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26/6/11

Wole Soyinka: Mahmud Darwix en Ramala

Se hizo el silencio. Mahmud Darwix empezó a leer. No sabíamos ni una palabra de árabe, pero oímos su voz alzarse y sumergirse para tañer las cuerdas del alma palestina. Fue una noche mágica en Ramala. Y el mago, Mahmud Darwix, lanzó su conjuro como se ha hecho durante siglos, siendo, sencillamente, ese elusivo arquetipo, tan envidiado y temido por el poder: un poeta a gusto entre su pueblo porque ambos están en sintonía.

Traducción de Fruela Fernández

19/6/10

Mahmud Darwix, por José Saramago

Hoy, en la muerte de José Saramago, recuperamos este texto que el maestro portugués dedicó a Mahmud Darwix en su blog el pasado 1 de abril de 2009.

El próximo día 9 de Agosto se cumplirá un año de la muerte de Mahmud Darwix, el gran poeta palestino. Si fuese nuestro mundo un poco más sensible e inteligente, más atento a la grandeza casi sublime de algunas de las vidas que en él se generan, su nombre seria hoy tan conocido y admirado como lo fue, en vida, por ejemplo, el de Pablo Neruda. Enraizados en la vida, en los sufrimientos y en las inmortales esperanzas del pueblo palestino, los poemas de Darwix, de una belleza formal que frecuentemente roza la transcendencia de lo inefable en una simple palabra, son como un diario donde van siendo registrados, paso a paso, lágrima a lágrima, los desastres, también las escasas, aunque siempre profundas alegrías, de un pueblo cuyo martirio, pasados sesenta años, todavía no parece que se anuncie su fin. Leer a Mahmud Darwix, además de una experiencia estética que será imposible olvidar, es hacer un doloroso recorrido por las rutas de la injusticia y de la ignominia de que la tierra palestina ha sido víctima a manos de Israel, ese verdugo de quien el escritor israelí David Grossmann, en hora de sinceridad, dijo que no conocía la compasión.

Hoy, en la biblioteca, he leído poemas de Mahmud Darwix para un documental que será presentado en Ramala en el aniversario de su muerte. Estoy invitado a estar allí, veremos si es posible que pueda hacer ese viaje, que ciertamente no sería grato para la policía israelí. Recordaría entonces, justo en el mismo lugar, el abrazo fraterno que nos dimos hace siete años, las palabras que intercambiamos y que nunca más pudimos renovar. A veces, la vida quita con una mano lo que nos había dado con la otra. Así me sucedió con Mahmud Darwix.

16/10/09

Estreno de Checkpoint Rock. Canciones desde Palestina

El pasado mes de junio informamos del preestreno de la película de Fermín Muguruza y Javier Corcuera Checkpoint Rock. Canciones desde Palestina y anticipamos el tráiler. El documental denuncia la Ocupación y muestra las dificultades que tienen los músicos palestinos para realizar su trabajo y llevar una vida digna de tal nombre. Raperos y rockeros palestinos cantan sobre su vida perra. El hilo conductor del film es la figura de Mahmud Darwix, fallecido en el momento en que se iniciaba el rodaje, y al que los músicos palestinos rinden tributo. Se estrena hoy en cines de Madrid, Barcelona, Gerona, Bilbao, Vitoria, San Sebastián y Pamplona. Mahmud Darwish

15/8/09

Poesía con tanques bajo la ventana. Entrevista por Juan Miguel Muñoz

Rescatamos la última entrevista que Mahmud Darwix concedió a un medio español. Fue al corresponsal de El País en Jerusalén, en marzo de 2008, cinco meses antes de su muerte.

En tiempos difíciles para la poesía, Mahmud Darwix, hombre al que le cuesta sonreír, resiste. El poeta por excelencia desde Marruecos hasta Irak, nacido en 1941 en el pueblo palestino de Birwa, muy cerca de Acre, borrado del mapa por las milicias judías siete años después, vive a caballo entre Ramala (Cisjordania) y Ammán, recita en estadios de Beirut o viaja a El Cairo.

Para regresar a su tierra necesita permiso del Gobierno hebreo. Rara vez se lo concede. “A veces voy a ver la tierra de mi memoria. El lugar de mi lengua está allí”, comenta Darwix, que recibe a EL PAÍS en Ramala con motivo de la nueva edición española de su Poesía escogida (Pre-Textos), en traducción de Luz Gómez García.

Embargado por un acendrado pesimismo, le disgusta la evolución de los países musulmanes, cada día más anclados en la religión; detesta las políticas de Estados Unidos e Israel en la región, y no atisba solución al eterno conflicto. Sólo resta un resquicio al que aferrarse. Su sueño: “Mejorar mi poesía. Escribir poesía pura”.

En su bello y pulcro a la par que modesto despacho del centro cultural Shakakini, Darwix explica que su poesía no es fácil. “Se necesita conocer la mitología de Oriente Medio. No me gusta escribir poemas unívocos, deben tener muchas interpretaciones”. Y en permanente evolución, aborda ahora la causa palestina, de la que fue gran abanderado, de otro modo. “Creo que no hay una ruptura entre el pasado y el presente, que se pueden hallar las mismas semillas a lo largo de mi obra. Pero ahora me esfuerzo más en la estética, no sólo en reflejar la realidad. Intento humanizar nuestra causa. Los palestinos son seres humanos que ríen, viven, e incluso tienen una muerte normal. No sólo los matan”.

Cuando se le sugiere que hay gente a la que no agrada su obra, responde: “Sí, pero también hay quien prefiere la poesía que escribo ahora. Me ruboriza decirlo, pero soy el poeta más famoso en el mundo árabe, tengo nuevos lectores, muchos son muy jóvenes, y compran mis libros. Todavía pertenezco al futuro, que está en las nuevas generaciones”.

Tampoco las tendencias actuales, según él, abonan el campo para la creación poética. “Las nuevas tecnologías y los medios de comunicación han orillado a la poesía. Ya no ocupa el lugar que ocupaba antes en el mundo. No es una crisis exclusiva del ámbito árabe, sucede en todo el planeta. Ya no hay lectores de Lorca o Alberti”.

No va a renunciar, por mucho que se impongan las tendencias modernas o por muchas críticas que pueda recibir de sus compatriotas. Es su sueño. “Para escribir poesía pura hay que liberarse de la presión de la Historia, aunque sé que no es posible. Quiero que mi poesía se acerque a la música, algo que todos pueden entender. Y que mi país sea libre. Entonces podré decir cosas buenas de Israel. Entonces podré elegir el exilio, si quiero. Deseo que mi país tenga una vida normal. No quiero ni héroes ni víctimas”.

La poesía, como los territorios palestinos, sufre un asedio. El centro cultural que dirige el poeta fue tomado al asalto en 2002: “Los soldados israelíes destrozaron parte de los archivos. No lo perdí todo. Sólo fue una revancha porque había recibido a una delegación de escritores, entre ellos José Saramago, Wole Soyinka y Juan Goytisolo”, explica. En esa época creó su obra Estado de sitio. “La escribí con los tanques debajo de mi casa. Fue una gran terapia para el alma. La poesía te hace sentirte libre, te conduce a otro sitio. Tal vez es una ilusión, pero es esencial”, señala Darwix.

Desde su infancia conoció experiencias traumáticas: el despojo, la cárcel, el destierro. La familia fue expulsada de Galilea en 1948. Él regresó de forma clandestina al año. El activismo político en la izquierda le llevó a prisión. A comienzos de los setenta comenzó su peregrinaje. Marchó a Moscú. Más tarde a El Cairo. Después a Líbano. Y de nuevo, en 1982, ya bajo asedio israelí, a Beirut. “El exilio es parte de mí. Cuando vivo en el exilio llevo mi tierra conmigo. Cuando vivo en mi tierra, siento el exilio conmigo. La ocupación es el exilio. La ausencia de justicia es el exilio. Permanecer horas en un control militar es el exilio. Saber que el futuro no será mejor que el presente es el exilio. El porvenir es siempre peor para nosotros. Eso es el exilio”.

“La arrogancia es enemiga de la inteligencia”

Ha asegurado que se ha puesto una coraza; que logra, desde hace años, dominar sus sentimientos. Pero, como el té hirviendo que se sirve en Palestina, queda mucho del fuego juvenil, aunque expresado sin estridencias.

JMM. En su poema "Contrapunto", dedicado a Edward Said, escribe: “No os fiéis del caballo, ni de la modernidad”.

Darwix. Aludo a los indios de América. Los blancos trajeron la modernidad en ese caballo. Ahora puede aplicarse a lo que pasa en Oriente Próximo. El tanque aquí es ese caballo.

JMM. Los países árabes se distancian de la modernidad. Crece sin pausa el fenómeno religioso.

Darwix. Los pueblos son mucho más creyentes que hace 40 años, por la depresión y el conflicto entre los extremismos israelí y musulmán. ¿Qué hace Israel en las granjas libanesas de Chebá? Sólo ofrecer una justificación política a Hezbolá. ¿Qué ha logrado la invasión de Irak? Dar fuerza a esos movimientos. Nadie en el mundo árabe cree en la política estadounidense. La religión es la respuesta fácil a las cuestiones complejas.

JMM. ¿Puede frenarse esa islamización?

Darwix. Sí, si hubiera estabilidad, justicia, dignidad y democracia. Si hay esperanza y trabajo, la gente será más moderada. EE UU debe retirarse de Irak y dejar de prometer democracia con tanques. Israel debe comprender que no puede tener el monopolio de la tierra y el monopolio de la historia en esta tierra. Un dirigente israelí ha dicho que causarían un holocausto a los palestinos. No esperaba que usaran este término referido a nosotros. Están volviéndose locos. Han perdido su inteligencia, porque la arrogancia es enemiga de la inteligencia.

JMM. Cuál es la mejor manera de luchar contra la ocupación?

Darwix. Esto es una prisión. Nuestra vida no es vida, pero es mejor que la muerte. Es muy triste vivir bajo ocupación. La primera Intifada (la de las piedras contra los tanques) es el modelo. Provocó un cambio en la comunidad judía mundial y la opinión pública del planeta comprendió mejor al pueblo palestino. Creo que no volveremos a ese camino. No veo solución. El proceso de paz ha fracasado. Militarmente, no podemos. El presente es muy frágil. Nadie ve el futuro. Sólo el pasado es sólido. No hay luz al final del túnel, todo es oscuro. El actual proceso de paz no conduce a nada: Israel está haciendo imposible la paz.

