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28/3/25

Luz Gómez: La novel.la de la Nakba

Hemos escrito un prólogo, "La novel.la de la Nakba", para la nueva edición en catalán de La porta del sol (trad. Jaume Ferrer, Club Editor), la obra maestra de Elias Khoury. Se da la paradoja de que la gran novela de la Nakba la escribió un libanés.

“Memòria col·lectiva” és una expressió que Yaser Arafat va suprimir de l’esborrany de la Declaració d’Independència de Palestina, proclamada a Alger el 15 de novembre de 1988. El poeta Mahmud Darwish, redactor del text, l’havia escrita amb tota la intenció, però el líder palestí no va entendre ben bé a què es referia, què aportava a la declaració fundacional de l’Estat de Palestina, tot i que es tractava d’un document, més que res, simbòlic. La porta del sol, publicada deu anys després, és precisament un exercici de memòria col·lectiva palestina. És la gran novel·la de la Nakba. I això que Elias Khoury, l’autor, no era palestí, o potser per això mateix.

Aquesta paradoxa té a veure amb una cosa que en el seu moment va destacar el poeta libanès Abbàs Beydoun: que en un país, el Líban, amb 520.000 refugiats palestins, “la novel·la libanesa, excepció d’Elias Khoury, ignora la figura del palestí”. Aquesta observació apunta a una similitud inquietant entre el Líban i Israel: en tots dos casos els palestins són completament absents de la literatura, no hi existeixen o, a tot estirar, hi són ombres, éssers sense veu. Ghassan Kanafani, el fundador de la narrativa palestina contemporània, assassinat pel Mossad a Beirut el 1972, afirmava de manera clarivident que el sionisme literari havia precedit el polític. L’obra d’Elias Khoury, gran admirador de Kanafani, és tota ella un recordatori de la relació entre el Líban, Palestina i Israel —tres literatures que Khoury coneixia com ningú— així com del poder de la literatura per posar nom a allò que la injustícia vol esborrar i, posant-li nom, restituir-ho". —trad. Joan Rius.


29/3/24

Luz Gómez: Palestina/48. Poemas del Interior

Esta antología ofrece una selección de tres de los principales poetas palestinos del Interior: Rashid Hussein (1936-1977), Samih al-Qasim (1939-2014) y Taha Muhammad Ali (1931-2011). 

En 1948 Palestina desapareció de los mapas. Pero no dejó de existir. Y menos los palestinos. La Nakba, la limpieza étnica de Palestina sobre la que se asienta Israel, convirtió a los que quedaron en las fronteras del nuevo Estado en una suerte de apátridas en su propia tierra: son los palestinos del Interior, los palestinos del 48. 


Las voces de sus poetas despertaron en ellos la conciencia de su identidad y la exigencia de igualdad y reparación. Con el tiempo, los versos de estos poetas dieron cuenta también del fracaso de sus sueños y cantaron la lucha común por Palestina.


30/11/11

Cartel de Thomas Kruse (1983)


© Poster Project, Center for Palestine Studies, Middle East Institute, Columbia University

25/10/11

Se acaba el tiempo de los dos Estados, por Luz Gómez García

El tiempo de los dos Estados se está acabando: los palestinos se han hecho con su historia. No había sido así hasta ahora: la historia los arrastraba. Desde 1948, desde la Nakba, concepto que curiosamente sólo ahora se ha naturalizado en el vocabulario político de Occidente, la historia devoraba a los palestinos. La solicitud por parte del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, del reconocimiento de Palestina como Estado miembro de pleno derecho de Naciones Unidas representa el fin de la lógica perversa que reducía a los palestinos a objeto, no sujetos, de su historia. Esta emancipación historial ha sido un proceso largo, en el que han intervenido todas las instancias de la resistencia palestina, y que Abbas ha sabido ahora, en el único gran paso de su carrera, cristalizar.

La recuperación por los palestinos de su historia significa el fin del proceso de paz tal como lo conocíamos. La trascendencia de la iniciativa onusiana de Abbas se explica a dos niveles: el internacional, en el que Palestina ha acorralado, en términos de opinión, al bloque EEUU-Israel con su regreso al multilateralismo; y el nacional, en el que ha respondido a la necesidad de detener una probable primavera palestina, que no sería otra cosa que la Tercera Intifada, pues en primaveras y levantamientos los palestinos son líderes y precursores.

El tiempo que ahora se acaba es la etapa última de una historia dictada por Israel en tres grandes fases que no son estancas, que se superponen y entremezclan: la Nakba de 1948, la Ocupación entendida como proceso militar y político que comienza en 1967, y las negociaciones de paz iniciadas en 1991 y concebidas en términos de solución de dos Estados. Han pasado más de veinte años y los avances en la construcción estatal no sólo no han traído el tan ansiado Estado palestino, sino que han propiciado sobre el terreno una administración indígena de la Ocupación: en Cisjordania se llama Autoridad Nacional Palestina; en Gaza, Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás). El macabro juego del proceso de paz ha llegado tan lejos que ya es indistinguible de la Ocupación misma. Tal es la percepción de la calle y de los observadores en Ramala, Nablus o Gaza, y a ello se enfrenta una élite palestina embarrancada por sus tratos con Israel y cuestionada por las nuevas generaciones post-Oslo. Es más que posible que Fatah siga negociando, pero otras instancias harán germinar la semilla del empoderamiento palestino.

Este nuevo tiempo de la determinación palestina no va a durar otros veinte años. Será un tiempo doloroso, llamado a la puesta en común de la tierra. El ex primer ministro israelí Ehud Olmert no dejaba de verlo claro en un reciente y por lo demás protocolario artículo en The New York Times (22/9/11): el fracaso de los actuales negociadores aupará a una nueva generación de líderes que, posiblemente, abandone la solución de los dos Estados. De momento, la solución de un Estado de todos sus ciudadanos, palestinos e israelíes, en los límites globales de la Palestina histórica suena a ingeniería ideológica, pero es una idea con la que ya vienen conviviendo, aunque sea conflictivamente, las clases políticas de las dos comunidades. Los sectores palestinos menos pactistas empiezan a verla como una salida a la nada que dura ya tantos años; los dirigentes israelíes ven en ella un mundo que aún no pueden comprender.

El futuro inmediato ha de traer una renovación de los discursos. No es lo mismo un discurso de paz que un discurso de proceso de paz. Hay que avanzar hacia discursos de paz. El discurso de proceso de paz es un acto institucional. El discurso de paz es una verdad disponible, a la que basta con sumarse, bien es cierto que asumiendo por ello un precio. El único discurso de paz a largo plazo es el de compartir la tierra y la historia: compartir Haifa, el Holocausto, la Nakba, Jerusalén, Gaza. Lo que ha habido en los últimos años es, sola y exclusivamente, discurso de proceso de paz. Hasta que no surja un discurso de paz en el que intervengan sectores sociales al margen de los negociadores no habrá posibilidades verdaderas de paz. Tiene que ser el ascenso de la calle. En este sentido, la resistencia civil a la Ocupación y la campaña internacional de boicot económico, cultural, académico y deportivo a Israel (BDS) son el potencial palestino; tanto es así que el término apartheid, definitorio de este sector, se ha incorporado al vocabulario de los foros internacionales, ya no es tabú usarlo para referirse a la situación de los palestinos en su tierra. Por su parte, el potencial israelí son sus indignados: ¿podrán transformarse en un movimiento de conciencia política? Con que la mitad de los que han salido a la calle por la vivienda lo hagan reclamando el fin de la Ocupación, la Ocupación se acaba y la paz es la realidad más factible de todas. Es en la calle donde está la paz. Sólo hay que salir a buscarla.

