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9/8/09

Primer aniversario de la muerte de Mahmud Darwix, por Luz Gómez García


© Haitham Mussawi, AFP

A su muerte el pasado mes de agosto, se hizo realidad algo que las letras árabes ya venían sospechando desde hacía un par de décadas: que Mahmud Darwix (1941-2008) ha sido el poeta árabe más determinante del siglo XX. El acuerdo fue casi unánime, y rebasó con creces las valoraciones de circunstancias que rodean al óbito de una figura de relieve. Sólo se recuerda en las letras árabes un asenso y un despliegue de duelo y encomio parecido: el que suscitó la muerte del premio Nobel de literatura Naguib Mahfuz. De hecho, entre los lloros más recurrentes se hallaba el de que Darwix hubiera muerto sin conquistar tal premio, para el que estuvo propuesto en varias ocasiones y al cual podría haber aspirado —pese a la dificultad intrínseca que implicaba su consecución para un autor que no tenía un Estado detrás, y sí delante y como enemigo a un fiero Estado— de haber vivido aún unos años. No en vano, en el momento de su muerte el reconocimiento internacional de su obra no hacía sino crecer. Pero entre los árabes, de Casablanca a Qátar, de los grandes periódicos árabes de Londres a las revistas literarias de El Cairo y Beirut, hubo acuerdo. El propio Darwix había dicho en alguna entrevista —trance que él convertía en un ejercicio de crítica literaria— que la posteridad es un billete de lotería que uno compra en vida y, nada más morir, sabe si le ha tocado... Si estaba en lo cierto, puede descansar tranquilo.

Ese estatuto de maestro incontestado lo adquirió Darwix sometiendo su carrera poética a una evolución permanente. Esto, que parece ocurrir con frecuencia entre toda suerte de poetas, no es tan frecuente como se creería, y menos aún entre poetas exitosos, poetas que desde muy jóvenes han gozado de refrendo y exaltación. Tras haber dado pie a finales de la década de 1960, en compañía de Samih al-Qásim, a lo que entonces se llamó “poesía palestina de resistencia”, Darwix no se limitó a ello, no se quedó encerrado en tal cosa, sino que sometió su poesía a un grado cada vez mayor de complejidad arquitectónica y musical, siempre en diálogo con la gran tradición poética árabe: la de la casida, el poema de métrica y estructura codificadas, que él supo modernizar y reinventar. A lo largo de todas sus etapas poéticas, que grosso modo coinciden con los distintos destinos de su exilio (El Cairo, Beirut, París, Ammán/Ramala), Darwix supo escribir poemas considerados clásicos, que gozan del estatuto de ingenuidad ejemplar de la verdadera poesía. Dominó el poema en prosa (por ejemplo, “Cuatro direcciones personales”), el poema largo (“Fue lo que había de ser”), el poema-libro (Mural, Estado de sitio), el poema breve (“A mi madre”), la canción (“Rita y el fusil”). De todo ello se halla muestra en nuestro tomo Poesía escogida, 1966-2005 (Valencia, Pre-Textos, 2008), cuya selección supervisó el propio poeta. A la vez, y a lo largo de los años, Darwix desarrolló una importante obra en prosa, en la que destaca su libro final, En presencia de la ausencia, donde indaga en la construcción de la identidad personal, en su caso marcada por la Nakba, el Desastre palestino de 1948, fruto de la creación del Estado de Israel y de la expulsión de 800.000 palestinos de sus tierras, entre ellos el niño Darwix y su familia.

Es el tema de la construcción nacional palestina uno de los que más quebraderos de cabeza dio a Darwix. Junto a Edward Said, Darwix se vio alzado desde el comienzo de su carrera a la condición de conciencia nacional palestina. Se esperaban sus poemas y sus palabras como oráculos sobre la condición palestina. Él lo que pretendía era que hablaran de la condición humana, simplemente. En ella debía estar incluida la tragedia palestina, y en ésta aquélla. El mismo Said lo relacionó con poetas como Yeats, Ginsberg o Walcott, poetas de un pueblo, de una cultura específica, poetas del epos, desde el que se alzan al dominio universal.