El País, 11/03/08

21/6/09

Checkpoint Rock. Canciones desde Palestina, por Fermín Muguruza y Javier Corcuera

Ayer, el Círculo de Bellas Artes de Madrid ofreció un pase de preestreno del documental de Fermín Muguruza y Javier Corcuera Checkpoint Rock. Canciones desde Palestina. La película arranca con imágenes del entierro de Mahmud Darwix. La presencia de la poesía de Darwix va punteando el documental, que denuncia la Ocupación y muestra las dificultades que tienen los músicos palestinos para realizar su trabajo y llevar una vida digna de tal nombre. Raperos y rockeros palestinos cantan sobre su vida perra. Éste es el tráiler de la película.

23/4/09

Mucho más que suerte, por Aícha Auda

—¿Aícha? ¿Haces honor a tu nombre? ¿Sigues viva?
—¡Hombre, hubiera preferido que me preguntaras otra cosa, o que me dijeras “Feliz año nuevo”! Acabamos de volver de las vacaciones del Aíd, ¿no?
—¿Y qué me importa a mí el año nuevo?
—¿No te importa que me vaya bien todo el año?
—Lo que me importa ya te lo he preguntado.
—Se me olvidaba que eres un nihilista, que sólo crees en el momento presente.
—¿Y es que tenemos algo más?
—No me voy a poner a discutir contigo ahora, te invito a almorzar un musajjan en el Tabún.

En el Tabún nos sentamos en el lugar que tanto nos gustaba, con vistas a parte del casco antiguo de Ramala y a la zona nueva de Al-Tira. Fascinada por el espacio que se extendía ante nosotros, me dejé llevar hacia el mar por las colinas ondulantes. Al volver la mirada, la detuve en él. Estaba embelesado oteando más allá del horizonte. Adoro demorarme en su rostro. Traslucía una oleada mitad tristeza mitad miedo, cuyas profundidades me hubiera gustado sondear. Suspiró y se dio cuenta de que le examinaba.
—Qué vista tan preciosa, ¿verdad? —le dije tratando de disimular mi embarazo.
—Sí, muy bonita —dijo, y siguió cabizbajo, ocultando la oleada de tristeza que asomaba a sus ojos y bañaba su rostro.
—¿Estás triste?
Muy lentamente, como si primero pusiera en orden sus penas, levantó la cabeza, me miró a los ojos y dijo:
—Me da pánico que me priven de Ramala.
Me pregunté por qué escondía sus sentimientos; a pesar de sus viajes, de haber estudiado en más de una universidad y en más de un país, ¿seguía siendo un campesino que se avergonzaba de decir lo que sentía?
—¿Eres pesimista? —le pregunté.
—¿Es pesimismo ver la realidad?
Me callé, pues sabía lo dura que era una realidad que penetraba en cada detalle de nuestra vida y que cada día se superaba a sí misma en un minucioso suma y sigue. Durante unos minutos reinó una tenue tristeza, que se esfumó cuando me preguntó:
—¿Qué tal las fiestas?
—¡Toda una aventura!
—¿Y eso? ¿Qué te ha pasado? —dijo ya con su buen humor de siempre.
—¿Escuchaste las noticias israelíes la víspera del Aíd?
—¿Me tomas por bobo?
—¿Es una indirecta? ¿Quieres decir que la boba soy yo?
—La verdad cae por su propio peso —bromeó, y la cara se le iluminó con una sonrisa.
—¡Que Dios te perdone!
—¿Dios? ¿He dicho una blasfemia? Has sido tú quien ha empezado su narración perversamente.
—¿Perversamente?
—Sí, con lo de escuchar las mentiras de la radio israelí.
—Vale ya. La radio de Israel anunció la víspera del Aíd que el ejército tenía órdenes de que se facilitaran los desplazamientos de los palestinos.
—Lo cual significaba exactamente lo contrario.
Decidí atajar sus sarcasmos antes de empezar con mi historia, así que le dije:
—Hoy estás más que pesimista, sólo ves lo negativo.
—Apuéstate algo.
—Déjate de apuestas. Lo que quiero es que escuches mi historia sin interrupciones.
Y empecé a contarle lo que me había pasado el primer día del Aíd:
—Me levanté por la mañana de muy buen humor. Estupendo, hoy sí que va a ser un verdadero día de Aíd, me voy a ir al pueblo en el coche y voy a dar un buen paseo con mi madre: en diez minutos estoy allí. Cogí el coche en dirección este, hacia Batín. No había ni rastro de soldados en el puesto de control —estaba dando un rodeo, aparentando que todo era medio normal, lo cual pareció sorprenderle; yo me alegré y continué ya con normalidad—, sólo los bloques de hormigón —se rió—. Volví a Ramala y enfilé hacia el sur, hacia el control de Qalandia. Había varios coches delante de mí, y como un cuarto de hora después ya habían pasado todos. Cuando llegué a la altura del soldado, miró la matrícula palestina y me dijo que me volviera por donde había venido.
—¿Por qué?
—Está prohibido.
—Hoy es el Aíd y quiero ir a casa de mi madre.
—Está prohibido.
—¿Está prohibido que vaya a casa de mi madre en el Aíd?
—Está prohibido pasar.
—¿Y cómo voy a ir a casa de mi madre si está prohibido pasar? ¿Es que tú no vas a casa de tu madre los días de fiesta?
Se calló un instante y me imaginé que estaba escuchando la parte humana de su conciencia. Me animé cuando movió la mano indicando que podía pasar. (Iba narrando el episodio con cierta guasa.)
Me dirigí al este, hacia Yabaa. La carretera estaba medio vacía. Escuché las noticias de las nueve y luego me puse a cantar con Fairuz.
En el cruce de Yabaa me pararon unos soldados que impedían el paso de vehículos. Intenté hablar con ellos pero me apuntaron a la cabeza con las ametralladoras. Les saludé amablemente y me volví por donde había venido.
Otra vez estaba delante de la verja de Qalandia.
—Prohibido —dijo un soldado falacha esquivando la mirada.
—¿Hay quien lo entienda? Aquí se me prohíbe volver a mi casa y en la otra verja se me prohíbe seguir rumbo a casa de mi madre. ¿Adónde queréis que vaya?
—Eso no es asunto nuestro.
—¿No es asunto vuestro que no pueda moverme?
Me miró con odio y le dije:
—Quiero hablar con tu superior.
Se aproximó un soldado que estaba de pie a un lado.
—¿Qué quieres?
—Quiero volver a mi casa, que está en Ramala.
—¿Y por qué no estás en tu casa?
¡Por Dios Bendito, vaya pregunta! Que Dios me dé paciencia, dije para mis adentros mientras me esforzaba por controlar una cólera que rezumaba por todos los poros de mi piel. Le relaté los antecedentes.
—Está prohibido —dijo, y se fue.
En ese preciso instante sentí una mano en el hombro; me volví: era Ayad, un chico de mi pueblo que había ido a caer en el mismo agujero. Me sorprendió proponiéndome que fuéramos hasta Jericó y de allí subiéramos al pueblo zigzagueando. Tenía tantas ganas de llegar a casa de mi madre que sin más le dije que sí, y rápidamente estuvimos en la carretera Jerusalén-Jericó.
No había soldados a la entrada de Jericó, sólo los bloques de hormigón. Fuimos retrocediendo poco a poco en busca de algún camino local, hasta que llegamos cerca del río Al-Qalat. Allí empezó una auténtica odisea: descendimos por barrancos y subimos montes con las ruedas del coche levantando nubes de polvo y piedras, nos metimos en varios socavones, y por fin llegamos al sinuoso camino propuesto por Ayad.
A unos tres kilómetros al este de Deir Yarir, mi pueblo, había un puesto del ejército, emplazado para proteger la colonia Rimonim, levantada en las tierras de Taiba y Ramón. En muy pocas ocasiones estaba cerrado ese paso, pero ese día estaba completamente cerrado y no nos quedó más remedio que volvernos por donde habíamos venido.
Estaba tan enfadada y sentía tal rabia que por poco pierdo el control del coche y nos despeñamos por un barranco. No me calmé hasta casi llegar a la carretera Jerusalén-Jericó. Sólo nos faltaban unos cuantos metros cuando de repente nos encontramos con una zanja ¡que acababan de hacer para que no alcanzásemos la carretera!
La cólera me hizo perder el juicio, me hubiera gustado gritarle a uno de ellos a la cara, pero ¡no había nadie a la vista! Así que me puse a gritarle al desierto:
—¡Señor! ¿Has visto? Son como demonios, qué mezquindad. ¿Cómo es posible que ése sea el pueblo elegido? ¿Dónde estás, Señor? ¿Eres testigo de lo que pasa en la tierra?
Me bajé del coche y me puse a tirar piedras sin más objetivo que descargar mi furia.
¿Qué podíamos hacer después de haber caído en aquella maldita trampa? ¿Dejar nuestros coches allí mismo para que vinieran, los explosionaran, y luego anunciaran que habían hecho explotar dos coches bomba?
Ayad no había perdido los nervios. Pensaba y exploraba el paraje. Se me acercó y con una sonrisa algo cohibida me dijo:
—¡Veo que te gusta tirar piedras! A ver si llenas la zanja.
Su idea era muy acertada, y la elogié. Empezamos a llenar la zanja durante algo más de media hora y luego la atravesamos, enfilando los coches hacia la carretera general, con el puño en alto y gritando: ¡Viva Palestina!
Eran más o menos las dos de la tarde cuando de nuevo nos paramos ante la verja de Qalandia. Cuando el soldado profirió “prohibido”, me puse a chillar. Él se quedó estupefacto, y otro soldado me apuntó con la ametralladora. “¡Increíble! Nuestros chillidos les alarman más que sus propios actos”, me dije. Cogí, me baje del coche, y tapé con mi pecho la boca de la ametralladora, con los brazos extendidos como un Cristo crucificado.
—¡Venga, disparad, que disparéis, a ver! —grité.
Una reportera de Al-Yazira corrió hacia donde estábamos micrófono en ristre, y los cámaras la siguieron. Un soldado salió corriendo de la caseta que estaba al otro lado de la carretera, nos pidió la documentación, que nos devolvió en el acto, y nos hizo señal de que pasáramos.