20/5/11

La víctima troyana

La lotofagia no te ha trastornado con el dulce sabor del olvido. Ellos salieron indemnes de su mitología, mientras que tú y los tuyos, sin mayores pertrechos, os adentrabais en el desierto. Conoces muy bien lo que has dejado atrás: un pasado del que no queda registro en las epopeyas, a unos nuevos troyanos de los que sólo se cuenta lo que dicen sus enemigos. Pero ellos no raptaron a Helena ni causaron la guerra. Eran buena gente que vivía en paz, sin más pecado que el de haber nacido en unas laderas que, al parecer, eran peldaños hacia Dios. Eran valientes que carecían de espadas, generosos sin ostentación, que se vinieron abajo ante los tanques y se desperdigaron en todas direcciones, sin perder la fe en que la herida de la historia se cura.

Y tú ¿quién eres en esta historia? ¿Un poeta troyano que se salvó de la matanza para contar lo ocurrido? ¿O una mezcla de troyano y griego que se extravió en el camino de vuelta? La fascinación por la mitología decanta tu elección de las metáforas... Coge aquello que sirva para que la epopeya tenga otro final, en el que quepa la voz perdida de la víctima troyana. Coge aquello que sirva para que la victoria de los griegos no fuerce a los jóvenes a embarcarse en batallas en las que envejezcan con la dualidad casa/camino.

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

10/5/11

Con su ausencia formé su imagen

Con su ausencia formé su imagen: en lo terrenal nace
lo celestial oculto. Aquí estoy, midiendo
con las muallaqas de los yahilíes la distancia... y la ausencia es
la medida, la medida. Para cada rima he levantado
una jaima. Para cada cosa expuesta al viento
una rima. La ausencia me enseña su lección: «De no haber sido
por el espejismo, no habrías resistido...» En el vacío,
extraje una letra de antiguos alfabetos
y me apoyé en la ausencia. ¿Quién soy después
de la visita? ¿Un pájaro o un transeúnte entre símbolos
y vendedores de recuerdos? Como un resto arqueológico,
como un espectro infiltrado de Jebús, me dije:
Vayamos a las siete colinas. Dejé
mi máscara sobre una piedra y eché a andar como caminan
los soñadores, guiado por mi sueño. Salté de una luna
a otra. Aquí hay inconsciente de sobra
para que los objetos se liberen de su historia. Hay
historia de sobra para que el inconsciente se libere
de su mirach. «Llévame a nuestros años
primeros» —me dijo mi primera novia—. «Deja
la ventana abierta para que el gorrión entre
en tu sueño...» Me despierto y no hay ciudad
en la ciudad. No hay «aquí» sino «allí». No hay
allí salvo aquí. De no haber sido por el espejismo
no habría ido a las siete colinas...
¡De no haber sido por el espejismo!

Mahmud Darwix: No te excuses (La ta'tadiru 'an ma fa'alta), Beirut, Riad El-Rayyes, 2004

Traducción de Luz Gómez García

Leído en Como dijo el poeta por Wole Soyinka.
Y en memoria de la Nakba, que se conmemora el próximo domingo, 15 de mayo. Año 63 de la Desposesión.

10/12/10

El aeropuerto es un país para quien no tiene país

Te sientas en un rincón apartado del restaurante del aeropuerto y piensas en las ventajas de estar de viaje: ¿Voy o vengo? Nadie me espera a la ida y no tengo motivos para volver. Tengo más de un nombre y más de una fecha de nacimiento en pasaportes de todos los colores —rojos, azules, verdes. Soy libre en el gentío de los viajeros, y tan de fiar como un producto de las tiendas libres de impuestos, vigilado por las cámaras de seguridad. Nadie me pregunta quién soy, nadie se fija en mi andar vacilante, en el botón que le falta a mi abrigo, en la mancha de aceite de mi camisa. Como si fuera un fugitivo de alguna de las novelas que venden en el quiosco de prensa, un tipo que huye del autor, del lector y del vendedor. Puedo añadir, quitar, modificar, sustituir, matar o ser matado, caminar, sentarme, volar, ser lo que quiera, amar, odiar, elevarme o descender, caer desde lo alto de un monte y que no me pase nada, porque no he vulnerado los derechos de autor, porque sobre lo que pasa, sobre lo que me pasa, yo tengo mi propio punto de vista.

En el aeropuerto, nadie reprime tus excesos ni te impide que rompas la disciplina de autor. Ruedas por la senda de lo conocido sobre el acero de lo desconocido, y saltan las chispas de lo posible. La imaginación, constreñida, estalla como cristal que se rompe, metáfora de las cárceles. Y te ves en el siguiente aeropuerto, eres persona non grata, y todo porque tu documentación no se atiene a la ciencia que casa nombres y geografía: el que nació en un lugar inexistente... no existe. Y cuando metafóricamente dices que tú eres del no lugar, se te responde: Aquí no hay lugar para el no lugar. Y al replicarle a él, al policía de aduanas: El no lugar es el exilio, te contesta: Déjese de retóricas... Si tanto le gusta la retórica, váyase a otro no lugar.

Te ves en un tercer, cuarto, décimo aeropuerto explicando a funcionarios indiferentes a la historia contemporánea que existe el pueblo de la Nakba, diseminado entre las tierras del exilio y la Ocupación, pero ni te entienden ni te conceden permiso de entrada. Te ves en una larga película, narrando lentamente lo que le sobrevino a tu gente, desposeída de la lengua, del trigo, la casa, los argumentos... desde que el gigantesco buldózer de la historia pasó y los arrolló y niveló el lugar con la vara de una mitología pertrechada hasta los dientes de armas y sacralidad. Quien no cupo entonces en la mitología, no cabe ahora. Te preguntas: ¿Existen verdugos sagrados? Te ves rellenando como puedes la casilla de la edad, sin el apoyo de historiadores y autoridades, en un aeropuerto repleto de gente que corre a sus citas amorosas y de negocios.

Libre de reencuentros o despedidas, te sientas y te duermes en el asiento de piel. Te despiertas porque un viajero apresurado se tropieza contigo y se disculpa sin mirarte. Vas al aseo, te lavas la ropa interior y los calcetines y te afeitas. Te diriges a la cafetería y te tomas a sorbos un café mientras buscas en los periódicos las últimas noticias sobre ti: ¿Hay algún país que me acoja? Pero en los periódicos sólo hay minuciosas informaciones sobre guerras, terremotos e inundaciones. ¡Ojalá Dios esté furioso por lo que la humanidad le está haciendo a la tierra! ¡Ojalá la tierra ya esté preñada del Juicio Final!