Tomado del anticipo de La huella de la mariposa publicado en la revista Turia (nº 91, mayo-octubre 2009), pp. 121-127, presentación y traducción de LGG

23/7/09

En la muerte de Naguib Mahfuz

Naguib Mahfuz será, ayer, hoy y siempre, lo mismo: uno de los grandes genios de Egipto, siempre vivo, desafiante ante el tiempo, aunque su cuerpo enjuto se despidiera hace unos días. Porque el espíritu que alienta en su enorme creatividad permanecerá vivo en la memoria de la literatura árabe, que él propulsó a lo universal y el mundo reconoció como parte integral del acervo humano.

No se puede hablar con propiedad de novela árabe antes de Naguib Mahfuz, por más que haya habido intentos e inicios destacados. Mahfuz es el verdadero fundador de la novela árabe en sentido moderno, y es al mismo tiempo su renovador y quien la ha hecho evolucionar. Es algo excepcional: ser a la vez el pionero y el modernizador. Él era un ser excepcional.

Mahfuz nunca dejó de desarrollar sus métodos y formas narrativas, no se conformó con una novela de un único corte. Estuvo muy atento a cómo cambiaban los tiempos, y escribió una epopeya en múltiples episodios que abarca del clasicismo a la modernidad, de suerte que fue a la vez maestro de la novela árabe e historiador de las transformaciones sociales y políticas del Egipto contemporáneo. Desde los rincones de El Cairo antiguo, con sus clases medias y ambientes populares, recreó un mundo que le dispensó de viajar por el mundo… un mundo poblado de todas las preguntas vitales sobre lo cotidiano o la existencia, y demostró que la universalidad de la literatura comienza en lo local, en un barrio cualquiera, y que el concepto de literatura universal no se limita al centro, sino que es el producto de lo que el hombre escribe y ha escrito en todo tiempo y lugar.

De su literatura, me impresiona su percepción del absurdo de la historia, cómo sabe ver las trampas que la historia y el destino tienden a los seres humanos. Y también me llama poderosamente la atención la lengua de la narración, despojada de la retórica de la poeticidad que ha embaucado a algunos novelistas, que pretenden ser poetas escribiendo novelas. Me fascina la manera que tiene de servirse de su talento, sabedor de que la genialidad sólo se materializa tras someterla a un laborioso trabajo de hormiga. Siempre fue muy escrupuloso en todo, especialmente en lo tocante a las relaciones entre escritura e inspiración, como si creyese que, de existir ésta última, el escritor tiene que saber atraparla tanto como ella susurrarle.

Muchos se preguntan: ¿Cómo un minucioso funcionario como Naguib Mahfuz ha podido ser a la vez el gran creador Naguib Mahfuz? La respuesta quizá se halle en su respeto de los tiempos: uno para el trabajo administrativo, otro para bromear, divertirse y trasnochar, otro para el café, otro para los harafix,* otro sagrado para la escritura.

Le conocí en 1971, cuando Muhámmad Husáin Háikal me hizo el honor de ponerme con él y con Yúsuf Idrís en el mismo despacho de al-Ahram.** Descubrí que era una persona amable y de carácter apacible, a la que le gustaban mucho las bromas y los chistes. Pero era un amigo inquebrantable del reloj: siempre que le preguntaba si le apetecía tomar un café, antes de responder sí o no, miraba el reloj para saber si ya era la hora del café.

Cada vez que he ido a El Cairo he procurado peregrinar a verle, sentado en un café o en una barca junto al Nilo, así que a mi próxima visita le faltará algo: no veré a Naguib Mahfuz riéndose de todo corazón mientras va dando abrazos a sus muchos adeptos.

Si no se puede hablar de novela árabe moderna antes de Mahfuz, gracias al papel decisivo que él ha jugado sentando sus bases, desarrollándola y extendiendo sus límites, sí se puede hablar de la novela árabe postmahfuzí. Y entre ese antes y ese después, Mahfuz permanecerá como faro y maestro.

* Historietas de raigambre popular, de tono picaresco.
** Principal periódico egipcio y decano de la prensa árabe, fundado en 1876. Muhámmad Husáin Háikal (n. 1923) ha sido uno de los grandes intelectuales egipcios del siglo XX, y fue director de al-Ahram de 1957 a 1974; Yúsuf Idrís (1927-1991) está considerado un maestro del relato breve y del teatro en lengua árabe.


Al-Ayyam, 5 de septiembre de 2006

Traducción de Luz Gómez García