Me callé, los ojos fijos en sus labios, rogando en silencio un comentario. Esperaba que dijera: “Loca”, era lo que más deseaba... Pero él permaneció callado, parecía triste, no sólo triste, más que triste. ¿Será que mi historia es tan triste? No lo es, y además he intentado aligerarla al máximo. Entonces ¿a qué está dándole vueltas? ¿Por qué está tan serio? ¿Dónde ha ido a parar su buen humor habitual? Sabe que estoy esperando sus comentarios.
—Vaya suerte que has tenido —me dijo intentando sonreír.
—¿Suerte? —dije extrañada.
¿Qué suerte había tenido? Si me hubiera dicho: “¿No te lo decía yo?”; si me hubiera preguntado por qué al principio había intentado fingir que todo había sido apacible, sin problemas, y que algunos soldados aún albergaban bajo el pecho un corazón humanitario... Es verdad, ¿por qué había pretendido tal cosa, por qué no había contado que el soldado que me había dejado cruzar la verja por la mañana estaba riéndose cuando sus compañeros nos prohibieron volver a Ramala? ¿Conocía la trampa que nos esperaba? Señor, no es posible. ¿Qué espanto aguarda al mundo si la Ocupación deforma todas las almas?
—¡Mucho más que suerte! —remató—. Imagínate si hubieras estado en una de las verjas a las que no tienen acceso las cadenas vía satélite.
Pues sí que había tenido suerte...

Durante un mes no volvimos a vernos, pues no le dejaron entrar en Ramala después de la operación militar de Ain Aryat. Ayer me llamó por teléfono y me dijo muy seguro: “Mañana me lanzo a la aventura de intentar llegar a Ramala”. Me dormí soñando con el encuentro. Hoy, hace un momento, ha sonado el teléfono. Su voz llegaba muy débil:
—Me han disparado. Necesito una ambulancia.
Dios, ¡que la ambulancia llegue a tiempo! ¡Que él sí que tenga mucho más que suerte!

Traducción de Luz Gómez García

AAVV: Bajo la Ocupación. Relatos palestinos, prólogo de José Saramago, edición de Luz Gómez García, traducción de VVAA, Málaga, Diputación de Málaga, 2003


30/3/09

Sobre esta tierra

Este poema era muy querido de Darwix, que lo leyó en su último recital en Ramala, el 1 de julio de 2008. Hoy, Día de la Tierra, principal festividad palestina, no está de más recordarlo. Darwix lo escribió en 1986. Procede de nuestro volumen Poesía escogida (1966-2005), Valencia, Pre-Textos, 2008. La fotografía muestra una estela en Ramala con el leitmotiv del poema.



SOBRE ESTA TIERRA

Sobre esta tierra hay por qué vivir: los titubeos de abril, el olor del pan al amanecer, el amuleto que una mujer le da a un hombre, las obras de Esquilo, los comienzos del amor, la hierba sobre una piedra, madres en vilo por el hilo de una flauta, y el miedo de los invasores a los recuerdos.

Sobre esta tierra hay por qué vivir: los últimos días de septiembre, una mujer que sale de los cuarenta como melocotón maduro, la hora del sol en la cárcel, nubes que semejan un tropel de criaturas, los vítores de un pueblo a quienes encaran risueños la muerte, y el miedo de los tiranos a las canciones.

Sobre esta tierra hay por qué vivir: sobre esta tierra señora de la tierra, madre de los inicios y madre de los finales. Se llamaba Palestina. Se sigue llamando Palestina. Mi señora: yo tengo, porque tú eres mi señora, tengo por qué vivir.

Traducción de Luz Gómez García

1/2/09

El llanto de un lugar, por John Berger

Unos días después de nuestro retorno de lo que hasta hace poco suponíamos que sería el futuro Estado de Palestina, y que ahora es la prisión más grande del mundo (Gaza), la sala de espera más grande del mundo (Cisjordania), tuve un sueño. Estaba solo, de pie, desnudo de la cintura para arriba, en un desierto de cuarzo arenisco. En algún momento, la mano de alguien recogía del suelo un poco de esa arena y me la lanzaba al pecho. Su acción era más bien algo considerado y no un acto agresivo. Antes de tocarme, la tierra o grava se transformaba en jirones de tela, tal vez algodón, que se envolvían solos alrededor de mi torso. Estos trapos rasgados cambiaban otra vez y se volvían palabras, frases. No eran escritas por mí sino por el lugar.

Al recordar este sueño, me vino a la mente el término inventado tierra arrasada. Y se repetía. Tierra arrasada describe un lugar o los lugares donde todo, lo material y lo inmaterial, ha sido barrido, robado, desmantelado, desmenuzado, lavado, todo excepto la tierra palpable.

Hay una colina bajita en las afueras de Ramala, llamada Al Rabweh, al occidente, al final de la calle Tokio. Cerca de la cima de la colina está enterrado el poeta Mahmud Darwix. No es un cementerio. La calle se llama Tokio porque conduce al Centro Cultural de la ciudad, que está al pie de la colina, y que fue construido gracias a un apoyo japonés. Fue en este Centro donde Darwix leyó algunos de sus poemas por última vez —aunque entonces nadie suponía que sería la última—. Qué significa la palabra última en momentos de desolación.

Fuimos a visitar su tumba. Hay una lápida. La tierra excavada sigue desnuda, y los dolientes han dejado manojos de espigas verdes de trigo —como sugiere uno de sus poemas—. Hay también anémonas rojas, pedazos de papel, fotos. Él quiso ser enterrado en Galilea, donde nació, y donde su madre vive aún, pero los israelíes lo prohibieron.

En el funeral, decenas de miles de personas se reunieron aquí, en Al Rabweh. Su madre, de 96 años, se dirigió a ellas. “Él es hijo de todos ustedes”, exclamó.

¿En qué ámbito exactamente hablamos cuando hablamos de los amados que acaban de morir o ser asesinados? En un momento así de presente, nuestras palabras nos parecen resonar de un modo mucho más cercano de que lo que normalmente vivimos. Son comparables con los momentos en que hacemos el amor, o cuando afrentamos un peligro inminente, o al tomar una decisión irrevocable, o cuando bailamos un tango. No es en el ámbito de lo eterno donde nuestras palabras de duelo resuenan, pero tal vez resuenan en alguna de las pequeñas galerías de tal ámbito.

En la colina, que ahora está desierta, intento invocar la voz de Darwix. Tenía la tranquila voz de un criador de abejas:

Una caja de piedra
donde los vivos y los muertos se mueven en el barro seco
como abejas cautivas en el panal de una colmena
y cada vez que el estado de sitio arrecia
comienzan una huelga de hambre de flores
y buscan el mar para que les indique la salida de emergencia.

Al invocar su voz, sentí la necesidad de sentarme en la tierra palpable, en la hierba verde. Y así lo hice.

Al Rabweh significa en árabe: “la colina cubierta de hierba verde”. Sus palabras han regresado al lugar de donde vinieron. Y no hay Nada más. Una Nada compartida por cinco millones de personas.

La siguiente colina, a quinientos metros de distancia, está repleta de vertederos. Los cuervos vuelan en círculos. Algunos muchachos rebuscan objetos en ella.

Al sentarme en la hierba al borde de aquella tumba recién cubierta, ocurrió algo inesperado. Para definirlo, tengo que describir otro suceso.

Fue hace unos días. Mi hijo, Yves, iba conduciendo y nos dirigíamos a la localidad de Cluses en los Alpes franceses, un pueblecito. Había estado nevando. Las laderas, los campos y los árboles eran blancos y la blancura de las primeras nieves a veces desorienta a los pájaros, perturba su sentido de la distancia y la orientación.

De repente un pájaro se estampó contra el parabrisas. Yves, mirando por el espejo retrovisor lo vio caer a un lado del camino. Frenó y metió la marcha atrás. Era un pajarito, un petirrojo, atolondrado pero aún vivo, que parpadeaba. Lo cogí de la nieve, lo sentía tibio en mi mano, muy calientito, porque los pájaros tienen una temperatura más alta que nosotros, y continuamos conduciendo.

De tanto en tanto lo examinaba. En el lapso de media hora murió. Lo cogí para ponerlo en el asiento trasero del coche. Lo que me sorprendió fue su peso. Pesaba menos que cuando lo recogí de la nieve. Me lo pasé de una mano a la otra para comprobarlo. Era como si su energía cuando estaba vivo, su lucha por sobrevivir, le hubiera añadido peso. Ahora casi no pesaba.

Tras sentarnos en la hierba que cubre la colina de Al Rabweh pasó algo comparable. La muerte de Mahmud había perdido su peso. Lo que permanece son sus palabras.

Han pasado los meses, cada uno lleno de presagios y silencio. Ahora fluyen los desastres hacia un delta sin nombre, y que obtendrá alguno únicamente si le otorgan uno los geógrafos que vengan después, mucho después. Hoy no hay nada más que hacer que intentar caminar sobre las amargas aguas de este delta sin nombre.

Gaza, la prisión más grande del mundo, está siendo transformada en un matadero. La palabra Franja (como en la Franja de Gaza) está empapada con sangre, como ocurrió hace 65 años con la palabra gueto.

Día y noche la Fuerza de Defensa Israelí lanza bombas, obuses, armamento radioactivo y de fósforo GBU-39, balas de ametralladora por aire, mar y tierra contra una población civil de un millón y medio de personas.

El número de muertos y mutilados incrementa con cada nueva crónica de los corresponsales internacionales, a los que les está prohibido por Israel entrar a la Franja.

Sin embargo, la cifra crucial es que por cada baja israelí hay cien bajas palestinas. Una vida israelí es equiparada a cien vidas palestinas. Las implicaciones de este supuesto son reiteradas constantemente por el portavoz israelí con el fin de hacerlas aceptables y normales.

La masacre tendrá muy pronto su secuela de pestilencia: casi ninguna vivienda cuenta con agua ni energía eléctrica, los hospitales carecen de médicos, medicinas y generadores. La masacre viene de un bloqueo y un estado de sitio.