¿Qué sentido tiene que un hombre viva en un aeropuerto? Te dices en voz baja: Si yo fuera lugar, escribiría un elogio a la libertad en el aeropuerto: La mosca y yo somos libres / Mi hermana la mosca se compadece de mí / Se me posa en el hombro y en la mano / me recuerda que escriba / y echa a volar. Escribo: El aeropuerto es como un país para quien no tiene país / La mosca vuelve al poco / rompe la monotonía y echa a volar, vuela, vuela / mas yo no puedo hablar con nadie / ¿Dónde está mi hermana la mosca? ¿Dónde estoy yo?

Te ves en una película, mirando a una mujer que está sentada al otro lado de la cafetería. Cuando ella se da cuenta y tú también, te pones a limpiarte una mancha de vino que te has echado en la camisa, igual que se te habría caído una palabra si le hubieras dicho: Tus ojos son para mí tan grandes como el firmamento, levanta un poco el firmamento, que pueda hablarte. Levantas los ojos del plato de sopa caliente y ves que te mira, pero al momento se pone a echar sal a la comida con una mano en la que tiembla la luz, y te diriges a ella en tus adentros: ¡Si tuvieras prohibido salir del aeropuerto igual que yo, si fueras como yo! Sientes que la agobias, y haces como que te diriges al camarero: No, gracias. Una perla de sudor brilla en su cuello presto al panegírico, y hablas con ella para tus adentros: Si estuviera contigo, lamería esa gota de sudor. El deseo es tan físico como el plato, como el tenedor, la cuchara y el cuchillo, como la botella de agua y el mantel, como las patas de la mesa. El aire huele a perfume. Las miradas se encuentran, se azoran y se separan. Ella da un trago de su copa de vino, se funden sus perlas. Sientes que conoce el llanto de las ballenas en el océano profundo. Si no, ¿por qué se sume en este silencio tan denso? Le dices en secreto: Si dieran un aviso de bomba, no hagas caso... He sido yo, lo he hecho para acercarme a ti y decirte que he sido yo y nadie más que yo. Te imaginas que ella se tranquiliza, que te dedica un brindis y un guiño y que un hilo de deseo se descuelga de la yema de sus dedos: una descarga eléctrica te recorre la columna vertebral, un escalofrío te sacude... Pierdes la cabeza y suspiras, huele a mango en una cama secreta colgada en el aire. Violines lejanos lloran y languidecen hasta la extenuación.

No la miras, aunque sabes que ella te está mirando sin verte. La niebla se ha cernido sobre tu mesa, que yace bajo todas tus interpretaciones, bajo tantas hojas en blanco que ni veinte escritores podrían llenarlas de metáforas. No es el camarero sino ella quien te saca de tu ensoñación: —¿Qué tal la comida? ―¿Y la tuya? —Encantada de haberte encontrado. ¿Te acordabas de mí? —La gente suele olvidar los encuentros de aeropuerto. Ella te dice: ¡Adiós! No la miras mientras se aleja, no quieres ver al deseo con sus tacones de aguja repiqueteando sobre el mármol de las catedrales, despertando en los violines la lujuria de la partida. Pero te acuerdas de ella cuando te quedas medio dormido, con una sensación idéntica a la del sopor del vino recorriendo tu cuerpo, una sensación que comienza en las rodillas y se ramifica hasta que ya no sientes el bosque del cuerpo. En cuanto a su nombre, tal vez mañana lo sepas, ¡en la mesa de otro aeropuerto!

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

18/5/10

La Nakba palestina, por Nabil Shaath

Hoy Israel celebra los 62 años de su creación, el 15 de mayo de 1948. Para los palestinos, hoy se conmemoran 62 años de la Nakba -nuestra catástrofe nacional y personal, la pérdida de nuestra patria ancestral y la dispersión en el exilio de las tres cuartas partes de nuestro pueblo-. El pueblo palestino todavía espera el reconocimiento por parte de Israel de su responsabilidad en tal catástrofe y un acuerdo para resolver el conflicto que esté basado en el Derecho Internacional, incluyendo las resoluciones de la ONU.

Yo experimenté el exilio en primera persona. El 13 de mayo de 1948, un día antes de la declaración del Estado de Israel, mi ciudad natal, Jaffa, fue capturada por fuerzas sionistas. Setenta mil palestinos cristianos y musulmanes fueron forzados a salir de la ciudad, la mayoría de ellos por mar, hacia Gaza, Egipto y Líbano. La mayoría de la población de Jaffa fue literalmente lanzada al mar y nunca se le permitió retornar. Yo tenía 10 años.

Esta misma realidad la vivieron más de 726.000 palestinos cristianos y musulmanes que en 1948 abandonaron aterrorizados sus hogares, o fueron expulsados por la fuerza, en buena parte de lo que entonces era la Palestina del Mandato Británico, mientras se asesinaba a cientos de sus compatriotas.

Ese dolor lo experimenté yo, así como, mientras crecía, escuché muchas otras historias de dolor y lucha. En aquel tiempo, y durante muchos años, se tuvo la intención de negar nuestra historia. Pero hoy nadie puede hacerlo. Incluso historiadores israelíes como Benny Morris e Ilan Pappé han confirmado lo que nosotros sabíamos desde hace mucho tiempo.

Junto con la expulsión de las personas, más de 418 aldeas palestinas fueron arrasadas. Prácticamente todas las propiedades de los palestinos, incluyendo las que pertenecían a palestinos que lograron permanecer en áreas que quedaron bajo exclusivo control israelí, fueron confiscadas por el naciente Estado de Israel, en beneficio exclusivo de los judíos.

En 1952, cuando el Parlamento israelí aprobó su ley de nacionalidad, a los refugiados palestinos se les negó la opción de ciudadanía en el nuevo Estado. Y se tomaron medidas adicionales para prohibirnos el retorno a nuestro país y a nuestros hogares.

Tanto la expulsión de palestinos en 1948 como las posteriores medidas para hacer del desplazamiento algo permanente se tomaron contraviniendo el derecho internacional.

Esta situación se vio agravada por la ocupación militar israelí de Cisjordania y la Franja de Gaza en 1967. De nuevo, cientos de miles de palestinos tuvieron que dejar sus hogares, e Israel expandió su control al restante 22% de nuestra patria histórica.

Hoy el completo cerco de la Franja de Gaza, la continuación de los asentamientos y la presencia del muro en Cisjordania, el aislamiento de Jerusalén Este de su entorno histórico, están provocando una mayor fragmentación y desposesión palestina. Claramente, la Nakba continúa.

En la actualidad hay más de siete millones de refugiados palestinos. Constituyen la mayor población de refugiados del mundo y la más prolongada en el tiempo. La vulnerabilidad de los refugiados palestinos, como resultado de su largo exilio y la falta de un Estado, contribuye a la inestabilidad regional en el Oriente Próximo y a su inseguridad, desde Irak y Líbano a la Franja de Gaza.

