidad. Es creo, donde radica la esencia del pánico de los israelíes. Aunque disponen de un arsenal atómico, de divisiones blindadas, de aviones, están en situación de debilidad. En relación con esto, quiero precisar algo sobre lo que dice Mahmud Darwix en el film a propósito de los vencidos. Él no hace una apología de la derrota, sino de la pérdida. No es exactamente lo mismo. Desde hace veinte años, esa cuestión está anclada en sus poemas. Él ha desarrollado la idea de que, finalmente, en la guerra de Troya los personajes más interesantes no son ni Aquiles ni Héctor ni Ulises, sino los troyanos. En cierto modo nosotros somos, entre los árabes, los troyanos. Lo cual no mejora el valor de la derrota, sino que sirve para expresar que en la pérdida hay infinitamente más humanidad que en la acumulación de victorias. Tal vez ésta es la suerte que nos ha tocado vivir. Pero que quede bien claro que no nos gusta ser las víctimas: nosotros le endosamos el estatuto de víctima a quien lo quiera.

Conversación recogida por Christophe Kantcheff

El Viejo Topo, nº 229, febrero 2007

Texto completo

2/7/08

Un momento en Ramala, por John Berger

Reproducimos un texto de John Berger, escritor solidario con Palestina y que conoce bien la obra de Mahmud Darwix.

Ciertos árboles —especialmente las moreras y los nísperos— aún cuentan la historia de cómo una vez, en otra vida, antes de la Nakba, Ramala fue para los adinerados una población de ocio y esparcimiento, un lugar cercano a Jerusalén para descansar durante el caliente verano, un centro vacacional. La Nakba es la “catástrofe” de 1948, cuando 10.000 palestinos fueron asesinados y 700.000 se vieron forzados a abandonar su país.

Hace mucho tiempo las parejas de recién casados plantaban rosas en los jardines de Ramala como augurio para su vida futura juntos. El suelo de aluvión le iba bien a las rosas.

Hoy no existe muro alguno en el centro de Ramala, convertido en capital de la Autoridad Palestina, que no esté cubierto con las fotografías de los muertos, tomadas en algún momento de su vida, y que ahora se reimprimen como pequeños carteles. Los muertos son los mártires de la Segunda Intifada, que comenzó en septiembre de 2000. Los mártires son los que murieron a manos del ejército y los colonos israelíes, y todos los que decidieron sacrificarse en contraataques suicidas. Estos rostros transforman las borrosas paredes callejeras en algo tan íntimo como la cartera plena de papeles y fotos privadas. Una cartera que tiene un compartimiento para la tarjeta de identificación magnética emitida por los servicios de seguridad israelíes (sin la cual ningún palestino puede viajar ni unos cuantos kilómetros), y otro compartimento para la eternidad. En torno a los carteles, los muros muestran las cicatrices de las balas y la marca de las esquirlas de obús.

Está una anciana, que pudiera ser la abuela en muchas carteras. Están los niños, apenas adolescentes, están tantos padres. Escuchar las historias de cómo se toparon con la muerte es recordar lo que significa ser pobre. La pobreza orilla a las decisiones más duras, ésas que casi no conducen a nada. Ser pobres es vivir con ese casi.

La mayoría de los muchachos, éstos cuyos rostros tapizan los muros, nacieron en campos de refugiados tan pobres como los cinturones de miseria. Abandonaron pronto la escuela buscando ganar dinero para la familia o ayudar al papá con su trabajo, si alguno tenía. Otros cuantos soñaban con llegar a ser estrellas del fútbol. Buen número de ellos hicieron catapultas de madera tallada, cuerda trenzada y piel retorcida para lanzarle piedras al ejército de ocupación.

Comparar las armas empleadas en tales confrontaciones nos retorna a lo que significa la pobreza. De un lado helicópteros Apache y Cobra, F 16, tanques controlados a distancia, jeeps Humvee, sistemas electrónicos de vigilancia, gases lacrimógenos; del otro catapultas, resorteras, teléfonos celulares y, en ocasiones, unos cuantos explosivos de fabricación casera. La enormidad del contraste revela algo que puedo sentir entre estos muros lacerados por la pena, pero que no puedo nombrar. Si yo fuera soldado israelí, por muy bien armado que estuviera, me aterraría finalmente con este algo. Tal vez es lo que atisbó el poeta Murid Barguti: “La gente que vive se hace vieja, pero los mártires se hacen jóvenes”.