Más y más voces por todo el mundo se levantan en protesta. Pero los gobiernos de los ricos con sus medios de comunicación mundiales y su orgullosa posesión de armas nucleares le confirman a Israel que harán la vista gorda ante lo que la Fuerza de Defensa Israelí está perpetrando.

“El llanto de un lugar entra en nuestro sueño”, escribió el poeta kurdo Bejan Matur, “El llanto de un lugar entra en nuestro sueño y ya no se va nunca”.

Nada sino la tierra arrasada.

Estoy de vuelta en Ramala (de eso hace cuatro meses) en un estacionamiento subterráneo abandonado que fue tomado y convertido en un espacio de trabajo por un grupo de artistas visuales palestinos, entre los que se halla la escultora Randa Mdah. Miro una instalación concebida y hecha por ella que se titula Teatro de Títeres. Es un bajorrelieve que mide tres metros por dos, que se yergue derecho como un muro. Frente a éste, en el suelo hay esculpidas tres figuras.

El bajorrelieve, del que salen hombros, rostros, manos, está hecho de una armadura de alambre, poliéster, fibra de vidrio y barro. Sus superficies están coloreadas —verdes oscuros, cafés, rojos. La profundidad de su relieve es casi la misma que la de una de la puertas de bronce de Ghiberti para el Baptisterio en Florencia, y los escorzos y las perspectivas distorsionadas se han resuelto casi con la misma maestría. [Nunca habría adivinado que la artista era tan joven: tiene 29 años.] El muro con el bajorrelieve es como el “seto” al que cualquier público en un teatro se asemeja, cuando se le mira desde el escenario.

En el suelo de tal escenario, al frente, están las figuras de tamaño natural: dos mujeres y un hombre. Están hechos de los mismos materiales pero en colores más desvaídos.
Una de estas figuras está al alcance de la mano del público, otra está a dos metros de distancia y la tercera está tres metros más allá. Traen puestas ropas de diario, las que decidieron ponerse por la mañana.

Sus cuerpos están amarrados a cuerdas que cuelgan de tres palos horizontales que a su vez cuelgan del techo. Son marionetas: esos palos son las barras de control que manipulan unos titiriteros, ausentes o invisibles.

La multitud de figuras del bajorrelieve, todas, miran lo que tienen frente a sus ojos y les tuerce las manos. Sus manos son como aves de corral. Impotentes. Se retuercen porque no pueden intervenir. Son bajorrelieve, no tienen tercera dimensión y como tal no pueden intervenir en el mundo real sólido. Representan el silencio.

Las tres figuras sólidas, palpitantes, atadas con cuerdas invisibles manipuladas por los titiriteros, son lanzadas al suelo, primero la cabeza, los pies al aire. Una y otra vez hasta que las cabezas se parten. Sus manos, sus torsos, sus rostros, se convulsionan en agonía. Una agonía que no tiene fin. Lo ve uno en sus pies: una y otra vez.

Era posible caminar en medio de los impotentes espectadores del bajorrelieve y las despatarradas víctimas en el piso. Pero no lo hice. Había una fuerza tal como no he visto nunca en obra alguna. Porque reclamaba el terreno donde se yergue. Porque transformó el campo de extermino que yace entre los estupefactos espectadores y las agonizantes víctimas en algo sagrado. Porque transformó el suelo de un estacionamiento en una especie de tierra arrasada.

Esta obra profetiza la Franja de Gaza.

A la tumba de Mahmud Darwix en la colina de Al Rabweh, por decisión de la Autoridad Palestina, le quitaron la cerca y la cubrieron con una pirámide de vidrio. Ya no es posible acurrucarse a su lado. Sus palabras, sin embargo, siguen siendo audibles para nuestros oídos y podemos repetirlas y seguir repitiéndolas.

Tengo que trabajar en la geografía de los volcanes
De la desolación a la ruina
del tiempo de Lot a Hiroshima
Cual si nunca hubiera vivido
con un deseo que sigo por saber
Tal vez el Ahora se movió un poco más allá
y el Ayer se acercó
Así que le tomo la mano al Ahora y
camino por la costura de la historia
evitando el tiempo cíclico
con su caos de chivos montaraces
¿Cómo puedo salvar mi mañana?
¿Con la velocidad del tiempo electrónico
o con la lentitud de las caravanas de mi desierto?
Tengo trabajo hasta que me llegue el fin
como si no fuera a ver el mañana
tengo que trabajar por el hoy que no está aquí
Así que escucho
suave muy suave
El pulso de hormiga de mi corazón…

Traducción de Ramón Vera Herrera

La Jornada / The Irish Times

1/9/08

Un país preparado para el alba

Seleccionamos a continuación el fragmento final del poema-libro Estado de sitio (Madrid, Cátedra, 2002). Darwix escribió Estado de sitio en Ramala en enero de 2002, durante el cerco del Ejército israelí. De sus poemas de los últimos años directamente relacionados con la Ocupación, es el más sobresaliente. Ha sido adaptado al teatro por el Centro Dramático Nacional Palestino y ha dado origen a una cantata de Garrett List.

Estado de sitio es un poema extrañamente esperanzado. Israel se había retirado del sur del Líbano en el verano de 2000. La Segunda Intifada, que había estallado el otoño siguiente, había sacado a la calle el hastío palestino por el fracaso de Oslo, y la lucha, aun en su crudeza, parecía alumbrar un futuro. Luego vendrían las elecciones legislativas de enero de 2006 y el triunfo de Hamás, el boicot euroamericano a un gobierno de impoluta elección democrática, y, finalmente, la escenificación de la escisión de los restos de Palestina con la toma de poder islamista en Gaza en junio de 2007, mientras la Ocupación se naturalizaba en los pueblos, carreteras y colinas de Cisjordania minados por los asentamientos y el Muro. En 2008, seis años después del sitio de Ramala, Darwix ya no veía motivos para la esperanza.


Mis amigos me preparan siempre una fiesta
de despedida, y una cómoda tumba a la sombra de una encina,
con una lápida de mármol temporal.
Aunque yo les precedo siempre en el cortejo:
¿Quién es el muerto... eh?


La mujer caída es hija de caída que es hija de caído,
hermana de caído y hermana de caída, nuera
de madre de caído, nieta de abuelo caído
y vecina de tío caído (etcétera, etcétera)
pero todo sigue igual en el mundo civilizado,
el tiempo de los bárbaros terminó,
la víctima anónima es lo habitual;
la víctima... como la verdad, es relativa
(etcétera, etcétera).


Calma, calma, que los soldados desean
a estas horas oír las canciones
que oyen los caídos, aún
como el olor del café en su sangre... frescas.


Una tregua, una tregua para evaluar lo aprendido:
¿Sirven de arado los aviones?
Les dijimos: una tregua, una tregua para examinar las intenciones,
¡acaso algo de paz se filtre en la conciencia!
Competiremos por lo que amamos
con medios poéticos.
Respondieron: ¿No sabéis que una conciencia en paz
abriría las puertas de nuestra alcazaba
a la música del hiyaz y el nahawand?
Les dijimos: ¿Y qué?, ¿qué pasaría?


Nuestro café. Los pájaros. Los árboles verdes
de sombra azul. El sol saltando de
tapia en tapia como una gacela...
El agua de las nubes de dibujo infinito
en el trozo de cielo que nos queda,
más otras cosas de amargo recuerdo,
apuntan a que esta mañana será espléndida,
y nosotros huéspedes de la eternidad.


Un país preparado para el alba.
Pronto
los astros dormirán en la lengua de la poesía.
Pronto
despediremos este largo trayecto
y preguntaremos: ¿Por dónde empezar?
Pronto
prevendremos a nuestro bello narciso silvestre
para que no enloquezca con su imagen: no has
servido para el poema, contempla
a las andantes del camino.


¡La paz sea contigo que velas por
el éxtasis de la luz, la luz de la mariposa, en
la noche de este túnel!


¡La paz sea contigo que compartes mi copa
en la negrura de una noche que colma dos asientos:
salud, sombra mía!


La paz es la palabra que atesora el viajero
para el cruce en el camino con el viajero.

La paz es paloma entre dos extraños, zureo compartido
al borde del abismo.


La paz es la añoranza de dos enemigos, que anhelan
bostezar en el andén del hastío.

La paz es el gemido de dos amantes lavándose
a la luz de la luna.


La paz es la disculpa del fuerte ante el
débil de armas —pero de largo alcance.

La paz es partir las espadas ante la belleza
natural, aceptar que el rocío mella el hierro.


La paz es un día plácido, agradable, de pasos
suaves, sin riñas.

La paz es un tren con pasajeros que van
o vienen de excursión por las afueras de la eternidad.


La paz es reconocer, públicamente, la verdad:
¿Qué habéis hecho con el fantasma del asesinado?

La paz es dedicarse a cultivar el jardín:
¿Qué vamos a sembrar de aquí a nada?


La paz es ahuyentar las pupilas
del zorro que seducen a la mujer asustada.

La paz es el ahhh de un agudo sostenido de moaxaja
en el corazón de la guitarra exhausta.


La paz es la elegía a un joven con el corazón destrozado por el lunar
de una mujer, no por una bala o por una bomba.

La paz es cantar a la vida aquí, en la vida,
pulsando la cuerda de una espiga.

Traducción de Luz Gómez García

10/8/08

El poeta troyano, por Luz Gómez García

Mahmud Darwix abrió su última lectura de poemas, el 1 de julio en Ramala, con un poema reciente que comienza: “Quién soy yo para deciros”. En él recorría su vida, una vida palestina, y se interrogaba acerca del sentido de su palabra, en el tiempo y en la vida de la actual Palestina demediada. La ironía latía en sus palabras, también la humildad y la lucidez de quien se sabe cercado por el final y ensalza la fuerza del comienzo: “Viva la vida”, era la conclusión del poema.

Darwix se ha calificado a sí mismo en varias ocasiones como un poeta troyano, esto es, como el poeta que Troya tuvo pero del que nada quedó en la historia, el cantor de una tragedia que sería borrada. Su gente le eligió para este papel, y él se sintió honrado por ello y siempre quiso cumplir. Pero tuvo claro también que las necesidades poéticas eran superiores a la coyuntura política, que la poesía busca lo universal y que sólo así cumple con el lector. Adorado en todo el mundo árabe, que siempre esperaba de él la poesía que ya conocía, Darwix se empeñaba en un cambio continuo de carácter cualitativo que tenía a la musicalidad y la estructura del poema como condiciones primeras.

