20/10/10
Place Mahmoud Darwich
Hace unos meses, el Ayuntamiento de París puso nombre a una de sus plazas: Place Mahmoud Darwich. Está situada en lo que antaño fue, y posiblemente sigue siendo, el centro de Francia y de cierta idea de Europa: a un costado de la Academia Francesa, junto al Pont des Arts, con el Louvre enfrente... Si esto no es la Gloria, al menos concebida a la vieja usanza, qué es la Gloria... A Darwix le habría encantado, desde luego. Y lo que más le habría gustado es la razón que se da de su persona: “Poète de Palestine”, y no “Poète palestinien”. ¡Hecho!
10/10/10
El segundo verso
El primer verso es un regalo de lo invisible al talento. Pero el segundo puede ser poesía o decepción (Frost). El segundo verso es una lucha con lo desconocido. Es un camino sin indicadores, lleno de dudas, donde todo lo posible es posible. Es el asombro de la criatura que imita al creador. ¿Quién guía a quién: la palabra o el que la pronuncia? El segundo verso no es una dádiva, hay que fabricarlo a fuerza de trabajo en lo invisible, pues uno no sabe si ve o no ve, tan mezcladas están la luz y la sombra. La inspiración te da la señal de salida y te deja a solas, sin brújula, ante la aventura. Eres como el que se adentra en el bosque sin saber qué le espera: una emboscada, tiros, una tormenta, una mujer que le pregunta la hora. Tú respondes: «Pasa, el tiempo se ha parado» (Pessoa). Un bosque es lo posible. ¿En el tronco de qué árbol se apoyará tu imaginación y de qué ogro te escaparás? Si en el laberinto de lo posible das con el camino al segundo verso, se allanará el camino a una cita con lo imposible.
Mahmud Darwix: La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)
Traducción de Luz Gómez García
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1/10/10
Otoño en París
Éste es tu otoño. Cuánto lo amas. Ocúpate de él como le cuadra a un poeta al que no le arredran los símiles. Tira del espacio con las bridas de la expresión, antes de que el tiempo te mande de una coz a un alto abismo... Tira... tira de él con la fuerza que da la pérdida, con el aplomo de la nostalgia, que ya no cree en los puntos cardinales.
Este otoño es tuyo, y el ropaje del que hoja a hoja se desvisten los árboles. Qué mejor adorno tienes cuando te dedicas a entrar en los patios vacíos. Pisas las baldosas haciendo ruido, para oír el sonido de tus propios pasos, sin motivo aparente. Parece que el tiempo entero fuera un domingo... que nadie se despertara con hora para ocuparse de un quehacer cualquiera. A la luz, los adoquines tienen muescas plateadas semejantes a letras de una lengua por descifrar. En los parterres, apacibles flores se asoman alegres y te saludan y animan: ¡Ve despacio! Revisa las comparaciones tópicas y afloja un poco el ronzal del espacio, pues la memoria también necesita ordenar su caos, cajón por cajón, este otoño.
Éste es tu otoño, en sus inicios, esparce un olor sofocante a exilio, a cartas hueras: rellénalas —no es por jugar con la sinonimia— con el amarillo-dorado-tostado-cobrizo del campo semántico de las hojas que se toman su tiempo para despedirse del árbol, si es que al viento no le da por soplar. Tú, estás tan solo que ni piensas en la soledad. Desde ayer no has saludado a nadie, no has tenido que preocuparte de si tu sombra «iba por delante o por detrás de ti». El aire es suave, y la tierra parece firme.
Pero ése no es, como es sabido, uno de los atributos del exilio /
Este otoño tuyo sale de un tórrido verano, de una estación de extenuación cósmica, de una guerra que parece no tener fin. Otoño que madura las uvas olvidadas en las altas montañas. Otoño que se prepara para un gran cónclave en que la asamblea de los dioses antiguos repasará los borradores de unos destinos que siguen en proceso de redacción, y que discutirán y acordarán una tregua entre el verano y el invierno. Pero el otoño de Oriente es corto, pasa tan veloz como la mano de un jinete que saluda a otro que va en dirección contraria, nadie puede echar cuentas con un otoño así, de tormentas de polvo... y matrimonios fugaces.