Husni Al-Nayjar, 14 años de edad. Trabajó ayudando a su padre, que era soldador. Mientras arrojaba piedras, le dispararon y murió con una bala en la cabeza. En su foto su mirada es calma y se posa imperturbable en la distancia.

Abdelhamid Kharti, 34 años de edad. Pintor y escritor. Cuando joven recibió capacitación como enfermero. Como voluntario se sumó a una unidad de urgencias médicas para rescatar y cuidar heridos. Su cadáver fue hallado cerca de un puesto de revisión, después de una noche sin confrontaciones. Le habían cortado los dedos. Todavía le colgaba un pulgar. Le habían roto un brazo, una mano y la quijada. Tenía 20 balas en el cuerpo.

Muhammad ad-Durra, de 12 años de edad, vivía en el campamento de Breij. Regresaba a casa con su padre. Cruzaron el puesto de revisión Netzarin, en Gaza, y les ordenaron bajar de su vehículo. Algunos soldados disparaban. Ambos se cubrieron de inmediato tras una barda de cemento. El padre hizo una señal con la mano para hacerles ver que estaban ahí y recibió un impacto en la mano. Un instante después le dieron a Muhammad en el pie. El padre cubrió a su hijo con su cuerpo. Más balas impactaron a ambos y el niño murió. Los doctores retiraron ocho balas del cuerpo del padre. Quedó paralizado a consecuencia de las heridas y ya no pudo trabajar. Hoy es un desempleado. Como se filmó el incidente, su historia se narra una y otra vez por todo el mundo.

Quiero hacer un dibujo para Abdelhamid Kharti. Muy temprano por la mañana vamos al poblado de Ain Kinya. Más allá hay un campamento beduino, cerca de un wadi. El sol no calienta todavía. Las cabras y las ovejas pastan un poco entre los toldos. Decido dibujar las colinas que dan hacia el oriente. Me siento en una roca cercana a una tienda negruzca. Cuento tan sólo con un cuaderno y una pluma. Sobre la tierra hay tirado un tarro de plástico, que me sugiere juntar algo de agua del hilo que brota del manantial para mezclarla, si la necesito, con la tinta.

Después de dibujar un rato, un joven se acerca (por supuesto, toda persona invisible en el campamento ya me vio), abre la tienda tras de mí, entra y sale sosteniendo un decrépito banco de plástico blanco que, me indica, puede ser más cómodo que la roca. Me imagino que, antes de hallarlo, debe de haber estado tirado en la calle cerca de una pastelería o una nevería. Le agradezco.

Sentado en este banco de parroquiano, en un campamento beduino, y conforme el sol comienza a calentar y las ranas del casi seco lecho del río se ponen a croar, continúo dibujando.

En lo alto de una colina, pocos kilómetros a la izquierda, hay un asentamiento israelí. Parece militar, como si fuera parte de algún armamento diseñado para maniobras súbitas. No obstante es pequeño y está lejos.

Muy cerca, frente a mí, hay una colina de piedra caliza que tiene la forma de una cabeza de animal gigante dormido. Las rocas esparcidas por su cima son como cardenchas sobre su pelambre enmarañado. Repentinamente frustrado por falta de pigmento, vierto agua del tarro sobre el polvo que piso, meto el dedo en el lodo y lo embarro en el dibujo de la cabeza del animal. El sol está caliente. Una mula rebuzna. Paso la página de mi cuaderno y comienzo otro dibujo y otro. Nada parece terminado. Cuando por fin regresa el joven, quiere ver mis dibujos.

Le abro el cuaderno. Sonríe. Vuelvo la hoja. Señala. Es nuestro, dice, ¡es nuestro polvo! Lo que él señala es mi dedo, no el dibujo.

Luego ambos miramos la colina.