Quizá el sentido último de su obra sea la recreación o creación del espacio vital, de la historia material y cultural palestinas, en oposición a los constructos israelíes basados en una historia legendaria, lo cual va precisamente ligado a la celebración de la vida y a la obligación moral de resistir para dignificarla.

Aquel día en Ramala charlamos del futuro, de sus nuevos libros en España, de su admirado al-Mutanabbi, el gran clásico árabe, al que tanto se ha parecido su vida, por carisma y amplitud poética, del vino, como siempre, y de sus tristes días en la escuela de Kafr Yasif, en su Galilea natal, tras la Nakba (el Desastre palestino de 1948).

Me dijo que se iba a Houston, y le deseé suerte.

El País, 10/8/08

1/8/08

Adiós a “al-Karmel”

al-Karmel (“El Carmelo”, en alusión al monte vecino a Haifa, patria chica de Darwix y símbolo galileo) la gran revista palestina fundada y dirigida por Mahmud Darwix, deja de editarse. El último número aparecido, el 88/89, lleva fecha de 2006. Si entonces no estaba claro si sería el último, hoy el proyecto ha cerrado su ciclo.

Fundada en 1981 en Beirut, al-Karmel sufrió un primer parón en 1982, a raíz de la invasión israelí del Líbano. Entre 1983 y 1993 se editó desde Nicosia, y en 1996 se trasladó a Ramala, coincidiendo con el establecimiento en esta ciudad de la Autoridad Nacional Palestina.

al-Karmel ha querido siempre establecer un diálogo intelectual y creativo entre la cultura árabe en sus distintas manifestaciones y el resto de las culturas del mundo, a partir de la convicción del carácter universalista del humanismo. Por ello, ha prestado atención tanto a las colaboraciones de los autores árabes contemporáneos más destacados como a la traducción de los principales pensadores y escritores del panorama internacional.

8/7/08

Reseña de “Poesía escogida (1966-2005)”, por Carlos Pardo

Estado de sitio es el título de uno de los poemas más conocidos de Mahmud Darwix, que fue escrito precisamente durante el cerco israelí a la ciudad de Ramala, y da buena medida de lo que es la poesía para este poeta: un ejercicio de supervivencia del individuo frente a los embates de la Historia de los manuales. Lucidez contra mentira.

El poeta más popular del mundo árabe (Palestina, 1941) no le debe su fama a la actitud de un divo. Su vida ejemplifica la lucha política y el rigor intelectual. Su poesía, la virtud de dar símbolos sencillos a los problemas de nuestro tiempo. Este personaje de Godard es uno de los grandes poetas de nuestro tiempo.

Excelente traducción de Luz Gómez para los mejores poemas árabes de nuestro tiempo. Decir esto de una tradición que sigue vinculando a la lírica con la dignidad del conocimiento más humano, equivale a decir: algunos de los mejores poemas actuales. Eso es la poesía. Eso es Darwix.

Público, 15/03/2008

7/7/08

Para mí, la poesía está ligada a la paz. Entrevista por Muriel Steinmetz

Tras largos años de exilio, Mahmud Darwix vive ahora en Ramala. En 1948 tenía seis años cuando el ejército israelí expulsó a su familia del pueblo de Birwa, donde nació. En 1950, volvió a su tierra, pero Birwa había desaparecido. En su lugar habían construido dos colonias israelíes. La historia del poeta se confunde con la de su pueblo, cuyo derecho al retorno, más que nunca, sigue siendo algo hipotético. Sin embargo, Mahmud Darwix afirma que «el poeta no tiene obligación alguna de ofrecer un programa político a su lector». Preconiza una lectura inocente de su obra, que está impregnada de un «lirismo épico», según las palabras del poeta griego Yannis Ritsos. La poesía de Darwix, cualesquiera que sean sus raíces, no se inscribe en un tiempo y un espacio dados, por muy candentes que sean. El exilio sigue siendo su verdadero sustrato, lo más cercano de una geografía concreta del mundo, bañada en más de una época histórica. Mahmud Darwix se define como un troyano y, con una leve sonrisa, reivindica el estatuto de víctima. ¿Acaso no es más noble cantar, aunque sea en la cárcel, en vez de ocuparse de oprimir y controlar al prójimo? Acaba de publicar Estado de sitio, testimonio escrito en caliente por un hombre aislado en el seno de su propia tierra, cercada por los tanques. Su larga y poética reflexión nació del tiempo libre impuesto a este heraldo de un pueblo también situado bajo estrecha vigilancia. Desde su ventana escruta las calles de Ramala, escribe la crónica de las horas y los días. De visita en Francia, ha accedido a responder a nuestras preguntas, traducidas por Faruk Mardam-Bey, su editor en Actes Sud.

MS. Una recopilación de entrevistas con usted llevaba por título Palestina como metáfora. ¿De qué es una metáfora Palestina?

Darwix. Fue mi editor quien escogió el título. Esa metáfora permite decir cosas sobre la poesía: la relación del ser humano con su historia, con su existencia, con la naturaleza, consigo mismo, así como su lucha por las libertades individuales y colectivas. Para mí, Palestina es sólo un espacio geográfico delimitado. Remite a la búsqueda de la justicia, de la libertad, de la independencia, pero también a un lugar de pluralidad cultural y de coexistencia. La diferencia entre lo que yo defiendo y la mentalidad oficial israelí —incluso diría la mentalidad dominante hoy en Israel— es que esta última conduce a una concepción exclusivista de Palestina, mientras que, para nosotros, se trata de un lugar plural, ya que aceptamos la idea de una pluralidad cultural, histórica y religiosa en Palestina. Este país la heredó. Nunca fue unidimensional ni perteneció a un solo pueblo. En mi escritura, me confieso hijo de varias culturas sucesivas. Hay lugar para las voces judía, griega, cristiana y musulmana. La visión opuesta concentra toda la historia de Palestina en su periodo judío. No tengo derecho alguno a criticar la concepción que ellos tienen de sí mismos. Pueden definir su identidad como deseen. El problema es que esa concepción de la identidad significa la negación de la del otro. Eso nos impide vivir libres e independientes. Consideran que no tenemos ningún derecho sobre esta tierra, en la medida en que la aprehenden como tierra bíblica y juzgan que, desde hace dos mil años, está a la espera del «regreso» de quienes la habitaron antaño. Hay, pues, una tentativa permanente de monopolización de la tierra, de la memoria, incluso de Dios. Por eso, la lucha se sitúa hoy en diversos ámbitos. Los gobernantes israelíes tratan de aplicar su concepción del pasado sobre una realidad que no les abona en absoluto. A veces, provoco a un soldado en el puesto de control. Le digo: «Si queréis la tierra santa tal como está escrita en la Torá, quedaos con ella y dadnos la tierra que no es sagrada, es decir, todo el litoral palestino. No hay historia bíblica sobre este litoral». Si la referencia es religiosa, hablemos de este intercambio entre el litoral y el interior, pero si es jurídica, si depende del derecho internacional, volvamos a las resoluciones de la ONU.

MS. ¿Qué lugar ocupa hoy la poesía de lengua árabe y, en particular, su propia poesía en la literatura árabe?

Darwix. Los países europeos y Estados Unidos creen que la poesía de lengua árabe ocupa el lugar de honor en la cultura árabe, como sucedió durante tres siglos. Se habla de la crisis de la poesía en Occidente, de la decadencia de su masa de lectores. La misma crisis existe entre nosotros. La relación entre la poesía y los lectores se ha vuelto problemática, quizá debido a que la poesía árabe se ha adentrado en formas experimentales, que la han aislado del gran público. Establece una distancia entre el texto y la realidad y se priva de la riqueza de las cadencias de la métrica árabe. Hay también una razón de orden cultural. La poesía no es el primer género literario entre los árabes. La novela ha tomado el relevo. Eso es algo positivo. Yo añadiría que vivimos una crisis de identidad cultural y política. Los árabes retroceden en numerosos planos. Tenemos el sentimiento de no participar en el curso de la historia. Por ejemplo, se oye hablar de un gran Oriente Próximo. Pero los estadounidenses, iniciadores de dicho proyecto, consideran que los árabes ni siquiera merecen ser consultados. En la medida en que las fronteras de los países árabes fueron fijadas por extranjeros, estos mismos extranjeros pueden modificarlas a su antojo. Los árabes no participan en la definición de su destino. ¿Qué quiere que haga la poesía en tales condiciones? ¿Hablar de la edad de oro? ¿Adorar el pasado? La verdadera poesía árabe es una poesía crítica de la realidad árabe.

MS. Perdone que le haga esta pregunta un poco brutal, pero ¿puede la poesía, en su sentido más elevado, tal como usted la practica hoy, constituir la alternativa a la religión?

Darwix. William Blake decía que la imaginación es una nueva religión. Todo el movimiento romántico busca sustituir la inspiración poética por la inspiración religiosa y profética. Yo creo que la religión y la poesía nacieron de la misma fuente, pero la poesía no es monoteísta. Tal como dijo Heidegger, nombra a los dioses. La poesía está en rebelión permanente contra sí misma. No cesa de modificarse. La religión es estable, fija, permanente. Sin embargo, la búsqueda de lo desconocido es común a ambas. La poesía tiende hacia lo invisible, sin encontrar solución. La religión encuentra una, de una vez por todas. ¿Acaso el gran problema del marxismo no fue que en cierto momento se convirtió en una religión?

MS. ¿Es hoy compatible la poesía con la religión bajo su forma más reivindicativa y violenta?