Mientras que el otoño aquí, el otoño de un París de regreso de sus largas vacaciones, es el ahínco con que la naturaleza, que se vuelve loca por culpa de la lluvia, se dedica a escribir versos altivos con destreza y buen vino. Otoño larguísimo, como un matrimonio católico en el que la felicidad o el amor nada tienen que ver con alguien que, como tú, está de paso. Otoño parsimonioso. Abrazo erótico de la luz y la sombra, la hembra y el macho. El cielo se inclina reverencial y los árboles se desnudan majestuosos, entre la ambigüedad equívoca de gotas de luz que llueven y gotas de agua que iluminan y resplandecen... Otoño ufano. Otoño compuesto con lo mejor de las estaciones: la desnudez del verano, la cópula del invierno y la pubertad de la primavera.
Y tú, tú vas hollando ligero este día otoñal. Te despabilas, sientes un escalofrío y te asombras: «¿Puede uno morirse en un día así?» No sabes si eres tú quien habita el otoño o si es él quien te habita, aunque te das cuenta de que ya estás en el otoño de la vida, donde mente y corazón saben bien cómo arreglárselas con el tiempo, acomodando placer y sabiduría. Una cadencia sutil afina el cuerpo, que atento a lo que mengua se colma de belleza, esté despejado o nublado. El cuerpo pronostica el tiempo que más le cuadra a un diálogo banal: Bonito día, ¿verdad? Tanto que ¿por qué no disfrutamos juntos de un café? El olor del café está impregnado de puertas que se abren a otro viaje: a una amistad, a un amor, a una pérdida que no duele... El café te traslada de la metáfora a lo tangible.
Una cadencia secreta fuerza los límites de la experiencia... El otoño que se pasea entre los demás, entre la gente y las palomas, por las plazas, se encuentra con tu otoño privado, tu otoño íntimo. Te preguntas como si le preguntaras a otro: «¿Somos lo que hacemos con el tiempo o somos lo que el tiempo hace con nosotros?» Te lo preguntas para que todo vaya más despacio, no por la dificultad de la respuesta. No quieres que este otoño se acabe, como no quieres que el poema culmine y se acabe. No quieres que llegue el invierno. Que el otoño sea tu eternidad privada.
Pero ése no es, como se sabe, uno de los atributos del exilio /
Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)
Traducción de Luz Gómez García
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20/9/10
La necesidad de la idea binacional, por Luz Gómez García
En realidad, poco importa la vuelta de palestinos e israelíes a las negociaciones directas bajo el auspicio de Obama. Y no se trata de ser catastrofistas. Estas nuevas negociaciones no pueden acabar sino donde todas las anteriores. Y ello se debe a que, como afirmaba recientemente Saeb Erakat, negociador jefe palestino, las negociaciones directas carecen de base real, pues se acometen a partir de unas negociaciones de proximidad truncadas y fraudulentas. La parte israelí ha incumplido los requisitos mínimos, especialmente la congelación sin componendas de los asentamientos y el fin de la colonización de Jerusalén Este. A los palestinos se les pide una buena sonrisa y que se sienten para la foto. Estamos ante una nueva negociación en falso de la marca Clinton, como ya sucedió en el Camp David del año 2000. Esto en lo que se refiere al aspecto técnico del proceso de paz.
Pero existe un aspecto de fondo responsable siempre, en mayor o menor medida, del regreso del fracaso: la negativa a reconocer el carácter binacional que, a fecha de hoy, tiene la Palestina histórica.
Que Palestina es hoy binacional significa que existe una nueva entidad, fruto del decurso histórico, en la que judíos y palestinos están inextricablemente mezclados. No unidos, de momento. Una entidad que, desde luego, es el resultado de la Ocupación, pero que obliga a las partes al reconocimiento de este hijo indeseado. Una entidad que no exime de responsabilidades y no impide la exigencia de reparaciones. Porque ha de quedar claro: Palestina es hoy binacional, pero no lo era en 1948 ni en 1967. La binacionalidad es un estado de cosas presente, no pasado, por más que hunda sus raíces en las propias consideraciones del pueblo judío para el establecimiento de un Estado en la tierra de Palestina.
