20/2/11

The Hanuman Sextet: The Notebooks of Mahmoud Darwish




De los notebooks de Mahmud Darwix, La huella de la mariposa. Diario (verano 2006-verano 2007), hemos venido dando aquí numerosos fragmentos; el libro verá la aparición próximamente en la editorial Pre-Textos.

10/2/11

Un águila que vuela bajo

En el poema el viajero le dijo
al viajero en el poema:
—¿Cuánto camino te queda?
—Todo.
—Pues ve, ve
como si hubieras llegado... y no hubieras llegado.
—De no ser por los puntos cardinales,
mi corazón habría sido una abubilla.
—De haber sido una abubilla, yo lo habría seguido.
—¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?
—En mi viaje no tengo nombre.
—¿Volveremos a vernos?
—Sí. En la cima de dos montes, entre un
alto eco y un abismo... nos veremos.
—¿Y cómo franquearemos el abismo
si no somos pájaros?
—Probaremos cantando:
A quien nos ve, no le vemos.
Y a quien vemos, no nos ve.
—¿Y luego?
—Luego ya no cantaremos.
—¿Y luego?
—Luego yo te preguntaré y tú me preguntarás:
¿Cuánto camino te queda?
—Todo.
—¿Y eso le basta al viajero para llegar?
—No. Pero veo que sobre nosotros
vuela bajo... ¡un águila legendaria!

Mahmud Darwix: La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)

Traducción de Luz Gómez García

1/2/11

Las ciudades son un olor

Las ciudades son un olor. Acre huele a yodo y especias. Haifa, a pino y sábanas arrugadas. Moscú, a vodka y hielo. El Cairo, a mango y jengibre. Beirut, a sol, mar, cigarrillos y limón. París, a pan recién hecho, queso y cosméticos. Damasco, a jazmín y frutos secos. Túnez, a nardos y sal. Rabat, a alheña, incienso y miel. Una ciudad sin olor no cuenta a la hora de los recuerdos. Los exilios comparten un olor, el de la nostalgia de lo que se fue... un olor que recuerda a otro. Un olor que corta la respiración, tan profundo que te lleva, como un mapa turístico muy gastado, al olor del lugar primero. El olor es un recuerdo y una puesta de sol. Aquí el atardecer es un reproche que la belleza le hace al forastero.

Amar el ocaso no es, como es sabido, uno de los atributos del exilio /

Mahmud Darwix:
En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

11/1/11

Viajar, irse, partir, marcharse...

Volver... ¿adónde? Te preguntas mientras cuelgas cuadros en las paredes de tu nueva dirección. Ir... ¿adónde? Lo que tienes por delante es provisional. Lo que queda detrás, transido de provisionalidad, está disperso. La eternidad que sube con la luz desde el jardín estalla en una carcajada. Le tomas el pelo diciéndole: También tú eres una exiliada. Y te preguntas: ¿Cuántas puntas has clavado en las paredes de cuántas casas? ¿Cuántos cuadros has colgado, cuántas camas has abandonado para que duerman otros, cuántos borradores y primeros versos has olvidado en cuántos cajones, cuántas fotos de mujeres has perdido entre las páginas de libros que no has leído? ¿Cuántas veces te has preguntado: Cuántas veces me he ido de viaje, he partido, me he marchado? Y todo sin haber tenido nunca clara la diferencia entre viajar, irse, partir o marcharse, a tal punto es poderosa la quimera de los sinónimos y es propensa la metáfora a transformarse de «mi patria no es una maleta» en «mi patria es una maleta».

Mahmud Darwix:
En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

1/1/11

Una nube de colores

Este poema de La huella de la mariposa apareció recientemente en la revista Letras libres, en el nº 143 de la edición mexicana (noviembre 2010) y en el nº 111 de la edición española (diciembre 2010).