Darwix. El integrismo impide que florezca la poesía. Su maniqueísmo sin apelación no conviene en absoluto a la poesía. El integrismo tiene respuestas totalmente preparadas. Es poeta quien duda y acepta al otro. Para mí, la poesía está ligada a la paz. Está en perpetua adoración ante la belleza de las cosas y, desde luego, ante la belleza femenina. El integrismo aísla a la mujer y la esconde. A la poesía le gusta el vino; el integrismo lo prohíbe. La poesía sacraliza los placeres en la tierra. El integrismo se les opone ferozmente. La poesía libera los sentidos. El integrismo los reprime. La poesía humaniza a los profetas. Por eso la cultura engendrada por el integrismo religioso es antipoética por excelencia. El integrismo puede llegar a suprimir todo lo que sea contrario a su concepción del mundo. En sus formas más extremas, representa un peligro mortal para la poesía y los poetas. Durante los siglos IX, X y XI —la edad de oro de la poesía árabe— el Estado fue bastante tolerante, abierto a todas las culturas. Hubo, en particular, una bellísima poesía erótica y báquica. El fundamentalismo musulmán es en sí mismo una reacción al fundamentalismo y al integrismo estadounidense e israelí. El despotismo universal de Estados Unidos, tal como se despliega hoy en día, está legitimando el integrismo musulmán. Cuando los estadounidenses hablan del terrorismo como algo inherente al islam, empujan a los musulmanes hacia ciertos extremos. La lucha actual, que se nos presenta como una lucha entre civilizaciones, no es más que una lucha entre integrismos. No es una guerra de civilizaciones, sino una guerra entre diferentes barbaries.

MS. Nos sorprende la reflexión de Ritsos, que calificó su poesía de «lirismo épico». ¿Cree que eso lo define a usted todavía hoy, teniendo en cuenta que en Occidente la epopeya es una forma que desapareció hace siglos, mientras que el lirismo parece considerablemente en retirada?

Darwix. La poesía épica, en el sentido tradicional del término, desapareció hace tiempo. Tal como demostró Hegel, estuvo vinculada a las antiguas civilizaciones. El lirismo es intemporal, porque existe siempre una pluralidad de «yoes». Este tipo de poesía expresa detalles, partes del alma de un pueblo. Se centra en los individuos que lo componen, más que en el pueblo entero. Desde luego, estos conceptos no tienen base alguna en la poesía árabe. Provienen de las lenguas occidentales. En Occidente, se dice que el lirismo es lo que no es ni épico ni dramático en sentido teatral. Por el contrario, nuestra poesía árabe es lírica desde su origen, pero según diversas corrientes. Las formas son múltiples en ella. Cuando Ritsos define mi poesía como un «lirismo épico» se refiere a la arquitectura del poema y a la multiplicidad de las voces en su seno. Mi voz no es la única, pues hay otras que expresan al grupo. Mi poesía no se sitúa en un espacio limitado y personal, sino en un espacio amplio, en el plano histórico y geográfico. De ahí que algunos de sus rasgos recuerden la épica. El lirismo de estos poemas no es ni muy personal ni individual, es un lirismo colectivo. Se trata de una poesía que no es totalmente lírica ni totalmente épica. El lirismo también está en retirada en el mundo árabe. Los jóvenes poetas, un poco perdidos, no dominan los conceptos. A menudo confunden lirismo y romanticismo.

MS. ¿Puede la poesía ayudar a que un pueblo conserve su identidad, incluso en las peores dificultades de supervivencia?

Darwix. No creo que la poesía tenga un papel evidente en la lucha nacional. Su influencia no es inmediata. Constituye un viaje permanente entre culturas, tiempos y espacios. En ese sentido, yo no creo en una poesía nacional. Dado que el poeta es el hijo de una época y de una lengua, contribuye sin duda a dar forma a la identidad nacional de un pueblo al desempeñar un papel de orden cultural, pero no tiene por qué incitar a nada. En los años cincuenta, sin duda, en el mundo árabe y en el mundo entero –pienso en toda la poesía comprometida, en particular, entre ustedes los franceses, en Louis Aragon–, el poeta tuvo un papel político directo. El mundo era un poco menos complejo que hoy en día. En nuestro caso, la ocupación israelí es una larga ocupación, a diferencia de la alemana en Francia. ¿Qué artista puede representar sin interrupción el papel de poeta de circunstancias, de poeta comprometido, en el sentido antiguo del término? Si pretende representar ese papel, la Ocupación habrá conseguido matar también la poesía.

Traducción de Manuel Talens

L’Humanité, 15/04/2004

Fuente

2/7/08

Un momento en Ramala, por John Berger

Reproducimos un texto de John Berger, escritor solidario con Palestina y que conoce bien la obra de Mahmud Darwix.

Ciertos árboles —especialmente las moreras y los nísperos— aún cuentan la historia de cómo una vez, en otra vida, antes de la Nakba, Ramala fue para los adinerados una población de ocio y esparcimiento, un lugar cercano a Jerusalén para descansar durante el caliente verano, un centro vacacional. La Nakba es la “catástrofe” de 1948, cuando 10.000 palestinos fueron asesinados y 700.000 se vieron forzados a abandonar su país.

Hace mucho tiempo las parejas de recién casados plantaban rosas en los jardines de Ramala como augurio para su vida futura juntos. El suelo de aluvión le iba bien a las rosas.

Hoy no existe muro alguno en el centro de Ramala, convertido en capital de la Autoridad Palestina, que no esté cubierto con las fotografías de los muertos, tomadas en algún momento de su vida, y que ahora se reimprimen como pequeños carteles. Los muertos son los mártires de la Segunda Intifada, que comenzó en septiembre de 2000. Los mártires son los que murieron a manos del ejército y los colonos israelíes, y todos los que decidieron sacrificarse en contraataques suicidas. Estos rostros transforman las borrosas paredes callejeras en algo tan íntimo como la cartera plena de papeles y fotos privadas. Una cartera que tiene un compartimiento para la tarjeta de identificación magnética emitida por los servicios de seguridad israelíes (sin la cual ningún palestino puede viajar ni unos cuantos kilómetros), y otro compartimento para la eternidad. En torno a los carteles, los muros muestran las cicatrices de las balas y la marca de las esquirlas de obús.

Está una anciana, que pudiera ser la abuela en muchas carteras. Están los niños, apenas adolescentes, están tantos padres. Escuchar las historias de cómo se toparon con la muerte es recordar lo que significa ser pobre. La pobreza orilla a las decisiones más duras, ésas que casi no conducen a nada. Ser pobres es vivir con ese casi.

La mayoría de los muchachos, éstos cuyos rostros tapizan los muros, nacieron en campos de refugiados tan pobres como los cinturones de miseria. Abandonaron pronto la escuela buscando ganar dinero para la familia o ayudar al papá con su trabajo, si alguno tenía. Otros cuantos soñaban con llegar a ser estrellas del fútbol. Buen número de ellos hicieron catapultas de madera tallada, cuerda trenzada y piel retorcida para lanzarle piedras al ejército de ocupación.

Comparar las armas empleadas en tales confrontaciones nos retorna a lo que significa la pobreza. De un lado helicópteros Apache y Cobra, F 16, tanques controlados a distancia, jeeps Humvee, sistemas electrónicos de vigilancia, gases lacrimógenos; del otro catapultas, resorteras, teléfonos celulares y, en ocasiones, unos cuantos explosivos de fabricación casera. La enormidad del contraste revela algo que puedo sentir entre estos muros lacerados por la pena, pero que no puedo nombrar. Si yo fuera soldado israelí, por muy bien armado que estuviera, me aterraría finalmente con este algo. Tal vez es lo que atisbó el poeta Murid Barguti: “La gente que vive se hace vieja, pero los mártires se hacen jóvenes”.

Husni Al-Nayjar, 14 años de edad. Trabajó ayudando a su padre, que era soldador. Mientras arrojaba piedras, le dispararon y murió con una bala en la cabeza. En su foto su mirada es calma y se posa imperturbable en la distancia.

Abdelhamid Kharti, 34 años de edad. Pintor y escritor. Cuando joven recibió capacitación como enfermero. Como voluntario se sumó a una unidad de urgencias médicas para rescatar y cuidar heridos. Su cadáver fue hallado cerca de un puesto de revisión, después de una noche sin confrontaciones. Le habían cortado los dedos. Todavía le colgaba un pulgar. Le habían roto un brazo, una mano y la quijada. Tenía 20 balas en el cuerpo.

Muhammad ad-Durra, de 12 años de edad, vivía en el campamento de Breij. Regresaba a casa con su padre. Cruzaron el puesto de revisión Netzarin, en Gaza, y les ordenaron bajar de su vehículo. Algunos soldados disparaban. Ambos se cubrieron de inmediato tras una barda de cemento. El padre hizo una señal con la mano para hacerles ver que estaban ahí y recibió un impacto en la mano. Un instante después le dieron a Muhammad en el pie. El padre cubrió a su hijo con su cuerpo. Más balas impactaron a ambos y el niño murió. Los doctores retiraron ocho balas del cuerpo del padre. Quedó paralizado a consecuencia de las heridas y ya no pudo trabajar. Hoy es un desempleado. Como se filmó el incidente, su historia se narra una y otra vez por todo el mundo.

Quiero hacer un dibujo para Abdelhamid Kharti. Muy temprano por la mañana vamos al poblado de Ain Kinya. Más allá hay un campamento beduino, cerca de un wadi. El sol no calienta todavía. Las cabras y las ovejas pastan un poco entre los toldos. Decido dibujar las colinas que dan hacia el oriente. Me siento en una roca cercana a una tienda negruzca. Cuento tan sólo con un cuaderno y una pluma. Sobre la tierra hay tirado un tarro de plástico, que me sugiere juntar algo de agua del hilo que brota del manantial para mezclarla, si la necesito, con la tinta.

Después de dibujar un rato, un joven se acerca (por supuesto, toda persona invisible en el campamento ya me vio), abre la tienda tras de mí, entra y sale sosteniendo un decrépito banco de plástico blanco que, me indica, puede ser más cómodo que la roca. Me imagino que, antes de hallarlo, debe de haber estado tirado en la calle cerca de una pastelería o una nevería. Le agradezco.

Sentado en este banco de parroquiano, en un campamento beduino, y conforme el sol comienza a calentar y las ranas del casi seco lecho del río se ponen a croar, continúo dibujando.

En lo alto de una colina, pocos kilómetros a la izquierda, hay un asentamiento israelí. Parece militar, como si fuera parte de algún armamento diseñado para maniobras súbitas. No obstante es pequeño y está lejos.

Muy cerca, frente a mí, hay una colina de piedra caliza que tiene la forma de una cabeza de animal gigante dormido. Las rocas esparcidas por su cima son como cardenchas sobre su pelambre enmarañado. Repentinamente frustrado por falta de pigmento, vierto agua del tarro sobre el polvo que piso, meto el dedo en el lodo y lo embarro en el dibujo de la cabeza del animal. El sol está caliente. Una mula rebuzna. Paso la página de mi cuaderno y comienzo otro dibujo y otro. Nada parece terminado. Cuando por fin regresa el joven, quiere ver mis dibujos.