Al principio lo binacional fue sólo una idea. Hoy es una herramienta para la resolución del conflicto. O debería serlo. En el pasado fue el sueño de una parte de la judaidad. A veces de los sionistas. A veces de los antisionistas. Surgió como ideal utópico en la década de 1920, cuando la colonización de la Palestina del Mandato británico les planteó a algunos intelectuales judíos un problema de conciencia: el de cómo convivir con el pueblo en cuyas tierras se quería levantar el Estado nacional judío. El binacionalismo de entonces soñó con la ciudadanía compartida de las dos comunidades, no exenta del reconocimiento jurídico de sus respectivas especificidades. Sus principales defensores fueron los filósofos Martin Buber, Judah Magnes y Hannah Arendt, si bien sus voces se apagaron con la fundación del Estado de Israel, en 1948.
Cuando la idea resurge a finales del siglo XX, la realidad política, social y hasta topográfica es muy distinta. Como recuerda el historiador palestino Elias Sanbar, poco amigo del Estado binacional, el binacionalismo actual es el resultado de tres fracasos: el de la OLP en su intento de instaurar un Estado que reagrupase a árabes y judíos en el territorio de la Palestina histórica; el de los Acuerdos de Oslo para crear un Estado palestino en Cisjordania y Gaza; y el de Israel al no permitir la plena ciudadanía de sus ciudadanos palestinos.
Hoy, tras casi 100 años de idea binacional, lo binacional ha dejado de ser una entelequia. Es una consideración realista a partir del estado de cosas de la Ocupación. Trabaja con la Ocupación, no la consagra. El binacionalismo hoy es un intento de superación de la segregación comunitaria y de la confusión entre identidad nacional, personal y del Estado.
La actual configuración de un Estado (Israel) y unos bantustanes (en Cisjordania y Gaza) resulta, a medio plazo, insostenible en términos demográficos, económicos y políticos. Demográficamente, porque la segregación de casi la mitad de la población de Israel y de los Territorios Ocupados es inviable en un territorio conjunto de apenas 27.000 km2 (sin contar a los refugiados en el extranjero y a la diáspora, el número de palestinos es prácticamente igual al de israelíes judíos). Económicamente, porque no hay más alternativa al subdesarrollo de los Territorios Ocupados que la recíproca dependencia económica (el agua y la mano de obra son palestinas; la industria y la tecnología, israelíes), lo cual va en contra del establecimiento de fronteras cerradas. Políticamente, porque la maraña de asentamientos en lo alto de las colinas de Cisjordania ha reordenado de tal manera el territorio y el poblamiento (el número de colonos sobrepasa los 300.000, sin contar los de Jerusalén) que resulta imposible una retirada que no suponga una expulsión masiva de población. La Ocupación ha llegado tan lejos que la idea binacional ya es irremediable. Se ajusta exactamente al escenario creado.
La consideración binacional del estado de cosas cumple otro requisito sin el que no puede haber visos de solución del conflicto: se ajusta a las nuevas narrativas históricas. Los historiadores palestinos e israelíes vienen estableciendo desde hace dos décadas ciertos hechos: la legitimidad del rechazo palestino del plan de partición de Naciones Unidas de 1947 (Walid Khalidi); la limpieza étnica de 1948 (Ilan Pappé); la planificación de la segregación de los palestinos de Israel (Nur Masalha); la transformación de la topografía (Eyal Weizman); la forja de una identidad ad hoc del pueblo judío (Shlomo Sand). Pero esta dilucidación de los hechos por parte de la historiografía no ha conducido a cambios significativos en la conciencia israelí. Es más, ha servido para que, en aras del mantenimiento de la definición judía del Estado, se perfeccione la política israelí de hechos consumados: es la víctima, y sólo ella, la responsable de su suerte.