*

No estoy entre los conquistados, sino entre los derrotados a los que los vencedores temen. El tiempo de los vencedores es siempre corto y el de los derrotados es inconmensurablemente largo. Su espacio es diferente también. Todo en esta tierra limitada entraña una cuestión de espacio, y los vencedores ya lo entendieron. El acorralamiento que mantienen es primera y fundamentalmente espacial. Se aplica, en desafío a las leyes internacionales, mediante los puestos de revisión, destruyendo los antiguos caminos, mediante nuevos libramientos reservados estrictamente para los colonos israelíes, construyendo asentamientos fortificados en lo alto de las colinas —que en realidad son puestos de vigilancia y control de las mesetas circundantes—, mediante el toque de queda que obliga a las personas a permanecer puertas adentro, de noche y de día. Durante la invasión a Ramala, el año pasado, el toque de queda duró seis semanas, y lo “levantaban” un par de horas, ciertos días, para que la gente fuera de compras. No había tiempo suficiente siquiera para enterrar a los que murieron en sus camas.

En un valiente libro, el arquitecto israelí disidente Eyal Weizman afirma que esta dominación terrestre y total comienza en los bosquejos de los arquitectos y los planificadores distritales. En tales dibujos no es posible hallar ni una partícula de “nuestro polvo”. La violencia comienza mucho antes del arribo de los tanques y los jeeps. El habla de una “política de verticalidad”, donde los derrotados, incluso “en sus hogares”, son literalmente vigilados y socavados.

El efecto de lo anterior es que la vida cotidiana es inexorable. Tan pronto como a alguien se le ocurre decir una mañana cualquiera “voy a ver” tiene que detenerse súbitamente y considerar qué tantos cruces y retenes puede involucrar ese “vistazo”. El espacio de las más simples decisiones de todos los días está maniatado, con la pata delantera amarrada a la trasera.

Además, debido a que los retenes cambian impredeciblemente día a día, la experiencia del tiempo también está maniatada. Nadie sabe por la mañana qué tanto le tomará llegar al trabajo, ir a ver a su mamá, ir a clase, a la consulta con el doctor y, habiendo hecho estas cosas, tampoco sabe cuánto tiempo le llevará regresar a su casa. Un viaje en cualquier dirección puede implicar 30 minutos o cuatro horas, o la ruta puede estar categóricamente cerrada por soldados armados con ametralladoras cargadas.

El gobierno israelí alega que se vio obligado a tomar estas medidas con tal de combatir el terrorismo. Sus alegatos son fintas. Su propósito verdadero es mantener un acorralamiento que destruya el sentido de continuidad espacial y temporal de los pobladores indígenas para que se vayan o se vuelvan sirvientes achatados. Pero, por supuesto, es aquí donde los muertos ayudan a los vivos a resistir, aquí hombres y mujeres deciden volverse mártires. El acorralamiento inspira el terrorismo que dice combatir.

Un caminito de piedra, que va salvando las enormes rocas entreveradas, desciende a un valle al sur de Ramala. En tramos serpentea por antiguos olivares, algunos de los cuales datan de los tiempos romanos. Esta carretera pedregosa (muy dura para cualquier carro) es el único medio con que cuentan los palestinos para acceder al pueblo cercano. La antigua carretera asfaltada, que les está vedada ahora, se reserva para los israelíes de los asentamientos. Voy aprisa, pues toda mi vida me ha parecido más cansado andar lento. Descubro una flor roja entre los matorrales y me detengo a cortarla. Luego me entero que se llama Adonis aestivalis. Su rojo es muy intenso y su vida, dice el libro de botánica, muy breve.

Baha me grita que no me dirija hacia la alta colina situada a mi izquierda. Si detectan que alguien se aproxima, grita, dispararán.

Calculo la distancia: menos de un kilómetro. Unos 200 metros en sentido contrario a la dirección poco recomendable descubro una mula y un caballo atados. Los tomo como garantía y camino hacia allá.

Llego a un lugar donde dos niños —uno como de 11 y otro cercano a los ocho años— trabajan solos en un campo. El más chico llena latas de agua de un barril incrustado en la tierra. El cuidado con que lo hace, sin chorrear ni una gota, muestra lo preciada que es el agua. El niño mayor carga la lata llena mientras trepa con cuidado hacia una parcela sembrada donde riega algunas plantas. Ambos andan descalzos.