Le abro el cuaderno. Sonríe. Vuelvo la hoja. Señala. Es nuestro, dice, ¡es nuestro polvo! Lo que él señala es mi dedo, no el dibujo.

Luego ambos miramos la colina.

*

No estoy entre los conquistados, sino entre los derrotados a los que los vencedores temen. El tiempo de los vencedores es siempre corto y el de los derrotados es inconmensurablemente largo. Su espacio es diferente también. Todo en esta tierra limitada entraña una cuestión de espacio, y los vencedores ya lo entendieron. El acorralamiento que mantienen es primera y fundamentalmente espacial. Se aplica, en desafío a las leyes internacionales, mediante los puestos de revisión, destruyendo los antiguos caminos, mediante nuevos libramientos reservados estrictamente para los colonos israelíes, construyendo asentamientos fortificados en lo alto de las colinas —que en realidad son puestos de vigilancia y control de las mesetas circundantes—, mediante el toque de queda que obliga a las personas a permanecer puertas adentro, de noche y de día. Durante la invasión a Ramala, el año pasado, el toque de queda duró seis semanas, y lo “levantaban” un par de horas, ciertos días, para que la gente fuera de compras. No había tiempo suficiente siquiera para enterrar a los que murieron en sus camas.

En un valiente libro, el arquitecto israelí disidente Eyal Weizman afirma que esta dominación terrestre y total comienza en los bosquejos de los arquitectos y los planificadores distritales. En tales dibujos no es posible hallar ni una partícula de “nuestro polvo”. La violencia comienza mucho antes del arribo de los tanques y los jeeps. El habla de una “política de verticalidad”, donde los derrotados, incluso “en sus hogares”, son literalmente vigilados y socavados.

El efecto de lo anterior es que la vida cotidiana es inexorable. Tan pronto como a alguien se le ocurre decir una mañana cualquiera “voy a ver” tiene que detenerse súbitamente y considerar qué tantos cruces y retenes puede involucrar ese “vistazo”. El espacio de las más simples decisiones de todos los días está maniatado, con la pata delantera amarrada a la trasera.

Además, debido a que los retenes cambian impredeciblemente día a día, la experiencia del tiempo también está maniatada. Nadie sabe por la mañana qué tanto le tomará llegar al trabajo, ir a ver a su mamá, ir a clase, a la consulta con el doctor y, habiendo hecho estas cosas, tampoco sabe cuánto tiempo le llevará regresar a su casa. Un viaje en cualquier dirección puede implicar 30 minutos o cuatro horas, o la ruta puede estar categóricamente cerrada por soldados armados con ametralladoras cargadas.

El gobierno israelí alega que se vio obligado a tomar estas medidas con tal de combatir el terrorismo. Sus alegatos son fintas. Su propósito verdadero es mantener un acorralamiento que destruya el sentido de continuidad espacial y temporal de los pobladores indígenas para que se vayan o se vuelvan sirvientes achatados. Pero, por supuesto, es aquí donde los muertos ayudan a los vivos a resistir, aquí hombres y mujeres deciden volverse mártires. El acorralamiento inspira el terrorismo que dice combatir.

Un caminito de piedra, que va salvando las enormes rocas entreveradas, desciende a un valle al sur de Ramala. En tramos serpentea por antiguos olivares, algunos de los cuales datan de los tiempos romanos. Esta carretera pedregosa (muy dura para cualquier carro) es el único medio con que cuentan los palestinos para acceder al pueblo cercano. La antigua carretera asfaltada, que les está vedada ahora, se reserva para los israelíes de los asentamientos. Voy aprisa, pues toda mi vida me ha parecido más cansado andar lento. Descubro una flor roja entre los matorrales y me detengo a cortarla. Luego me entero que se llama Adonis aestivalis. Su rojo es muy intenso y su vida, dice el libro de botánica, muy breve.

Baha me grita que no me dirija hacia la alta colina situada a mi izquierda. Si detectan que alguien se aproxima, grita, dispararán.

Calculo la distancia: menos de un kilómetro. Unos 200 metros en sentido contrario a la dirección poco recomendable descubro una mula y un caballo atados. Los tomo como garantía y camino hacia allá.

Llego a un lugar donde dos niños —uno como de 11 y otro cercano a los ocho años— trabajan solos en un campo. El más chico llena latas de agua de un barril incrustado en la tierra. El cuidado con que lo hace, sin chorrear ni una gota, muestra lo preciada que es el agua. El niño mayor carga la lata llena mientras trepa con cuidado hacia una parcela sembrada donde riega algunas plantas. Ambos andan descalzos.

El que riega me saluda y orgulloso me muestra los surcos de su parcela, con varios cientos de plantas. Unas las reconozco: tomates, pepinos, berenjenas. Las deben de haber sembrado la semana anterior. Aún son muy pequeñas y buscan el agua. Una de las plantas no la reconozco; él lo nota. Luz fuerte, me dice. ¿Melón? ¡Shumaam! Nos reímos. Cuando ríe sus ojos se fijan en mí, imperturbables. (Pienso en Husni Al-Nayjar.) Ambos estamos —Dios sabrá por qué— viviendo el mismo momento. Me lleva a los surcos y me muestra qué tanto ha regado. Nos detenemos unos instantes, miramos en torno y atisbamos el asentamiento con sus muros defensivos y sus techados rojos. Mientras señala con la barbilla en esa dirección percibo una suerte de burla en su gesto, una burla que quiere compartirme, como su orgullo al regar. Una burla que da paso a una mueca, como si de pronto hubiéramos convenido orinar en el mismo momento y en el mismo punto.

Más tarde andamos de regreso hacia el camino pedregoso. Recoge algo de menta y me ofrece un manojo. Su frescura picante es como un chorro de agua fría, agua más fría que la de su lata. Vamos hacia donde están la mula y el caballo. El caballo, sin silla, tiene cabestro con riendas pero carece de brida y de bocado. El niño quiere hacerme una demostración algo más impresionante que una meada imaginaria. Brinca entonces al caballo mientras su hermano retiene la mula, y casi al instante va al galope, a pelo, por el camino por donde llegué. Es un caballo con seis extremidades, cuatro propias y dos que pertenecen al jinete, y las manos del niño controlan las seis. Monta con la experiencia de muchas vidas. Cuando regresa, sonríe extraño y, por vez primera, se le ve tímido.

Me reencuentro con Baha y los otros, que se hallan a un kilómetro. Hablan con un hombre, el tío del niño, mientras riega plantas que apenas brotan. El sol desciende y la luz cambia. La tierra parduzca y amarilla, más oscura donde se regó, es ahora el color primario de todo el paisaje. Riega con lo que resta del agua el fondo de un barril de plástico azul oscuro de 500 litros.

En la superficie, el barril azul tiene cuidadosamente pegados 11 parches (son como los que se usan para remendar ponchaduras, pero más grandes). El hombre me explicará que fue así como reparó el barril después de que una pandilla del asentamiento de Halamis —de los techos rojos— vino una noche, sabiendo que los recipientes de agua estaban plenos de lluvia primaveral, y los tasajeó con navajas. Otro barril, tirado sobre la terraza inferior, es irreparable. Más allá, en la misma terraza, se alza el tocón retorcido de un olivo que, a juzgar por su circunferencia, debe de haber tenido varios cientos de años de edad, tal vez mil.

Hace algunas noches, dice el tío, lo cortaron con una sierra eléctrica.

Cito de nuevo a Murid Barguti: “Para los palestinos, el aceite de oliva es regalo al viajero, confort para la novia, recompensa del otoño, orgullo en las bodegas y riqueza de la familia por siglos”.

Luego descubro el poema de Zakaría Mohammed “El bocado”. Habla de un caballo negro sin brida que tiene sangre en los belfos. Con el caballo de Zakaría hay también un niño, sorprendido por la sangre.

Qué es lo que masca el caballo
pregunta,
qué es lo que masca.
El caballo negro
muerde
un bocado cuya forja es acero,
un bocado de memoria
para tascar,
impaciente, hasta la muerte.

Si el niño que me ofreció la menta silvestre tuviera siete años más, no sería difícil entender que fuera miembro de Hamás, aprestándose a sacrificar su vida.

*

El peso de las lajas de concreto hechas añicos, y de la mampostería derribada en el centro de operaciones de Arafat en Ramala, tiene ahora gravedad simbólica. No en la forma que imaginaron los comandantes israelíes. Derruir la Muqata con Arafat y sus acompañantes dentro era para ellos la demostración pública de su humillación, así como regar salsa kétchup en la ropa, los muebles y las paredes de los apartamentos privados que el ejército invadió y revolvió sistemáticamente acabó siendo una advertencia de las calamidades que vendrían.

Aún ahora Arafat representa a los palestinos con mayor fidelidad que ningún otro líder mundial a su pueblo. Democráticamente no, pero sí en lo trágico. De ahí la gravedad. Debido a los enormes errores cometidos por la Organización para la Liberación de Palestina, con él a la cabeza, y a causa de las equivocaciones de los estados árabes circundantes, no tiene ya espacio para maniobrar políticamente. Ha dejado de ser un líder político. No obstante, se mantiene desafiante en su sitio. Nadie cree en él. Y muchos habrían dado su vida por él. ¿Cómo es esto? No siendo ya político, Arafat se tornó montaña, montaña de su patria.

*

Nunca había visto una luz así. Baja del cielo de manera extrañamente uniforme, pues no hace distinción entre lo distante y lo cercano. Aquí, la diferencia entre lo lejos y lo cerca es sólo de escala, nunca de color, de textura o precisión. Y esto afecta la manera en que uno se sitúa, afecta su sentido de estar aquí. La tierra se conforma en torno a uno, en vez de confrontarlo. Es lo opuesto del Medio Oeste estadounidense. En vez de saludarnos, nos recomienda no abandonarla nunca.