Pero la aceptación de los postulados binacionales no es fácil. Hoy como ayer, la mayor parte de la intelligentsia israelí abomina de ellos. Soliviantan por igual a la izquierda y a la derecha. Amnon Raz-Krakotzkin ha analizado en un libro fundamental (Exil et souveraineté: judaïsme, sionisme et pensée binationale, La Fabrique, 2007) cómo la idea binacional pone en evidencia el carácter colonialista y orientalista del sionismo y desmonta los planteamientos binarios característicos de la cultura israelí: judío/árabe, laico/religioso, askenazí/sefardí. En cuanto a la parte palestina, la idea binacional está muy extendida entre la comunidad que vive en Israel, con varias décadas de convivencia en desigualdad con la comunidad judía, pero tiene menos eco en los Territorios Ocupados, y casi ninguno entre los refugiados.
Hablar hoy de visión binacional es referirse al modelo sudafricano. Sudáfrica viene siendo el horizonte de quienes aún piensan que paz es convivencia. En el ejemplo sudafricano se mira la campaña Boicot, Sanciones, Desinversión (BSD), que busca el fin del apartheid en Palestina por medio de la presión de la sociedad civil internacional. Pero la opción sudafricana es también la de una sociedad que, llegado un momento, se miró al espejo y se pensó de manera diferente. Dicho con las palabras sudafricanas de un personaje de Coetzee en Verano: “Esa actitud estribaba en considerar que nuestra presencia en aquel territorio era legal pero ilegítima. Teníamos un derecho abstracto a estar allí, un derecho de nacimiento, pero la base de ese derecho era fraudulenta. Nuestra presencia se cimentaba en un delito, el de la conquista colonial, perpetuado por el apartheid”.
Los partidarios de otros modelos para la solución del conflicto, combaten el sudafricano. Se olvidan de que es el único que ofrece una respuesta a una situación real de apartheid. El sueño de la mutua exclusión no es más dulce que el de la convivencia.
Que concretar políticamente la idea binacional es complejo, no se le oculta a nadie. Pero es una hipótesis de trabajo necesaria. Su mera consideración no significa que las negociaciones de paz deban culminar, algún día, en un Estado binacional. La aceptación de la idea binacional no fuerza a un modelo de Estado, es simplemente un requisito previo para que cualquier solución estatal se asiente en la historia y en la justicia.
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10/9/10
Gilad Atzmon: Al-Quds

* Más que "guerra santa", yihad significa "esfuerzo personal para cambiar las cosas".
1/9/10
3/8/10
Las chumberas
Las chumberas que flanquean la entrada de los pueblos han sido siempre las guardianas de los signos. Cuando éramos niños, hace unos minutos, las chumberas nos indicaban el camino. Por eso nos quedábamos hasta tarde fuera, en compañía de los chacales y de las estrellas. Por eso escondíamos las pequeñeces que sisábamos —un dátil, un higo seco, un cuaderno— en sus alcobas de espinas. Cuando crecimos, sin saber cómo ni cuándo, sus flores amarillas nos incitaron a abordar a las chicas que iban a la fuente risueña, y nos jactábamos de las espinas que se nos clavaban en las manos. Cuando la flor se ajó y el fruto brotó, las chumberas se mostraron incapaces de repeler las armas del ejército asesino. Pero siguieron siendo las guardianas de los signos: allí, detrás de las chumberas, hay casas enterradas vivas, y reinos, reinos de recuerdos, y una vida que aguarda a un poeta que no se recree en las ruinas, a menos que el poema lo exija.
Mahmud Darwix: La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)
Traducción de Luz Gómez García
Traducción de Luz Gómez García
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27/7/10
Tu padre es tu padre
Tu padre es tu padre. Siempre que te sentabas junto a él, hablabais a trompicones: él jamás descubría su herida ante su hijo, y tú no sabías cómo ocultarle la lástima que te daba. Heredaste su herida. Un lejano verano, en la lejana azotea de una casa de barro, entre estertores, tu padre os dijo: No puedo seguir dándoos estudios a los tres. He caído enfermo. Uno de vosotros ha de dejar la escuela y ayudarme, mi espalda ya no puede cargar ella sola con la piedra. A cual más noble, os peleasteis y gritasteis a la vez: ¡Yo! Las lágrimas de tu padre corrieron a la vista de todos, y os echasteis a llorar con él y por él. De repente dijo: No. Ninguno. Esa noche hubo luna nueva, y cada uno de vosotros abrazó su pequeño sueño con sumo cuidado y se durmió.