Como palestino, yo no puedo olvidar el desarraigo de mi nación, que ha conformado mi historia y que ha supuesto una dura realidad para mi pueblo. Al mismo tiempo, los palestinos hemos expresado nuestro deseo de lograr una conciliación y avanzar sobre la base de un acuerdo que reconozca e implemente de forma justa nuestros derechos.

En el curso de los 62 años desde la Nakba Palestina, la responsabilidad de Israel en el desplazamiento forzoso y la desposesión del pueblo palestino ha sido claramente reconocida por muchos historiadores y académicos del Derecho Internacional. El derecho individual de los palestinos a optar por el retorno a sus hogares y decidir su propio destino es proclamado por la comunidad internacional en la Resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas número 194. Pero en la práctica a los palestinos se les niegan los más elementales derechos humanos.

Lamento profundamente que Israel continúe haciendo caso omiso de la Iniciativa de Paz Árabe (IPA), adoptada por la Liga Árabe en Beirut en marzo de 2002. La IPA pide la creación de un Estado palestino independiente en Cisjordania y la Franja de Gaza, con las fronteras anteriores a 1967, con Jerusalén Este como su capital, y una solución justa a la cuestión de los refugiados palestinos que sea acordada entre las partes, basada en la Resolución 194 de la ONU, a cambio de la normalización de relaciones con Israel y una paz duradera.

La Iniciativa de Paz Árabe ha sido repetidamente apoyada por los países árabes. Y adicionalmente, la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) que representa a 57 países musulmanes, se ha sumado a la misma como base para terminar con el conflicto árabe/palestino-israelí. Ello significa, en términos prácticos, conseguir la paz entre Israel y más de 1.200 millones de árabes y musulmanes en todo el mundo.

La paz se logra entre iguales, respetando cada lado la historia e identidad del otro, así como entendiendo el discurso del otro. Como la historia demuestra, los Estados cometen errores, sí, pero también se fortalecen cuando los reconocen y se disculpan. Es prioritario lograr el acuerdo propuesto por la Iniciativa de Paz Árabe. De la misma forma, es necesario que los palestinos sean reconocidos como seres humanos que reciben el mismo tratamiento y aplicación de las mismas leyes que a otros refugiados y víctimas de conflictos, incluyendo su derecho al retorno y a tener libertad de elegir su futuro.

Para lograr una paz verdadera es necesario que Israel reconozca su responsabilidad en la creación y prolongación de la tragedia de los refugiados palestinos. Ese reconocimiento no es una amenaza contra su existencia. Por el contrario, al hacerlo, Israel, inevitablemente, capacitaría a nuestros respectivos líderes y ciudadanos para establecer la paz sobre la base de un acuerdo político. En la 62ª conmemoración de la Nakba palestina, invito a Israel a asumir sus responsabilidades, reconocer nuestros sufrimientos y nuestros derechos y trabajar con nosotros en busca de la paz, la reconciliación histórica y el fin del conflicto.

El País, 15/05/10

15/5/10

Elia Suleiman: Divine Intervention

Nadie se ha burlado mejor de la brutalidad israelí que Elia Suleiman, que estos días presenta en Cannes su nueva película, The Time that Remains. La escena que damos a continuación pertenece a su anterior film, Divine Intervention, que obtuvo el Premio del Jurado en la edición de 2002 del festival francés. Recordemos con ella y con un poco de humor el día de la Nakba, que hoy se conmemora.

5/5/10

Tu madre es tu madre

Tu madre es tu madre y tú su hijo cuando estáis a solas. Pero en presencia de los demás, hace el papel de testigo. Guarda las distancias y te reserva la categoría de huésped especial de su matriarcado, alguien sobre el que en ningún momento reclama derechos de posesión. Como si hablando consigo misma murmurara: Yo le traje al mundo, pero fue él quien vino. Ella es ella, toda digna en su vejez. No permite a ningún hijo ni hija, a ningún nieto, la satisfacción de ayudarla. Se levanta al alba... hace sus oraciones, se prepara el café, limpia la casa. Riega las flores de una pequeña maceta, limpia el polvo que no hay, quita el polvo a tu viejo escritorio, lava la ropa y hace la comida, y luego se sienta a esperar a las visitas. Si se queja de algo, es de que pocos quieren escuchar sus historias. Han querido comprarle un televisor que la distraiga, pero se ha negado, no soporta la cháchara de los presentadores y los contertulios, no se conforma con escuchar, ella tiene que ser la locutora.

A la mañana siguiente, tomas con ella su famoso café, cuyo olor ha difundido la canción que escribiste hace más de tres décadas, la segunda vez que estuviste en la cárcel.* Le preguntas: ¿Te gusta la canción? Sonríe pudorosa y todo lo que dice es: Dios esté satisfecho de ti. Te recuerda que has de ir, antes de que empiecen a llegar las visitas, a visitar la tumba de tu padre. Miras su fotografía colgada en la pared. Ahogas un suspiro de conmiseración por el paciente Job, al que la Nakba llevó de una existencia acomodada a la indigencia, y que se pasó la vida buscando pan y libros para ti y tus hermanos, en una lucha agotadora en la cantera. A diferencia de su padre, no se paraba a mirar el pasado feliz que le hacía señas desde los olivares y los campos de trigo, para que el derrotado y lo rapiñado no se encontraran. Cargaba sin subterfugios con el peso del presente, igual que un rey destronado incapaz de mirar su trono, para llevarte hacia el futuro: El futuro está ante ti, hijo mío, no mires mucho hacia atrás hasta que sean fuertes tu laúd y tu poema. Cuando tu laúd sea fuerte, te parecerá que eres padre de tu padre, y que la poesía es capaz de enmendar los destinos. Así que empezaste, a partir de los escombros que de ti quedaban y de los nombres de las plantas y los minerales, a construir una casa imaginaria, de modo que el lugar se asentara en su lugar y la vida regresara ¡a lo que se parecía a la vida!

* Se refiere al poema “A mi madre”, musicado por Marcel Khalifa, muy popular en todo el Mundo Árabe, y que comienza diciendo: “Añoro el pan de mi madre / el café de mi madre / las caricias de mi madre”.

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)



Traducción de Luz Gómez García

11/11/09

Cinco años sin Arafat, por Luz Gómez García

Hoy se cumplen cinco años de la muerte de Yasir Arafat. Las causas siguen envueltas en la bruma. Los tres últimos años los pasó Arafat en la Muqata, sitiado por las tropas israelíes. Los que convivieron con él sostienen, cada vez con más énfasis, que fue envenenado (Bassam Abu Sharif, Arafat and the dream of Palestine, Palgrave Macmillan, 2009).

Su legado no ofrece tantas dudas. El mayor triunfo de Arafat fue lingüístico. Como dijo de él el poeta Mahmud Darwix, restituyó un gentilicio al mundo: “palestino”, que se había intentado borrar en beneficio del mito sionista de la tierra vacía, según el cual la tierra “bíblica” aguardaba deshabitada a judíos nacionales de decenas de países. Pero aquello no era la tierra bíblica. Y lo que se creó en ella no fue un reino bíblico, sino un Estado étnico-confesional de ingeniería poscolonial. Tan confesional, una vez salvados los subterfugios, como muchos de sus Estados vecinos.