10/12/10

El aeropuerto es un país para quien no tiene país

Te sientas en un rincón apartado del restaurante del aeropuerto y piensas en las ventajas de estar de viaje: ¿Voy o vengo? Nadie me espera a la ida y no tengo motivos para volver. Tengo más de un nombre y más de una fecha de nacimiento en pasaportes de todos los colores —rojos, azules, verdes. Soy libre en el gentío de los viajeros, y tan de fiar como un producto de las tiendas libres de impuestos, vigilado por las cámaras de seguridad. Nadie me pregunta quién soy, nadie se fija en mi andar vacilante, en el botón que le falta a mi abrigo, en la mancha de aceite de mi camisa. Como si fuera un fugitivo de alguna de las novelas que venden en el quiosco de prensa, un tipo que huye del autor, del lector y del vendedor. Puedo añadir, quitar, modificar, sustituir, matar o ser matado, caminar, sentarme, volar, ser lo que quiera, amar, odiar, elevarme o descender, caer desde lo alto de un monte y que no me pase nada, porque no he vulnerado los derechos de autor, porque sobre lo que pasa, sobre lo que me pasa, yo tengo mi propio punto de vista.

En el aeropuerto, nadie reprime tus excesos ni te impide que rompas la disciplina de autor. Ruedas por la senda de lo conocido sobre el acero de lo desconocido, y saltan las chispas de lo posible. La imaginación, constreñida, estalla como cristal que se rompe, metáfora de las cárceles. Y te ves en el siguiente aeropuerto, eres persona non grata, y todo porque tu documentación no se atiene a la ciencia que casa nombres y geografía: el que nació en un lugar inexistente... no existe. Y cuando metafóricamente dices que tú eres del no lugar, se te responde: Aquí no hay lugar para el no lugar. Y al replicarle a él, al policía de aduanas: El no lugar es el exilio, te contesta: Déjese de retóricas... Si tanto le gusta la retórica, váyase a otro no lugar.

Te ves en un tercer, cuarto, décimo aeropuerto explicando a funcionarios indiferentes a la historia contemporánea que existe el pueblo de la Nakba, diseminado entre las tierras del exilio y la Ocupación, pero ni te entienden ni te conceden permiso de entrada. Te ves en una larga película, narrando lentamente lo que le sobrevino a tu gente, desposeída de la lengua, del trigo, la casa, los argumentos... desde que el gigantesco buldózer de la historia pasó y los arrolló y niveló el lugar con la vara de una mitología pertrechada hasta los dientes de armas y sacralidad. Quien no cupo entonces en la mitología, no cabe ahora. Te preguntas: ¿Existen verdugos sagrados? Te ves rellenando como puedes la casilla de la edad, sin el apoyo de historiadores y autoridades, en un aeropuerto repleto de gente que corre a sus citas amorosas y de negocios.

Libre de reencuentros o despedidas, te sientas y te duermes en el asiento de piel. Te despiertas porque un viajero apresurado se tropieza contigo y se disculpa sin mirarte. Vas al aseo, te lavas la ropa interior y los calcetines y te afeitas. Te diriges a la cafetería y te tomas a sorbos un café mientras buscas en los periódicos las últimas noticias sobre ti: ¿Hay algún país que me acoja? Pero en los periódicos sólo hay minuciosas informaciones sobre guerras, terremotos e inundaciones. ¡Ojalá Dios esté furioso por lo que la humanidad le está haciendo a la tierra! ¡Ojalá la tierra ya esté preñada del Juicio Final!

¿Qué sentido tiene que un hombre viva en un aeropuerto? Te dices en voz baja: Si yo fuera lugar, escribiría un elogio a la libertad en el aeropuerto: La mosca y yo somos libres / Mi hermana la mosca se compadece de mí / Se me posa en el hombro y en la mano / me recuerda que escriba / y echa a volar. Escribo: El aeropuerto es como un país para quien no tiene país / La mosca vuelve al poco / rompe la monotonía y echa a volar, vuela, vuela / mas yo no puedo hablar con nadie / ¿Dónde está mi hermana la mosca? ¿Dónde estoy yo?