Y aquí estoy, cumpliendo inesperadamente el sueño que algunos de mis ancestros en Polonia, Galicia y el imperio austrohúngaro deben de haber alimentado y comentado durante por lo menos dos siglos. Y me encuentro aquí por defender la justicia de una causa, compartiendo el dolor que infligen tal vez algunos primos míos (en cualquier caso el Estado de Israel). Los expulsados de esta tierra y todos aquellos a quienes se planea expulsar son inseparables de su pulso de vida. Sin ellos, este polvo no tendría alma. No es una figura de lenguaje, es la más grave advertencia.

*

Riad, profesor de carpintería, ha ido por sus dibujos para mostrármelos. Estamos sentados en el jardín de la casa paterna. El padre rastrilla el campo con su caballo blanco. Cuando Riad vuelve, trae consigo los dibujos como si fueran un expediente extraído de un archivero de metal. Camina lento y las gallinas se apartan de su paso aún más parsimoniosas. Se sienta frente a mí y me entrega los dibujos uno por uno. Fueron hechos con lápiz duro, de memoria y con gran paciencia. Línea a línea, por las tardes, después del trabajo, hasta que los negros se tornen tan negros como él quiere, y los grises permanezcan plomizos. Están hechos en hojas de papel grande.

El dibujo de una jarra de agua. El dibujo de su mamá. El dibujo de una casa destruida, de las ventanas que daban a unos cuartos que no existen ya.

Cuando termino de verlos, me aborda un hombre mayor. Tiene el rostro paciente de un campesino. Parece que usted sabe de pollos, me dice. Cuando una gallina cae enferma, deja de poner. No hay mucho que hacer. Un día se despierta y siente que la muerte se aproxima. Un día se da cuenta de que va a morir y ¿qué sucede? Comienza a poner huevos otra vez, y nada sino la muerte podrá detenerla. Somos como las gallinas.

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Los puestos de revisión funcionan como fronteras interiores impuestas en los territorios ocupados, pero no se parecen en nada a ningún paso fronterizo normal. Están construidos y administrados de tal manera que cualquiera que cruce es reducido al estatus de refugiado indeseable.

Es imposible subestimar la importancia otorgada al acorralamiento del decoro. Se usa para remachar quiénes son los vencedores y quiénes debieran reconocerse conquistados. Los palestinos deben sufrir, a menudo varias veces al día, la humillación de representar el papel de refugiados en su propia patria.

Todo aquel que cruce tiene que hacerlo caminando hasta pasar el retén donde los soldados, con armas cargadas y listas, eligen a quién les da la gana “revisar”. Ningún vehículo puede cruzar. El camino tradicional fue destruido. La nueva “ruta” obligada está plagada de rocones, piedras y otros obstáculos menores. En consecuencia todos, excepto los más aptos, sufren el cruce.

Enfermos y ancianos son transportados en cajas de madera, provistas de cuatro ruedas, por jóvenes que así ganan un poco para irla pasando (tales cajas se hicieron originalmente para acarrear verduras en el mercado). Les dan a los pasajeros un cojín para aminorar los brincos. Escuchan sus historias. Todos se saben las noticias más frescas. (Cambia todo a diario.) Ofrecen consejo, se lamentan, pero están orgullosos de ofrecer la ayuda que puedan. Son lo más cercano al coro de la tragedia.

Algunos “viajeros” caminan con ayuda de un bastón, otros incluso con muletas. Todo lo que normalmente lleva uno en la cajuela del automóvil debe ser cruzado en bultos cargados en los brazos o a la espalda. La distancia de un cruce puede cambiar de la noche a la mañana y varía entre 300 metros y kilómetro y medio.

Las parejas palestinas, excepto algunas sofisticadas y jóvenes, mantienen en público el decoro de cierta distancia. En los puestos de revisión, las parejas de todas las edades se toman de la mano al cruzar, buscando en cada paso un asidero, mientras calculan el ritmo exacto para evadir las armas que les apuntan. Nunca muy aprisa (apresurarse puede levantar sospechas) ni muy despacio (la duda puede provocar un “juego” que saque a los guardias de su aburrimiento crónico).

Es muy particular el carácter vindicatorio de muchos (no todos) de los soldados israelíes. Tiene poco que ver con la crueldad que describiera y lamentara Eurípides, pues aquí la confrontación no es entre iguales, sino entre los todopoderosos y los supuestamente indefensos. Sin embargo, esta prepotencia de los poderosos va acompañada de una frustración furiosa: el descubrimiento de que, pese a todo su armamento, su poder tiene un límite inexplicable.

*

Quiero cambiar algunos euros por shekels (los palestinos no cuentan con moneda propia). Deambulo por la calle principal y paso por muchas tienditas. Ocasionalmente me topo con algún hombre sentado en su silla sobre lo que alguna vez fuera la banqueta, antes de la invasión de los tanques. Estos hombres sostienen en las manos fajos de billetes. Me aproximo a uno, joven, y le digo que quiero cambiar cien euros. (Por una cantidad semejante uno podría comprar un brazalete pequeño, como para niña, en una de las joyerías.) Consulta su calculadora de juguete y me extiende varios cientos de shekels.

Continúo caminando. Un niño que, pensando en edades, podría ser hermano de la niña del imaginario brazalete de oro, insiste en venderme goma de mascar. Proviene de uno de los dos campos de refugiados de Ramala. Le compro. También vende cubiertas plásticas para las tarjetas de identidad. Insiste en que le compre toda su goma de mascar. Eso hago.

Pasa media hora y me hallo en un mercado de legumbres. Un hombre vende ajos del tamaño de un foco luminoso. Hay mucha gente junta. Alguien me toca el hombro. Volteo. Es el cambista. Le di, dice, 50 shekels de menos, aquí están. Tomo los cinco billetes de 10. Fue usted muy fácil de encontrar, añade. Le agradezco.

La expresión de sus ojos mientras me mira me recuerda a una anciana que vi un día antes. Es una expresión de gran atención al momento presente. Considerada y tranquila, como si fuera tal vez el último momento.

Entonces el cambista se da vuelta y emprende la larga caminata hacia su silla.

Conocí a la anciana en el poblado de Kobar. La casa era nueva y escueta, sin terminar. Sobre las paredes de la sala desnuda había unas fotografías enmarcadas de su sobrino, Marwan Barguti. Marwan de niño, de adolescente, como hombre de 40 años. Hoy está en una prisión israelí. Si sobrevive, será uno de los pocos dirigentes políticos de Fatah a los que necesariamente habrá que consultar en caso de que se impulse algún acuerdo de paz sólido.

Mientras bebíamos jugo de lima y la tía hacía café, sus sobrinos nietos salieron al jardín: dos niños, uno de siete y otro de nueve. El pequeño se llama Patria y el mayor, Resistencia. Corrían en todas direcciones y se detenían de pronto, mirándose intensamente uno al otro, como si se escondieran detrás de algo y se asomaran a ver si el otro ya los había descubierto. Luego se lanzaban corriendo otra vez hasta encontrar otro escondite invisible. Es un juego que inventaron y juegan juntos muchas veces.

El tercer niño tenía cuatro años de edad. En su rostro había brotes rojos y blancos como los de un payaso, y como buen payaso se apartaba, nostálgico, socarrón, inseguro de lo que le pasaba. Tenía sarampión y sabía que no debía aproximarse a las visitas.

Llegado el momento de despedirnos, la tía me dio la mano y en sus ojos vi esta misma expresión especial de atención al momento.

Cuando dos personas tienden un mantel sobre una mesa, se miran una a la otra para asegurar la colocación de la tela. Imaginen que la mesa es el mundo y el mantel las vidas de aquellos a quienes debemos salvar. Esa era la expresión.

Traducción de Ramón Vera Herrera

La Jornada, 21/06/03

23/6/08

Nadal a Ramallah. Artículo sobre “Estado de sitio”, por Alex Susanna

Feia temps que un llibre de poesia no m'impressionava tant com Estado de sitio de l'autor palestí Mahmud Darwix (1941), que acaba de publicar Cátedra en la versió que n'ha fet Luz Gómez: el llibre va ser escrit a Ramallah el gener de l'any en curs, i si dono tantes precisions és perquè em sembla extraordinari que al cap de pocs mesos ja el puguem llegir i fer nostre. Davant la indignació, però també la impotència i la frustració, que sentim en llegir dia rere dia les notícies provinents de l'orient mitjà —¿quants més innocents d'una i altra banda hauran de sacrificar-se perquè hi retorni la pau?—, escoltar un llibre com aquest deu ser una de les poques coses amb un mínim de sentit que podem fer: tal com sona, sí. [...]

Estado de sitio és un llibre coral en què l'autor, talment un director d'orquestra, dóna alternativament la veu —l'entrada— a tothom: a les mares i als fills d'uns i altres, als soldats, als caiguts, als pseudorientalistes, a la mateixa poesia, als assassins, als amics, als guàrdies, als mites (aquests mites, com el de la terra promesa, que «se resisten a adaptar su trama (...) Si se topan con una realidad incómoda/la alisan con el bulldozer,/pues la verdad es esclava del texto»).

Els dóna la paraula o els interpel•la, tant és: el que compta és l'espectacle torbador d'aquest poemari convertit en unes arenes on morts i vius parlen entre ells, canten, es conviden, s'increpen o es maleeixen, a fi de donar pas a tots els seus fantasmes. En aquest sentit, l'esforç per part de Darwix no crec que tingui parió: el seu esforç de comprensió dels fets i sobretot de l'altre, aquesta alteritat sense l'escolta de la qual no podem entendre ni acceptar res, començant per nosaltres mateixos. Com passa amb la memorialística dels camps de concentració, llibres com aquest, sorgits d'un autèntic infern, poden contenir estremidores lliçons d'humanitat i ajudar a reconciliar-nos amb la nostra condició.

El Mundo, 23/12/02

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9/6/08

El exilio y no otra cosa

Comencemos este blog con unas palabras del propio Mahmud Darwix recogidas en la entrevista publicada por Juan Miguel Muñoz en El País recientemente (11/03/08):

“El exilio es parte de mí. Cuando vivo en el exilio llevo mi tierra conmigo. Cuando vivo en mi tierra, siento el exilio conmigo. La ocupación es el exilio. La ausencia de justicia es el exilio. Permanecer horas en un control militar es el exilio. Saber que el futuro no será mejor que el presente es el exilio. El porvenir es siempre peor para nosotros. Eso es el exilio”.

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