En vida de Arafat, los enemigos de Palestina juzgaban que la raíz del mal era Arafat. Luego, les pareció mejor su versión ridícula, Abbas. Últimamente el mal ha sido Hamás. Si un logro le ha cabido a la lucha palestina desde 1948 es que Israel no haya podido fabricarse un enemigo-pelele a su gusto. Arafat no quiso serlo. A Abbas, que ha estado más dispuesto, la presión de la calle se lo ha impedido. Israel, que hizo la vista gorda cuando se creó Hamás en 1987, se hizo ilusiones de que esta organización lo sería, pero el tiro le salió por la culata: los islamistas han llenado el espacio que ha dejado el descuartizamiento del movimiento nacional palestino, democrático y secular. Éste, congregado en la OLP, ha visto cómo embarrancaba su proyecto de paz, formulado, tras no pocas disputas internas, en términos de dos Estados soberanos: Israel y Palestina.

La legitimidad de la Autoridad Nacional Palestina se halla hoy en su punto más bajo. En los años finales de Arafat, tras la explosión de la Segunda Intifada en 2000, las encuestas daban un empate entre Fatah y Hamás, pero el 50%, la mayoría, no prefería a ninguno. Este ten con ten se esfumó a la muerte de Arafat. Fatah no supo mantener la llama. Desvanecida el aura, los palestinos optaron por una solución radical y novedosa, y votaron en masa a Hamás. Desde entonces, se ha venido consumando el mayor miedo del movimiento nacional palestino: la desunión y el enfrentamiento civil, que el liderazgo de Arafat había conjurado desde finales de los ochenta.

La invasión israelí de Gaza en diciembre pasado dejó a Abbas desnudo. Sus componendas para culpabilizar a Hamás encolerizaron a los palestinos. El colmo ha sido la reciente pasividad y dilación de la delegación de la OLP ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que ha estudiado, a partir del llamado Informe Goldstone, los crímenes cometidos en la guerra de Gaza. La presión de toda la palestinidad, tanto la del interior como la del exilio (el 7 de octubre pasado, las asociaciones palestinas de España enviaron al presidente Abbas un duro comunicado en este sentido), acabó obligando a la delegación a cantar la palinodia, y el día 16 se aprobó una resolución que llama al Consejo de Seguridad a llevar el caso ante el Tribunal de La Haya si las partes (Israel y Hamás) no aclaran las imputaciones.

Como era de suponer, Estados Unidos votó en contra, y Rusia a favor, y los países europeos divididos. Ha sido la tónica general de este lustro, que ha facilitado que Israel incumpla sistemáticamente todo acuerdo u hoja de ruta, y que siga desmembrando Palestina. Los colonos en Cisjordania han aumentado un 18% desde 2004. Los 790 kilómetros del muro segregador declarado ilegal por el Tribunal de La Haya están prácticamente concluidos. Los checkpoints y las barreras a la movilidad impiden cualquier viso de normalidad en la vida de la población, y Jerusalén se halla ya aislada por completo de su entorno palestino. La retirada israelí de Gaza en agosto de 2005 y la declaración de la Franja como “entidad hostil” en septiembre de 2007, han permitido a Israel desentenderse impunemente de sus obligaciones jurídicas internacionales como potencia ocupante y castigar colectivamente a toda la población mediante el bloqueo. Gaza ha tenido el triste honor de inaugurar un nuevo limbo jurídico internacional, que en términos cotidianos significa depauperación económica, física y moral.

La desastrosa gestión de la cuestión de Gaza por parte de Abbas le ha conducido a un callejón sin salida. Su visión del proceso de paz, que choca con el verdadero 48, el palestino, el de la Nakba, ha fracasado. Frente al toma y daca de territorios, seguridad, autogobierno y desarrollo económico que ha caracterizado las rondas de conversaciones antes y después de la muerte de Arafat, en los últimos meses ha recobrado protagonismo el derecho al retorno de los refugiados. La intelligentsia israelí ha dado la voz de alarma (en este mismo diario la daba hace pocas semanas Shlomo Ben Ami), porque la cuestión de los refugiados plantea la paz en sus exactos términos: la justicia como solución y la superioridad moral de la víctima sobre el verdugo.

El País, 11/11/09 Mahmud Darwish

9/8/09

Primer aniversario de la muerte de Mahmud Darwix, por Luz Gómez García


© Haitham Mussawi, AFP

A su muerte el pasado mes de agosto, se hizo realidad algo que las letras árabes ya venían sospechando desde hacía un par de décadas: que Mahmud Darwix (1941-2008) ha sido el poeta árabe más determinante del siglo XX. El acuerdo fue casi unánime, y rebasó con creces las valoraciones de circunstancias que rodean al óbito de una figura de relieve. Sólo se recuerda en las letras árabes un asenso y un despliegue de duelo y encomio parecido: el que suscitó la muerte del premio Nobel de literatura Naguib Mahfuz. De hecho, entre los lloros más recurrentes se hallaba el de que Darwix hubiera muerto sin conquistar tal premio, para el que estuvo propuesto en varias ocasiones y al cual podría haber aspirado —pese a la dificultad intrínseca que implicaba su consecución para un autor que no tenía un Estado detrás, y sí delante y como enemigo a un fiero Estado— de haber vivido aún unos años. No en vano, en el momento de su muerte el reconocimiento internacional de su obra no hacía sino crecer. Pero entre los árabes, de Casablanca a Qátar, de los grandes periódicos árabes de Londres a las revistas literarias de El Cairo y Beirut, hubo acuerdo. El propio Darwix había dicho en alguna entrevista —trance que él convertía en un ejercicio de crítica literaria— que la posteridad es un billete de lotería que uno compra en vida y, nada más morir, sabe si le ha tocado... Si estaba en lo cierto, puede descansar tranquilo.

Ese estatuto de maestro incontestado lo adquirió Darwix sometiendo su carrera poética a una evolución permanente. Esto, que parece ocurrir con frecuencia entre toda suerte de poetas, no es tan frecuente como se creería, y menos aún entre poetas exitosos, poetas que desde muy jóvenes han gozado de refrendo y exaltación. Tras haber dado pie a finales de la década de 1960, en compañía de Samih al-Qásim, a lo que entonces se llamó “poesía palestina de resistencia”, Darwix no se limitó a ello, no se quedó encerrado en tal cosa, sino que sometió su poesía a un grado cada vez mayor de complejidad arquitectónica y musical, siempre en diálogo con la gran tradición poética árabe: la de la casida, el poema de métrica y estructura codificadas, que él supo modernizar y reinventar. A lo largo de todas sus etapas poéticas, que grosso modo coinciden con los distintos destinos de su exilio (El Cairo, Beirut, París, Ammán/Ramala), Darwix supo escribir poemas considerados clásicos, que gozan del estatuto de ingenuidad ejemplar de la verdadera poesía. Dominó el poema en prosa (por ejemplo, “Cuatro direcciones personales”), el poema largo (“Fue lo que había de ser”), el poema-libro (Mural, Estado de sitio), el poema breve (“A mi madre”), la canción (“Rita y el fusil”). De todo ello se halla muestra en nuestro tomo Poesía escogida, 1966-2005 (Valencia, Pre-Textos, 2008), cuya selección supervisó el propio poeta. A la vez, y a lo largo de los años, Darwix desarrolló una importante obra en prosa, en la que destaca su libro final, En presencia de la ausencia, donde indaga en la construcción de la identidad personal, en su caso marcada por la Nakba, el Desastre palestino de 1948, fruto de la creación del Estado de Israel y de la expulsión de 800.000 palestinos de sus tierras, entre ellos el niño Darwix y su familia.