Te ves en una película, mirando a una mujer que está sentada al otro lado de la cafetería. Cuando ella se da cuenta y tú también, te pones a limpiarte una mancha de vino que te has echado en la camisa, igual que se te habría caído una palabra si le hubieras dicho: Tus ojos son para mí tan grandes como el firmamento, levanta un poco el firmamento, que pueda hablarte. Levantas los ojos del plato de sopa caliente y ves que te mira, pero al momento se pone a echar sal a la comida con una mano en la que tiembla la luz, y te diriges a ella en tus adentros: ¡Si tuvieras prohibido salir del aeropuerto igual que yo, si fueras como yo! Sientes que la agobias, y haces como que te diriges al camarero: No, gracias. Una perla de sudor brilla en su cuello presto al panegírico, y hablas con ella para tus adentros: Si estuviera contigo, lamería esa gota de sudor. El deseo es tan físico como el plato, como el tenedor, la cuchara y el cuchillo, como la botella de agua y el mantel, como las patas de la mesa. El aire huele a perfume. Las miradas se encuentran, se azoran y se separan. Ella da un trago de su copa de vino, se funden sus perlas. Sientes que conoce el llanto de las ballenas en el océano profundo. Si no, ¿por qué se sume en este silencio tan denso? Le dices en secreto: Si dieran un aviso de bomba, no hagas caso... He sido yo, lo he hecho para acercarme a ti y decirte que he sido yo y nadie más que yo. Te imaginas que ella se tranquiliza, que te dedica un brindis y un guiño y que un hilo de deseo se descuelga de la yema de sus dedos: una descarga eléctrica te recorre la columna vertebral, un escalofrío te sacude... Pierdes la cabeza y suspiras, huele a mango en una cama secreta colgada en el aire. Violines lejanos lloran y languidecen hasta la extenuación.

No la miras, aunque sabes que ella te está mirando sin verte. La niebla se ha cernido sobre tu mesa, que yace bajo todas tus interpretaciones, bajo tantas hojas en blanco que ni veinte escritores podrían llenarlas de metáforas. No es el camarero sino ella quien te saca de tu ensoñación: —¿Qué tal la comida? ―¿Y la tuya? —Encantada de haberte encontrado. ¿Te acordabas de mí? —La gente suele olvidar los encuentros de aeropuerto. Ella te dice: ¡Adiós! No la miras mientras se aleja, no quieres ver al deseo con sus tacones de aguja repiqueteando sobre el mármol de las catedrales, despertando en los violines la lujuria de la partida. Pero te acuerdas de ella cuando te quedas medio dormido, con una sensación idéntica a la del sopor del vino recorriendo tu cuerpo, una sensación que comienza en las rodillas y se ramifica hasta que ya no sientes el bosque del cuerpo. En cuanto a su nombre, tal vez mañana lo sepas, ¡en la mesa de otro aeropuerto!

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

1/12/10

Un río que muere de sed

Érase un río
con dos orillas
y una madre celestial que de sus nubes,
gota a gota, le daba de mamar,
era un río pequeño que corría despacio,
que bajaba de lo alto de los montes
y visitaba los pueblos y los campamentos
como un huésped amable
que lleva al valle adelfas y palmeras
y sonríe al que vela en sus orillas:
«Bebed leche de las nubes,
abrevad los caballos,
y echad a volar a Jerusalén y a Damasco»,
cantaba heroico a veces,
apasionado a veces...
Era un río con dos orillas
y una madre celestial que de sus nubes,
gota a gota, le daba de mamar.
Pero raptaron a su madre
y él sufrió un síncope hídrico:
murió de sed despacio.