Sobre la tumba de tu padre, que dormía en el seno de su padre, recitaste la Fátiha.* Y dijiste: Ha venido un gorrión. Tu padre murió de una insolación mientras cumplía con la peregrinación a La Meca. Y tú, ahora, después de la peregrinación a la tumba de tu padre, te dispones a morir. No es de insolación de lo que mueres, es primavera, mueres de ¡inlunación!
La imaginación se desploma desde lo alto, rueda como una castaña caída de los árboles en la carretera que conduce a Acre, y desaparece entre los coches del atasco. La imaginación es un desfile vertical de imágenes de un instante preñado de lo conocido que el inconsciente conduce a lo desconocido. La imaginación es el cómplice secreto de la existencia, a la que ayuda a corregir las erratas del libro del universo. Es el ojo de la inteligencia que ve y no se ve, pues si la viéramos al margen de sus actos pensaríamos que está enferma. Y si la imaginación enfermara, moriría la poesía. ¿Por eso tienes miedo a Acre, a la que caracterizaste como «la más antigua de las ciudades hermosas / la más hermosa de las ciudades antiguas»? Acre es el lugar de tus primeras aventuras, y de tu primer mar. Ella, ella. Sin embargo la imaginación se desprende de sus muros igual que la cal. Recorres sus oscuros pasadizos imaginando cosas imaginadas, como si pasearas por ti mismo: Aquí, dando al mar, hay una puerta que conduce a tu primera cárcel. En esta cornisa contemplaste el atardecer y las panochas amarillas en las manos de unas muchachas que caminaban muy juntas hablando de sus cosas, ¡cómo te habría gustado meterte entre ellas y contar tú también tus cosas, o ser tú la propia historia!
En Haifa, en la habitación en que la imaginación te enseñó la manera de salir de ti mismo, evitaste ponerla a prueba, te conformaste con echar un vistazo a una pluma de pájaro que colgaba de un naranjo.
¡La imaginación cayó del árbol! ¿Tenías que devolverla tú un poco… un poco a las alturas?
Dijiste: «Si la tierra no fuera redonda, seguiría caminando».
Sobre la tumba de tu padre, que dormía en el seno de su padre, recitaste la Fátiha.* Y dijiste: Ha venido un gorrión. Tu padre murió de una insolación mientras cumplía con la peregrinación a La Meca. Y tú, ahora, después de la peregrinación a la tumba de tu padre, te dispones a morir. No es de insolación de lo que mueres, es primavera, mueres de ¡inlunación!
La imaginación se desploma desde lo alto, rueda como una castaña caída de los árboles en la carretera que conduce a Acre, y desaparece entre los coches del atasco. La imaginación es un desfile vertical de imágenes de un instante preñado de lo conocido que el inconsciente conduce a lo desconocido. La imaginación es el cómplice secreto de la existencia, a la que ayuda a corregir las erratas del libro del universo. Es el ojo de la inteligencia que ve y no se ve, pues si la viéramos al margen de sus actos pensaríamos que está enferma. Y si la imaginación enfermara, moriría la poesía. ¿Por eso tienes miedo a Acre, a la que caracterizaste como «la más antigua de las ciudades hermosas / la más hermosa de las ciudades antiguas»? Acre es el lugar de tus primeras aventuras, y de tu primer mar. Ella, ella. Sin embargo la imaginación se desprende de sus muros igual que la cal. Recorres sus oscuros pasadizos imaginando cosas imaginadas, como si pasearas por ti mismo: Aquí, dando al mar, hay una puerta que conduce a tu primera cárcel. En esta cornisa contemplaste el atardecer y las panochas amarillas en las manos de unas muchachas que caminaban muy juntas hablando de sus cosas, ¡cómo te habría gustado meterte entre ellas y contar tú también tus cosas, o ser tú la propia historia!