Es el tema de la construcción nacional palestina uno de los que más quebraderos de cabeza dio a Darwix. Junto a Edward Said, Darwix se vio alzado desde el comienzo de su carrera a la condición de conciencia nacional palestina. Se esperaban sus poemas y sus palabras como oráculos sobre la condición palestina. Él lo que pretendía era que hablaran de la condición humana, simplemente. En ella debía estar incluida la tragedia palestina, y en ésta aquélla. El mismo Said lo relacionó con poetas como Yeats, Ginsberg o Walcott, poetas de un pueblo, de una cultura específica, poetas del epos, desde el que se alzan al dominio universal.

Tomado del anticipo de La huella de la mariposa publicado en la revista Turia (nº 91, mayo-octubre 2009), pp. 121-127, presentación y traducción de LGG

15/5/09

No se empieza por el final. En el aniversario de la Nakba

Artículo de Mahmud Darwix sobre la Nakba, publicado el 8 de mayo de 2001 en el diario al-Hayat. Por desgracia, es igual de válido hoy, sexagésimo primer aniversario de la Nakba.

Hoy es el gran día del recuerdo. Pero nosotros no miramos hacia atrás para desenterrar la evidencia de un crimen pasado, porque la Nakba es un presente continuo que augura extenderse hacia el futuro. Nosotros no necesitamos nada para recordar la tragedia humana que estamos viviendo desde hace ya 53 años: seguimos viviéndola, aquí y ahora. Seguimos sufriendo sus consecuencias, aquí y ahora, en la tierra de nuestra patria, la única que tenemos.

No olvidaremos lo que se nos ha hecho en esta tierra doliente, y lo que se nos sigue haciendo. Y no porque la memoria, individual o colectiva, sea fértil y esté siempre dispuesta a recordarnos nuestra triste existencia, sino porque la heroica y trágica historia de nuestra tierra y su gente sigue tiñéndose de sangre con el conflicto permanente entre lo que ellos quieren que seamos y lo que nosotros queremos ser.

Los responsables israelíes de la Nakba, al anunciar en un día de conmemoración como hoy que la Guerra de 1948 no ha terminado todavía, desenmascaran escandalosamente el espejismo de su paz, un espejismo surgido en la década pasada, que hacía creer en la posibilidad de poner fin al conflicto, un fin que se basaría en compartir la misma tierra. Desenmascaran también, y escandalosamente, la incompatibilidad del proyecto sionista —en cuanto que su meta, exterminar al pueblo palestino, permanece en el orden del día de su agenda— con la paz.

Esta guerra se hace para que los palestinos sigamos sometidos al desarraigo continuo, para que sigamos siendo refugiados en nuestra propia tierra y fuera de ella, para que se siga pretendiendo, tras la ocupación de nuestra tierra y nuestra historia, barrer nuestra mera existencia, hacer de nuestra existencia como entidad inequívoca en el espacio y el tiempo sombras superfluas desterradas del espacio y el tiempo. Pero los responsables de la Nakba no han conseguido romper la voluntad del pueblo palestino ni borrar su identidad nacional, no, no con el desalojo, ni las masacres, ni volviendo desengaño las ilusiones o falsificando la historia. Tras cinco décadas, no han conseguido ni forzarnos al no ser o al olvido ni borrar la realidad palestina de la conciencia del mundo mediante su falsa mitología, fabricándose una inmunidad moral que confiere a la víctima del pasado el derecho a crear sus propias víctimas. No hay nada como un verdugo sagrado.

Hoy, el recuerdo de la Nakba llega en el momento álgido de la lucha palestina en defensa de su ser, de su derecho natural a la libertad y la autodeterminación en un trozo de su patria histórica, y esto tras haber concedido, para hacer posible la paz, más de lo que nunca hubiera sido necesario según la legalidad internacional. Cuando la hora de la verdad se acerca de nuevo, se ha desenmascarado la verdadera naturaleza del concepto israelí de paz: continuar con la Ocupación bajo otro nombre, en condiciones más ventajosas, y a un coste menor. La Intifada —ayer, hoy, mañana— es la expresión natural y legítima de la resistencia contra la esclavitud, contra una Ocupación caracterizada por la más sucia forma de apartheid, que pretende, bajo el revestimiento de un elusivo proceso de paz, desposeer a los palestinos de sus tierras y de la fuente de su sustento y confinarlos en reservas aisladas asediadas por asentamientos de colonos y carreteras, hasta que llegue el día en que, después de haber aceptado “poner fin a sus demandas y a su lucha”, se les conceda llamar Estado a sus jaulas.



La Intifada es, en esencia, un movimiento civil y popular. No constituye una ruptura con la noción de paz, sino que intenta salvarla de las injusticias del racismo, devolviéndola a sus verdaderos padres, la justicia y la libertad, e impidiendo que continúe el proyecto colonialista de Israel en Gaza y Cisjordania bajo el paraguas de un proceso de paz que los líderes israelíes han vaciado de todo contenido.

Nuestras manos heridas aún pueden desenterrar la maltrecha rama de un olivo de debajo de los escombros de los olivares masacrados, pero sólo si los israelíes alcanzan la edad de la razón y reconocen nuestros legítimos derechos nacionales, recogidos en las resoluciones internacionales: el derecho al retorno, la retirada completa de los territorios palestinos ocupados en 1967 y el derecho a la autodeterminación y a un Estado independiente y soberano con Jerusalén por capital. Porque no puede haber paz con Ocupación, como no la puede haber entre amos y esclavos.

La comunidad internacional no puede —como ya hizo en 1948, año de la Nakba— cerrar los ojos por mucho más tiempo a lo que está pasando en la tierra de Palestina. La agresión israelí sigue asediando a la sociedad palestina, sus fuerzas de destrucción siguen matando y asesinando a un pueblo desarmado, un pueblo que defiende lo que queda de su amenazada existencia: los escombros de sus casas, los olivos que restan, siempre a punto de ser arrancados también.