Mahmud Darwix: La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)

Traducción de Luz Gómez García

10/11/10

Las gitanas

Y viviste, porque la mano de algún dios te condujo del ojo del huracán a un valle baldío. Viviste a cero grados, más o menos. Viviste, rebelde el corazón, distanciándote de lo que dolía y transformaba el dolor en un punto cardinal, alejándote del eco de las esquilas, que anunciaba que el lugar se aprestaba a partir. Por allí pasaron las gitanas, febriles de baile y embrujo. Colgaron los zaragüelles de las ramas de los árboles y se vistieron la ágil desnudez de sus movimientos. Sólo la imaginación vislumbra la total desnudez que esconde el arte. Ellas, las gitanas, descargaban su rayo en el tuétano de los espectadores y se cubrían el pecho con las perlas risueñas de su sudor...

En cada niño hay una gitana. Y en cada gitana un viaje improvisado. Y en cada viaje una historia que no se cuenta hasta que la memoria no rebasa la edad de la vergüenza. ¿Por eso te aferrabas a los gitanos cada vez que el lugar y el tiempo se bifurcaban, cada vez que el lugar merodeaba por sus habitantes, que lo buscaban a él en los olores que había dejado, prueba de la materialidad del espíritu? ¿Por eso buscaste luego, de mayor, en las extranjeras el caos del cuerpo apasionado de las gitanas y su danza en las cuerdas del viento, y hasta el colmo del absurdo buscaste alumbrar en el amor un sentido libre de adornos?

Y viviste, porque la mano de algún dios te salvó de la desgracia. Viviste en todos lados en una eterna sala de embarque, rebotado, como el correo aéreo, de aeropuerto en aeropuerto... Transeúnte a mitad de camino entre el aquí y el allí, visitante exento de tener certidumbres. Y fueron pasando por ti las gitanas, errantes entre la India y el mundo sin mapas ni identidad que nace de la percepción del desierto... Hermosas, valientes, danzarinas sin motivo, a no ser por el calor de su sangre. Ellas, bandada de jaimas que emigran hacia la aventura y el sustento. No se despiden de nada para no entristecerse, la tristeza no va con ellas, son tristes de nacimiento. Bailan para no morir. Dejan a sus espaldas el ayer en el puñado de ceniza de una fogata. Y no piensan en el mañana para que la expectativa no enturbie la pureza de la improvisación. Hoy es hoy, el tiempo entero.

Pero ¡ojo con el camino de las gitanas, no lleva a ninguna parte!

Y viviste, porque las balas perdidas te pasaron entre los brazos y las piernas sin acertarte en el corazón, como tampoco te descalabraron las piedras perdidas. Viviste porque en el último momento el camionero se percató de que un niño gritaba entre el camión y el muro. Viviste porque el conductor de un coche vio en la oscuridad una camisa blanca en medio de la calle, y te salvó de la noche y te devolvió a los tuyos, que estaban en ascuas. Viviste porque la luz de la luna encendió el agua y alumbró el acantilado, y te convenciste de lo dolorosa que sería la muerte si saltabas al mar —no hay natación posible en las aguas de la eternidad.

Y viviste, sin saber formular las palabras más simples de agradecimiento: Gracias, gracias a la vida. Sólo más tarde te preguntaste: ¿Cuántas veces he muerto y no me he enterado? Sin embargo, cada vez que te dabas cuenta de que te morías, te tragabas la vida como un hueso de ciruela: no había tiempo para el miedo a lo desconocido cuando la vida, que era hembra, renovaba su inmoralidad y su beatería dándose caprichosa a los muertos en lugar de a los desposeídos.