El que riega me saluda y orgulloso me muestra los surcos de su parcela, con varios cientos de plantas. Unas las reconozco: tomates, pepinos, berenjenas. Las deben de haber sembrado la semana anterior. Aún son muy pequeñas y buscan el agua. Una de las plantas no la reconozco; él lo nota. Luz fuerte, me dice. ¿Melón? ¡Shumaam! Nos reímos. Cuando ríe sus ojos se fijan en mí, imperturbables. (Pienso en Husni Al-Nayjar.) Ambos estamos —Dios sabrá por qué— viviendo el mismo momento. Me lleva a los surcos y me muestra qué tanto ha regado. Nos detenemos unos instantes, miramos en torno y atisbamos el asentamiento con sus muros defensivos y sus techados rojos. Mientras señala con la barbilla en esa dirección percibo una suerte de burla en su gesto, una burla que quiere compartirme, como su orgullo al regar. Una burla que da paso a una mueca, como si de pronto hubiéramos convenido orinar en el mismo momento y en el mismo punto.

Más tarde andamos de regreso hacia el camino pedregoso. Recoge algo de menta y me ofrece un manojo. Su frescura picante es como un chorro de agua fría, agua más fría que la de su lata. Vamos hacia donde están la mula y el caballo. El caballo, sin silla, tiene cabestro con riendas pero carece de brida y de bocado. El niño quiere hacerme una demostración algo más impresionante que una meada imaginaria. Brinca entonces al caballo mientras su hermano retiene la mula, y casi al instante va al galope, a pelo, por el camino por donde llegué. Es un caballo con seis extremidades, cuatro propias y dos que pertenecen al jinete, y las manos del niño controlan las seis. Monta con la experiencia de muchas vidas. Cuando regresa, sonríe extraño y, por vez primera, se le ve tímido.

Me reencuentro con Baha y los otros, que se hallan a un kilómetro. Hablan con un hombre, el tío del niño, mientras riega plantas que apenas brotan. El sol desciende y la luz cambia. La tierra parduzca y amarilla, más oscura donde se regó, es ahora el color primario de todo el paisaje. Riega con lo que resta del agua el fondo de un barril de plástico azul oscuro de 500 litros.

En la superficie, el barril azul tiene cuidadosamente pegados 11 parches (son como los que se usan para remendar ponchaduras, pero más grandes). El hombre me explicará que fue así como reparó el barril después de que una pandilla del asentamiento de Halamis —de los techos rojos— vino una noche, sabiendo que los recipientes de agua estaban plenos de lluvia primaveral, y los tasajeó con navajas. Otro barril, tirado sobre la terraza inferior, es irreparable. Más allá, en la misma terraza, se alza el tocón retorcido de un olivo que, a juzgar por su circunferencia, debe de haber tenido varios cientos de años de edad, tal vez mil.

Hace algunas noches, dice el tío, lo cortaron con una sierra eléctrica.

Cito de nuevo a Murid Barguti: “Para los palestinos, el aceite de oliva es regalo al viajero, confort para la novia, recompensa del otoño, orgullo en las bodegas y riqueza de la familia por siglos”.

Luego descubro el poema de Zakaría Mohammed “El bocado”. Habla de un caballo negro sin brida que tiene sangre en los belfos. Con el caballo de Zakaría hay también un niño, sorprendido por la sangre.

Qué es lo que masca el caballo
pregunta,
qué es lo que masca.
El caballo negro
muerde
un bocado cuya forja es acero,
un bocado de memoria
para tascar,
impaciente, hasta la muerte.

Si el niño que me ofreció la menta silvestre tuviera siete años más, no sería difícil entender que fuera miembro de Hamás, aprestándose a sacrificar su vida.

*

El peso de las lajas de concreto hechas añicos, y de la mampostería derribada en el centro de operaciones de Arafat en Ramala, tiene ahora gravedad simbólica. No en la forma que imaginaron los comandantes israelíes. Derruir la Muqata con Arafat y sus acompañantes dentro era para ellos la demostración pública de su humillación, así como regar salsa kétchup en la ropa, los muebles y las paredes de los apartamentos privados que el ejército invadió y revolvió sistemáticamente acabó siendo una advertencia de las calamidades que vendrían.

Aún ahora Arafat representa a los palestinos con mayor fidelidad que ningún otro líder mundial a su pueblo. Democráticamente no, pero sí en lo trágico. De ahí la gravedad. Debido a los enormes errores cometidos por la Organización para la Liberación de Palestina, con él a la cabeza, y a causa de las equivocaciones de los estados árabes circundantes, no tiene ya espacio para maniobrar políticamente. Ha dejado de ser un líder político. No obstante, se mantiene desafiante en su sitio. Nadie cree en él. Y muchos habrían dado su vida por él. ¿Cómo es esto? No siendo ya político, Arafat se tornó montaña, montaña de su patria.