La naturaleza de la guerra declarada contra el pueblo palestino se verá determinada por la atención internacional que reciba, pues encarna la lucha entre valores internacionales en conflicto: por un lado, las fuerzas cuyo objetivo es hacer posible la pervivencia del colonialismo sionista y el apartheid bajo nuevos nombres y fórmulas; por otro, las fuerzas que insisten en la necesidad de que prevalezca la justicia y la verdad en esta parte del mundo. El compromiso de otros Estados y pueblos en la confrontación que tiene lugar hoy en Palestina así como su apoyo a un pueblo palestino privado de una vida digna, demostraría que no sólo estos Estados y pueblos se implican en la estabilidad política en Oriente Próximo para proteger sus intereses, sino que además detentan una posición moral que da fe de la libertad, la justicia y la igualdad que caracteriza la vida y la cultura de estos pueblos.

Para los palestinos, la protección internacional contra el brutal terrorismo practicado por el régimen israelí —que parece estar por encima del derecho y el orden internacionales— se ha convertido en una urgente necesidad. No sólo es necesaria para purgar los pecados del pasado, sino para prevenir los pecados del futuro, para que no se añada otro capítulo al libro de la Nakba. Pero Israel, en lugar de reconocer su responsabilidad en la Nakba y en la tragedia de los refugiados, requisito previo a cualquier solución política, está ampliando el libro de la Nakba, haciendo que la batalla vuelva a su premisa cultural primera, al campo de batalla inicial, recordándonos que ninguna historia puede empezar por el final.

Nosotros no hemos olvidado el principio, ni las llaves de nuestras casas, las farolas encendidas con nuestra sangre, los mártires que comulgaron con la tierra, la gente y la historia, ni a los vivos que nacieron en el camino y que sólo pueden, en tanto el espíritu de la patria permanezca vivo en nuestro interior, caminar hacia una patria del espíritu.

No olvidaremos ni el ayer ni el mañana. Mañana empieza hoy. Empieza insistiendo en que el camino a recorrer, el camino de la libertad, el camino de la resistencia, se haga hasta el final, hasta que la eterna pareja —paz y libertad— se encuentre.

Traducción de Luz Gómez García

20/1/09

Historia de Birwa

En el texto que sigue, una carta de junio de 1986 dirigida a Samih al-Qásim, Mahmud Darwix narra la noche de junio de 1948 en que él y su familia hubieron de abandonar Birwa, su aldea natal, invadida y destruida por las tropas israelíes, y reemplazada al cabo por un kibutz. A Darwix y al-Qásim se asoció la aparición, a finales de los años sesenta, de la llamada poesía de resistencia palestina. Mientras que al-Qásim permaneció en Israel, Darwix se exilió en 1970.

Los meses no se decían con nombres que siempre recuerdan cuándo se quebró la albahaca de la infancia. Aunque sí sé que aquella noche no era tan fría como las de estos días. Tampoco existían por entonces canciones a la luna en hebreo. Y de lo que me acuerdo bien es del corral, con la morera en medio que distinguía la casa de las otras y la convertía en la casa de mi abuelo. Dejamos todo como estaba: el caballo, las ovejas, los terneros, y las puertas abiertas, con la cena caliente, la llamada a la oración y la única radio que había, acaso encendida para que fuera informando de nuestras victorias. Bajamos hasta el estrecho cauce que enfilaba hacia el sureste y acababa en un aljibe. Relucía al salir el sol por la parte del llano que nos conduciría hasta Chaab, el pueblo en el que vivían unos parientes de mi madre y para entonces también su familia, que había ido allí desde Damún, que ya había sido ocupada... Y allí, al cabo de unos días, los campesinos de las aldeas vecinas, que habían vendido el oro de sus mujeres para comprar fusiles de fabricación francesa, hicieron un llamamiento para liberar Birwa.

La liberaron al caer la noche. Se bebieron el té caliente de los ocupantes. Pasaron la primera noche de la victoria. Y al día siguiente la entregaron, sin acuse de recibo, al Ejército de Salvación,* para que los judíos volvieran a ocuparla y destruyeran hasta la última piedra... Mientras, a las puertas de la patria, nosotros aguardábamos el regreso.

Conoces todo lo que pasó, Samih, que la guerra fue breve y la excursión de los que se habían marchado se prolongó. Y sabes cómo “nos infiltramos” desde el Líbano cuando mi abuelo se dio cuenta de que el viaje se alargaría y que él debía apegarse a la tierra antes de que ésta echara a volar. Cuando llegamos, sólo encontramos ruinas. Habíamos perdido el derecho de residencia y perdido el derecho a la tierra. Al cabo, cuando consumé el rito de mi primera peregrinación a Birwa, mi pueblo, sólo hallé de él el algarrobo y la iglesia derruida, más un vaquero que no hablaba bien ni árabe ni hebreo: ¿Quién es usted? Respondió: Soy del kibutz Yasur. Le dije: ¿Dónde está el kibutz Yasur? Dijo: Aquí. Le dije: Aquí está Birwa. Dijo: ¿Dónde? Dije: Aquí, debajo de nosotros, a nuestro alrededor, sobre nosotros, aquí, en todas partes. Dijo: Pero yo no veo nada, ni siquiera piedras. Dije: Esta iglesia... ¿no la ve? Dijo: No es una iglesia. Es una cuadra para las vacas. Y eso de ahí son unas ruinas romanas. Le dije: ¿De dónde es usted? Dijo: Del Yemen. Dije: ¿Y qué hace aquí? Dijo: He vuelto a mi país. Luego me preguntó: ¿Y tú de dónde eres? Dije: De aquí... He vuelto a mi país.

* Milicia árabe formada por voluntarios palestinos, egipcios y sirios, más algunas unidades de la Legión Árabe jordana, cuya desunión y escasa aptitud contribuyó a la rápida caída de la mayoría del territorio palestino.

Mahmud Darwix y Samih al-Qásim: al-Rasail (Correspondencia), Beirut, Dar al-Auda, 1990.

Traducción de Luz Gómez García

1/1/09

La soledad de Gaza, por Luz Gómez García

Cuando para acceder a Gaza por el paso de Erez, el visitante autorizado se ve obligado a introducirse en las diabólicas máquinas israelíes inquisidoras del cuerpo humano, unas máquinas no vistas antes en ningún otro sitio, que le zarandean y escudriñan sus entrañas, comprende que se dispone a entrar en uno de los lugares más solitarios del planeta. Atravesados puertas y corredores, un inquietante kilómetro, largo, a pie, de tierra de nadie, de cascotes y escombros, hace que el extranjero mude la impresión de la artificiosa frontera física en la certeza psicológica de hallarse ante un nuevo capítulo, uno de los más insólitos, de las aberraciones de la historia reciente.

Un muro de hormigón armado, de nueve metros de alto, separa la franja de Gaza de Israel. Es un muro hermano del de Cisjordania, aunque primogénito, pero que no ha tenido la misma repercusión jurídica y mediática. Un muro que encierra la mayor densidad de población por kilómetro cuadrado del mundo. Gaza, que ha sido descrita en ocasiones como una gran prisión al aire libre, está condenada a la soledad de todas las prisiones.

Esta dramática realidad responde a una deliberada y planificada política israelí. Nada es casual en Gaza. Detrás de lo que ven los ojos hay una firme voluntad israelí de acoso militar, institucional y jurídico. ¿Qué fue antes: Hamás o la gallina? La gallina. Veamos por qué.