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García

1/11/10

Rutina

Bajas presiones. Viento del noroeste, chubascos intensos. Mar gris rizada. Cipreses altos. La operación Nubes de Otoño ha dejado treinta caídos al norte de Gaza, entre ellos dos mujeres que se manifestaban por un trozo de esperanza para las mujeres. Cielo despejado. Mar en calma, azul. Viento del norte. Buena visibilidad. Pero Nubes de Otoño —un sobrenombre del asesinato— ha dado cuenta de una familia de diecisiete vidas... los noticiarios buscan sus nombres bajo los escombros. Aparte de eso, la vida anormal parece rutinariamente normal. El demonio sigue alardeando de sus viejas diferencias con Dios. Las criaturas, si se despiertan con vida, siguen siendo capaces de decir: Buenos días. Y se van a su quehacer diario: el funeral por los caídos. No saben si volverán sanos y salvos a las casas que quedan, cercadas por buldózers, tanques y cipreses partidos. La vida es tan poca cosa que no parece sino el borrador de un deseo inconfesable: disfrutar de la seguridad de la cueva en igualdad de condiciones que el chacal. Pero además se nos exige una ardua tarea: que hagamos de intermediarios entre Dios y el demonio, para que pacten una corta tregua que nos permita enterrar a los nuestros.

Mahmud Darwix: La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)

Traducción de Luz Gómez García

20/10/10

Place Mahmoud Darwich

Hace unos meses, el Ayuntamiento de París puso nombre a una de sus plazas: Place Mahmoud Darwich. Está situada en lo que antaño fue, y posiblemente sigue siendo, el centro de Francia y de cierta idea de Europa: a un costado de la Academia Francesa, junto al Pont des Arts, con el Louvre enfrente... Si esto no es la Gloria, al menos concebida a la vieja usanza, qué es la Gloria... A Darwix le habría encantado, desde luego. Y lo que más le habría gustado es la razón que se da de su persona: “Poète de Palestine”, y no “Poète palestinien”. ¡Hecho!

10/10/10

El segundo verso

El primer verso es un regalo de lo invisible al talento. Pero el segundo puede ser poesía o decepción (Frost). El segundo verso es una lucha con lo desconocido. Es un camino sin indicadores, lleno de dudas, donde todo lo posible es posible. Es el asombro de la criatura que imita al creador. ¿Quién guía a quién: la palabra o el que la pronuncia? El segundo verso no es una dádiva, hay que fabricarlo a fuerza de trabajo en lo invisible, pues uno no sabe si ve o no ve, tan mezcladas están la luz y la sombra. La inspiración te da la señal de salida y te deja a solas, sin brújula, ante la aventura. Eres como el que se adentra en el bosque sin saber qué le espera: una emboscada, tiros, una tormenta, una mujer que le pregunta la hora. Tú respondes: «Pasa, el tiempo se ha parado» (Pessoa). Un bosque es lo posible. ¿En el tronco de qué árbol se apoyará tu imaginación y de qué ogro te escaparás? Si en el laberinto de lo posible das con el camino al segundo verso, se allanará el camino a una cita con lo imposible.

Mahmud Darwix: La huella de la mariposa (Ázar al-faracha, Beirut, Riad El-Rayyes, 2008)

Traducción de Luz Gómez García

1/10/10

Otoño en París

Éste es tu otoño. Cuánto lo amas. Ocúpate de él como le cuadra a un poeta al que no le arredran los símiles. Tira del espacio con las bridas de la expresión, antes de que el tiempo te mande de una coz a un alto abismo... Tira... tira de él con la fuerza que da la pérdida, con el aplomo de la nostalgia, que ya no cree en los puntos cardinales.

Este otoño es tuyo, y el ropaje del que hoja a hoja se desvisten los árboles. Qué mejor adorno tienes cuando te dedicas a entrar en los patios vacíos. Pisas las baldosas haciendo ruido, para oír el sonido de tus propios pasos, sin motivo aparente. Parece que el tiempo entero fuera un domingo... que nadie se despertara con hora para ocuparse de un quehacer cualquiera. A la luz, los adoquines tienen muescas plateadas semejantes a letras de una lengua por descifrar. En los parterres, apacibles flores se asoman alegres y te saludan y animan: ¡Ve despacio! Revisa las comparaciones tópicas y afloja un poco el ronzal del espacio, pues la memoria también necesita ordenar su caos, cajón por cajón, este otoño.