En Haifa, en la habitación en que la imaginación te enseñó la manera de salir de ti mismo, evitaste ponerla a prueba, te conformaste con echar un vistazo a una pluma de pájaro que colgaba de un naranjo.
¡La imaginación cayó del árbol! ¿Tenías que devolverla tú un poco… un poco a las alturas?
Dijiste: «Si la tierra no fuera redonda, seguiría caminando».
* Fátiha: Primera azora del Corán, usada a modo de oración.
Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)
Traducción de Luz Gómez García
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14/7/10
Nada sino luz
En la película Como dijo el poeta, de la que ya hemos hablado, la poeta libanesa Joumana Haddad lee el poema de Mahmud Darwix “Nada sino luz”.
Mahmud Darwix: No te excuses (La ta'tadiru 'an ma fa'alta), Beirut, Riad El-Rayyes, 2004
NADA SINO LUZ
Nada sino luz.
No detuve mi caballo sino
por coger una rosa roja del
jardín de una cananea que sedujo al caballo
y se encastilló en la luz:
«No entres, no salgas»...
No entré, no salí.
Dijo: ¿Me ves?
Murmuré: Me falta, para saberlo, distinguir
entre viajero y camino,
entre canto y cantor...
Jericó se asentó, como una letra
del alfabeto, sobre su nombre,
y yo me he caído de bruces con el mío
en un cruce de significados...
Soy lo que seré mañana.
No detuve mi caballo sino
por coger una rosa roja del
jardín de una cananea que sedujo al caballo.
Y seguí en busca de mi lugar,
más alto y lejano,
aún más alto y lejano
que mi tiempo.
Mahmud Darwix: No te excuses (La ta'tadiru 'an ma fa'alta), Beirut, Riad El-Rayyes, 2004
Traducción de Luz Gómez García
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8/7/10
2/7/10
El muro
Una enorme serpiente metálica nos estrangula. Engulle los pequeños muros que separan nuestros dormitorios, el baño, la cocina, el salón. Serpentea, en nada parecida a nuestras miradas al frente. Sube y baja, pesadilla fabricada con bloques de cemento y hierros dúctiles... con los que repta por los retazos de horizonte y las matas de menta que nos quedan. Una serpiente que busca poner sus huevos entre nuestras inspiraciones y nuestras espiraciones, para que de una vez digamos: Es tanta nuestra asfixia, que nosotros somos los forasteros. Nos miramos al espejo y lo único que vemos es que la serpiente acecha nuestro cuello. Pero forzando la vista logramos mirar por encima de ella: el cielo, lleno de los banderines y los fusiles de los ingenieros, bosteza de hastío. Y por la noche titila cuajado de estrellas que nos observan con simpatía. Vemos también, tras el muro serpiente, a los guardianes del gueto, temerosos de nuestra vida tras los pequeños muros que nos han dejado... Engrasan las armas con que matar al fénix que, creen ellos, se esconde entre nosotros, en un gallinero. Y lo único que nos queda es reírnos...
Mahmud Darwix: La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)
Traducción de Luz Gómez García
Mahmud Darwix: La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)
Traducción de Luz Gómez García
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25/6/10
Prólogo a "Bajo la Ocupación. Relatos palestinos", por José Saramago
Pronto se cumplirán cien años de una revolución que, el 5 de octubre de 1910, derribó en Portugal la vieja y caduca monarquía para proclamar una república que, entre aciertos y yerros, entre promesas y malogros, pasando por los sufrimientos y humillaciones de casi cincuenta años de dictadura fascista, sobrevive hasta estos días. Durante los enfrentamientos, los muertos, militares y civiles, fueron 76, los heridos 364. Una gota de agua si lo comparamos con el martirio del pueblo palestino, con sus centenas de millares de muertos y heridos víctimas de las balas, las granadas y las torturas de las fuerzas armadas y de seguridad israelíes. Pero en aquella revolución de un pequeño país situado en el extremo occidental de Europa, sobre la que el polvo de un siglo se ha asentado, sucedió algo que mi memoria, memoria de lecturas antiguas, ha guardado y que no me resisto a evocar en el umbral de este breve prólogo como una rosa roja más colocada al lado de las rosas rojas de que habla uno de los cuentos de este libro. Herido de muerte, un revolucionario civil agonizaba en la calle, junto a un edificio de la plaza principal de Lisboa. Estaba solo, sabía que no tenía posibilidades de salvación, ninguna ambulancia se atrevería a recogerlo, pues el fuego cruzado impedía la llegada de socorro. Entonces ese hombre humilde, cuyo nombre no ha registrado la historia, con unos dedos que temblaban, casi desfallecido, trazó en la pared, según pudo, con su propia sangre, con la sangre que corría de las heridas, estas palabras: “Viva la República”. Escribió república y murió, y fue como si hubiera escrito esperanza, futuro, paz. No tenía otro testamento, no dejaba riquezas en el mundo, sólo una palabra que para él, en aquél momento, significaba tal vez dignidad, eso que no se vende ni se deja comprar, y que es en el ser humano el grado supremo.