En octubre de 2004, el Parlamento de Israel aprobó “el plan de desconexión de Gaza”, que en agosto del año siguiente llevó a cabo unilateralmente. Pretendía poner fin a un problema demográfico insoslayable para la empresa israelí de colonización del territorio: la imposibilidad militar y económica de sostener a una población de 9.000 colonos en un enclave con un millón y medio de palestinos. Faltaban todavía varios meses para el triunfo de Hamás en las elecciones legislativas palestinas de enero de 2006, pero el pronóstico era meridiano y allanaba el camino a la estigmatización colectiva. Cuando en junio de 2007 los islamistas dieron un golpe de mano en Gaza y truncaron el Gobierno de ficticia unidad nacional de la Autoridad Nacional Palestina, la comunidad internacional se aprestó a endurecer su actitud hacia Hamás como organización terrorista. Poco importa que su triunfo en las urnas hubiera contado con la escrupulosa supervisión de observadores internacionales, incluidos algunos diputados españoles. La condena hallaba refrendo y con ella se consumaba la desconexión. Gaza quedaba aislada del mundo: del Israel ocupante, de la madre Palestina y del socorro y la benevolencia internacionales.

El paso siguiente por parte de Israel fue la declaración de Gaza como “entidad hostil” el 19 de septiembre de 2007, que le ha servido para desentenderse internacionalmente de las obligaciones que, como potencia ocupante, tiene. La población sufre con ello la paradoja jurídica de estar a la vez bajo ocupación y bajo bloqueo. Las operaciones militares israelíes, que el Gobierno de Israel tan pronto llama de castigo como ofensivas, se han sucedido desde entonces, trufadas de treguas que en absoluto han aliviado el imparable deterioro de la situación de la población. El bloqueo al tránsito de personas y bienes de primera necesidad por tierra, mar y aire, castiga en primera instancia al 62% de la población, que depende directamente del reparto de alimentos y de los servicios básicos a cargo de la UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados palestinos. La Organización Internacional del Trabajo, en su memoria de 2007, habla de una “economía de estado de sitio”, y en la de 2008 constata que el aislamiento casi total de Gaza la ha llevado al borde de la crisis humanitaria. El resultado es lo que Issam Younis, de Al Mezan Center for Human Rights, denomina la “subdesarrollización de Gaza”: descalabro de los índices de empleo y del PIB, descomposición del sector público, desaparición de la economía productiva, regresión en los derechos de los trabajadores, debilitamiento institucional y deterioro del tejido social. La mera supervivencia se impone a otras prioridades individuales y colectivas a costa de logros históricos de la sociedad palestina, como el pluralismo, la participación de las mujeres en la vida pública, la vitalidad de la cultura de base o los elevados índices de educación universitaria.

A Hamás le dieron su triunfo electoral la parálisis política y el derrumbe económico que culminaron en la Segunda Intifada (2000-2005). Pero sus réditos en Gaza los alimenta a diario la política israelí, con la aquiescencia de Estados Unidos y la estolidez de la Unión Europea, involucrada en inmensas inversiones económicas en los Territorios Ocupados pero sin compromiso político equiparable. Este múltiple concurso ha convertido a Hamás en el protagonista de la historia actual de Palestina. Y lo ha hecho hasta el punto de que la principal crítica de algunos líderes históricos de la OLP a su triunfo haya sido su afán por reescribir la historia de la resistencia palestina, como si ésta hubiera empezado en 1987, cuando coincidiendo con la Primera Intifada se fundó Hamás. Porque los partidos y actores no islamistas minimizan la importancia de la religiosización del espacio público, mientras crece su temor a que, una vez más, los hechos consumados adquieran naturaleza jurídica y Gaza se vea amputada del devenir de los Territorios Ocupados, que en el discurso israelí han quedado reducidos a la demediada Cisjordania.

La interiorización del aislamiento y la rutinización del bloqueo no hacen sino asentar la frustración entre los gazauíes. El clientelismo, conocido popularmente en Palestina como “cultura de la jaima”, se alimenta de este ambiente falto de expectativas y experiencias nuevas. Las iniciativas ciudadanas peligran (son modélicos los Comités de Salud Mental, pioneros en el tratamiento de la violencia de género y que han desarrollado una categoría propia de empoderamiento civil) y flaquea la actuación de las ONGs y las agencias de ayuda humanitaria, que se sienten impelidas a tomar partido entre los actores políticos, con el consiguiente deterioro de su actividad y de la imagen general de la cooperación.

Pese a todo, la sociedad de Gaza ha desarrollado fórmulas de relación con el exterior, procederes abiertos y descentralizados que se sirven de las redes de intercambio que propicia la globalización tecnológica. Sorprende en Gaza la vitalista actividad de organizaciones independientes en materia de derechos humanos, salud o cultura, con modélicos sistemas de toma de decisiones colegiada, elaboración de un discurso crítico y autocrítico, financiación y sustentos locales y colaboración en red con otros centros palestinos e internacionales. Estos gazauíes, una mayoría, insisten en la importancia simbólica y psicológica de romper el aislamiento, en el valor de los gestos e intercambios que desde Europa abren una grieta en el cerco. Son iniciativas que no deben morir, porque garantizan, entre otras cosas, un futuro lejos de Hamás, si es esto lo que Europa desea.

Gaza materializa el proyecto israelí para Palestina: dividir y fragmentar el territorio, dividir y fragmentar a su población, y crear nuevos guetos identitarios que propicien la disolución de la unidad histórica, social, cultural y política de Palestina. La estrategia es vieja y conocida, pues proviene de la Nakba misma. Según el historiador israelí Amnon Raz-Krakotzkin, dos son sus armas principales: negar toda responsabilidad histórica e inculpar a las víctimas de su suerte.

El País, 31/12/08

Fuente

5/9/08

Si es que queremos

Seremos un pueblo, si es que queremos, cuando aprendamos que no somos ángeles, y que el mal no es privativo de los demás.

Seremos un pueblo cuando no entonemos una oración de gracias a la patria sagrada cada vez que el pobre halle qué cenar...

Seremos un pueblo cuando insultemos al sultán y su valido sin que se nos lleve a juicio.

Seremos un pueblo cuando un poeta pinte el erotismo del vientre de una bailarina.

Seremos un pueblo cuando olvidemos los dictados de la tribu... cuando el individuo se dé a los pequeños detalles.

Seremos un pueblo cuando un escritor mire a las estrellas y no diga: Nuestro país es más alto ¡y más hermoso!

Seremos un pueblo cuando la policía de costumbres proteja a adúlteras y hetairas de ser golpeadas brutalmente en las calles.

Seremos un pueblo cuando el palestino se acuerde de su bandera sólo en los estadios, en los concursos de belleza y el día de la Nakba. Nada más.

Seremos un pueblo, si es que queremos, cuando al cantante se le permita entonar una aleya de la azora “El Clemente” en una boda mixta.

Seremos un pueblo cuando respetemos los aciertos, ¡y respetemos los errores!

De La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)

Traducción de Luz Gómez García