Éste es tu otoño, en sus inicios, esparce un olor sofocante a exilio, a cartas hueras: rellénalas —no es por jugar con la sinonimia— con el amarillo-dorado-tostado-cobrizo del campo semántico de las hojas que se toman su tiempo para despedirse del árbol, si es que al viento no le da por soplar. Tú, estás tan solo que ni piensas en la soledad. Desde ayer no has saludado a nadie, no has tenido que preocuparte de si tu sombra «iba por delante o por detrás de ti». El aire es suave, y la tierra parece firme.

Pero ése no es, como es sabido, uno de los atributos del exilio /

Este otoño tuyo sale de un tórrido verano, de una estación de extenuación cósmica, de una guerra que parece no tener fin. Otoño que madura las uvas olvidadas en las altas montañas. Otoño que se prepara para un gran cónclave en que la asamblea de los dioses antiguos repasará los borradores de unos destinos que siguen en proceso de redacción, y que discutirán y acordarán una tregua entre el verano y el invierno. Pero el otoño de Oriente es corto, pasa tan veloz como la mano de un jinete que saluda a otro que va en dirección contraria, nadie puede echar cuentas con un otoño así, de tormentas de polvo... y matrimonios fugaces.

Mientras que el otoño aquí, el otoño de un París de regreso de sus largas vacaciones, es el ahínco con que la naturaleza, que se vuelve loca por culpa de la lluvia, se dedica a escribir versos altivos con destreza y buen vino. Otoño larguísimo, como un matrimonio católico en el que la felicidad o el amor nada tienen que ver con alguien que, como tú, está de paso. Otoño parsimonioso. Abrazo erótico de la luz y la sombra, la hembra y el macho. El cielo se inclina reverencial y los árboles se desnudan majestuosos, entre la ambigüedad equívoca de gotas de luz que llueven y gotas de agua que iluminan y resplandecen... Otoño ufano. Otoño compuesto con lo mejor de las estaciones: la desnudez del verano, la cópula del invierno y la pubertad de la primavera.

Y tú, tú vas hollando ligero este día otoñal. Te despabilas, sientes un escalofrío y te asombras: «¿Puede uno morirse en un día así?» No sabes si eres tú quien habita el otoño o si es él quien te habita, aunque te das cuenta de que ya estás en el otoño de la vida, donde mente y corazón saben bien cómo arreglárselas con el tiempo, acomodando placer y sabiduría. Una cadencia sutil afina el cuerpo, que atento a lo que mengua se colma de belleza, esté despejado o nublado. El cuerpo pronostica el tiempo que más le cuadra a un diálogo banal: Bonito día, ¿verdad? Tanto que ¿por qué no disfrutamos juntos de un café? El olor del café está impregnado de puertas que se abren a otro viaje: a una amistad, a un amor, a una pérdida que no duele... El café te traslada de la metáfora a lo tangible.

Una cadencia secreta fuerza los límites de la experiencia... El otoño que se pasea entre los demás, entre la gente y las palomas, por las plazas, se encuentra con tu otoño privado, tu otoño íntimo. Te preguntas como si le preguntaras a otro: «¿Somos lo que hacemos con el tiempo o somos lo que el tiempo hace con nosotros?» Te lo preguntas para que todo vaya más despacio, no por la dificultad de la respuesta. No quieres que este otoño se acabe, como no quieres que el poema culmine y se acabe. No quieres que llegue el invierno. Que el otoño sea tu eternidad privada.

Pero ése no es, como se sabe, uno de los atributos del exilio /

Mahmud Darwix: En presencia de la ausencia (Fi hadrat al-giyab, Beirut, Riad El-Rayyes, 2006)

Traducción de Luz Gómez García