Los cuentos reunidos en esta antología también están escritos con sangre. Con la sangre de los miles de hombres y de mujeres que se han sacrificado por la esperanza imperecedera de una tierra y de una patria palestinas, con la sangre viva de las mujeres y de los hombres de hoy presentes en estas páginas, documentos de alta calidad literaria y al mismo tiempo testimonios inolvidables de la fuerza moral de un pueblo. Lo que para muchas personas es el enigma de la asombrosa resistencia de los palestinos durante generaciones encuentra en estos cuentos la mejor respuesta.
Traducción de Pilar del Río
AAVV: Bajo la Ocupación. Relatos palestinos, prólogo de José Saramago, edición de Luz Gómez García, traducción de VVAA, Málaga, Diputación de Málaga, 2003

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19/6/10
Mahmud Darwix, por José Saramago
Hoy, en la muerte de José Saramago, recuperamos este texto que el maestro portugués dedicó a Mahmud Darwix en su blog el pasado 1 de abril de 2009.
El próximo día 9 de Agosto se cumplirá un año de la muerte de Mahmud Darwix, el gran poeta palestino. Si fuese nuestro mundo un poco más sensible e inteligente, más atento a la grandeza casi sublime de algunas de las vidas que en él se generan, su nombre seria hoy tan conocido y admirado como lo fue, en vida, por ejemplo, el de Pablo Neruda. Enraizados en la vida, en los sufrimientos y en las inmortales esperanzas del pueblo palestino, los poemas de Darwix, de una belleza formal que frecuentemente roza la transcendencia de lo inefable en una simple palabra, son como un diario donde van siendo registrados, paso a paso, lágrima a lágrima, los desastres, también las escasas, aunque siempre profundas alegrías, de un pueblo cuyo martirio, pasados sesenta años, todavía no parece que se anuncie su fin. Leer a Mahmud Darwix, además de una experiencia estética que será imposible olvidar, es hacer un doloroso recorrido por las rutas de la injusticia y de la ignominia de que la tierra palestina ha sido víctima a manos de Israel, ese verdugo de quien el escritor israelí David Grossmann, en hora de sinceridad, dijo que no conocía la compasión.
Hoy, en la biblioteca, he leído poemas de Mahmud Darwix para un documental que será presentado en Ramala en el aniversario de su muerte. Estoy invitado a estar allí, veremos si es posible que pueda hacer ese viaje, que ciertamente no sería grato para la policía israelí. Recordaría entonces, justo en el mismo lugar, el abrazo fraterno que nos dimos hace siete años, las palabras que intercambiamos y que nunca más pudimos renovar. A veces, la vida quita con una mano lo que nos había dado con la otra. Así me sucedió con Mahmud Darwix.