*

Nunca había visto una luz así. Baja del cielo de manera extrañamente uniforme, pues no hace distinción entre lo distante y lo cercano. Aquí, la diferencia entre lo lejos y lo cerca es sólo de escala, nunca de color, de textura o precisión. Y esto afecta la manera en que uno se sitúa, afecta su sentido de estar aquí. La tierra se conforma en torno a uno, en vez de confrontarlo. Es lo opuesto del Medio Oeste estadounidense. En vez de saludarnos, nos recomienda no abandonarla nunca.

Y aquí estoy, cumpliendo inesperadamente el sueño que algunos de mis ancestros en Polonia, Galicia y el imperio austrohúngaro deben de haber alimentado y comentado durante por lo menos dos siglos. Y me encuentro aquí por defender la justicia de una causa, compartiendo el dolor que infligen tal vez algunos primos míos (en cualquier caso el Estado de Israel). Los expulsados de esta tierra y todos aquellos a quienes se planea expulsar son inseparables de su pulso de vida. Sin ellos, este polvo no tendría alma. No es una figura de lenguaje, es la más grave advertencia.

*

Riad, profesor de carpintería, ha ido por sus dibujos para mostrármelos. Estamos sentados en el jardín de la casa paterna. El padre rastrilla el campo con su caballo blanco. Cuando Riad vuelve, trae consigo los dibujos como si fueran un expediente extraído de un archivero de metal. Camina lento y las gallinas se apartan de su paso aún más parsimoniosas. Se sienta frente a mí y me entrega los dibujos uno por uno. Fueron hechos con lápiz duro, de memoria y con gran paciencia. Línea a línea, por las tardes, después del trabajo, hasta que los negros se tornen tan negros como él quiere, y los grises permanezcan plomizos. Están hechos en hojas de papel grande.

El dibujo de una jarra de agua. El dibujo de su mamá. El dibujo de una casa destruida, de las ventanas que daban a unos cuartos que no existen ya.

Cuando termino de verlos, me aborda un hombre mayor. Tiene el rostro paciente de un campesino. Parece que usted sabe de pollos, me dice. Cuando una gallina cae enferma, deja de poner. No hay mucho que hacer. Un día se despierta y siente que la muerte se aproxima. Un día se da cuenta de que va a morir y ¿qué sucede? Comienza a poner huevos otra vez, y nada sino la muerte podrá detenerla. Somos como las gallinas.

*

Los puestos de revisión funcionan como fronteras interiores impuestas en los territorios ocupados, pero no se parecen en nada a ningún paso fronterizo normal. Están construidos y administrados de tal manera que cualquiera que cruce es reducido al estatus de refugiado indeseable.

Es imposible subestimar la importancia otorgada al acorralamiento del decoro. Se usa para remachar quiénes son los vencedores y quiénes debieran reconocerse conquistados. Los palestinos deben sufrir, a menudo varias veces al día, la humillación de representar el papel de refugiados en su propia patria.

Todo aquel que cruce tiene que hacerlo caminando hasta pasar el retén donde los soldados, con armas cargadas y listas, eligen a quién les da la gana “revisar”. Ningún vehículo puede cruzar. El camino tradicional fue destruido. La nueva “ruta” obligada está plagada de rocones, piedras y otros obstáculos menores. En consecuencia todos, excepto los más aptos, sufren el cruce.

Enfermos y ancianos son transportados en cajas de madera, provistas de cuatro ruedas, por jóvenes que así ganan un poco para irla pasando (tales cajas se hicieron originalmente para acarrear verduras en el mercado). Les dan a los pasajeros un cojín para aminorar los brincos. Escuchan sus historias. Todos se saben las noticias más frescas. (Cambia todo a diario.) Ofrecen consejo, se lamentan, pero están orgullosos de ofrecer la ayuda que puedan. Son lo más cercano al coro de la tragedia.

Algunos “viajeros” caminan con ayuda de un bastón, otros incluso con muletas. Todo lo que normalmente lleva uno en la cajuela del automóvil debe ser cruzado en bultos cargados en los brazos o a la espalda. La distancia de un cruce puede cambiar de la noche a la mañana y varía entre 300 metros y kilómetro y medio.