13/6/10
Gaza, ciudad del valor y de la miseria
En la oscuridad, entramos, o nos infiltramos, en Gaza. Te dejé caminar delante de mí, y me hice cargo de tu imaginación. Eres incapaz de evitar que sucumba ante la cruda realidad. Veo cómo escondes la cara a las cámaras que se afanan en captar la euforia del que vuelve, en fotografiar las palabras preparadas para denostar el exilio. Dices: Aquí estoy aunque no he llegado, he venido aunque no he vuelto. No mientes a nadie, ni a ti mismo, la ocasión no es para andarse con celebraciones. Gaza aún no se ha repuesto. La destrucción de la Ocupación ha llegado a sus entrañas. Si no sueñas que hay algo más allá, en tu lengua el mar se quedará sin pescadores. En semejante noche, descuartizada por los puestos de control, las colonias y las torretas de vigilancia, el hombre precisa de una geografía nueva para saber dónde está la frontera entre un paso y el siguiente, entre lo prohibido y lo permitido, tan difícil como distinguir lo claro y lo oscuro en los Acuerdos de Oslo.
Te duermes al final de la noche, con la ayuda de un tranquilizante. Cuando te despiertas, necesitas cierto tiempo para convencerte de que estás en Gaza, a la que rápidamente has apodado «la ciudad del valor y de la miseria». En medio de una tórrida mañana, vas, con amigos que han vuelto, a visitar los campamentos de refugiados. Camináis con dificultad por las callejuelas, y te avergüenzas de la mera ida del agua y la limpieza. No crees, nunca lo has creído, que las bolsas de miseria justifiquen la insistencia en el derecho al retorno. Pero recuerdas lo que más te valdría olvidar: la mala conciencia del mundo. Respiras las teorías del progreso y el avance de la historia, que quizá han devuelto a la humanidad a las cavernas. Te privas, por realismo, del suero del optimismo y el entusiasmo, que sustituyes por una pastilla contra la hipertensión. Dices: Si un día pienso otra cosa, echaré mi conciencia a los gatos.
Te preguntas: ¿Qué argucia legal o lingüística puede formular un tratado de paz y buena vecindad entre un palacio y una choza, entre un carcelero y un preso? Y caminas por las callejuelas sintiendo vergüenza de todo: de tu ropa planchada, del esteticismo de la poesía, de la abstracción de la música, de un pasaporte que te brinda la posibilidad de viajar por el mundo. Te duele demasiado estar consciente. Regresas a la Gaza que está más allá de los campamentos y de los refugiados, recelosa de los que han vuelto,* y no sabes en qué Gaza estás. Y dices:
Aquí estoy pero no he llegado.
He venido ¡pero no he vuelto!
Te duermes al final de la noche, con la ayuda de un tranquilizante. Cuando te despiertas, necesitas cierto tiempo para convencerte de que estás en Gaza, a la que rápidamente has apodado «la ciudad del valor y de la miseria». En medio de una tórrida mañana, vas, con amigos que han vuelto, a visitar los campamentos de refugiados. Camináis con dificultad por las callejuelas, y te avergüenzas de la mera ida del agua y la limpieza. No crees, nunca lo has creído, que las bolsas de miseria justifiquen la insistencia en el derecho al retorno. Pero recuerdas lo que más te valdría olvidar: la mala conciencia del mundo. Respiras las teorías del progreso y el avance de la historia, que quizá han devuelto a la humanidad a las cavernas. Te privas, por realismo, del suero del optimismo y el entusiasmo, que sustituyes por una pastilla contra la hipertensión. Dices: Si un día pienso otra cosa, echaré mi conciencia a los gatos.
Te preguntas: ¿Qué argucia legal o lingüística puede formular un tratado de paz y buena vecindad entre un palacio y una choza, entre un carcelero y un preso? Y caminas por las callejuelas sintiendo vergüenza de todo: de tu ropa planchada, del esteticismo de la poesía, de la abstracción de la música, de un pasaporte que te brinda la posibilidad de viajar por el mundo. Te duele demasiado estar consciente. Regresas a la Gaza que está más allá de los campamentos y de los refugiados, recelosa de los que han vuelto,* y no sabes en qué Gaza estás. Y dices:
Aquí estoy pero no he llegado.
He venido ¡pero no he vuelto!
* A partir de 1994, con la creación de la Autoridad Palestina en Gaza, buena parte de la cúpula de la OLP se instaló en la Franja, de vuelta del exilio.
Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)
Traducción de Luz Gómez García
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