Las parejas palestinas, excepto algunas sofisticadas y jóvenes, mantienen en público el decoro de cierta distancia. En los puestos de revisión, las parejas de todas las edades se toman de la mano al cruzar, buscando en cada paso un asidero, mientras calculan el ritmo exacto para evadir las armas que les apuntan. Nunca muy aprisa (apresurarse puede levantar sospechas) ni muy despacio (la duda puede provocar un “juego” que saque a los guardias de su aburrimiento crónico).

Es muy particular el carácter vindicatorio de muchos (no todos) de los soldados israelíes. Tiene poco que ver con la crueldad que describiera y lamentara Eurípides, pues aquí la confrontación no es entre iguales, sino entre los todopoderosos y los supuestamente indefensos. Sin embargo, esta prepotencia de los poderosos va acompañada de una frustración furiosa: el descubrimiento de que, pese a todo su armamento, su poder tiene un límite inexplicable.

*

Quiero cambiar algunos euros por shekels (los palestinos no cuentan con moneda propia). Deambulo por la calle principal y paso por muchas tienditas. Ocasionalmente me topo con algún hombre sentado en su silla sobre lo que alguna vez fuera la banqueta, antes de la invasión de los tanques. Estos hombres sostienen en las manos fajos de billetes. Me aproximo a uno, joven, y le digo que quiero cambiar cien euros. (Por una cantidad semejante uno podría comprar un brazalete pequeño, como para niña, en una de las joyerías.) Consulta su calculadora de juguete y me extiende varios cientos de shekels.

Continúo caminando. Un niño que, pensando en edades, podría ser hermano de la niña del imaginario brazalete de oro, insiste en venderme goma de mascar. Proviene de uno de los dos campos de refugiados de Ramala. Le compro. También vende cubiertas plásticas para las tarjetas de identidad. Insiste en que le compre toda su goma de mascar. Eso hago.

Pasa media hora y me hallo en un mercado de legumbres. Un hombre vende ajos del tamaño de un foco luminoso. Hay mucha gente junta. Alguien me toca el hombro. Volteo. Es el cambista. Le di, dice, 50 shekels de menos, aquí están. Tomo los cinco billetes de 10. Fue usted muy fácil de encontrar, añade. Le agradezco.

La expresión de sus ojos mientras me mira me recuerda a una anciana que vi un día antes. Es una expresión de gran atención al momento presente. Considerada y tranquila, como si fuera tal vez el último momento.

Entonces el cambista se da vuelta y emprende la larga caminata hacia su silla.

Conocí a la anciana en el poblado de Kobar. La casa era nueva y escueta, sin terminar. Sobre las paredes de la sala desnuda había unas fotografías enmarcadas de su sobrino, Marwan Barguti. Marwan de niño, de adolescente, como hombre de 40 años. Hoy está en una prisión israelí. Si sobrevive, será uno de los pocos dirigentes políticos de Fatah a los que necesariamente habrá que consultar en caso de que se impulse algún acuerdo de paz sólido.

Mientras bebíamos jugo de lima y la tía hacía café, sus sobrinos nietos salieron al jardín: dos niños, uno de siete y otro de nueve. El pequeño se llama Patria y el mayor, Resistencia. Corrían en todas direcciones y se detenían de pronto, mirándose intensamente uno al otro, como si se escondieran detrás de algo y se asomaran a ver si el otro ya los había descubierto. Luego se lanzaban corriendo otra vez hasta encontrar otro escondite invisible. Es un juego que inventaron y juegan juntos muchas veces.

El tercer niño tenía cuatro años de edad. En su rostro había brotes rojos y blancos como los de un payaso, y como buen payaso se apartaba, nostálgico, socarrón, inseguro de lo que le pasaba. Tenía sarampión y sabía que no debía aproximarse a las visitas.

Llegado el momento de despedirnos, la tía me dio la mano y en sus ojos vi esta misma expresión especial de atención al momento.

Cuando dos personas tienden un mantel sobre una mesa, se miran una a la otra para asegurar la colocación de la tela. Imaginen que la mesa es el mundo y el mantel las vidas de aquellos a quienes debemos salvar. Esa era la expresión.

Traducción de Ramón Vera Herrera

La Jornada, 21/06/03